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La nueva fase del colonialismo estadounidense

Entrevista al profesor Richard Wolff


Do Rebelión, 19 de setembro 2026
Por Glenn Diesen: Glenn Diesen Substack




GLENN DIESEN: Bienvenidos de nuevo. Hoy nos acompaña el economista político y profesor Richard Wolff para hablar sobre los enormes cambios en la distribución del poder y sus consecuencias para la economía política. Gracias por participar en el programa.

Mi primera pregunta se refiere a los esfuerzos de Estados Unidos por —por así decirlo— revertir la historia; es decir, la posición dominante que el país alcanzó tras la Segunda Guerra Mundial. Aquella situación parecía fruto de circunstancias muy particulares que ahora se están desmoronando poco a poco. Da la impresión de que EE. UU. intenta revertir este proceso buscando nuevas fórmulas: debilitando a sus adversarios; haciendo a sus aliados más dependientes —reduciendo sus vínculos con otras grandes potencias y trasladando la producción al territorio estadounidense—. ¿Cómo evalúa usted la viabilidad de este proyecto para restaurar las condiciones hegemónicas de Estados Unidos?

RICHARD WOLFF: Bueno, a mi juicio, es un esfuerzo con muy pocas probabilidades de éxito. Se basa en un sentimiento —y no dudaría en usar términos como pánico, histeria, miedo o una mezcla de todos ellos— porque, como bien has señalado, todo el marco global posterior a la Segunda Guerra Mundial ha desaparecido y está claro que no volverá. Por tanto, la posición de Estados Unidos —que lleva tiempo en decadencia, algo que todo el mundo sabe, incluso quienes insisten en negarlo— se ve afectada. Todo el mundo lo entiende. Y, por cierto, dado que realmente todos creen eso, sería ingenuo por parte de los europeos, por ejemplo, imaginar que si el Sr. Trump pierde las elecciones de noviembre —o incluso las de dentro de dos años— la actitud estadounidense cambiará de forma sustancial. Francamente, a estas alturas, no lo creo. Sí, si los demócratas ganan, tendrán un gran interés en deshacer lo hecho por el Sr. Trump, del mismo modo que el Sr. Trump estaba muy motivado para deshacer lo hecho por el Sr. Obama. Pero si se analiza con detenimiento, en muchos niveles y programas, más bien se trata de una continuidad que de un rechazo a la gestión del Sr. Obama. Entonces ¿Cuál es la pérdida real? Bueno, esa no es la forma en que se percibe desde aquí. Así que ahora les presento mi interpretación al respecto.

Hay que entender que Estados Unidos ocupó una posición absolutamente extraordinaria durante la segunda mitad del siglo XX, tal vez incluso hasta 2010 o 2015. Yo describiría esa posición como la de la única potencia colonial que quedó en pie en el mundo occidental —en ese mundo dominado por Europa—. Todas las demás —británicos, franceses, holandeses, belgas, italianos, españoles y portugueses; e incluso se pueden añadir a los japoneses (que llegaron más tarde por supuesto). todos ellos acabaron destruyéndose mutuamente en el clímax de siglos de colonialismo.

Se habían repartido el mundo entero; y la necesidad de expansión de cada uno les implicaba chocar con otra potencia colonial o a arrebatarles territorios, — conflictos que solo podían resolverse mediante la guerra. Así fue como se produjeron las dos peores guerras de la historia de la humanidad que destruyeron a todos los imperios —absolutamente a todos— y dejaron en pie únicamente a Estados Unidos. Y dado que la tecnología de la época no permitía la guerra aérea tal como la conocemos hoy, los océanos Pacífico y Atlántico proporcionaron a Estados Unidos una distancia protectora, librándolo de la destrucción mutua que acabó con los demás imperios.

Esto significó que, cuando se disipó el humo en 1945 y terminaron las guerras, Estados Unidos —para resumir una historia larga y compleja— heredó los imperios coloniales de todo el resto del mundo. ¡Fue un logro impactante! Algo que había sido pura fantasía para los imperios europeos —(para el imperio británico, el imperio francés, el imperio alemán, etc.). La fantasía de un imperio global siempre había estado fuera del alcance de una Europa dividida; sin embargo, como consecuencia irónica del fin del colonialismo, Estados Unidos lo heredó todo.

Lo que hizo —lo que necesitaba hacer, y efectivamente hizo— fue celebrar el fin del colonialismo como sistema político, apoyando movimientos independentistas desde la India hasta Kenia y otros lugares, al tiempo que invertía y organizaba el comercio mundial para fortalecer los vínculos económicos de las antiguas colonias, ya no con Gran Bretaña, Francia o Alemania, sino con Estados Unidos. Y creó la economía global; la economía del dólar; la economía en la que Estados Unidos era el principal agente comercial, el mayor exportador, el mayor importador y la principal fuente de capital y de préstamos. Es decir, la lista es interminable. Fue un sistema abrumador que reportó a Estados Unidos los frutos del colonialismo, los cuales fueron siempre enormes.

