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La Organización de Cooperación de Shanghái veinticinco años después

De la hipótesis de la nueva Eurasia a la crisis de la hegemonía estadounidense y la formación de un orden multipolar



Do Rebelion, 5 de setembro 2026
Por Víctor Wilches 



INTRODUCCIÓN

En 2010 formulé una hipótesis que entonces podía parecer prematura: la Organización de Cooperación de Shanghái (OCS) no debía ser interpretada únicamente como una organización regional de seguridad, sino como una estructura con potencial para adquirir una dimensión geopolítica mayor y contribuir a la reorganización del espacio euroasiático. Esa hipótesis fue desarrollada y publicada posteriormente, en 2011 en portugués y en 2015 en español e inglés, cuando todavía resultaba difícil imaginar la dimensión que adquiriría la transformación del sistema internacional.[1]

Veinticinco años después de la creación de la OCS, el problema ya no consiste en preguntar si aquella organización tiene importancia. La pregunta decisiva es qué revela su expansión sobre la naturaleza del orden mundial que está emergiendo. El 26º Consejo de Jefes de Estado, celebrado en Bishkek el 31 de agosto y el 1 de septiembre de 2026, reunió a los diez Estados miembros de la organización y aprobó una nueva batería de decisiones sobre seguridad, conectividad, energía, lucha contra las amenazas transnacionales y gobernanza. La OCS ya no puede ser descrita seriamente como un mecanismo exclusivamente centroasiático.[2]

La tesis de este ensayo es, por tanto, más precisa que la formulada originalmente: la OCS no está sustituyendo por sí sola al orden internacional existente; está contribuyendo a transformarlo. Su importancia histórica reside en que articula, con todas sus contradicciones, una parte sustancial del espacio euroasiático en torno a principios de soberanía, consulta, no intervención, seguridad compartida, conectividad y desarrollo. En esa medida, constituye una de las expresiones institucionales más visibles de la transición desde la excepcional concentración de poder posterior a la Guerra Fría hacia una estructura internacional más plural.

Esta transformación coincide con una crisis profunda de la hegemonía estadounidense. No se trata de afirmar que Estados Unidos haya dejado de ser una gran potencia. Conserva capacidades militares, financieras, tecnológicas, científicas, monetarias y culturales extraordinarias. Lo que está en crisis es otra cosa: su capacidad para convertir ese poder material en un orden ampliamente aceptado como universal. La erosión de esa capacidad es acelerada y visible. Cuando una potencia necesita recurrir cada vez más a sanciones, coerción económica, presión territorial, amenazas, ataques militares agresivos, guerra y mecanismos impositivos para preservar posiciones que antes podía organizar mediante instituciones y consenso, estamos ante una crisis hegemónica, no simplemente ante una modificación estadística de cuotas de poder.

El problema central del presente interregno es precisamente esa contradicción: el viejo orden conserva una enorme capacidad coercitiva mientras pierde capacidad para producir consentimiento; los nuevos centros de poder poseen recursos crecientes pero todavía no han construido una arquitectura política común capaz de reemplazarlo. La OCS aparece en ese espacio intermedio. No es todavía el centro de un nuevo sistema mundial. Es, sin embargo, uno de los laboratorios institucionales donde ese sistema está tomando forma.

LA HIPÓTESIS DE 2010: DE LA ORGANIZACIÓN REGIONAL A LA NUEVA EURASIA


La OCS nació en 2001 a partir del proceso de los «Cinco de Shanghái», inicialmente orientado a resolver cuestiones fronterizas y construir confianza entre China, Rusia y los Estados de Asia Central. Desde su origen, sin embargo, sus documentos fundacionales vincularon la cooperación regional con un contexto más amplio de multipolaridad política y globalización económica e informativa.[3]

Mi hipótesis de 2010 partía de una observación sencilla: si Rusia y China profundizaban su relación estratégica, si la OCS ampliaba su membresía y si la organización extendía su agenda desde la seguridad hacia la economía, la energía y la conectividad, podía convertirse en algo cualitativamente diferente de una organización regional convencional. La cuestión no era imaginar una OTAN oriental o asiática, sino identificar la posibilidad de un mecanismo flexible de concertación euroasiática.

La evolución posterior no confirmó mecánicamente cada aspecto de aquella hipótesis, pero sí confirmó su dirección general. India y Pakistán ingresaron en 2017; Irán se convirtió en miembro pleno en 2023 y Bielorrusia en 2024. En 2026 la organización reúne diez miembros y mantiene vínculos institucionales con numerosos Estados observadores y socios de diálogo. [2] El salto no es solamente geográfico. La OCS pasó de administrar problemas de seguridad de Asia Central a intervenir en cuestiones de energía, transporte, digitalización, desarrollo, lucha contra el terrorismo y gobernanza internacional.

Esto obliga a revisar una vieja clasificación. La OCS no es exactamente una alianza militar, no es una unión económica supranacional y tampoco es un bloque ideológico homogéneo. Es una organización intergubernamental deliberadamente flexible. Su fuerza está precisamente en esa flexibilidad: permite que Estados con intereses divergentes cooperen sin tener que someterse a una estructura supranacional. Su debilidad es la misma: la ausencia de una autoridad común limita su capacidad de actuar como actor unitario.

