Por J. Luis Carpintero
Las zonas verdes urbanas —parques, jardines, arbolado viario, corredores ecológicos, huertos comunitarios, patios naturalizados, cubiertas vegetales y otras soluciones basadas en la naturaleza— se consideran cada vez más una infraestructura esencial para la salud pública y la adaptación al cambio climático.
En 2021 los alcaldes de 31 ciudades pertenecientes al C40 Climate Leadership Group establecieron objetivos para 2030 destinados a ampliar las zonas verdes urbanas y garantizar que la población tuviera acceso a espacios naturales verdes o azules próximos a sus viviendas. Un análisis de las 96 ciudades del C40 estimó que un aumento uniforme del 1 % de la superficie verde podría asociarse con una reducción mediana de 1,77 muertes prematuras anuales por cada 100.000 habitantes. Sin embargo, los beneficios serían mayores si la vegetación se incorporase prioritariamente en las zonas más pobladas o con menor disponibilidad de naturaleza.
La evidencia disponible respalda el papel de las zonas verdes en la reducción del estrés térmico, la mejora del bienestar y la disminución de algunos riesgos sanitarios. No obstante, también muestra que una planificación deficiente puede generar problemas relacionados con mosquitos y otros vectores, exposición laboral a plaguicidas y aumento de alergias respiratorias. Por tanto, la cuestión no es simplemente aumentar la cantidad de vegetación, sino diseñar una infraestructura verde segura, diversa, accesible y adaptada al clima local.
Beneficios de las zonas verdes para la salud
Salud mental y bienestar
La exposición a espacios verdes se relaciona con una mejor salud mental, una menor percepción de estrés, mayor recuperación psicológica y más oportunidades de actividad física e interacción social.
Los posibles mecanismos incluyen:restauración de la atención;
disminución de la respuesta fisiológica al estrés;
aumento de la actividad física;
contacto social y reducción del aislamiento;
mejora de la percepción del entorno;
creación de espacios de descanso durante episodios de calor.
Estos beneficios no dependen exclusivamente de la superficie verde. La accesibilidad, la seguridad, la sombra, el mantenimiento, la biodiversidad y la posibilidad real de permanecer en el lugar son factores determinantes.
Salud cardiovascular y mortalidad
La literatura epidemiológica relaciona una mayor exposición residencial a zonas verdes con menor mortalidad por todas las causas, mejor salud autopercibida, mayor actividad física y menor riesgo de algunos trastornos cardiovasculares y metabólicos.
El estudio sobre las ciudades del C40 aporta una estimación cuantitativa relevante, pero debe interpretarse con cautela. Se trata de una evaluación de impacto basada en asociaciones epidemiológicas, índices de vegetación y modelos de población y mortalidad. La cifra de 1,77 muertes menos por cada 100.000 habitantes no representa necesariamente una reducción observada después de plantar vegetación, sino una estimación modelizada bajo un escenario de aumento uniforme de la cobertura verde.
Además, el propio estudio indica que la distribución geográfica es crucial: aumentar la vegetación cerca de los centros de población o en las zonas con menor disponibilidad de naturaleza puede producir beneficios sanitarios entre 1,4 y 2,7 veces mayores que un incremento uniforme.
Zonas verdes y reducción del calor urbano
Las zonas verdes actúan como soluciones basadas en la naturaleza mediante:sombra proporcionada por los árboles;
evapotranspiración;
reducción de la radiación solar sobre pavimentos y edificios;
sustitución de superficies impermeables;
creación de espacios de descanso térmicamente más confortables;
posible mejora de la ventilación y conexión entre áreas frescas.
Un estudio global que analizó 11.534 áreas urbanas durante el periodo 2000-2019 estimó que un aumento del 10 % en el índice de vegetación mejorado —EVI— podría reducir la temperatura media ponderada de la estación cálida en 0,08 °C; un aumento del 20 %, en 0,14 °C; y un aumento del 30 %, en 0,19 °C. El mismo estudio modelizó que un aumento del 30 % de la vegetación podría haber evitado aproximadamente 1,16 millones de muertes relacionadas con el calor durante ese periodo, aunque estas cifras son proyecciones y no observaciones directas de una intervención urbana.
El EVI es un indicador obtenido mediante teledetección que estima la densidad y actividad de la vegetación. Presenta ventajas respecto al NDVI en zonas con vegetación densa porque corrige parcialmente efectos atmosféricos y del fondo del dosel vegetal. Sin embargo, no mide por sí mismo la calidad del espacio verde, la sombra disponible a nivel peatonal, su accesibilidad ni sus posibles riesgos sanitarios.
Beneficios y riesgos deben evaluarse conjuntamente
La expansión de las zonas verdes no produce automáticamente beneficios sanitarios. El resultado depende del diseño ecológico, la selección de especies, el sistema de riego, el mantenimiento y las condiciones sociales y climáticas del lugar.
