Por Robert M. Sapolsky: Sin permiso
La creciente brecha entre ricos y pobres causa daño biológico en el cuerpo y el cerebro.
Las culturas occidentales han defendido durante mucho tiempo la idea de que todas las personas nacen iguales. Pero en el mundo real, nuestras vidas no gozan de igualdad de oportunidades ni de recursos. Esta distinción fue señalada con ironía en 1894 por el escritor Anatole France, quien escribió que «la ley, en su majestuosa igualdad, prohíbe tanto a los ricos como a los pobres dormir bajo los puentes, mendigar en las calles y robar pan». Los ricos, por supuesto, no necesitan nada de eso, mientras que los pobres a menudo no tienen otra opción. Y la desigualdad económica no ha hecho más que agravarse durante las últimas décadas, especialmente en EE. UU. En 1976, el 1 % más rico de los ciudadanos estadounidenses poseía el 9 % de la riqueza del país; hoy en día posee alrededor del 30 %. Esta tendencia se repite en todo el mundo.
Una de las consecuencias para el creciente número de personas en situación de pobreza es el empeoramiento de su salud, y las razones no son tan obvias como podría pensarse. Sí, un nivel socioeconómico (NSE) más bajo implica un menor acceso a la asistencia sanitaria y vivir en barrios más propensos a las enfermedades. Y sí, a medida que los peldaños más bajos de la escala socioeconómica se han ido llenando, el número de personas con problemas médicos ha aumentado. No se trata simplemente de una cuestión de mala salud para los pobres y de una cierta mejora de la salud para todos los demás. Empezando por Elon Musk en la cima, cada peldaño que se desciende en la escala se asocia con un peor estado de salud.
La relación entre la desigualdad socioeconómica y la mala salud va más allá del simple acceso a la atención sanitaria y de vivir en condiciones más peligrosas. Menos de la mitad de los cambios en la salud a lo largo de esta escala de NSE y salud pueden explicarse por riesgos como el tabaquismo, el consumo de alcohol y la dependencia de la comida rápida, o por factores protectores como los seguros y las afiliaciones a gimnasios. En el Reino Unido, amplios estudios a largo plazo sobre los riesgos en grupos específicos, dirigidos por el epidemiólogo Michael Marmot y conocidos como los estudios de Whitehall, lo demostraron claramente. Además, esta escala, o gradiente, existe en países con sanidad universal; si la disponibilidad de la atención sanitaria fuera realmente la responsable, el acceso universal debería hacer desaparecer el gradiente. Debe haber algo más, algo bastante poderoso, asociado a las desigualdades y capaz de provocar problemas de salud.
Ese factor parece ser las consecuencias psicosociales estresantes de un bajo nivel socioeconómico (NSE). La psicóloga Nancy Adler, de la Universidad de California en San Francisco, y sus colegas han demostrado que la forma en que las personas valoran su situación, en relación con la de los demás, es al menos tan predictiva de la salud o la enfermedad como cualquier medida objetiva, como el nivel de ingresos real. La investigación indica que la mala salud tiene tanto que ver con sentirse pobre como con serlo. Los epidemiólogos Richard Wilkinson y Kate Pickett, de la Universidad de Nottingham y la Universidad de York en Inglaterra, respectivamente, han completado este panorama con detalle, demostrando que, si bien la pobreza es perjudicial para la salud, la pobreza en medio de la abundancia —la desigualdad— puede ser peor según prácticamente cualquier indicador: mortalidad infantil, esperanza de vida general, obesidad, tasas de homicidios y más. La salud se ve especialmente mermada cuando se te recuerda constantemente lo que no tienes.
Básicamente, las sociedades más desiguales tienen peor calidad de vida. Tanto entre países como entre los estados de EE. UU., una mayor desigualdad —independientemente de los niveles absolutos de ingresos— predice mayores índices de delincuencia, incluido el homicidio, y mayores tasas de encarcelamiento. A esto se suman mayores índices de acoso escolar, más embarazos adolescentes y menores niveles de alfabetización. Hay más problemas psiquiátricos, alcoholismo y consumo de drogas, así como menores niveles de felicidad y menor movilidad social. Y hay menos apoyo social: una jerarquía marcada es la antítesis de la igualdad y la simetría que alimentan la amistad. Este sombrío panorama colectivo ayuda a explicar el hecho de enorme importancia de que, cuando aumenta la desigualdad, la salud de todos se resiente.
Aquí es donde el problema afecta tanto a los ricos y a los que tienen, como a los que no tienen. Con el aumento de la desigualdad, suelen dedicar más recursos a aislarse del mundo que vive bajo los puentes. He oído al economista Robert Evans, de la Universidad de Columbia Británica, llamar a esto la «secesión de los ricos». Dedican la mayor parte de sus propios recursos a urbanizaciones cerradas, colegios privados, agua embotellada y costosos alimentos ecológicos. Y donan grandes cantidades de dinero a los políticos que les ayudan a mantener su estatus. Resulta estresante construir muros gruesos para mantener fuera todo lo que causa estrés.
Saber que estos factores psicológicos y sociales influyen en la biología de la enfermedad es una cosa. Demostrar exactamente cómo estos factores estresantes hacen su trabajo sucio en el interior del cuerpo es otra muy distinta. ¿Cómo «se meten bajo la piel» el estatus socioeconómico y la desigualdad? Resulta que los investigadores han dado pasos significativos hacia una respuesta. Hemos aprendido mucho sobre cómo la pobreza afecta a la biología, y la parte de la creciente brecha de desigualdad que preocupa a la gente es el extremo de la pobreza. Los científicos han podido rastrear conexiones fisiológicas desde la desigualdad externa hasta tres áreas internas clave: la inflamación crónica, el envejecimiento cromosómico y la función cerebral.
