Do Rebelión, 2 de novembro 2026
Por Carlos Fazio: Brecha
Por Carlos Fazio: Brecha
Imagen: La presidenta de México, Claudia Sheinbaum, celebra la victoria de Luiz Inácio Lula da Silva, durante una conferencia de prensa en el Palacio Nacional, Ciudad de México, 26/10/2026. Foto EFE: José Méndez.
Para la presidenta de México, la victoria de Lula en Brasil representa un balón de oxígeno en su casi solitaria resistencia regional a la monroeización de América Latina.
Como cada jornada cuando ingresa al recinto de sus habituales conferencias mañaneras en el Palacio Nacional, la presidenta de México, Claudia Sheinbaum, expresó sus «buenos días» a los reporteros allí reunidos. Pero este lunes 26 su saludo tuvo un sesgo particular. Con una sonrisa dibujada en su rostro, seguidamente, expresó: «Estamos felices, muy contentos del triunfo de Lula en Brasil. Muchas muchas muchas felicidades al presidente Lula, al pueblo de Brasil. Es una bocanada de aire fresco para América Latina y el Caribe. Muy muy contentos». Más adelante, al responder a una pregunta, agregaría que la victoria del carismático líder del Partido de los Trabajadores «es el triunfo de un mandatario, un movimiento popular, un Gobierno que representa a su pueblo» y «la derrota de un movimiento de derecha». Después del mediodía se conocería que Lula y Sheinbaum habían sostenido una «llamada breve» pero «muy emotiva», en la que acordaron un encuentro en una fecha próxima.
La alegría de Sheinbaum estaba justificada. Nadie, como ella, al frente de un país con más de 3.000 kilómetros de frontera y con una dependencia estructural asimétrica con su vecino del norte a nivel económico encadenada al T-MEC (Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá), podía aquilatar la victoria de Lula en momentos en que desde la Casa Blanca se está impulsando un agresivo proyecto de reconfiguración hemisférica de corte colonial.
Sometida a las presiones intermitentes de Donald Trump −quien desde el inicio de su segundo mandato ha venido amagando con una intervención militar terrestre unilateral en México bajo el señuelo del combate a las drogas−, Sheinbaum comprende, como pocos mandatarios del área, que, en la coyuntura, por primera vez desde el fin de la Guerra Fría, la región latinoamericana y caribeña se encuentra ante una bifurcación histórica.
Después de una seguidilla de tramposas victorias electorales de oscuros outsiders políticos (el ecuatoriano Daniel Noboa, el hondureño Nasry Asfura, el chileno José Antonio Kast, el boliviano Rodrigo Paz, el colombiano Abelardo de la Espriella, la peruana Keiko Fujimori) impulsados por Washington −en algunos casos, vía manipulación algorítmica−, el triunfo del bolsonarismo habría coronado un radical giro regional hacia una derechización conservadora y un alineamiento incondicional con Washington e Israel. Como en los años 60, México habría quedado aislado junto con el pequeño Uruguay y Cuba, que desde aquellos años (merced a sendas reuniones interamericanas en Punta del Este) sigue resistiendo al bloqueo imperial.
Otro elemento común que enlaza a Sheinbaum y Lula es la oposición a integrar el Escudo de las Américas. En el marco de la Estrategia de Seguridad Nacional de la Administración Trump 2.0, la finalidad de ese nuevo instrumento del Pentágono es conformar una arquitectura castrense, de seguridad y de inteligencia que preserve al llamado hemisferio occidental como «espacio vital» de Estados Unidos en su repliegue estratégico en una fase de declinación de su hegemonía. Ambos mandatarios se han opuesto a aceptar la categoría trumpista que asimila a los grupos de la economía criminal como «organizaciones terroristas internacionales», el mañoso subterfugio de Washington para justificar operaciones militares directas o encubiertas en terceros países.
Víctima también de una soterrada «guerra cultural» −tanto en la arena política como en las plataformas digitales− librada por los sectores conservadores vernáculos estrechamente ligados con el trumpismo y la ultraderecha española (Vox y el Partido Popular), Sheinbaum, al igual que Lula, impulsa la continuidad de un proyecto reformista y progresista anclado en el multilateralismo, la defensa de la Carta de la ONU, el soberanismo defensivo, la neoindustrialización y la soberanía tecnológica. Y así como el tardío ejército de Lula en WhatsApp le permitió al brasileño remontar en el balotaje, las mañaneras y la infantería digital son los antídotos de Sheinbaum para librar las batallas en el plano simbólico.