Una zona verde bien planificada puede reducir el calor, favorecer la actividad física y mejorar el bienestar. Pero una zona con agua estancada, monocultivos de especies alergénicas, uso intensivo de plaguicidas o mala gestión puede introducir nuevos riesgos.
Por ello, un proyecto de zonas verdes urbanas debe adoptar una perspectiva de beneficio neto para la salud, considerando simultáneamente:beneficios térmicos;
salud mental;
actividad física;
mortalidad y enfermedades cardiovasculares;
calidad del aire;
riesgos vectoriales;
exposición a plaguicidas;
alergias respiratorias;
desigualdades sociales;
consumo de agua y adaptación a la sequía.
Pero por otra parte debe tenerse en cuenta que las zonas verdes y las infraestructuras de drenaje sostenible pueden acumular agua y crear hábitats favorables para mosquitos si no se diseñan y mantienen correctamente. Debemos tener presente la aparición de casos de enfermedades por virus del Nilo, trnasmitida por mosquitos en Sevilla.
Por ello, las estrategias de reverdecimiento en ciudades deben incorporar vigilancia entomológica y gestión del agua.
La prevención debe incluir:evitar depresiones que retengan agua durante periodos prolongados;
diseñar sistemas de drenaje rápido;
inspeccionar fuentes, estanques, alcorques y depósitos de riego;
eliminar recipientes y pequeños puntos de acumulación;
utilizar sistemas de riego eficientes;
mantener los estanques con circulación o control biológico adecuado;
coordinar el diseño paisajístico con los servicios de vigilancia vectorial;
establecer programas de control de mosquitos antes de ejecutar grandes proyectos verdes.
La prevención debe evitar depender exclusivamente de insecticidas, porque su utilización intensiva puede aumentar otros riesgos ambientales y laborales.
Junto a ello el mantenimiento de parques, jardines y arbolado puede implicar exposición laboral a herbicidas, insecticidas y fungicidas. Una revisión sistemática encontró riesgos elevados de leucemia, sarcoma de tejidos blandos y enfermedad de Parkinson entre trabajadores de zonas verdes expuestos a plaguicidas, aunque la fuerza de la evidencia puede variar según el producto, la intensidad de la exposición y el diseño de cada estudio
El objetivo no debe ser crear únicamente grandes parques aislados. Es preferible una red verde distribuida, conectada y próxima a la población:parques de proximidad;
calles arboladas;
plazas con sombra;
patios escolares naturalizados;
corredores verdes;
huertos comunitarios;
cubiertas vegetales;
refugios climáticos;
zonas verdes junto a residencias y centros de salud;
itinerarios peatonales sombreados;
sistemas de drenaje sostenible correctamente diseñados.
La prioridad debería establecerse mediante mapas que combinen:temperatura urbana;
cobertura arbórea;
densidad de población;
renta y vulnerabilidad social;
edad de la población;
prevalencia de enfermedades crónicas;
accesibilidad a parques;
niveles de polen;
presencia de mosquitos;
disponibilidad de agua;
riesgo de sequía.
El criterio de justicia ambiental es central: los barrios que soportan más calor y tienen menos vegetación deberían beneficiarse prioritariamente de las nuevas inversiones.
Cada proyecto de zona verde debería incorporar una evaluación previa y posterior con indicadores ambientales, sanitarios y sociales.
Dimensión Indicadores recomendadosCalor urbano Temperatura del aire, temperatura radiante, sombra, confort térmico
Salud Mortalidad, urgencias, ingresos hospitalarios, síntomas respiratorios
Salud mental Estrés, bienestar, uso del espacio, aislamiento social
Vectores Densidad de mosquitos, larvas, puntos de agua estancada
Alergias Especies plantadas, calendario de floración, concentración de polen
Plaguicidas Productos utilizados, dosis, exposición laboral, alternativas aplicadas
Equidad Acceso por barrio, renta, edad, discapacidad y vulnerabilidad
Ecología Biodiversidad, supervivencia de árboles, consumo de agua, especies invasoras
Uso ciudadano Número de usuarios, tiempo de permanencia, accesibilidad y seguridad
La conclusión más adecuada es, por tanto, que las ciudades deben avanzar hacia un reverdecimiento urbano seguro y basado en la evidencia. Esto implica aumentar la cobertura vegetal, pero también diversificar especies, evitar monocultivos, controlar el agua estancada, reducir los plaguicidas, proteger a los trabajadores, vigilar los vectores y priorizar los barrios con mayor exposición al calor y menor acceso a la naturaleza.
Las zonas verdes deben considerarse una infraestructura sanitaria y climática, pero su diseño debe integrar desde el inicio la salud humana, la salud ambiental, la biodiversidad y la justicia social.