La literatura contemporánea ha retomado la posibilidad de interpretar la OCS como una forma embrionaria de «concierto de Eurasia». James MacHaffie, por ejemplo, plantea que la organización posee una cartera de seguridad suficientemente importante para ser considerada un posible contrapeso a las estructuras occidentales, aunque advierte que las rivalidades internas limitan su cohesión.[4] Esa tensión —capacidad transformadora y cohesión limitada— es fundamental para comprenderla.
DEL MOMENTO UNIPOLAR A LA CRISIS DE LA HEGEMONÍA

La unipolaridad posterior a 1991 fue real. Estados Unidos reunió una combinación extraordinaria de poder militar, financiero, tecnológico, institucional y cultural. Pero la unipolaridad nunca significó que el resto del mundo hubiese dejado de tener intereses propios. La confusión entre superioridad histórica y supremacía permanente fue uno de los errores estratégicos más importantes de la etapa posterior a la Guerra Fría.

Para Robert Cox, la hegemonía no puede reducirse a la superioridad material. Un orden hegemónico combina capacidades materiales, instituciones e ideas; la dominación puede imponerse por coerción, mientras que la hegemonía requiere un grado significativo de consentimiento.[5] Esta distinción resulta decisiva. Estados Unidos puede seguir siendo militarmente superior en numerosos dominios y, al mismo tiempo, experimentar una crisis profunda y acelerada de su capacidad hegemónica.

La erosión no comenzó con Donald Trump. Trump la ha acelerado, explicitado y convertido en una política mucho más visible. Las guerras de Irak y Afganistán, la crisis financiera de 2008, el uso creciente de sanciones, la politización de instituciones económicas y la percepción de dobles estándares han erosionado la legitimidad del orden dirigido por Washington. La creciente autonomía estratégica de actores como China, India, Rusia, Irán y numerosos Estados del Sur Global es parte de ese proceso.

En 2026 la contradicción se hizo particularmente visible. La administración estadounidense ha combinado una retórica de recuperación de la primacía nacional con presiones comerciales, amenazas territoriales, coerción energética y una utilización abierta del poder militar. La retirada o revisión de compromisos multilaterales tampoco es una señal de fortaleza hegemónica en sentido gramsciano: puede ser interpretada como el comportamiento de una potencia que considera que las reglas existentes ya no le proporcionan ventajas suficientes y que, por ello, intenta recuperar margen de maniobra mediante relaciones bilaterales asimétricas e impositivas.

La cuestión, por tanto, no es si Estados Unidos «desaparece». No desaparece. La cuestión es si puede conservar por más tiempo un orden mundial en el que una parte creciente de la humanidad dispone de alternativas económicas, financieras, tecnológicas y diplomáticas. La respuesta parece cada vez más negativa. Estamos ante una crisis hegemónica acelerada, cuya característica principal no es la pérdida absoluta de poder estadounidense, sino la pérdida de su capacidad para convertir ese poder en obediencia legítima y orden universal.
EL INTERREGNO: CUANDO EL VIEJO ORDEN PIERDE CONSENSO Y EL NUEVO AÚN NO EXISTE

Antonio Gramsci proporciona una categoría especialmente útil para este momento: el interregno. El concepto permite comprender una situación en la que el orden anterior conserva instituciones y capacidad coercitiva, mientras el nuevo orden todavía no ha adquirido forma estable. De ahí la aparición de fenómenos que expresan la descomposición de las viejas reglas antes de que las nuevas hayan conseguido sustituirlas.[6]

Giovanni Arrighi, Immanuel Wallerstein, Samir Amin y David Harvey permiten complementar esta lectura desde la economía política histórica: las hegemonías atraviesan ciclos de expansión, crisis, financiarización, competencia y reestructuración; la relación entre centro y periferia cambia; y la acumulación puede apoyarse en mecanismos de apropiación y desposesión.[7] Ninguna de estas teorías funciona como una profecía mecánica. Su utilidad está en mostrar que los órdenes internacionales son históricos y, por tanto, reversibles.

El rasgo más peligroso del interregno actual es la combinación de decadencia hegemónica y capacidad coercitiva. Una potencia en ascenso todavía puede actuar con prudencia porque necesita construir legitimidad. Una potencia en declive puede sentirse tentada a utilizar de forma más intensa los instrumentos que todavía controla. De ahí el riesgo de que la crisis de hegemonía se transforme en política de imposición y de destrucción.

Esto permite comprender por qué la transición actual no debe celebrarse ingenuamente. El fin de la unipolaridad no garantiza un mundo mejor. Puede producir una arquitectura multipolar más equilibrada, pero también una competencia entre varias potencias que reproduzcan lógicas imperiales. La verdadera cuestión histórica no es solamente quién reemplazará a quién, sino si el sistema internacional será capaz de pasar de la lógica de la dominación a una lógica efectiva de coexistencia soberana.
EL HEGEMONISMO Y LA POLÍTICA DE IMPOSICIÓN

El concepto de hegemonismo utilizado aquí no es una calificación moral automática ni una categoría jurídica. Describe la transformación de la pretensión de liderazgo en pretensión de primacía: el interés nacional de una potencia comienza a presentarse como condición necesaria del orden internacional y, cuando otros actores no aceptan esa premisa, aparecen mecanismos de presión para obligarlos a hacerlo.

La política estadounidense de 2025-2026 ofrece varios ejemplos que, sin ser idénticos, pueden analizarse conjuntamente: presión económica sobre Canadá; exigencias relacionadas con Groenlandia; utilización de aranceles como instrumento de coerción; redefiniciones simbólicas del espacio geográfico; intervención política en países de América Latina; y, en 2026, una política energética y militar particularmente agresiva en Venezuela e Irán.[8] La tesis no requiere afirmar que cada caso sea jurídicamente equivalente. Basta observar el patrón de utilización del poder para obtener resultados que difícilmente serían alcanzados mediante consenso.

