Pages

Reflexiones en la era Trump

Do Rebelión, 24 de outubro 2026
Por Nick Turse: TomDispatch/Counterpunch - Traducido para Rebelión por Paco Muñoz de Bustillo



Imagen: Jon Tyson (¿Ya me echas de menos?)

Una transformación emblemática

Estaba oscuro y hacía frío la primera vez que le vi, serenamente sentado, bañado por una luz tenue. La estatua de Abraham Lincoln en Washington D.C., de 6 metros de altura y 120 toneladas de peso, es un monumento de mármol blanco dedicado a uno de los presidentes de la nación más inteligente, elocuente y moral.

No había venido a contemplar a Lincoln sino el estanque reflectante que lleva su nombre. Ha sido transformado en un monumento de otro tipo por el hombre insensato, poco elocuente e totalmente inmoral que ocupa el mismo cargo que ocupó Lincoln.

El presidente Donald Trump quiere rehacer el paisaje de Washington D.C., derribando el Ala Este de la Casa Blanca para construir un salón de baile de proporciones desmesuradas añadiendo su nombre al Centro Kennedy o demoliéndolo si no puede hacerlo; e instalando un Arco Triunfal de 76 metros de altura que “albergará… un gran número de drones y francotiradores tanto en la parte alta como en la plaza”. Hace unos días, la Administración se atrevió a desobedecer la orden de un juez y arrancó 340 árboles maduros en East Potomac Golf Links, un campo municipal situado al sudeste de Washington que Trump quiere reconvertir en un campo de nivel profesional, como los de sus propiedades personales.

La rehabilitación del estanque reflectante del Monumento a Lincoln, que Trump planeaba terminar para el 250 aniversario de la nación el 4 de julio, debería haber sido la tarea más sencilla de su proyecto de remodelación de la capital. Pero rápidamente se convirtió en un monumento al fracaso.

En abril Trump declaró que añadir al estanque un “revestimiento industrial a precio de ganga en el color azul de la bandera estadounidense” lo dejaría “precioso y maravilloso” y duraría “40 o 50 años”. Sin embargo su renovación –adjudicada mediante un contrato sin licitación y anunciada cuando se acercaban las festividades del 250 aniversario en el National Mall– comenzó a fallar a los pocos días. A esto le siguió una proliferación de brillantes algas verdes y finalmente el revestimiento elegido por Trump tuvo un defecto catastrófico: le salieron ampollas y luego se desprendió hasta separarse del hormigón.

Cuando lo visité, la única agua que permanecía en el emblemático monumento nacional (desde donde Martin Luther King pronunció su histórico discurso de 1963 “Tengo un sueño”) era un charco estancado que se extendía hacia una masa de hojas podridas, una abigarrada variedad de botellas de plástico, una lata de aluminio azul-plateada de agua mineral y un par de envases de aerosol de productos químicos de limpieza.

Encadenamiento de fallos

Lo que presencié resultaba emblemático de una Casa Blanca totalmente desbordada por los desastres –grandes y pequeños– que ella misma ha provocado. La Administración Trump ha sido humillada desde Washington D.C. a Oriente Medio. Es un desastre envuelto en fiascos dentro de una catástrofe supina, por parafrasear la famosa frase de Winston Churchill. Estos fracasos encadenados son innumerables. El ataque a la escuela primaria de Minab —en el que murieron más de 150 personas, la mayoría de ellas niñas— dentro del fracaso más amplio de la guerra contra Irán. Las ejecuciones extrajudiciales de supervivientes indefensos de naufragios en el marco de la sangrienta campaña de ataques a embarcaciones supuestamente de narcotraficantes. Los asesinatos de personas desarmadas a manos de agentes federales de inmigración y las muertes bajo custodia del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) que forman parte del proyecto más amplio y cruel contra los inmigrantes por parte de la Administración.

Las brutales operaciones de deportación han acumulado un sinfín de irregularidades: la ocupación militar de ciudades estadounidenses; el arresto y detención de ciudadanos estadounidenses y sus crueles expulsiones a terceros países; los disparos y palizas a manifestantes e inmigrantes, la persecución contra Kilmar Abrego García; la espiral de alegaciones de corrupción en torno a la entonces secretaria de Seguridad Nacional Kristi Noem; y así sucesivamente.

Y luego están la devaluación de la democracia y el debilitamiento del Estado de derecho mediante la politización y la instrumentalización del Departamento de Justicia; la conversión de las fuerzas del orden federales en un escuadrón de matones al servicio del presidente; el desmantelamiento de las garantías de los derechos civiles; la persecución de los oponentes políticos; los ataques implacables contra el poder judicial independiente; la extralimitación del poder ejecutivo; y el indulto o la conmutación de las penas de prisión de los insurrectos en el asalto al Capitolio.