J Luis Carpintero Avellaneda. Profesional sanitario jubilado y exprofesor de la UMA.
En 2021 los alcaldes de 31 ciudades pertenecientes al C40 Climate Leadership Group establecieron objetivos para 2030 destinados a ampliar las zonas verdes urbanas y garantizar que la población tuviera acceso a espacios naturales verdes o azules próximos a sus viviendas. Un análisis de las 96 ciudades del C40 estimó que un aumento uniforme del 1 % de la superficie verde podría asociarse con una reducción mediana de 1,77 muertes prematuras anuales por cada 100.000 habitantes. Sin embargo, los beneficios serían mayores si la vegetación se incorporase prioritariamente en las zonas más pobladas o con menor disponibilidad de naturaleza.
La evidencia disponible respalda el papel de las zonas verdes en la reducción del estrés térmico, la mejora del bienestar y la disminución de algunos riesgos sanitarios. No obstante, también muestra que una planificación deficiente puede generar problemas relacionados con mosquitos y otros vectores, exposición laboral a plaguicidas y aumento de alergias respiratorias. Por tanto, la cuestión no es simplemente aumentar la cantidad de vegetación, sino diseñar una infraestructura verde segura, diversa, accesible y adaptada al clima local.
Beneficios de las zonas verdes para la salud
Salud mental y bienestar
La exposición a espacios verdes se relaciona con una mejor salud mental, una menor percepción de estrés, mayor recuperación psicológica y más oportunidades de actividad física e interacción social.
Los posibles mecanismos incluyen:restauración de la atención;
disminución de la respuesta fisiológica al estrés;
aumento de la actividad física;
contacto social y reducción del aislamiento;
mejora de la percepción del entorno;
creación de espacios de descanso durante episodios de calor.
Estos beneficios no dependen exclusivamente de la superficie verde. La accesibilidad, la seguridad, la sombra, el mantenimiento, la biodiversidad y la posibilidad real de permanecer en el lugar son factores determinantes.
Salud cardiovascular y mortalidad
La literatura epidemiológica relaciona una mayor exposición residencial a zonas verdes con menor mortalidad por todas las causas, mejor salud autopercibida, mayor actividad física y menor riesgo de algunos trastornos cardiovasculares y metabólicos.
El estudio sobre las ciudades del C40 aporta una estimación cuantitativa relevante, pero debe interpretarse con cautela. Se trata de una evaluación de impacto basada en asociaciones epidemiológicas, índices de vegetación y modelos de población y mortalidad. La cifra de 1,77 muertes menos por cada 100.000 habitantes no representa necesariamente una reducción observada después de plantar vegetación, sino una estimación modelizada bajo un escenario de aumento uniforme de la cobertura verde.
Además, el propio estudio indica que la distribución geográfica es crucial: aumentar la vegetación cerca de los centros de población o en las zonas con menor disponibilidad de naturaleza puede producir beneficios sanitarios entre 1,4 y 2,7 veces mayores que un incremento uniforme.
Zonas verdes y reducción del calor urbano
Las zonas verdes actúan como soluciones basadas en la naturaleza mediante:sombra proporcionada por los árboles;
evapotranspiración;
reducción de la radiación solar sobre pavimentos y edificios;
sustitución de superficies impermeables;
creación de espacios de descanso térmicamente más confortables;
posible mejora de la ventilación y conexión entre áreas frescas.
Un estudio global que analizó 11.534 áreas urbanas durante el periodo 2000-2019 estimó que un aumento del 10 % en el índice de vegetación mejorado —EVI— podría reducir la temperatura media ponderada de la estación cálida en 0,08 °C; un aumento del 20 %, en 0,14 °C; y un aumento del 30 %, en 0,19 °C. El mismo estudio modelizó que un aumento del 30 % de la vegetación podría haber evitado aproximadamente 1,16 millones de muertes relacionadas con el calor durante ese periodo, aunque estas cifras son proyecciones y no observaciones directas de una intervención urbana.
El EVI es un indicador obtenido mediante teledetección que estima la densidad y actividad de la vegetación. Presenta ventajas respecto al NDVI en zonas con vegetación densa porque corrige parcialmente efectos atmosféricos y del fondo del dosel vegetal. Sin embargo, no mide por sí mismo la calidad del espacio verde, la sombra disponible a nivel peatonal, su accesibilidad ni sus posibles riesgos sanitarios.
Beneficios y riesgos deben evaluarse conjuntamente
La expansión de las zonas verdes no produce automáticamente beneficios sanitarios. El resultado depende del diseño ecológico, la selección de especies, el sistema de riego, el mantenimiento y las condiciones sociales y climáticas del lugar.