Yo sostendría que el alto nivel de vida alcanzado por los Estados europeos a partir del siglo XVIII no habría sido posible sin el saqueo sistemático —tanto directo como indirecto— de Asia, África y América Latina. No existiría la Bélgica que conocemos sin el Congo; ni Holanda sin Indonesia, y así sucesivamente; ni Gran Bretaña sin la India; podría continuar con esta lista interminablemente pero bueno. Esto hizo a Estados Unidos inmensamente rico, más allá de lo que jamás lograron los imperios coloniales individualmente. Y significaba que todos ellos quedaban subordinados. De repente pasaron de ser la Europa dominante que gobernaba el mundo, a una Europa subordinada a un socio menor, una real potencia colonial: Estados Unidos. Y Estados Unidos parecía encajar en ese papel. El dólar sustituyó a la libra esterlina y se convirtió en una moneda global sin igual. El ejército estadounidense lanzó las bombas atómicas sobre Japón simplemente para marcar ese cambio; y así quedó claro quién era la potencia militar dominante en el mundo.

Por eso, en cierto modo, tenía sentido que Europa aceptara ese trato y permitiera que Estados Unidos fuera su paraguas militar, como una especie de deferencia hacia la nación que ocupaba esa absurda posición de dominio absoluto. Debería haberse entendido que la posición de Estados Unidos era temporal y dependía enormemente de condiciones particulares que no habían existido en siglos anteriores, y que probablemente no perdurarían más allá de unas pocas décadas del siglo XX. Sin embargo, las cosas no sucedieron así. En su lugar, bajo el liderazgo de Estados Unidos —pero con gran complicidad de Europa— se argumentó que el país poseía cualidades únicas y especiales fortalezas intrínsecas de todo tipo (económicas, o la forma en que “su sistema político había logrado encarnar la democracia”). Son las cosas insensatas que yo aprendí cuando crecía.

Habiendo nacido al final de la Segunda Guerra Mundial y viviendo toda mi vida aquí, en Estados Unidos, enseñando y escribiendo aquí; sé que este país se perdió en una actitud de autocomplacencia y auto glorificación. El «excepcionalismo estadounidense» se convirtió en toda una industria; muchos profesores obtuvieron cátedras en diversas universidades precisamente por exaltar una u otra faceta del «excepcionalismo estadounidense». Resultaba doloroso —para quienes éramos críticos y sabíamos que debajo de las apariencias, en Estados Unidos se escondían todo tipo de condiciones horribles— escuchar a tantos europeos en las reuniones a las que yo asistía, reforzando esa idea.

En fin, para el año 2015*, este juego había terminado. Y a esto es a lo que me refiero: Los europeos, liderados por los alemanes, se habían recuperado de la mayor parte de los daños de la Segunda Guerra Mundial y buscaban reconstruir Europa de alguna manera. Comprendían que estar fragmentados en muchos países pequeños era una desventaja terrible. Así que se unieron —como tú sabes bien, mejor que yo— para crear la UE, una Europa unificada. Pero los estadounidenses no veían con buenos ojos que eso estuviera sucediendo; les preocupaba especialmente que, de ocurrir, su subordinación a EE. UU. se pondría en tela de juicio. Y entonces durante los últimos 50 años, Estados Unidos, de manera muy cuidadosa y sistemática ha estado apoyado a políticos europeos que compartían la perspectiva estadounidense y que buscaban el respaldo de Washington para convertirse en líderes de Europa, y quienes mantendrían dicha subordinación. Incluyo en este grupo a Merz, Macron, Starmer, Burnham, y a tantos otros; a Meloni, a todos ellos. Esa sigue siendo una idea muy poderosa.

El problema fue que la propia estructura del capitalismo fue aprovechada brillantemente por la República Popular China. Cuando se disipe la niebla ideológica, de eso será sobre lo que escriba la gente. Sospecho que, mucho después de que tú y yo, Glenn, ya no estemos aquí, aparecerán muchos libros preguntándose: ¿Cómo lo hicieron? ¿Cómo lograron pasar, en 40 o 50 años, de ser un país en ruinas a lo que se han convertido hoy? ¿Qué fue lo que les permitió lograrlo? Y estoy seguro —muy seguro— de que un elemento clave en todas las explicaciones será… — y soy consciente de la ironía de lo que voy a decir—: Los chinos superaron el debate obsoleto y terriblemente paralizante (de unos 200 o 300 años de duración) que imperaba en Occidente, en el que la economía discutía si era mejor una mayor o una menor intervención estatal; si debíamos centrarnos en el *laissez-faire* o en la economía keynesiana. Así que sin importar cómo se articulara, adoptaba distintas formas, pero en esencia siempre era lo mismo, y, o bien significaba que el Estado no jugara un papel preponderante (esa fue la solución estadounidense y británica, por así decirlo) o bien se permitía que el Estado jugara un papel preponderante (como en Escandinavia o Europa Occidental), aunque siempre con una especie de culpa, como si el argumento teórico del capitalismo dictara que debería intervenirse menos de lo que realmente se hacía.