El caso del estrecho de Ormuz es especialmente revelador. En agosto de 2026 la Casa Blanca llegó a presentar públicamente el estrecho como un espacio bajo control estadounidense, mientras la guerra de agresión con Irán había reducido de manera drástica el tráfico marítimo por una ruta por la que normalmente transita una proporción muy significativa del petróleo mundial.[9] La formulación «controlamos» o «poseemos» una ruta internacional no es una simple cuestión semántica: expresa una concepción del poder internacional incompatible con la idea de bienes y rutas de interés común regulados por normas generales y el derecho internacional.

La nueva fase de hostilidades contra Irán iniciada con ataques estadounidenses en septiembre de 2026, seguida por represalias iraníes, muestra el peligro de este desplazamiento desde la competencia hacia la coerción directa.[10] El objetivo de este señalamiento no es absolver las acciones iraníes ni negar la complejidad histórica del conflicto, sino establecer una secuencia concreta: en esta nueva fase, Estados Unidos inició los ataques y posteriormente Irán respondió. Confundir ambas cosas equivale a borrar la causalidad inmediata de la escalada.

VENEZUELA: EL LABORATORIO DEL NEO-COLONIALISMO EN EL SIGLO XXI


Venezuela constituye el caso paradigmático del nuevo neocolonialismo energético. Lo que está ocurriendo no debe analizarse únicamente como una negociación petrolera entre dos gobiernos, sino como una relación profundamente asimétrica entre una potencia mundial y un Estado debilitado cuya principal riqueza estratégica está siendo incorporada a una estructura de control dominada por capital y poder estadounidenses.

El acuerdo anunciado en agosto de 2026 contempla acceso estadounidense a aproximadamente 65.000 millones de barriles de reservas venezolanas y una estructura de explotación sobre 17 campos durante hasta cien años. Reuters informó además que la operación fue negociada sin un proceso competitivo transparente y que especialistas jurídicos cuestionaron su estructura y sus condiciones.[7]

La dimensión económica es extraordinaria. No estamos hablando de una inversión ordinaria en un país productor. Estamos hablando de una transferencia potencialmente leonina de acceso y control sobre una parte gigantesca de las reservas de uno de los países petroleros más importantes del planeta.

El asunto adquiere una gravedad todavía mayor cuando se examina el control financiero. El 2 de septiembre de 2026 el secretario de Energía estadounidense declaró que Estados Unidos mantendría una supervisión estricta de los flujos financieros derivados del acuerdo.[8] Donald Trump, además, anunció que el petróleo venezolano sería utilizado para reponer la Reserva Estratégica de Petróleo estadounidense.[9]

El lenguaje político utilizado desde Washington resulta revelador: el recurso venezolano es presentado como instrumento de la seguridad energética estadounidense. Es decir, el petróleo de Venezuela no aparece simplemente como un activo comercial venezolano, sino como una pieza de la estrategia energética de Estados Unidos.

¿Puede hablarse, en estas condiciones, de soberanía económica efectiva? Jurídicamente puede existir un contrato leonino aprobado por autoridades nacionales. Pero la soberanía no puede reducirse a la capacidad formal de firmar documentos. Si una potencia extranjera posee una capacidad decisiva sobre el capital, la tecnología, el acceso a mercados, la seguridad y los flujos financieros, la autonomía material del Estado queda profundamente limitada y sometida.

Por eso la categoría de subordinación neocolonial resulta pertinente. No se trata de afirmar que el acuerdo sea automáticamente ilegal ni de utilizar «saqueo» como una calificación judicial. Se trata de describir una estructura de poder en la que una potencia externa por medio de métodos neocoloniales y de neo-protectorado obtiene ventajas extraordinarias sobre recursos estratégicos mediante mecanismos contractuales, financieros, empresariales y geopolíticos.

Pero la crítica no puede dirigirse exclusivamente contra Washington. La conducta vergonzosa del gobierno venezolano es igualmente decisiva. La Asamblea Nacional dominada por el oficialismo aprobó el acuerdo leonino el 1 de septiembre de 2026.[10] El gobierno lo presentó sibilinamente como una vía para atraer inversión, recuperar producción, reconstruir infraestructura y generar ingresos.

Aquí aparece una de las contradicciones más profundas del neocolonialismo contemporáneo: el gobierno del país subordinado, en este caso Venezuela, puede convertirse en administrador vasallo de la propia transferencia de control y construir una retórica destinada a presentarla como una victoria nacional. La subordinación deja entonces de parecer subordinación.

El argumento de que Venezuela necesita inversión es cierto. Pero precisamente por eso debe formularse la pregunta fundamental: ¿por qué la necesidad económica tendría que traducirse en una concesión extraordinariamente prolongada y asimétrica de recursos estratégicos? La pobreza, la crisis productiva y el deterioro institucional no eliminan el principio de soberanía; hacen que defenderlo sea todavía más importante.

Venezuela demuestra así que el imperialismo del siglo XXI no necesita necesariamente tropas ocupando un país. Puede operar mediante sanciones, contratos, capital, mercados, tecnología, control financiero y acuerdos con gobiernos serviles y corruptos nacionales. El viejo colonialismo administraba territorios. El nuevo neocolonialismo puede administrar flujos de riqueza.

Y existe una paradoja histórica aún más inquietante: mientras Washington intenta recuperar una posición privilegiada sobre el petróleo venezolano, la OCS y otras estructuras euroasiáticas avanzan precisamente en la dirección contraria, buscando multiplicar las alternativas energéticas, comerciales y financieras de sus miembros.