Padrino desembozado de los prófugos de la Justicia brasileña Flávio y Eduardo Bolsonaro, Trump no las tiene todas consigo. Incluso, una potencial alianza entre Brasil y México podría significar un punto de inflexión en el avance continental y mundial de las ultraderechas de nuevo tipo en boga.
Para la presidenta de México, la victoria de Lula en Brasil representa un balón de oxígeno en su casi solitaria resistencia regional a la monroeización de América Latina.
Como cada jornada cuando ingresa al recinto de sus habituales conferencias mañaneras en el Palacio Nacional, la presidenta de México, Claudia Sheinbaum, expresó sus «buenos días» a los reporteros allí reunidos. Pero este lunes 26 su saludo tuvo un sesgo particular. Con una sonrisa dibujada en su rostro, seguidamente, expresó: «Estamos felices, muy contentos del triunfo de Lula en Brasil. Muchas muchas muchas felicidades al presidente Lula, al pueblo de Brasil. Es una bocanada de aire fresco para América Latina y el Caribe. Muy muy contentos». Más adelante, al responder a una pregunta, agregaría que la victoria del carismático líder del Partido de los Trabajadores «es el triunfo de un mandatario, un movimiento popular, un Gobierno que representa a su pueblo» y «la derrota de un movimiento de derecha». Después del mediodía se conocería que Lula y Sheinbaum habían sostenido una «llamada breve» pero «muy emotiva», en la que acordaron un encuentro en una fecha próxima.
La alegría de Sheinbaum estaba justificada. Nadie, como ella, al frente de un país con más de 3.000 kilómetros de frontera y con una dependencia estructural asimétrica con su vecino del norte a nivel económico encadenada al T-MEC (Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá), podía aquilatar la victoria de Lula en momentos en que desde la Casa Blanca se está impulsando un agresivo proyecto de reconfiguración hemisférica de corte colonial.
Sometida a las presiones intermitentes de Donald Trump −quien desde el inicio de su segundo mandato ha venido amagando con una intervención militar terrestre unilateral en México bajo el señuelo del combate a las drogas−, Sheinbaum comprende, como pocos mandatarios del área, que, en la coyuntura, por primera vez desde el fin de la Guerra Fría, la región latinoamericana y caribeña se encuentra ante una bifurcación histórica.
Después de una seguidilla de tramposas victorias electorales de oscuros outsiders políticos (el ecuatoriano Daniel Noboa, el hondureño Nasry Asfura, el chileno José Antonio Kast, el boliviano Rodrigo Paz, el colombiano Abelardo de la Espriella, la peruana Keiko Fujimori) impulsados por Washington −en algunos casos, vía manipulación algorítmica−, el triunfo del bolsonarismo habría coronado un radical giro regional hacia una derechización conservadora y un alineamiento incondicional con Washington e Israel. Como en los años 60, México habría quedado aislado junto con el pequeño Uruguay y Cuba, que desde aquellos años (merced a sendas reuniones interamericanas en Punta del Este) sigue resistiendo al bloqueo imperial.
Otro elemento común que enlaza a Sheinbaum y Lula es la oposición a integrar el Escudo de las Américas. En el marco de la Estrategia de Seguridad Nacional de la Administración Trump 2.0, la finalidad de ese nuevo instrumento del Pentágono es conformar una arquitectura castrense, de seguridad y de inteligencia que preserve al llamado hemisferio occidental como «espacio vital» de Estados Unidos en su repliegue estratégico en una fase de declinación de su hegemonía. Ambos mandatarios se han opuesto a aceptar la categoría trumpista que asimila a los grupos de la economía criminal como «organizaciones terroristas internacionales», el mañoso subterfugio de Washington para justificar operaciones militares directas o encubiertas en terceros países.
Víctima también de una soterrada «guerra cultural» −tanto en la arena política como en las plataformas digitales− librada por los sectores conservadores vernáculos estrechamente ligados con el trumpismo y la ultraderecha española (Vox y el Partido Popular), Sheinbaum, al igual que Lula, impulsa la continuidad de un proyecto reformista y progresista anclado en el multilateralismo, la defensa de la Carta de la ONU, el soberanismo defensivo, la neoindustrialización y la soberanía tecnológica. Y así como el tardío ejército de Lula en WhatsApp le permitió al brasileño remontar en el balotaje, las mañaneras y la infantería digital son los antídotos de Sheinbaum para librar las batallas en el plano simbólico.
Padrino desembozado de los prófugos de la Justicia brasileña Flávio y Eduardo Bolsonaro, Trump no las tiene todas consigo. Incluso, una potencial alianza entre Brasil y México podría significar un punto de inflexión en el avance continental y mundial de las ultraderechas de nuevo tipo en boga.

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