Y bueno, había que aceptar la existencia de una red de seguridad social; eso era inevitable, todos estaban de acuerdo en ello, incluidos los estadounidenses. Pero eso era todo. Y querían mantenerlo al mínimo posible, impulsados por una suerte de compromiso, casi religioso, con mantener un aparato estatal reducido, limitado y en bancarrota tanto como fuera posible. En cambio, los chinos no lo hicieron así. Ellos unieron lo estatal con lo privado sin ese apego dogmático, o casi religioso, a uno u otro modelo; actuaron de forma muy práctica y pragmática, centrándose sobre todo en determinar «qué necesitamos para el desarrollo económico de China y hagamos lo que sea necesario», incluido el preservar la hegemonía política del Partido Comunista —que debe mantenerse para controlar el desarrollo económico y no ser absorbidos por la loca fetichización occidental del debate de«más Estado frente a menos Estado»—. Y recuerda, en China hay muchas personas —y las ha habido durante años— que se sienten muy cautivadas por la economía occidental; me encuentro con ellas constantemente y creen en la economía neoclásica y piensan que China la necesita. No sabría decirles porque desconozco qué tanto peso tiene esa forma de pensar dentro de China, pero sé que existe y que ejerce cierta influencia. Hasta ahora, no demasiada.

En conclusión: creo que la trayectoria de desarrollo está clara. Estados Unidos intentará por todos los medios frenar un desarrollo que probablemente ya no cree poder impedir, pero que sí puede ralentizar. ¿A qué me refiero? A que utilizará los recursos de los que dispone. ¿Y cuáles son? Básicamente, su poder militar. Y está en proceso de perderlo, lo cual resulta muy alarmante. Basta ver lo ocurrido en los últimos tres días con esa decisión bizarra del fin de semana pasado de reanudar los bombardeos contra Irán, anunciando que durarían varios días, para luego detenerlos antes de tiempo; al parecer, la razón fue la respuesta que los iraníes dieron al atacar bases militares estadounidenses en Jordania en represalia.

Así pues, el país se enfrenta constantemente a los límites de su poder militar. ¿Cuál es, entonces, su plan? Este es un aspecto que, hasta donde recuerdo, no habíamos comentado antes —corrígeme si me equivoco—, pero creo que estamos asistiendo al desarrollo de otra iniciativa que yo llamaría —a falta de un término mejor— una nueva fase del colonialismo estadounidense. Ya sea rebautizar el estrecho de Ormuz como el Estrecho de América, o cambiar el nombre del lago Ontario a lago América; o el del Golfo de México a Golfo de América; o bien un ataque directo a Canadá para convertirlo en un estado enemigo —con una frontera compartida de 3.000 millas entre ambos países—, o apoderarse de Groenlandia, o arrebatar el Canal de Panamá o robar a Venezuela (y no solo su petróleo), o atacar Cuba… Podría seguir enumerando ejemplos. Hay otros casos, pero estos son los que se han planteado públicamente como objetivos de una administración colonial, de una toma de control colonial o de una incorporación, en algún nivel. Podría tratarse de un Estado Libre Asociado (Commonwealth), como ya lo es Puerto Rico. Podría ser un estado más de la Unión; eso es lo que se dice respecto a Canadá. Es lo que hicieron con Hawái.

Están empezando a replegarse hacia un imperio colonial que funciona como una fortaleza en el hemisferio occidental. No es que se limiten a este hemisferio, pero aquí sus amenazas militares son suficientes: Venezuela no hará nada por la amenaza de una intervención militar estadounidense; Cuba buscará un punto medio con Estados Unidos por temor a una intervención militar. Esa estrategia ya no funcionará en Medio Oriente; esa es la amarga lección que se está aprendiendo allí. Y tampoco funcionará en Europa, ni en Europa del Este. Pero eso es lo que se va a hacer. Se compensará a las empresas, y a la mentalidad estadounidense, haciendo que el hemisferio occidental desempeñe, en los próximos 50 años, el papel que el mundo entero desempeñó en los últimos 50. Se mantendrá la posición única de Estados Unidos, pero en un marco más limitado. Eso es lo que nos estamos preparando para hacer. Y, para mí, es una forma de entender una serie de decisiones menores cuyas razones antes me costaba entender pero que ahora veo con claridad.

Y uno de los casos del que tú y yo hemos hablado anteriormente es el asesinato sistemático, durante los últimos seis meses, de pequeños grupos de personas en barcos pesqueros en el Caribe y en el Pacífico —en la vertiente pacífica de América Latina—. Se ha pasado de abordar esas embarcaciones para inspeccionar si transportaban drogas —deteniéndolos si era así y dejándolos ir si no— a, en su lugar, perpetrar ejecuciones sumarias y extrajudiciales. No se les detiene. No se les proporciona abogado, ni juez, ni jurado, violando así todos los derechos constitucionales de Estados Unidos. Y quiero recordar a todos aquí, en Estados Unidos —donde detenemos a narcotraficantes constantemente— que si se les declara culpables tras contar con abogados, un juicio y todo el proceso legal, se les imponen penas de prisión. Nunca se les mata. En Estados Unidos, ser sorprendido participando en narcotráfico no es un delito capital. Y, sin embargo, el presidente y el Sr. Hegseth justifican estos asesinatos alegando que esas personas están involucradas en el tráfico de drogas. Esto constituye un mensaje para el resto de América Latina —sumado al secuestro del Sr. Maduro— de que no nos detendrá ningún impedimento legal, constitucional o moral. Nada. Nos encontramos en una situación desesperada y vamos a ocuparnos de garantizar la supervivencia de nuestro imperio en la medida de nuestras posibilidades. Y eso significa, principalmente, el hemisferio occidental, mientras dicha estrategia siga funcionando.

