Do Rebelión, 19 de outubro 2026
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Las protestas actuales en Francia nacieron de agravios plenamente materiales: la escasez de profesores, las aulas masificadas, el deterioro de los edificios escolares, la creciente presión por el rendimiento y la angustia ante un futuro que a buena parte de esta generación le parece menos seguro que el de la anterior. Las primeras movilizaciones tomaron forma en los suburbios de París. Según las informaciones disponibles, fueron espontáneas, sin organización central ni dirección política. En algunas zonas del movimiento hubo enfrentamientos con la policía, destrucción de bienes e incendios, y la respuesta de seguridad del Estado se convirtió en uno de los factores que intensificaron la confrontación. El gobierno ha calificado de legítimas las demandas de los estudiantes, pero describe lo que ocurre en las calles como «violencia urbana».
Sin embargo, el movimiento no se ha quedado quieto. En los últimos días, organizaciones estudiantiles de secundaria y de universidad han llamado a la convergencia y, con el apoyo de asociaciones de docentes y de sectores del movimiento sindical, las protestas han pasado de los liceos a las universidades y a un terreno social más amplio. En este sentido, el propio movimiento demuestra la distinción que está en el centro de este artículo: la diferencia entre una explosión de descontento y la construcción de poder colectivo.
En un momento así, una parte de la izquierda radical se desliza hacia una lectura simple: cuanto más violenta es la calle, más de izquierda es el movimiento. Otra parte, al ver cristales rotos y edificios quemados, reduce todo el asunto a «desorden». Ambas lecturas comparten el mismo error: equiparan la forma de la lucha con su contenido político y, con ello, eluden la cuestión central, que es la cuestión del poder.
Tres cosas que no son lo mismo
Todo análisis de una protesta social debe distinguir, al menos, tres niveles.
El primero es la causa social. ¿Qué contradicciones objetivas produjeron la protesta? En Francia la respuesta es clara: una crisis de los servicios públicos, políticas de austeridad y desigualdad educativa.
El segundo es la forma de lucha. ¿Cómo se organiza la protesta y qué medios emplea? Motín, ocupación, destrucción de propiedad, combate callejero, huelga, bloqueo o desobediencia civil.
El tercero es la dirección política. ¿A los intereses de quién sirve, en última instancia, la protesta, y qué relaciones de poder modifica?
El error habitual consiste en deslizarse de un nivel a otro. Como la causa de una protesta es legítima, concluimos que toda forma que adopte es también legítima y eficaz. Como la forma es radical, concluimos que su dirección tiene que ser emancipadora. Para despejar el terreno conviene poner lado a lado tres proposiciones:
La legitimidad de una demanda no garantiza la legitimidad de todas las formas de acción.
El radicalismo de una forma de lucha no garantiza el radicalismo de su contenido político.
Y, quizá lo más importante: el resultado político de un movimiento no es necesariamente el que pretendían sus primeros participantes.
La última proposición saca el problema del registro moral de la «violencia buena frente a la violencia mala». La cuestión ya no es si los manifestantes tienen razón al estar enojados. Es qué hace su acción dentro de la red real de fuerzas sociales.
Ninguna forma es intrínsecamente de izquierda
Por «forma» entiendo el repertorio de herramientas y métodos de acción: motín, ocupación, destrucción, combate callejero, huelga, bloqueo y desobediencia civil. Lo esencial es que ninguno de ellos es, por sí mismo, de izquierda ni de derecha.
En la lógica marxista, el hecho de que una multitud ocupe una calle, se enfrente a la policía o incendie un edificio gubernamental no dice nada, por sí solo, sobre el carácter de clase o la dirección política del movimiento. Un motín puede ser anticapitalista o antiausteridad. Puede ser el grito de los desposeídos contra el Estado. Pero también puede ser una reacción puramente local y defensiva, o carecer de una orientación de clase definida, y en ciertas condiciones puede incluso fortalecer a la extrema derecha.
Lo mismo vale para la huelga. Una huelga de trabajadores de una empresa privada por mejores salarios puede permanecer por completo dentro del marco de la redistribución en el interior del capitalismo, mientras que un motín puede, en otras circunstancias, formar parte de la politización de las clases subalternas. La distinción que quiero establecer no es, por tanto, entre «malos motines» y «buenas huelgas». Es entre el radicalismo de la forma y el radicalismo del contenido. El radicalismo de la forma se refiere a la intensidad aparente de una acción: cuán agresiva, cuán espectacular. El radicalismo del contenido se refiere a la profundidad del cambio que una acción puede producir en las relaciones de poder. A veces ambos coinciden y a veces se separan.