Hay otros innumerables escándalos y revelaciones: la negativa a publicar los archivos completos de Epstein; el acuerdo en la demanda de Trump contra el IRS [Servicio de Impuestos Internos]; el encubrimiento del número de muertos estadounidenses en la guerra de Irán; la filtración de planes de EE.UU en Yemen de 2025 (Signalgate); el avión qatarí de 400 millones de dólares que se convirtió en un riesgo para la seguridad ; el fraude con criptomonedas; las reducciones arancelarias a cambio de favores; el descarado tráfico de influencias; y las acciones insensatas del llamado Departamento de Eficiencia Gubernamental, que podrían provocar más de 14 millones de muertes evitables a nivel mundial para 2030, incluidas aproximadamente 4,5 millones de muertes de niños menores de 5 años, todo para ahorrarles a los estadounidenses unos 17 centavos por día.

El escenario del crimen presidencial

El Estanque del Monumento a Lincoln –seco y desolado detrás de un montón de barreras– me pareció una prisión al aire libre. Al frente, en el extremo occidental junto al Monumento, varias vallas metálicas negras de las utilizadas para el control de multitudes y otra barrera metálica naranja similar protegían dos filas de malla metálica. El resto del perímetro estaba oculto tras otra valla metálica proporcionada por National Rent-A-Fence.

Parte del vallado –que se extendía más de un kilómetro– estaba cubierto por una malla oscura que ocultaba el estanque sin agua. En otras zonas el tejido estaba rasgado o se había caído, amontonándose de cualquier manera. Cerca del extremo este una pequeña sección de la valla yacía en el suelo –formando un amasijo arrugado de malla metálica, con los postes torcidos, que se asemejaba a una víctima en la escena de un crimen– detrás de un muro de cinta amarilla: 27 tiras entrecruzadas en las que se leía: “línea policial. No traspasar”. Más allá, donde el agua debería estar reflejando los rayos del sol naciente, circulaban camionetas y algunos trabajadores caminaban lentamente, asintiendo con la cabeza, y miraban el duro paisaje urbano, como si esperaran el sonido de la sirena de la fábrica.

Ante este fiasco, Trump –que siempre se hace la víctima y culpa a sus supuestos enemigos de sus propios fallos– ha afirmado en repetidas ocasiones que unos vándalos armados de cuchillos habían destrozado el revestimiento del estanque. Varias personas, entre ellas el exatleta olímpico David Hearn, fueron detenidas y acusadas de delitos graves y leves, pero los casos se desestimaron. El Departamento del Interior facilitó documentos a la fiscalía federal “en los que indicaban que los daños sufridos por el estanque reflectante del Monumento a Lincoln en junio de 2026 fueron consecuencia de una instalación defectuosa por parte del contratista, Atlantic Industrial Coatings”. El Departamento de Justicia también lo calificó de “instalación apresurada y chapucera” y en julio retiró los cargos que había presentado contra las personas acusadas de vandalizar el monumento. El 1 de octubre, un juez dictaminó que los fiscales federales no pueden volver a presentar cargos contra Hearn. Pero la semana pasada, Trump seguía difundiendo esas mentiras. “Se produjeron actos de vandalismo”, declaró a la prensa. “Solo la gente enferma hace eso, y tenemos sus fotos”.

No lejos de la estatua de Lincoln la Administración recurrió a las mismas excusas, acompañadas del lenguaje “asqueroso y soez” de Trump y de sus falsedades sobre el vandalismo. En una hoja de papel plastificada colocada en una valla podía leerse:

“El personal del servicio de Parques Nacionales y la empresa adjudicataria están reparando las zonas dañadas por vándalos y realizando un esfuerzo histórico para limpiar, arreglar y embellecer el Estanque Reflectante del Monumento a Lincoln. Las administraciones anteriores habían abandonado este emblemático monumento nacional, como se puso en evidencia recientemente con más de la mitad de las cañerías del estanque atascadas y las veredas y bordillos de granito muy sucias. El estanque permanecerá vacío mientras se procede con las obras para que pueda volver a reflejar verdaderamente la belleza, dignidad y grandeza de la capital de nuestra nación”.

La semana pasada Atlantic Industrial Coating anunció en su página web que “todas las reparaciones en garantía ¡estaban terminadas el 2 de febrero de 2026!”. La empresa añadía: “¡Ha sido un honor servir a nuestra gran nación!”. A continuación, Trump afirmó que la remodelación del estanque reflectante estaba casi terminada. “Creo que lo van a llenar esta semana”, dijo el 6 de octubre. “El estanque reflectante está totalmente terminado”.

El Servicio de Parques Nacionales no respondió a numerosas preguntas concretas de The Intercept sobre los trabajos realizados por Atlantic Industrial Coatings y sobre si las cañerías habían quedado desatascadas por completo y el granito totalmente limpio. Tampoco la propia empresa respondió a dichas preguntas.

El lunes apareció un nuevo anuncio sobre la valla al tiempo que el agua volvía a rellenar el estanque. “El estanque reflectante del Monumento a Lincoln se está rellenado una vez el Servicio de Parques Nacionales y la empresa adjudicataria dan los toques finales a su histórico esfuerzo por limpiar, reparar y embellecer este emblemático monumento nacional”, ponía en un cartel sin indicación alguna de quién lo había colocado. También incluía una advertencia: “Como parte del proceso normal de llenado, es posible que el agua parezca temporalmente turbia antes de que se aclare”.