GLENN DIESEN: Pero bueno, supongo obviamente, es una forma de reconstruir este dominio o esta nueva fase del colonialismo estadounidense. Tú y yo hemos hablado anteriormente sobre cómo Estados Unidos está presionando a sus aliados —bueno, los llamamos aliados— y acaparando su capacidad de producción. Pero en cuanto a los adversarios ha habido muchas declaraciones bastante abiertas sobre las oportunidades que surgirían: «si pudiéramos lograr un cambio de régimen en Rusia», «si pudiéramos fragmentarla en muchas naciones más pequeñas y acceder a todos esos recursos naturales». También muchos políticos estadounidenses hablaron abiertamente sobre Irán: “La increíble riqueza que Estados Unidos obtendría si lograra convertirlo en otra Venezuela, poniendo todo el petróleo bajo control estadounidense». Sin embargo, ahora vemos que la guerra de Ucrania se ha convertido en un asunto muy costoso. También vemos que la situación con Irán está generando problemas económicos —supongo que por muchas razones— y eso es lo que me hace preguntarme: ¿Por qué estas guerras? ¿Qué costos implican estas guerras? Porque no se trata simplemente de comprar armas y hacerlas estallar. ¿Qué le están causando estas guerras al sistema económico central de Estados Unidos?

RICHARD WOLFF: Lo están haciendo muy poco rentable de mantener; y creo que esa es una de las razones por las que hay que tomarse en serio la retórica grandilocuente sobre Canadá, Groenlandia o incluso Islandia etcétera, etcétera. Fueron declaraciones descabelladas; sabían que se entenderían como tales. Nadie más ha hecho algo así. Pero están decididos. Están decididos a convertir a Canadá, por ejemplo, en un Estado tributario. Estarían encantados de integrarlo en Estados Unidos, convertirlo en el estado número 51 o fragmentarlo en tres o cuatro estados. Eso no importa; todo eso se puede manejar. Pero quieren que sirva a la hegemonía de Estados Unidos. Eso es realmente lo que buscan. Y no quieren que esto se vea limitado por ningún objetivo particular canadiense. Para Estados Unidos, esto es intolerable. Tienen un objetivo: son la potencia dominante y todos deben actuar en función de sus intereses. A eso se acostumbraron durante lo que John Mearsheimer llama el «momento unipolar«.

Pero más allá de los detalles técnicos o económicos, ellos lograron crear esa idea —y esta idea se arraigó en la mentalidad de la gente— porque durante un tiempo ocuparon una posición económica que hacía parecer lógico que ellos fueran El Centro de la Economía Mundial; y, de hecho, lo fueron durante un periodo. Creyeron que esa situación se debía a componentes intrínsecos de Estados Unidos y, por tanto, confiaban en que perduraría casi indefinidamente. Ahora, eso se está desmoronando, y resulta sumamente doloroso.

Si escuchas a la mayoría de los demócratas —especialmente a los centristas que aún controlan el partido, como Clinton, Obama y compañía— verás que su crítica al Sr. Trump es que no ha terminado con Irán en la guerra. No se oponen a la guerra, ni discrepan de los objetivos; lo que le reprochan es no haber culminado la tarea. Esa es su postura. Por cierto, aunque no hablen de ello por considerarlo demasiado arriesgado en este momento, opinan lo mismo respecto a Rusia. Siguen aferrados a esa fantasía de la que hablabas: la idea de que pueden fragmentar Rusia. Claro que, si cambian los vientos —si por alguna razón imprevisible para nosotros, la situación con Rusia o con Irán diera un vuelco radical— tal vez se relajaría la presión sobre el hemisferio occidental y puedan centrarse en construir un imperio allí. Aunque, dado que los europeos fantasean con un resurgimiento colonial con la toma de Rusia —y actúan como si realmente creyeran tener posibilidades de lograrlo— no tengo claro quién se haría cargo de Irán ni cómo gestionarían la situación. Es algo tan fantasioso que resulta difícil de entender, aunque lo intento.

Ellos están desesperados por salir de allí. Tanto Trump como sus asesores —como se filtra constantemente— quieren marcharse; están intentando idear cómo coreografiar una retirada.

Hablan precisamente en esos términos: quieren salir de allí en la forma en que Biden terminó retirándose de Afganistán… Ya sabes, los ganadores fueron los talibanes. Estados Unidos, perdiste. Perdiste. Perdiste. Perdiste. Pero se marcharon, y rodearon la situación de todo tipo de mierda de una forma u otra. Y él [Estados Unidos] sobrevivió. No le afectó demasiado. Y eso es lo que esperan lograr con Irak.

Mientras tanto, sí que tienen un interés real en subordinar a Canadá. Eso se ha convertido en un interés serio. Y yo preveo que, cuando terminen, intentarán hacer lo mismo con México.

GLENN DIESEN: Iba a decir que probablemente viste a Marco Rubio cuando dio aquel discurso en Múnich. Él retrató la descolonización de las potencias europeas casi como una artimaña o una estratagema comunista. Fue bastante interesante; decía “debemos reconstruir la grandeza europea”, y vinculaba esto estrechamente con sus imperios. Pero, dado que ahora vemos cómo se debilitan los cimientos económicos del antiguo orden mundial y la hegemonía estadounidense, así como los esfuerzos por revivir esto, en realidad está resultando contraproducente y solo se intensifica el cambio. ¿Cómo ves a China como el principal rival económico? ¿Cómo evalúas su estrategia para adaptarse a un mundo post estadounidense?