Venezuela es, por tanto, mucho más que un caso nacional. Es un espejo de la crisis del orden mundial. Allí puede observarse cómo una hegemonía en crisis intenta asegurar recursos estratégicos y cómo un Estado debilitado, servil y corrupto puede terminar aceptando aquello que, bajo una mirada histórica, se parece cada vez más a una relación neocolonial.
LA TRAMPA DE TUCÍDIDES: EL PELIGRO NO ES EL ASCENSO DE CHINA, SINO LA RESPUESTA A ESE ASCENSO

Graham Allison popularizó la llamada «Trampa de Tucídides» para describir el riesgo de que el ascenso de una potencia provoque miedo en la potencia dominante y termine desencadenando una guerra.[13] La tesis ha sido discutida y criticada; Richard Hanania, entre otros, ha señalado problemas metodológicos y de selección histórica.[14] Por ello no debe utilizarse como ley histórica.

Pero existe una intuición que sigue siendo válida: las transiciones de poder son peligrosas cuando los actores interpretan cada movimiento del otro como una amenaza existencial. El problema no es que China ascienda. El problema aparece cuando el ascenso chino es tratado como una agresión por definición y cuando China interpreta toda política estadounidense como una estrategia destinada a impedir su desarrollo.

Xi Jinping ha rechazado expresamente la inevitabilidad de la trampa y ha insistido en que los errores de cálculo pueden crearla. En mayo de 2026 volvió a plantear la cuestión en su encuentro con Donald Trump.[15] La advertencia es importante porque desplaza la atención desde una supuesta ley histórica hacia la responsabilidad política.

La verdadera trampa es, entonces, psicológica y estratégica: miedo, percepción de cerco, militarización, nacionalismo, sanciones, contra-sanciones, errores de cálculo y escaladas que terminan reduciendo las opciones de todos. La existencia de armas nucleares hace que una política de poder basada en la humillación del adversario sea especialmente irresponsable.

La alternativa no consiste en pedir a Estados Unidos que renuncie a sus intereses ni a China que detenga su desarrollo. Consiste en construir mecanismos de coexistencia entre grandes potencias y aceptar que ninguna de ellas puede aspirar legítimamente a organizar el planeta como una esfera exclusiva de influencia.

PEPE ESCOBAR Y M. K. BHADRAKUMAR: DOS LECTURAS GEOPOLÍTICAS DE LA EURASIA EMERGENTE


Las interpretaciones de Pepe Escobar y M. K. Bhadrakumar ocupan un lugar relevante en este debate porque, aunque no deben confundirse con la literatura académica especializada, han seguido durante años la transformación geopolítica de Eurasia desde una perspectiva distinta de la dominante en los grandes centros occidentales.

Pepe Escobar ha insistido en que la consolidación euroasiática y la convergencia entre la OCS, la Iniciativa de la Franja y la Ruta, la Unión Económica Euroasiática y los BRICS forman parte de una misma transformación geoeconómica. En 2021 describió la cumbre del vigésimo aniversario de la OCS como una señal del fin del momento unipolar estadounidense; en otros trabajos ha interpretado la integración euroasiática como el proceso estructural de mayor alcance del siglo XXI.[16] Su valor para este ensayo está en haber identificado tempranamente la conexión entre infraestructura, energía, comercio y poder geopolítico.

Bhadrakumar, desde una perspectiva india, ha subrayado otra dimensión: la autonomía estratégica. Ha interpretado la OCS como una plataforma capaz de facilitar contactos entre India, Rusia, China y Asia Central, incluso en situaciones de tensión. También ha destacado la importancia de la OCS para la seguridad regional, Afganistán y la convergencia energética.[17] Esta mirada es especialmente útil porque recuerda que Eurasia no puede reducirse a una alianza chino-rusa: India mantiene intereses propios y utiliza los mecanismos multilaterales para ampliar su autonomía.

Ambos autores deben ser leídos críticamente. Su lenguaje es deliberadamente geopolítico y, en ocasiones, más categórico que el de la literatura académica. Pero precisamente por eso aportan una perspectiva que suele quedar fuera de los análisis institucionales: la posibilidad de que la OCS y otras organizaciones euroasiáticas estén construyendo no sólo cooperación, sino una infraestructura política capaz de reducir la dependencia del centro atlántico.

Mi hipótesis de 2010 converge aquí con una intuición que estos autores desarrollaron desde otros ángulos: la nueva Eurasia no es solamente una suma de Estados. Es la construcción progresiva de corredores, instituciones, mercados, mecanismos financieros, acuerdos energéticos y espacios de concertación que disminuyen la capacidad de un único poder externo para determinar las reglas del continente.

LA OCS EN 2026: DE LA SEGURIDAD REGIONAL A LA ARQUITECTURA EURASIATICA


La OCS de 2026 presenta una escala que habría sido difícil imaginar en 2001. Su membresía incluye a China, Rusia, India, Pakistán, Irán, Kazajistán, Kirguistán, Tayikistán, Uzbekistán y Bielorrusia. Además, mantiene una red amplia de observadores y socios de diálogo. La propia organización señala que su estrategia hasta 2035 busca consolidar su posición internacional y profundizar relaciones con Naciones Unidas y otras organizaciones.[2]

La cumbre de Bishkek de 2026 es especialmente significativa por el contexto en que se produjo. Mientras las tensiones entre Estados Unidos, Irán y otros actores alcanzaban niveles extremos, la OCS reunió a los principales Estados continentales de Eurasia y volvió a colocar en el centro conceptos como soberanía, seguridad, conectividad, desarrollo y multipolaridad. El resultado no constituye una alianza militar antiestadounidense. Es algo más complejo: un espacio de coordinación que permite a sus miembros gestionar intereses comunes sin aceptar la subordinación a una sola potencia.