De la trayectoria a la capacidad
La gran tentación consiste en construir una fórmula lineal: protesta, luego huelga, luego organización, luego alianza de clases, luego victoria. La historia de los movimientos sociales no ofrece una línea recta como esa. La Francia de hoy muestra que protesta, organización, represión, solidaridad y politización pueden darse simultáneamente y con avances y retrocesos.
La pregunta, entonces, no es si toda protesta debe pasar de la manifestación a la huelga y de la huelga a la revolución. La pregunta es si la forma de lucha elegida aumenta la capacidad de organización, de solidaridad y de poder colectivo, o la desgasta. Una protesta legítima puede construir solidaridad en una situación y destruirla en otra. Esto depende no solo de las intenciones de los manifestantes, sino también de la respuesta del Estado, de los medios de comunicación, de las fuerzas políticas presentes y de las condiciones sociales más amplias que rodean al movimiento.
El criterio del poder
Si tuviera que reducir el asunto a una sola pregunta, la pregunta marxista seria no es «¿es de izquierda este motín?», sino esta: ¿qué tipo de poder social produce esta protesta y quién terminará utilizándolo?
Un motín puede desestabilizar al Estado durante unos días. Pero si no logra construir organización, solidaridad de clase y poder duradero, se apaga y deja poco más que el recuerdo de las llamas y, a menudo, el pesado costo de la represión. Una huelga que parece tranquila, en cambio, puede ejercer una presión mucho mayor sobre el capital si interrumpe la producción, el transporte, la energía y los servicios públicos.
Aun así, el poder social de las clases subalternas no debe reducirse a la capacidad de interrumpir la acumulación. Esa sería una lectura economicista, y ni siquiera es la concepción de Luxemburgo sobre la huelga de masas. Para ella, la huelga de masas no es meramente un instrumento para detener la producción. Es un proceso político y social de autoorganización, de difusión de la conciencia y de vinculación de la lucha económica con la lucha política. El poder social de las clases subalternas proviene no solo de su capacidad de provocar disrupción, sino de su capacidad de organizarse, de ampliar la solidaridad y de convertir la disrupción temporal en poder colectivo y político. El radicalismo político debe medirse por esta capacidad, no por la intensidad de las imágenes que viajan de la calle a la pantalla del televisor.
Respuesta a una objeción seria
Los defensores de la lógica del motín pueden argumentar lo siguiente. Quienes no han obtenido ninguna concesión por las vías institucionales no tienen otra opción que el lenguaje de la revuelta. El motín es, en ciertas circunstancias, la expresión política de grupos excluidos de los medios formales de organización. Y la experiencia muestra que los Estados a menudo solo retroceden bajo la presión de una disrupción visible.
Este argumento contiene una parte de verdad. Los motines han llamado en ocasiones la atención pública sobre crisis que llevaban meses ignoradas y, a veces, han obligado a los gobiernos a negociar. Pero de ello no se sigue que el motín sea siempre una forma políticamente ineficaz o atrasada. El trabajo de E. P. Thompson sobre la «economía moral de la multitud» mostró que la acción colectiva sin organización formal no debe descartarse como irracional ni como carente de conciencia.
El problema, por tanto, no es borrar el motín de la lista de formas legítimas de lucha. Es si el motín se inserta en un proceso más amplio de organización y de conflicto de clases o lo sustituye; y si se disuelve en un movimiento más amplio o lo eclipsa. Sin esta distinción, un crítico desde la izquierda podría decir con facilidad que repetimos la línea liberal: la protesta está bien hasta que se vuelve violenta. Esa no es mi posición. Mi posición es que tanto la crítica de la represión como la crítica de las formas de acción ineficaces brotan de una misma preocupación: el poder de las clases subalternas.
Francia hoy: evidencia a favor de la distinción
Francia es ilustrativa porque muestra a la vez ambas caras del problema. Por un lado, los enfrentamientos, la destrucción y los incendios forman parte de la realidad de las protestas. Por otro, lo que ha dado al movimiento mayor peso y alcance no es la intensidad de las confrontaciones, sino su expansión, tanto horizontal como vertical: estudiantes de secundaria, universitarios, docentes, familias y organizaciones sindicales. Esta convergencia es producto de una capacidad que creció a partir de demandas materiales compartidas, no de las llamas.