RICHARD WOLFF: Bueno, por supuesto, solo estoy especulando, basándome en lo que leo en la prensa y demás. Parece que tienen una política —si es acertada o no, eso es otra cuestión— de evitar verse envueltos en cualquiera de estos conflictos. Con esto quiero decir que dejan claro qué bando apoyan. Los apoyan discretamente y de forma limitada: comerciando con ellos, prestándoles dinero, vendiéndoles armamento, cosas por el estilo, pero todo con bajo perfil, sin hacer mucho ruido. No invitan a los líderes a subir a la tribuna en Pekín para luchar contra el mal; no hacen nada de eso.

Mientras tanto, dedican el 150 % de sus esfuerzos y recursos a impulsar el desarrollo económico. Producen cada vez más tecnología punta. Superan a Estados Unidos en inteligencia artificial o en alguna de las aplicaciones de IA. Los aventajan en armamento. Colaboran con los rusos, ayudándoles a desarrollar material militar de última generación para poder vencer a los estadounidenses dondequiera que estos decidan plantar cara. Ahora es a Irán; la semana que viene podría ser Tailandia o Marruecos. ¿Quién sabe?

Entretanto, el foco en Europa se centra en el desarrollo económico. Con el tiempo, China utilizará ese desarrollo para superar a Estados Unidos en el terreno que ha sido crucial para Estados Unidos, esto es: las relaciones públicas. Mostrarán al mundo entero el nivel de vida que ha alcanzado China, y eso sacudirá los cimientos de Estados Unidos. De hecho, ya está ocurriendo, aunque la gran mayoría de la gente desconoce hasta dónde han llegado los chinos; no tienen ni idea. Por ejemplo, cuando explico al pueblo estadounidense cuál es el porcentaje de propiedad de vivienda en China —es decir, qué proporción de personas posee el edificio, el apartamento o la casa en la que vive, en comparación con Estados Unidos, mi público estadounidense no me cree. Y se trata de gente que está de mi lado, que me aprecia y nos sigue, pero no creen lo que les cuento sobre la red ferroviaria que atraviesa China y cómo se compara con el deteriorado sistema ferroviario que tenemos nosotros. No lo creen. Siguen pensando igual.

Mira, la mitad de la gente a la que le preguntan por Rusia no entiende lo que pasó en 1989; ellos no lo saben. El fin de la Unión Soviética no significa nada. Incluso quienes saben que algo así ocurrió, no le dan importancia; para ellos no significó nada. Ellos ven a Putin como una versión actualizada de Stalin. Eso es todo. Eso es lo que saben y lo que creen; es una idea que se les refuerza constantemente. Y eso es lo que piensan. Y créeme: los demócratas —lo creen tanto, o más que muchos republicanos— no son conscientes de lo que ha sucedido. No quieren creerlo. Es como decía Karl Marx —si alguna vez han leído algo de su obra, recordarán frases muy famosas en *La ideología alemana*— en donde él habla del desfase (usando términos actuales, estos no eran los suyos) entre el cambio de la realidad y la conciencia que se tiene de esa realidad. Hay todo tipo de razones por las que los seres humanos bloquean esa conciencia y niegan toda clase de cosas. No las ven, aunque tengan las estadísticas enfrente. Simplemente no lo ven.

Y yo me encuentro con eso todo el tiempo aquí en Estados Unidos, todo el tiempo. Y cuando empiezas a decirles: «Miren, se han quedado un poco atrás», realmente no lo creen. Tiene que ocurrir algo. No sé qué será, pero sospecho que los chinos se están dando cuenta de esto; que tienen que hacer un trabajo mucho mejor publicitando sus logros. Y créeme, cuando los estadounidenses comprendan eso —suponiendo que lo hagan— tendrá un impacto enorme aquí, porque socavará la autoconfianza que Estados Unidos tiene en sí mismo.

Cuando vemos al Sr. Trump, o a otros hablar (quienes somos críticos, nos burlamos de eso) pero para la mayoría de los estadounidenses, ese comportamiento es razonable. Y lo único que él está intentando hacer es darle un sentido de racionalidad a la siguiente acción en la fase colonial, y hasta ahora no ha sido así. La mayoría de los estadounidenses no está de acuerdo con atacar a Canadá. Él tendría que presentar argumentos mucho más sólidos de los que ha ofrecido hasta ahora para justificar algo así. Será más fácil con México —dada la percepción que la gente tiene de México—; también será más fácil con Groenlandia. Pero con Canadá es mucho más difícil, y eso es algo que él aún no ha entendido. Así que la situación no va bien; el ataque a Canadá no está marchando bien.