La seguridad sigue siendo fundamental. La organización conserva una fuerte agenda contra el terrorismo, el extremismo, el narcotráfico y las amenazas transnacionales. Pero la seguridad en Eurasia ya no puede separarse de energía, infraestructura, comercio, cadenas logísticas y tecnología. Un corredor ferroviario, un oleoducto, una red eléctrica o un sistema de pagos pueden tener tanta importancia estratégica como una base militar.

Aquí reaparece la Nueva Ruta de la Seda. La iniciativa china de la Franja y la Ruta no debe ser reducida ni a una obra de infraestructura ni a una simple herramienta de dominación china. Es un proyecto de conectividad de escala continental que puede producir dependencia en algunos casos, pero también ampliar las opciones de desarrollo de los países participantes. El análisis serio debe estudiar cada proyecto, sus condiciones financieras, sus beneficios, sus riesgos y su distribución de poder.

La OCS tampoco debe ser confundida con la Iniciativa de la Franja y la Ruta. Son instrumentos diferentes. La primera es una organización intergubernamental; la segunda es una plataforma de conectividad y cooperación económica. Su convergencia es importante precisamente porque muestra cómo seguridad, infraestructura y economía están dejando de funcionar como compartimentos separados en la geopolítica euroasiática.

LA MULTIPOLARIDAD NO ES UN NUEVO BLOQUE


Uno de los errores más frecuentes consiste en imaginar la multipolaridad como un nuevo bloque dirigido contra Occidente. Esa interpretación reproduce exactamente la lógica bipolar que la transición pretende superar. China no es Rusia; India no es China; Irán no es India; Asia Central no es un apéndice de Moscú o Pekín. La pluralidad interna es precisamente una de las características del nuevo sistema.

India constituye el mejor ejemplo. Puede cooperar con Rusia y China en la OCS y, al mismo tiempo, mantener relaciones estratégicas con Estados Unidos, Japón y Europa. Esta política de autonomía estratégica no es una anomalía: es una anticipación del comportamiento que probablemente adoptarán muchos Estados en un mundo multipolar.[18]

La OCS puede sobrevivir a estas divergencias porque no exige alineamiento absoluto. India y Pakistán mantienen una rivalidad profunda; India y China tienen disputas fronterizas; Rusia y China no tienen intereses idénticos; Irán y algunos Estados miembros mantienen relaciones complejas. La organización funciona precisamente porque permite cooperar sin resolver todas las diferencias.

Pero esa misma flexibilidad constituye su principal límite. Si la OCS quiere transformarse en una arquitectura política de mayor alcance, deberá desarrollar mecanismos capaces de convertir declaraciones en políticas coordinadas. De lo contrario, corre el riesgo de convertirse en un foro de declaraciones grandilocuentes con escasa capacidad ejecutiva.

La cuestión decisiva no es construir otro bloque, sino construir una arquitectura internacional en la que varios centros puedan coexistir. Si la multipolaridad termina sustituyendo una hegemonía por varias hegemonías, el mundo habrá cambiado de administradores pero no de lógica.

LOS LÍMITES Y LAS CONTRADICCIONES DE LA OCS


Sería un error convertir la OCS en una organización idealizada. Su expansión ha aumentado su importancia, pero también sus contradicciones. La rivalidad entre India y China, el conflicto India-Pakistán, las diferencias sobre la relación con Occidente, las distintas concepciones económicas y la diversidad de sistemas políticos hacen improbable una integración comparable a la de una unión supranacional.

Además, China y Rusia poseen capacidades muy superiores a las de muchos miembros. La asimetría puede facilitar proyectos comunes, pero también puede generar dependencia. La crítica que se aplica a las relaciones occidentales debe aplicarse igualmente a las relaciones euroasiáticas: ninguna infraestructura debería convertirse en instrumento de subordinación política.

La organización enfrenta asimismo el problema de la eficacia. Una estructura basada en consenso es buena para evitar fracturas, pero puede ser lenta frente a crisis. Si la OCS quiere desempeñar un papel mayor, necesitará mecanismos más sólidos en comercio, financiación, energía, infraestructura, salud, tecnología y gestión de emergencias, sin destruir el principio de soberanía que constituye su fundamento.

Por eso la OCS debe ser juzgada por lo que realmente es, no por lo que sus partidarios o adversarios quisieran que fuera. No es una OTAN asiática. Tampoco es un simple «foro». Es una organización en proceso de transformación cuyo peso dependerá de si logra convertir su masa geopolítica en capacidad institucional.

EL PROBLEMA DE LAS ARMAS NUCLEARES Y LA SOBERANÍA


La transición hacia la multipolaridad tiene un límite que ninguna teoría geopolítica puede ignorar: la existencia de arsenales nucleares. Estados Unidos, Rusia, China, India, Pakistán e Israel poseen armas nucleares; la presencia de Irán en el centro de las crisis de seguridad de Eurasia añade otra dimensión al problema. Cuando varias potencias con capacidades nucleares interactúan en un sistema sometido a fuertes presiones, los errores de cálculo dejan de ser únicamente políticos.