La izquierda francesa no es uniforme en su respuesta. La France Insoumise ha apoyado las protestas y Jean-Luc Mélenchon, según las informaciones, se ha puesto del lado de los estudiantes y ha criticado duramente la actuación policial. También hay noticias de desacuerdos entre los propios estudiantes sobre los métodos de acción. Este desacuerdo no es casual. Muestra que la cuestión de la forma está viva dentro del propio movimiento.
Crisis, imagen y batalla por el sentido
Una de las cosas más importantes que la izquierda debe tomarse en serio es que una crisis social siempre se despliega en un campo político, y en ese campo tanto la izquierda radical como la extrema derecha intentan convertir el descontento en capital político. La secuencia peligrosa puede describirse así: crisis, luego imágenes de violencia, luego miedo social, luego elevación de la seguridad a cuestión central, luego demanda de orden y, finalmente, una oportunidad para la extrema derecha. En cada eslabón de esta cadena, los medios de comunicación y la representación política desempeñan un papel decisivo. La expresión «violencia urbana», que el gobierno utilizó desde los primeros días, es en sí misma parte de esta lucha por el sentido. Es un nombre que oculta la causa social y reduce una crisis estructural a un asunto de orden policial.
El análisis de Stuart Hall y sus colegas en Policing the Crisis (Vigilando la crisis), aunque pertenece a un contexto histórico y geográfico distinto, el de la Gran Bretaña de los años setenta, muestra cómo una crisis social puede transformarse, mediante la representación mediática y política, en una cuestión de «ley y orden». No debe tomarse como una explicación directa de la Francia actual. Pero es una advertencia clara para la izquierda: una sociedad puede estallar y el resultado puede no ser el socialismo, sino más autoritarismo, una política más securitizada y una extrema derecha más fuerte. El asunto no es, pues, solo la ética de la protesta. Es la batalla por lo que una protesta significa en el espacio público.
La segunda trampa: aceptar el marco del Estado
Hay también una trampa del otro lado. Supongamos que el Estado erosiona los servicios públicos, debilita la educación y deja a una generación en la inseguridad y que, cuando esa generación protesta, reduce todo el asunto a «violencia». La izquierda no debe aceptar ese marco. Según las informaciones disponibles, el uso extensivo de la fuerza policial, de armas antidisturbios y de detenciones masivas se ha convertido, en sí mismo, en un factor agravante. Por tanto, dos proposiciones pueden ser ciertas a la vez:
Primera, la represión estatal y la violencia policial deben ser criticadas.
Segunda, no todo acto violento de los manifestantes hace avanzar necesariamente al movimiento social.
No hay contradicción entre ambas. La contradicción surge solo si suponemos que criticar la represión exige elogiar toda forma de resistencia, o que criticar una forma de resistencia equivale a coincidir con el Estado.
En la tradición marxista, el descontento social no es todavía conciencia de clase; la conciencia de clase no es todavía organización de clase; la organización de clase no es todavía poder político; y un motín, por intenso que sea, no es todavía una revolución. Una sociedad puede estar profundamente descontenta sin estar organizada. Puede amotinarse sin producir poder. Puede debilitar a un gobierno sin debilitar al capitalismo. Incluso puede desestabilizar un régimen político y abrir espacio a una fuerza más reaccionaria.
Por eso, la pregunta final de la izquierda sobre las protestas francesas no debería ser «¿es este motín lo bastante radical?». Debería ser: ¿puede esta protesta ir más allá de una explosión momentánea de descontento hacia la organización duradera de las clases subalternas, hacia un vínculo entre la generación joven, los docentes y la clase trabajadora, y hacia formas colectivas de poder social? No hay garantías ni un camino predeterminado. Pero se puede preguntar, de cada forma de acción, si aumenta esta capacidad o la desgasta.
Aquí cabe formular una crítica más aguda a cierta tendencia de la izquierda contemporánea: la sustitución de la política del poder por la intensidad de la acción. Es una izquierda que convierte «la calle» en un valor en sí mismo, como si cuanto más violenta e inestable fuera la calle, más de izquierda fuera el movimiento. La tradición marxista clásica, en cambio, trata en lo fundamental de convertir el descontento disperso en poder organizado de una clase, no de glorificar el desorden. Esta crítica no significa guardar silencio ante la violencia estatal, ni condena a los jóvenes manifestantes. Significa tomarlos lo bastante en serio como para querer que su protesta se convierta en poder y no en memoria.
Para la izquierda, la cuestión no es con cuánta furia ha ardido la calle. Es qué queda del poder de las clases subalternas cuando el fuego se ha apagado.
Este artículo fue publicado previamente en ZNetwork.
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