GLENN DIESEN: Bueno, tengo una última pregunta sobre esta nueva fase del colonialismo estadounidense, porque parece que esto podría resultar problemático. Cuando Estados Unidos ayudó a los europeos en el proceso de descolonización, la narrativa no se centró en apoderarse de los imperios, sino que todo se planteó en términos de liberarlos, integrándolos al sistema de mercado. Una vez más, esta hegemonía liberal se ha presentado esencialmente como un proyecto de libertad. Y eso me recuerda un poco los finales del siglo XIX, porque hasta entonces los británicos y los franceses construían sus imperios —bueno, les llamaban algo así como las hegemonías liberales de hoy; los llamaban imperios liberales—, pero hacia finales del siglo XIX tuvieron que desprenderse de parte de eso. Se volvieron más despiadados y abandonaron el aspecto liberal. Parece que hacia ahí nos dirigimos ahora. Pero, como tú dices, el imperio aún tiene que justificar su poder, —y la hegemonía liberal era excelente para este fin—. Todo el imperio estaba, en esencia, oculto bajo la apariencia de “globalización” y “derechos humanos universales”; y todo eso, desde luego, estaba vinculado a una hegemonía. Pero ¿cómo ves tú este nuevo rostro —o supongo, la viabilidad de este nuevo modelo de colonialismo estadounidense?

RICHARD WOLFF: Bueno, tal como el Sr. Trump lo ha esbozado junto a sus asesores —y veremos si esto sobrevive (si él es derrotado y los demócratas llegan al poder), para mí, a estas alturas, no espero grandes cambios—.

Lo que el Sr. Trump ha dejado establecido es que, nosotros, Estados Unidos —la potencia hegemónica durante los últimos 75 años—, “fuimos sistemáticamente abusados en ese papel”. “Fuimos estafados”. “El sistema estaba amañado en nuestra contra”. “Se aprovecharon de nosotros”. Y yo —dice el Sr. Trump, alzando el puño— voy a demostrar que eso se acaba. No vamos a estar subordinados a nadie.

Él pone al revés a la situación. Es el portavoz del levantamiento de un Estados Unidos que no busca ser hegemónico en el sentido de dominar a otros, sino que simplemente dice: “No vamos a dejarnos estafar”. Eso hace con Canadá; lo hace con cualquiera que se le ocurra. Es lo que reclamará ante los mexicanos cuando vaya allí.

Antes de que secuestrara al Sr. Maduro el argumento principal se basaba en un reclamo —un viejo reclamo de la Corporación Chevron y de otras dos o tres grandes petroleras globales— Porque hace muchos años, bajo el mandato de Hugo Chávez, el gobierno venezolano confiscó y nacionalizó algunas de sus propiedades, y estas corporaciones presentaron reclamos al respecto. Querían una restitución; querían que se les pagara por lo que se les había arrebatado. Todo el planteamiento público en la ONU giraba en torno a “corregir una terrible injusticia cometida contra Estados Unidos por los venezolanos que se apropiaron de nuestros bienes”. Para la administración Trump era fundamental presentar la situación de esa manera. Supongo que harán lo mismo con México y con Cuba, ya que encaja a la perfección con la idea de que “no vamos a permitir que se aprovechen de nosotros”, “No vamos a consentir que esos traficantes de drogas corruptos naveguen en sus barcos por el Caribe”. “Vamos a aplastarlos”. Es un discurso casi bíblico en su indignación; recuerda al Antiguo Testamento “nosotros vamos a evitarlo”.

Así es como se reescribe el guion: en lugar de que el mundo se aleje finalmente de la hegemonía global dominada por Estados Unidos —liberándose de ella de mil maneras distintas (si vas a una conferencia de los BRICS, eso es lo único que se oye: «nos estamos liberando del dominio global de Occidente»)—, pero desde aquí la perspectiva es totalmente la opuesta. Se trata de Estados Unidos liberándose de los abusos sufridos en las últimas décadas. Por cierto, “abusos de los europeos”. En fin, “todo el mundo abusa de nosotros… todo el mundo».

Para sostener este discurso, el Sr. Trump tuvo que presentar a sus predecesores, tanto demócratas como republicanos, como personas débiles, carentes de valor y de fuerza; gente que permitió que nos estafaran. Sabes, es muy importante que los europeos entiendan esto, porque así es exactamente cómo piensa esta gente: creen que todos sus antecesores fueron estúpidos o ingenuos. Ellos no lo son; no son estúpidos ni ingenuos. Simplemente están poniendo a Estados Unidos en primer lugar. Piensan así.

GLENN DIESEN: Aunque eso tiene sentido; es decir, si la brutalidad se presenta como una forma de plantar cara a la injusticia, entonces resulta más fácil de aceptar. Y no creo que la situación sea muy distinta en Europa; basta con observar en cómo hablan los políticos suecos: consideran que las décadas anteriores de neutralidad fueron fruto de la ingenuidad política, mientras que los nuevos líderes —que quieren militarizar las fronteras y provocar una guerra con Rusia— creen saber cómo funciona realmente el mundo y no están dispuestos a tolerar ciertas cosas. Así que, como decías, el guion está cambiando.

Supongo que puedes verlo en Estados Unidos con la amenaza a Panamá —para controlar el canal, por ejemplo—, o con lo que se hizo a Venezuela y Cuba, las amenazas de aniquilar a Irán y, por supuesto, el caso de Groenlandia; este último parece ser el único que molesta a los europeos. Al fin y al cabo, los Estados europeos han respaldado el genocidio en Gaza y no tuvieron reparos en instalar a líderes de Al Qaeda en Siria. De hecho, llegaron a condenar a Irán después de que fuera atacado… pero aun así hacen esfuerzos para aferrarse y mantener toda justificación liberal.