La soberanía debe ser el principio de contención. Ninguna potencia debería asumir que tiene derecho a decidir unilateralmente qué países pueden desarrollar determinadas capacidades económicas, qué alianzas pueden construir o qué rutas comerciales pueden utilizar. La soberanía no significa impunidad. Significa que las restricciones legítimas deben derivarse de normas generales y mecanismos multilaterales, no de la voluntad de una sola potencia.

El peligro es que el lenguaje de la seguridad se convierta en una justificación universal para la coerción. Toda potencia puede presentar su expansión como defensiva. Rusia puede hacerlo; China puede hacerlo; Estados Unidos puede hacerlo. Por eso la única salida racional es construir reglas que se apliquen también a los poderosos.

La multipolaridad sólo será un avance histórico si consigue algo que la lógica imperial nunca pudo garantizar: que la diversidad de centros de poder no destruya la posibilidad de reglas comunes y se sometan al derecho internacional consensuado.

AMÉRICA LATINA: EL PATIO TRASERO EN LA ERA DE LA MULTIPOLARIDAD


América Latina continúa siendo, en términos geopolíticos, el «patio trasero» de Estados Unidos. No es una expresión retórica: es la descripción histórica de una estructura de poder nacida con la Doctrina Monroe y reproducida durante más de un siglo mediante presión diplomática, intervención política y militar directa, dependencia financiera, cooperación militar asimétrica y control de mercados estratégicos.

Lo particularmente grave es que esa estructura no ha desaparecido con la llegada de la multipolaridad. Por el contrario, Washington está intentando actualizarla. En julio de 2026 el Pentágono promovió una nueva formulación de la política hemisférica, denominada «Donroe Doctrine», reafirmando el liderazgo estadounidense sobre el continente y vinculándolo explícitamente con seguridad, migración, narcotráfico y la competencia con China.[5]

El mensaje geopolítico es inequívoco: América Latina sigue siendo considerada por Washington como una esfera privilegiada de interés estratégico. La presencia de China, Rusia u otros actores no es tratada simplemente como competencia comercial normal, sino como una penetración externa que Estados Unidos pretende contener. La vieja Doctrina Monroe no desapareció; está siendo adaptada a la competencia multipolar del siglo XXI.

Lo más preocupante, sin embargo, no es solamente la política estadounidense. Es la ausencia de una respuesta latinoamericana equivalente. Mientras Eurasia ha construido mecanismos de concertación como la OCS y dispone además de otros instrumentos multilaterales, América Latina continúa fragmentada, sin una arquitectura política, económica, financiera y estratégica capaz de negociar colectivamente con Washington y con las demás grandes potencias.

Esta fragmentación convierte a cada Estado latinoamericano en un negociador aislado. Un país aislado negocia desde la necesidad; una región organizada puede negociar desde el poder de su mercado, sus recursos y su posición geográfica. La ausencia de una organización latinoamericana con capacidad real de coordinación estratégica es, por tanto, una de las principales causas de la persistencia de la dependencia.

Pero existe una dimensión todavía más incómoda y vergonzante: una parte de las élites y gobiernos latinoamericanos ha interiorizado la subordinación. Ya no siempre es necesario que Washington imponga directamente una política. Gobiernos nacionales pueden adoptar voluntariamente prioridades estadounidenses y presentarlas como pragmatismo, seguridad, inversión o modernización. La dependencia externa termina convirtiéndose en una política interna.

El caso de la cooperación militar contra el narcotráfico ilustra esta dinámica. En agosto de 2026 Estados Unidos incorporó a Colombia a una coalición hemisférica contra grupos armados y narcotraficantes y promovió operaciones conjuntas.[6] La cuestión no es negar la existencia del crimen transnacional, sino preguntar quién define la amenaza, quién establece los objetivos, quién proporciona la arquitectura militar y quién termina fijando los límites de la política de seguridad regional.

Así aparece una forma moderna neocolonial de subordinación: no hace falta ocupar militarmente un territorio cuando la potencia dominante consigue orientar sus políticas de seguridad, sus mercados, sus alianzas, sus recursos estratégicos y sus decisiones exteriores.

América Latina se encuentra, por ello, ante una oportunidad histórica desperdiciada. La multipolaridad podría permitirle diversificar relaciones, industrializar recursos, construir infraestructura regional, desarrollar mecanismos financieros propios y negociar de igual a igual con las grandes potencias. Pero para ello tendría que dejar de actuar como un conjunto de Estados separados y comenzar a actuar como espacio político común.

La cuestión central no es sustituir la dependencia de Washington por dependencia de Pekín o Moscú. Es construir autonomía. América Latina no necesita un nuevo protector; necesita convertirse en sujeto estratégico.

¿NEOFASCISMO, NEOFEDALISMO O NEOMONARQUISMO POLÍTICO?


Los conceptos de neofascismo, neofeudalismo y neomonarquismo político deben utilizarse aquí como categorías analíticas y no como etiquetas jurídicas. El neofascismo, en este ensayo, alude a la combinación de liderazgo personalista, nacionalismo excluyente, construcción permanente del enemigo, erosión de controles institucionales, política del miedo y normalización de la coerción.

El neofeudalismo describe otra dimensión: la concentración del poder económico y político en redes personalizadas, la subordinación de instituciones impersonales a relaciones de patronazgo y la transformación de recursos y territorios en objetos de negociación entre élites. El neomonarquismo político alude, a su vez, a la personalización extrema de la política exterior, cuando el jefe de Estado actúa como si las relaciones internacionales fueran un sistema de posesiones, favores y transacciones personales.