Una zona verde bien planificada puede reducir el calor, favorecer la actividad física y mejorar el bienestar. Pero una zona con agua estancada, monocultivos de especies alergénicas, uso intensivo de plaguicidas o mala gestión puede introducir nuevos riesgos.
Por ello, un proyecto de zonas verdes urbanas debe adoptar una perspectiva de beneficio neto para la salud, considerando simultáneamente:beneficios térmicos;
salud mental;
actividad física;
mortalidad y enfermedades cardiovasculares;
calidad del aire;
riesgos vectoriales;
exposición a plaguicidas;
alergias respiratorias;
desigualdades sociales;
consumo de agua y adaptación a la sequía.
Pero por otra parte debe tenerse en cuenta que las zonas verdes y las infraestructuras de drenaje sostenible pueden acumular agua y crear hábitats favorables para mosquitos si no se diseñan y mantienen correctamente. Debemos tener presente la aparición de casos de enfermedades por virus del Nilo, trnasmitida por mosquitos en Sevilla.
Por ello, las estrategias de reverdecimiento en ciudades deben incorporar vigilancia entomológica y gestión del agua.
La prevención debe incluir:evitar depresiones que retengan agua durante periodos prolongados;
diseñar sistemas de drenaje rápido;
inspeccionar fuentes, estanques, alcorques y depósitos de riego;
eliminar recipientes y pequeños puntos de acumulación;
utilizar sistemas de riego eficientes;
mantener los estanques con circulación o control biológico adecuado;
coordinar el diseño paisajístico con los servicios de vigilancia vectorial;
establecer programas de control de mosquitos antes de ejecutar grandes proyectos verdes.
La prevención debe evitar depender exclusivamente de insecticidas, porque su utilización intensiva puede aumentar otros riesgos ambientales y laborales.
Junto a ello el mantenimiento de parques, jardines y arbolado puede implicar exposición laboral a herbicidas, insecticidas y fungicidas. Una revisión sistemática encontró riesgos elevados de leucemia, sarcoma de tejidos blandos y enfermedad de Parkinson entre trabajadores de zonas verdes expuestos a plaguicidas, aunque la fuerza de la evidencia puede variar según el producto, la intensidad de la exposición y el diseño de cada estudio
El objetivo no debe ser crear únicamente grandes parques aislados. Es preferible una red verde distribuida, conectada y próxima a la población:parques de proximidad;
calles arboladas;
plazas con sombra;
patios escolares naturalizados;
corredores verdes;
huertos comunitarios;
cubiertas vegetales;
refugios climáticos;
zonas verdes junto a residencias y centros de salud;
itinerarios peatonales sombreados;
sistemas de drenaje sostenible correctamente diseñados.
La prioridad debería establecerse mediante mapas que combinen:temperatura urbana;
cobertura arbórea;
densidad de población;
renta y vulnerabilidad social;
edad de la población;
prevalencia de enfermedades crónicas;
accesibilidad a parques;
niveles de polen;
presencia de mosquitos;
disponibilidad de agua;
riesgo de sequía.
El criterio de justicia ambiental es central: los barrios que soportan más calor y tienen menos vegetación deberían beneficiarse prioritariamente de las nuevas inversiones.
Cada proyecto de zona verde debería incorporar una evaluación previa y posterior con indicadores ambientales, sanitarios y sociales.
Dimensión Indicadores recomendadosCalor urbano Temperatura del aire, temperatura radiante, sombra, confort térmico
Salud Mortalidad, urgencias, ingresos hospitalarios, síntomas respiratorios
Salud mental Estrés, bienestar, uso del espacio, aislamiento social
Vectores Densidad de mosquitos, larvas, puntos de agua estancada
Alergias Especies plantadas, calendario de floración, concentración de polen
Plaguicidas Productos utilizados, dosis, exposición laboral, alternativas aplicadas
Equidad Acceso por barrio, renta, edad, discapacidad y vulnerabilidad
Ecología Biodiversidad, supervivencia de árboles, consumo de agua, especies invasoras
Uso ciudadano Número de usuarios, tiempo de permanencia, accesibilidad y seguridad
La conclusión más adecuada es, por tanto, que las ciudades deben avanzar hacia un reverdecimiento urbano seguro y basado en la evidencia. Esto implica aumentar la cobertura vegetal, pero también diversificar especies, evitar monocultivos, controlar el agua estancada, reducir los plaguicidas, proteger a los trabajadores, vigilar los vectores y priorizar los barrios con mayor exposición al calor y menor acceso a la naturaleza.
Las zonas verdes deben considerarse una infraestructura sanitaria y climática, pero su diseño debe integrar desde el inicio la salud humana, la salud ambiental, la biodiversidad y la justicia social.
J Luis Carpintero Avellaneda. Profesional sanitario jubilado y exprofesor de la UMA.

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