Por ejemplo, en Ucrania, siguen presentando esto como una lucha por la democracia y la soberanía. También insisten en que «apoyan a Ucrania», aunque nunca explican qué significa eso. Ignoran que la inmensa mayoría de los ucranianos desea negociar y, en lugar de respetar esa voluntad, boicotean la diplomacia y presionan para que Ucrania reclute a mujeres, ya que se están quedando sin hombres. Eso es, en cierto modo, lo que implica la situación. Lo interesante es que siguen disfrazándolo con un discurso de solidaridad: «estamos con ellos», «les estamos ayudando» (sin admitir que dirigen un conflicto interpuesto —guerra proxy).

RICHARD WOLFF: Sí, pero insisten en esa idea de “apoyo mutuo”, porque necesitan demonizar a Rusia, necesitan hacerlo. Deben tener un enemigo contra el cual protestar. Estados Unidos necesita presentar sus 75 años de neocolonialismo hegemónico como si fuera el chico pobre del barrio del que se aprovechan todos los demás actores de la economía mundial, alegando que carece de fuerza. Sí, “tienes el ejército más grande”; sí, “tienes el centro del sistema capitalista”; sí, “gozas del privilegio del dólar”. Pero, al mismo tiempo, es lo que pueden hacer; es la única carta que pueden jugar dada la forma en que han decidido reaccionar.

Y debo decir que, aquí en Estados Unidos, la actitud hacia los europeos roza el desprecio; es, de hecho, desprecio. Hoy en día respetan más al señor Carney, de Canadá, que a cualquier político europeo. No es que Carney les agrade, pero él planta cara; los europeos, en cambio, simplemente hacen lo que tienen que hacer. Eso es todo.

GLENN DIESEN: Pero ¿qué hay en el fondo de todo esto? Creo que esto todavía desconcierta a muchos europeos; ellos piensan que se trata simplemente de que Trump no es muy cortés y actúa en contra de Europa por motivos personales. Pero ¿qué hay realmente detrás del desprecio actual hacia los europeos?

RICHARD WOLFF: Queestán divididos, sus economías flaquean y no están bien posicionados frente al resto del mundo. Además, el fantasma del anticolonialismo sigue persiguiéndolos debido a la actitud de los pueblos de sus antiguas colonias. Rusia no tiene este problema. Aquí reside la ironía histórica: Cuando Lenin y Trotsky, y también Stalin, desarrollaron la idea de formar una Union: “Seremos una Unión de Repúblicas y les daremos su nacionalidad a kazajos, georgianos, azeríes, etcétera”, Rusia logró consolidarse por sí misma más como una fuerza social. Y lo que Mr. Trump sostiene es que: “los europeos se aprovecharon de nosotros” —algo que él cree firmemente— “y pudieron hacerlo bajo el pretexto del anticomunismo”; y nosotros caímos en la trampa, no porque simpatizáramos con el comunismo, sino porque esa no era la cuestión de fondo. Por eso, yo Trump, “quiero llegar a acuerdos con Putin porque él preside un territorio inmensamente valioso” —la geografía del país más grande de la Tierra, que abarca vastas zonas de Asia— y nadie sabe aún qué riquezas se esconden en su subsuelo. Además, están conectados a China. Trump piensa: «Esta es la gente con quien quiero hacer negocios; ellos son los poderosos. No voy a sentarme a negociar con Francia; eso no me interesa». Quizás la situación sería distinta si lograran unirse, realmente unirse y formar una fuerza económica y política verdaderamente cohesionada, tal vez, pero mientras no lo hagan, no. No son interesantes. Simplemente no son interesantes.

Y la idea de que [Europa] puede frenar el proyecto imperial-colonial de Estados Unidos, bueno, eso resulta, francamente risible. Trump tiene absolutamente claro que obtendrá Groenlandia, Dinamarca no lo hará. Y el que los europeos se alineen con Dinamarca no le importa en lo más mínimo. Simplemente los arrollarán y los apartarán del camino. Mira, si empiezan a hostigar a los barcos de la Marina estadounidense cerca de Groenlandia con embarcaciones pequeñas, los van a volar por los aires. Así será.

GLENN DIESEN: Sí. Leí en las noticias que EE. UU. ya desembarcó equipo de perforación en Groenlandia sin permiso, para una petrolera vinculada a Trump. Así que… bueno, podría ser hacia donde nos dirigimos.

RICHARD WOLFF: Sí, es un asunto interno de Groenlandia. Eso realmente sucedió. Y el sobrino del Sr. Trump —o quién diablos esté involucrado en esto— dejó claro que el gobierno de Trump quiere que ahora obtengan el permiso para realizar las perforaciones, etcétera, etcétera. Y mira lo que van a hacer —y más vale que los europeos lo entiendan— será una mezcla de amenazas militares y dinero. Van a entrar ahí y comprar a los groenlandeses que estén en venta. Ya sabes, solo les harán promesas. “Tú eres una pequeña empresa en Groenlandia, tienes 16 empleados y facturas 5 millones de dólares. Nosotros entraremos y te haremos nuestro socio. Podrás contratar a 200 trabajadores de inmediato; te daremos el dinero para ello y te convertirás en el futuro de la minería —o lo que diablos sea— en Groenlandia. Tu hijo será el próximo primer ministro de Groenlandia… Así serán las cosas, Jack”. “O bien puedes ser nuestro enemigo; en cuyo caso, acudiremos al tipo del otro lado de la calle, le haremos la misma oferta y, si la acepta, él y nosotros nos desharemos de ti”. Esto es lo que se hace siempre. Así se hacen negocios en Estados Unidos y así se harán esos negocios.