Estas tendencias no son patrimonio exclusivo de un país. Pueden aparecer en cualquier sistema que combine desigualdad, concentración económica, crisis institucional y nacionalismo. La razón para examinarlas en el contexto estadounidense actual es que la personalización del poder y la política exterior transaccional pueden intensificar la crisis de hegemonía: cuando el liderazgo se vuelve demasiado personalista, los compromisos internacionales dejan de ser previsibles y las instituciones pierden capacidad de generar confianza.

La paradoja es profunda. Un orden hegemónico necesita previsibilidad y reglas. Una política exterior organizada alrededor del poder personal produce exactamente lo contrario. En consecuencia, la radicalización del unilateralismo puede aumentar el poder coercitivo de Estados Unidos a corto plazo y, simultáneamente, acelerar la pérdida de confianza que sostiene su hegemonía a corto plazo.

MI TESIS, DIECISÉIS AÑOS DESPUÉS


La prueba de una tesis histórica no consiste en demostrar que cada predicción ocurrió exactamente como fue formulada. Consiste en determinar si identificó correctamente la dirección de un proceso. Desde esa perspectiva, mi hipótesis formulada en 2010 conserva una capacidad explicativa considerable.

La OCS no se convirtió en una alianza militar cerrada. Tampoco sustituyó a Naciones Unidas ni creó un mercado común euroasiático. Pero sí evolucionó desde un mecanismo regional de seguridad hacia una organización de alcance continental, incorporó a potencias como India e Irán, amplió su agenda y se convirtió en uno de los principales espacios institucionales donde se discute la arquitectura multipolar.[1][2]

Lo que en 2010 podía parecer una posibilidad distante —que la cooperación ruso-china y la OCS contribuyeran a rediseñar Eurasia— hoy puede observarse en una infraestructura real de relaciones políticas, energéticas, comerciales y estratégicas. La Nueva Ruta de la Seda, la expansión de la OCS, los BRICS, la Unión Económica Euroasiática y los mecanismos de cooperación energética no son una sola organización, pero forman un ecosistema institucional que reduce la capacidad de cualquier potencia externa para controlar unilateralmente el continente.

La tesis debe, sin embargo, ser reformulada. El nuevo Eurasianismo institucional no será una estructura jerárquica dirigida por un solo centro. Será, si logra consolidarse, una red de Estados con múltiples intereses y alianzas superpuestas. La autonomía estratégica de India es tan importante como la asociación ruso-china; la participación iraní modifica la dimensión energética y geopolítica; Asia Central deja de ser periferia para convertirse en corredor.

En ese sentido, el verdadero hallazgo de la OCS no es la creación de un bloque. Es la creación de un espacio de concertación que permite a potencias diferentes construir grados de autonomía sin renunciar completamente a sus relaciones con otros centros.

CONCLUSIÓN: EL SIGLO XXI NO PUEDE SER UNA NUEVA ERA DE LOS IMPERIOS


La cuestión ya no puede formularse en términos de un simple desplazamiento del poder mundial. Estamos ante una lucha por definir qué tipo de orden sustituirá a la unipolaridad: una multipolaridad basada en soberanía y reglas comunes, o una nueva distribución de esferas imperiales en la que los poderosos seguirán decidiendo el destino de los débiles.

Veinticinco años después de su creación, la OCS aparece como una de las expresiones más importantes de la transformación del sistema internacional. No porque haya reemplazado a Estados Unidos, ni porque constituya un bloque homogéneo, sino porque demuestra que la arquitectura internacional ya no puede ser organizada desde un único centro de poder.

La crisis de la hegemonía estadounidense es real y se ha acelerado. Su manifestación no es la desaparición del poder estadounidense, sino la creciente dificultad para transformar ese poder en consenso universal. La utilización intensiva de coerción económica, presión territorial, unilateralismo y fuerza militar puede producir victorias concretas, pero también puede acelerar la pérdida de legitimidad y estimular la búsqueda de alternativas.

La paradoja histórica es que una potencia puede ganar conflictos y perder hegemonía al mismo tiempo. Puede imponer un acuerdo y debilitar el sistema que antes le permitía gobernar con menor coste. Puede controlar rutas, sancionar mercados o asegurar recursos y, simultáneamente, convencer a otros Estados de que necesitan construir mecanismos para escapar de esa dependencia.

Eso es precisamente lo que hace relevante a la OCS. Su existencia expresa la búsqueda de un espacio en el que China, Rusia, India, Irán y los Estados de Asia Central puedan cooperar sin aceptar que una potencia externa tenga derecho a definir unilateralmente las reglas del continente. La organización todavía tiene contradicciones profundas y no está destinada inevitablemente a convertirse en el núcleo de un nuevo orden. Pero su trayectoria demuestra que la hipótesis de una Eurasia políticamente más autónoma dejó de ser una especulación marginal.

El peligro del presente no es simplemente que China ascienda o que Estados Unidos decline. El peligro es que la transición sea interpretada por las grandes potencias como una lucha por la supervivencia y que el mundo entre en una competencia de bloques, esferas de influencia y guerras por recursos. Esa sería la repetición de la vieja historia bajo nuevas banderas.

La verdadera alternativa es más difícil: una multipolaridad sin imperios. Un sistema en el que ningún Estado pueda convertir su superioridad económica, militar o tecnológica en derecho permanente sobre los demás; en el que la soberanía sea compatible con reglas comunes; en el que las instituciones internacionales sean reformadas para reflejar la distribución real del poder; y en el que la seguridad de uno no dependa de la inseguridad del otro.