Tanto si el estanque reflectante vuelve a ser un fiel reflejo de “la belleza, la dignidad y la grandeza de la capital de nuestra nación”, como si sufre otra catástrofe que lo deje con un aspecto repulsivo, todo ello es sintomático de un problema más amplio: la acumulación de errores voluntarios y fracasos que la Administración Trump es incapaz de solucionar y que, en ocasiones, tras múltiples intentos, apenas consigue contener. Se ha convertido en un gigante lamentable e impotente, incapaz de alcanzar ni siquiera sus objetivos más modestos, con un poder que solo le permite verter desinformación; ocultar las fechorías bajo el manto del secreto; socavar, sabotear y destruir las instituciones gubernamentales; e infligir sufrimiento a los más vulnerables e indefensos, como los escolares en Irán y los inmigrantes indocumentados en Estados Unidos.

Sin malicia hacia nadie

Trump prometió acabar con la “ciénaga” de la corrupción en Washington pero en vez de eso la sobrealimentó y solo consiguió vaciar de agua el estanque del Monumento a Lincoln y al país de cualquier ápice de decencia.

A finales de agosto Trump recurrió a [la red social] Truth Social para afirmar que él era “seis veces más popular que Abraham Lincoln, en referencia a un sondeo entre los Republicanos actuales en el que el 53 % afirmaba que el presidente al que más admiraba era Trump, frente al 8 % que nombraba a Lincoln. Ese mismo mes él se autocalificó por encima de Lincoln y otros presidentes. De alguna manera, resulta apropiado que Trump haya destrozado el estanque reflectante del Monumento a Lincoln de la misma forma en que ha mancillado el cargo que Lincoln ocupó en su día.

No sabemos si Lincoln podría haber imaginado un presidente tan corrupto como Trump, pero sí que afirmó, por entonces, su temor a ”un mal augurio… el creciente desprecio por la ley que impera en el país; la gradual tendencia a sustituir el juicio sensato de los tribunales por pasiones desenfrenadas y furiosas”. No podía haber previsto los ataques a embarcaciones, el término “víctima de la trata de personas” ni el hecho de que Estados Unidos pudiera matar a estas últimas mediante los primeros, pero en ese mismo discurso de 1838 —cuando solo tenía 28 años— comprendió los peligros de tales ejecuciones sumarias, señalando que “cuando a la gente se le mete en la cabeza ahorcar a los tahúres o quemar a los asesinos, deberían recordar que, en la confusión que suele acompañar a tales actos, es muy probable que cuelguen o quemen a alguien que no sea ni un tahúr ni un asesino”.

Trump, sin embargo, no tiene ningún reparo en matar sin remordimientos e incluso, hace poco, pareció que proponía aniquilar con una bomba nuclear Los Ángeles y San Diego, aunque cada vez es más difícil adivinar el significado de sus divagaciones incoherentes (pero en el pasado amenazó a ambas ciudades, desplegó tropas en Los Ángeles y amenazó con hacerlo en San Diego). Ni siquiera los ejércitos de Lincoln –que recurrieron a una “guerra total” para terminar con una guerra civil prolongada, brutal y costosa– aniquilaron el Sur ni diezmaron a su población. Y, al término de la misma, Lincoln trató de “curar las heridas de la nación” con unas palabras que a Trump le harían atragantarse: “Sin malicia hacia nadie; con caridad para todos”.

Lincoln no creía que Estados Unidos pudiera ser vencido por una potencia extranjera pero sí preveía la posibilidad de que el país sellara su propia suerte: “Si la destrucción es nuestro destino, debemos ser nosotros los artífices y ejecutores”, afirmó en aquel discurso de 1838. “Como nación de hombres libres, debemos perdurar para siempre o morir por suicidio”. La reelección de un criminal cobarde que intentó socavar lo que queda de democracia en Estados Unidos parece, sin duda, algo más que un simple grito de auxilio.

“Me da la impresión que nuestro proceso de degeneración está siendo muy rápido”, escribió Lincoln a su amigo Joshua Speed en 1855. Unos 171 años más tarde bien podría haber llegado a su fin.

El sufrimiento infligido por Donald Trump ha sido inmenso. Y su propensión al fracaso podría ser ahora su rasgo más característico. Es posible que, en última instancia, se le recuerde por haber convertido una “incursión” militar temeraria en una guerra interminable condenada al fracaso o como el mayor depravado que ha ocupado el cargo de presidente. Pero la mala gestión de Trump de un proyecto de construcción local —que convirtió un monumento nacional en pleno funcionamiento en una ruina rodeada de vallas— podría ser su decepción más ilustrativa: un pequeño fracaso de proporciones épicas y, en cierto modo, un triste reflejo de todos los estadounidenses.

Nick Turse es director ejecutivo de TomDispatch y miembro del Type Media Center. Es autor entre otros libros de Next Time They’ll Come to Count the Dead: War and Survival in South Sudan y del superventas Kill Anything That Moves.

Fuente: https://www.counterpunch.org/2026/10/15/reflecting-on-the-trump-era/

Nenhum comentário:

Postar um comentário