Y la verdadera cuestión no es lo que digan o dejen de decir los europeos. Ellos lo entienden. No van a cometer ese error. Organizarán a los groenlandeses para crear una organización —quizás un partido político o una asociación empresarial— y tendrán socios en Nueva York, y nanana nanana… y es así como se llevará a cabo. Luego celebrarán un referéndum en Groenlandia; habrá una parte de la población en contra de la iniciativa, mientras que los estadounidenses inyectarán cantidades ingentes de dinero y buscarán, por ejemplo, a la actriz o al atleta más famoso de Groenlandia para que hablen de las maravillas que ocurrirían si nos uniéramos a Estados Unidos. Nada de eso sucedió bajo el dominio de Dinamarca, y así así, y así…

GLENN DIESEN: Por eso me parece que los europeos están repitiendo el error de Rusia en los años 90. Es decir, tras el colapso de la Unión Soviética, el gobierno de Yeltsin estaba tan ansioso en integrarse a una Europa común, que consideraron sus vínculos con los países del Este como un lastre que los frenaba en su carrera hacia Occidente. Así que, en cierto modo, ignoraron gran parte de sus lazos con China y Asia Central —regiones que, por otro lado, no estaban muy desarrolladas económicamente—. Además, pusieron todos sus huevos en la canasta de Occidente pensando que serían recompensados ​​por ello. Pero lo que descubrieron fue que, al poner todos los huevos en la misma cesta occidental, se quedaron sin alternativas. En esencia, el peor acuerdo posible propuesto por europeos y estadounidenses se convirtió en la única opción disponible, y no tuvieron más remedio que aceptarlo. Así que, una vez más, se colocaron en una posición de vulnerabilidad. Creo que los europeos están haciendo esto, en cierta medida, porque apostaron todo a preservar la hegemonía estadounidense, aceptando el papel de socio menor. Y los estadounidenses dicen: «Rompan lazos con Rusia y China», o imponen sanciones a tal o cual país, y ellos acatan las órdenes. Si se trata de firmar un acuerdo comercial pésimo y desastroso con EE. UU., bien, lo firmamos porque tiene un peso político; sienten que no pueden desvincularse de Estados Unidos. Esa es, más o menos, la lógica.

Nos aislamos del resto del mundo, nos volvemos más dependientes de EE. UU., perdemos competitividad económica y nos debilitamos. Y se parte de la premisa —similar a la que tuvo Yeltsin— de que los estadounidenses nos acogerán y recompensarán nuestra obediencia; pero, en realidad, al volvernos tan dependientes, nos convertimos simplemente en un instrumento débil. No somos un factor que potencie su fuerza y ​​ya no tenemos otras alternativas.

RICHARD WOLFF: Lo único que añadiría a esto es: no olviden la historia. La historia nos dice que los europeos, en sus imperios, abusaron sistemáticamente de los pueblos colonizados al negarles la democracia. No podían elegir a sus propios líderes; el gobernador llegaba desde Francia o Inglaterra para administrar el territorio. Nosotros mismos, los estadounidenses, fuimos revolucionarios que rompimos con el orden establecido: estábamos bajo el mandato del rey Jorge III y nos independizamos. Nuestro proyecto se basa en la idea de que la independencia política equivale a la democracia política. La Democracia tendrá elecciones y tendrá partidos políticos, y eso los hará libres. Sin embargo, llevamos ya una, dos o incluso tres generaciones enseñando a los pueblos colonizados que la democracia política, al estilo estadounidense, no garantiza la independencia económica. Esa es una lucha totalmente distinta; implica afrontar problemas complejos sobre cómo lograrlo.Y ese es su problema. Si ustedes no lo hacen, quedarán subsumidos bajo el paraguas estadounidense y tendrán su independencia, sí, pero jamás podrán trazar un rumbo propio, ya que su sistema económico estará controlado por cinco bancos de Nueva York y tres corporaciones que mantienen buenas relaciones con dichas entidades financieras. Ellos tomarán la decisión de cerrar 12 minas en la parte oriental de su país y entonces todo se desmoronará. Y no pueden hacerlo. No es posible.

Creo que esa historia explica por qué los europeos no terminan de adoptar la “democracia” estadounidense; la perciben con bastante claridad. Sin embargo, no saben cómo romper su dependencia de Estados Unidos. Así pues, los Estados Unidos continúan construyendo sus alianzas con fundamentos económicos, con la esperanza de que estas le permitan sortear los vaivenes políticos.

GLENN DIESEN: Bien, profesor Wolff, muchas gracias por dedicarnos su tiempo, como siempre.

RICHARD WOLFF: Es un placer. Espero que estas reflexiones resulten estimulantes, en el buen sentido de la palabra.

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