La OCS no garantiza ese resultado. Ninguna organización puede hacerlo. Pero constituye una de las señales más claras de que el mundo ya está transitando hacia otra estructura. La cuestión histórica que queda abierta es si esa nueva estructura será una arquitectura de cooperación entre centros de poder o una nueva era de los imperios.

En 2010 la hipótesis era que Eurasia podía convertirse en uno de los espacios decisivos de la transformación del sistema mundial. En 2026 ya no es necesario imaginar esa posibilidad. Basta observarla.
Notas

1. La formulación original de la hipótesis sobre la OCS a la que se refiere este ensayo corresponde a 2010. Véanse las versiones públicas posteriores: Wilches, Víctor, «A Organização de Cooperação de Xangai (OCX). Rússia e China revivendo a Rota da Seda», Tempo Exterior, n.º 22, 2011, pp. 135-159; y Wilches, Víctor, «La Organización de Cooperación de Shanghai: Rusia y China rediseñando la Nueva Ruta de la Seda», Línea Sur, n.º 9, 2015, pp. 128-152.

2. Shanghai Cooperation Organisation, documentación institucional y resultados del 26.º Consejo de Jefes de Estado y reunión SCO Plus, Bishkek, 31 de agosto-1 de septiembre de 2026. La OCS señala diez Estados miembros y una red adicional de observadores y socios de diálogo.

3. Shanghai Cooperation Organisation, «About Shanghai Cooperation Organisation» y documentos fundacionales. La Declaración de creación de 2001 vinculó la cooperación de la organización con el contexto de la multipolaridad política y la globalización.

4. MacHaffie, James, «Shanghai Co-operation Organisation: A Concert of Eurasia?», Asia & Pacific Policy Studies, 2026. El estudio reconoce la importancia de la cartera de seguridad de la OCS y su potencial como contrapeso, pero destaca las rivalidades internas y los límites de cohesión.

5. Cox, Robert W., «Social Forces, States and World Orders: Beyond International Relations Theory», Millennium: Journal of International Studies, vol. 10, n.º 2, 1981, pp. 126-155; y «Gramsci, Hegemony and International Relations: An Essay in Method», en Cox y Sinclair, Approaches to World Order, Cambridge University Press, 1996.

6. Gramsci, Antonio, Cuadernos de la cárcel. La formulación popular sobre el «viejo mundo» y los «fenómenos mórbidos» es una paráfrasis de sus reflexiones sobre crisis e interregno y no debe presentarse como cita literal sin referencia específica.

7. Arrighi, Giovanni, The Long Twentieth Century, Verso, 1994; Wallerstein, Immanuel, The Modern World-System, varios volúmenes; Amin, Samir, The Law of Worldwide Value, Monthly Review Press, 2010; Harvey, David, The New Imperialism, Oxford University Press, 2003.

8. Las referencias a Canadá, Groenlandia, México y América Latina se utilizan como conjunto de indicios de una política de presión económica, territorial, simbólica y política. No se afirma que todos los casos tengan la misma naturaleza jurídica o estratégica.

9. Reuters y documentación oficial estadounidense, agosto-septiembre de 2026, sobre las declaraciones relativas al control del estrecho de Ormuz y la fuerte reducción del tráfico marítimo durante la guerra con Irán.

10. La secuencia señalada se refiere específicamente a la nueva fase de hostilidades de septiembre de 2026: fuentes contemporáneas describieron nuevos ataques estadounidenses contra Irán y posteriores respuestas iraníes. No se extrapola esta secuencia a todas las fases históricas del conflicto.

11. White House, fact sheets y anuncios oficiales de agosto de 2026 relativos a Venezuela: más de 65.000 millones de barriles de reservas probadas, concesiones de 100 años sobre 17 campos y mecanismos de participación y control estadounidenses. La descripción analítica como «subordinación neocolonial» pertenece al autor y no constituye una calificación jurídica oficial.

12. «Consentimiento bajo asimetría de poder» distingue entre la existencia formal de un acuerdo y la igualdad material de las partes. No implica afirmar automáticamente que un acuerdo carezca de validez jurídica.

13. Allison, Graham, Destined for War: Can America and China Escape Thucydides’s Trap?, Houghton Mifflin Harcourt, 2017.

14. Hanania, Richard, «Graham Allison and the Thucydides Trap Myth», Strategic Studies Quarterly, vol. 15, n.º 4, 2021, pp. 13-24.

15. Xi Jinping ha rechazado la inevitabilidad de la «Trampa de Tucídides» y la ha utilizado como advertencia contra los errores de cálculo entre grandes potencias. En mayo de 2026 volvió a plantear el problema en su encuentro con Donald Trump.

16. Escobar, Pepe, «Eurasian consolidation ends the US unipolar moment», Asia Times, 22 de septiembre de 2021; y otros análisis sobre la OCS, los BRICS y la integración euroasiática publicados en Asia Times. Estas referencias se utilizan como interpretación geopolítica, no como consenso académico.

17. Bhadrakumar, M. K., «Russia and China offer the SCO platform for India-Pak de-escalation», Indian Punchline, 2 de marzo de 2019; «SCO summit: Inflection point for Indian diplomacy», 11 de junio de 2019; «Iran’s SCO membership is a big deal», 21 de septiembre de 2021; y «India awakens to hidden charms of RIC», 23 de junio de 2020. Se utilizan como análisis geopolítico desde la perspectiva india.

18. La noción de autonomía estratégica resulta particularmente relevante para interpretar la posición india dentro de la OCS: cooperación multilateral sin alineamiento automático con un solo centro de poder.

Referencias bibliográficas


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