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Pensamiento Crítico. Italia: Protestas en el país

Resumen Latinoamericano on 7 noviembre, 2026
Por Andrea Cegna. La Jornada_Resumen Latinoamericano 7 de noviembre 2026.




Ni siquiera las detenciones del 22 de septiembre en Milán lograron
detener aquella ola que gritaba “Free Palestine”. Foto: Afp

El año pasado, entre finales de septiembre y principios de octubre, Italia descubrió a una nueva generación militante. Durante 10 días, las plazas, en solidaridad con el pueblo palestino, estallaron entre bloqueos de calles, estaciones de tren ocupadas y, en ocasiones, enfrentamientos con la policía. Una movilización que no dejaba de crecer, con personas que nunca antes habían participado en una protesta y que no parecían tener miedo ni a la policía ni a las prohibiciones. Ni siquiera las detenciones del 22 de septiembre en Milán lograron detener aquella ola que gritaba “Free Palestine”.

Ya entonces era evidente que había una ola generacional y una rabia que iba mucho más allá de la solidaridad con Palestina. Aquellos 10 días habían marcado a quienes los vivieron: miles de jóvenes habían descubierto la fuerza de bloquear ciudades y reconocerse en las calles. Era difícil imaginar que todo terminaría ahí. En los espacios militantes se repetía una pregunta: “¿Cómo podemos acercarnos a esas y esos jóvenes?”. La respuesta nunca llegó. Sin embargo, el 17 de octubre de 2026, al igual que un año antes, ocurrió algo imprevisible. Al calor de las revueltas francesas y las movilizaciones españolas, TikTok, Telegram y WhatsApp se convirtieron en vehículos de una rabia contra el alto costo de la vida, la precariedad y la guerra. Un viento que no pasaba por las organizaciones militantes tradicionales. Sólo algunos colectivos estudiantiles lograron percibirlo.

En Milán, capital económica de Italia, el 17 y 18 de octubre hubo enfrentamientos con la policía y saqueos de tiendas en el centro de la ciudad. La actuación represiva preventiva de las fuerzas del orden contribuyó a elevar la tensión. Los escaparates terminaron siendo más importantes que todo lo demás: la condena política de la violencia juvenil contrastaba con las voces de quienes habían justificado que un joyero matara a un asaltante. Para algunos, al parecer, la violencia contra las cosas es más grave que la violencia contra las personas.

Milán es la ciudad más rica de Italia, la de la moda, el diseño y los rascacielos. Una marca global que atrae capitales y turistas mientras los alquileres y los desalojos expulsan a sus habitantes. Muchos jóvenes que crecieron aquí, hijos e hijas de familias migrantes, siguen siendo considerados extranjeros. Los llaman maranza, una etiqueta que asocia a jóvenes racializados de las periferias con la delincuencia. La ciudad celebra a millonarios e influencers, pero hace difícil incluso reunirse sin gastar dinero. Esa rabia estalló precisamente en las calles comerciales, frente a los escaparates de las grandes marcas.

Después de los enfrentamientos, la clase política y la prensa comenzaron a buscar a un responsable. No les bastaba con una generación sin perspectivas: necesitaban organizadores ocultos. Así, la página de redes sociales Movimento 17 ottobre, creada después de las primeras protestas y con pocos seguidores al principio, fue presentada como el centro de operaciones de la revuelta. Youssef Siher, vinculado con ese perfil, se convirtió en el supuesto cerebro de unas movilizaciones que no tenían voceros. El 24 de octubre, la noticia de su detención, bajo acusaciones reportadas de incitación a delinquir con el agravante de finalidad terrorista, dominó el debate público. Los medios habían contribuido a construir al personaje que ahora pretendían desenmascarar, mientras borraban las razones de la protesta.

El gobierno de Giorgia Meloni respondió con nuevas medidas de seguridad y la militarización de Milán. Quinientos militares de la brigada de paracaidistas Folgore fueron destinados al operativo, con el respaldo del alcalde Giuseppe Sala, de centroizquierda. El 24 de octubre, la Plaza del Duomo parecía una concentración de policías vestidos de civil. Por los alrededores circulaban patrullas en motocicleta, con agentes encapuchados, en escenas que recordaban a los Basij iraníes. Los controles, cateos y detenciones preventivas afectaron especialmente a jóvenes de origen migrante. Según las cifras difundidas por las autoridades, 2 mil 921 personas fueron identificadas, 196 trasladadas a dependencias policiales y 171 sometidas a medidas de detención preventiva. El mensaje era claro: nadie debía manifestarse.

Pero Milán desobedeció. Miles de muchachas y muchachos esquivaron los bloqueos, recorrieron las calles y formaron dos marchas, una desde el centro y otra desde la Plaza Leonardo da Vinci, que terminaron encontrándose en el Politécnico. Según las estimaciones de los participantes, fueron más de 10 mil personas. La marcha fue creciendo sin repetir los destrozos del fin de semana anterior. Volvieron las consignas por una Palestina libre y las antifascistas. Sin dirigentes reconocibles, conquistaron en las calles el derecho a manifestarse.

Pero Milán no fue una excepción. Como en septiembre de 2025, las movilizaciones recorrieron decenas de ciudades italianas. Una vez más, jóvenes y adolescentes desafiaron al poder, superando el miedo a las detenciones, las prohibiciones y las nuevas leyes represivas. Una generación que no espera instrucciones de los partidos ni de los sindicatos, ni siquiera de las organizaciones militantes, y que encuentra por sí misma las formas de reunirse y ocupar las calles. Y así, el 30 de octubre, la huelga general convocada por una parte del sindicalismo de base terminó convirtiéndose en una jornada de lucha multitudinaria, de norte a sur del país. Más de un millón de personas participaron en las distintas movilizaciones, entre marchas, acciones de protesta, enfrentamientos con la policía y bloqueos de carreteras.

Regresando a Milán, la urbe mostró dos imágenes: por un lado, vehículos blindados, militares e identificaciones masivas; por el otro, jóvenes recorriendo una ciudad donde todo tiene un precio. Los escaparates estaban protegidos. Las muchachas y los muchachos, en cambio, habían regresado a las calles. Mientras la clase política y la prensa seguían buscando a un líder, una organización, un responsable, aquella generación ya había encontrado por sí sola la manera de encontrarse.









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