Una carga pesada
La forma de concebir la biología de la enfermedad se revolucionó en la década de los noventa, cuando el difunto Bruce McEwen, de la Universidad Rockefeller, introdujo el concepto de carga alostática. Nuestros cuerpos se enfrentan constantemente a retos impuestos por el entorno, y nos mantenemos sanos cuando superamos esos retos y volvemos a un estado de referencia, o homeostasis. Tradicionalmente, esta visión llevó a los científicos a centrarse en órganos específicos que resuelven retos concretos. La alostasis ofrece una perspectiva diferente: los desafíos fisiológicos provocan adaptaciones de gran alcance en todo el cuerpo. Un dedo del pie infectado, por ejemplo, no solo provocará inflamación en la punta del pie, sino también cambios más amplios que abarcan desde la energía obtenida de la grasa abdominal hasta la química cerebral relacionada con la somnolencia. A medida que este desgaste biológico continúa, hace que diversas partes del cuerpo funcionen por debajo de su nivel óptimo, lo que puede resultar tan perjudicial para la salud como el mal funcionamiento de un solo órgano.
Teresa Seeman, de la Universidad de California en Los Ángeles, partió de esta idea y la aplicó a todo el organismo, midiendo diversos biomarcadores de desgaste, entre ellos el aumento de la presión arterial, el colesterol, los lípidos en sangre, el índice de masa corporal, los indicadores moleculares de hiperglucemia crónica y los niveles de hormonas del estrés. Demostró que este conjunto de medidas dispares predice de forma muy fiable la salud física y la mortalidad.
Investigaciones recientes de Seeman y otros autores relacionan un bajo nivel socioeconómico (NSE) con una elevada carga alostática, ya que el cuerpo se encuentra en una batalla constante e infructuosa por volver a un estado normal y sin estrés. Estos hallazgos ponen de relieve una cuestión importante: mientras que el nivel socioeconómico de un adulto predice el desgaste alostático, el nivel socioeconómico durante la infancia deja una huella más profunda que perdura toda la vida. Un bajo nivel socioeconómico predispone al cuerpo de los jóvenes a un «envejecimiento» prematuro. Los científicos también identificaron factores protectores. Aunque crecer en un barrio empobrecido agrava la relación entre un bajo nivel socioeconómico y la carga alostática, tener la suerte de contar con una madre que dispone del tiempo y la energía necesarios para ofrecer una crianza muy afectuosa reduce los efectos negativos.
El estrés, en cualquiera de sus formas, puede producir estos efectos. No tiene por qué estar relacionado con el dinero, pero suele estar vinculado a situaciones sociales. Mi propio trabajo con babuinos que viven en libertad en la sabana de África Oriental ha demostrado este efecto. En los grupos de babuinos, el lugar que ocupa un animal en la jerarquía social genera más o menos estrés. Si eres un babuino de rango inferior —una situación socialmente estresante—, tu cuerpo presenta anomalías perjudiciales en la secreción de glucocorticoides, que son hormonas del estrés como el cortisol. El cuerpo también muestra cambios perjudiciales en los sistemas gonadal, cardiovascular e inmunitario.
En las jerarquías animales y humanas, estos cambios inducidos por el estrés afectan a la salud a través de un proceso clave: la inflamación crónica. Pocas cosas son mejores ejemplos de una espada biológica de doble filo que la inflamación. Tras una lesión tisular, la inflamación contiene el daño e inicia la reparación celular. Sin embargo, la inflamación crónica generalizada causa daño molecular en todo el cuerpo, y los estudios han demostrado que contribuye a enfermedades que van desde la aterosclerosis hasta el Alzheimer. Trabajos recientes (incluidos los míos propios, centrados en la inflamación del sistema nervioso) indican que los niveles crónicos elevados de estrés pueden favorecer la inflamación crónica. En las personas, la pobreza infantil eleva el umbral proinflamatorio del organismo en la edad adulta, con una mayor expresión de genes inflamatorios y niveles más altos de marcadores inflamatorios como la proteína C reactiva, lo cual se asocia a un mayor riesgo de infartos.
Se trata de efectos a largo plazo: unas mayores pérdidas económicas durante la Gran Recesión predicen niveles más altos de proteína C reactiva seis años después. Los seres humanos comparten estas vulnerabilidades con otros primates que viven en circunstancias de desigualdad. El trabajo de Jenny Tung, de la Universidad de Duke, muestra más marcadores de inflamación crónica en los monos rhesus de bajo rango en comparación con los animales socialmente dominantes de un grupo. Estos estudios ponen de relieve la relación directa entre los factores de estrés social y los efectos biológicos nocivos, ya que dicha relación se da en una especie que carece de los cambios en los factores de riesgo relacionados con el estilo de vida —como el aumento de las tasas de tabaquismo y consumo de alcohol— que a menudo observamos en personas que se encuentran atrapadas en situaciones de bajo estatus.
Envejecimiento prematuro del ADN
Los avances en la comprensión de las vías por las que el gradiente entre el nivel socioeconómico y la salud se manifiesta en el organismo también han llegado a través de una medida muy sensible del envejecimiento: el estado de los telómeros, que son los tramos de ADN situados en los extremos de los cromosomas.
Los telómeros ayudan a mantener la estabilidad de nuestros cromosomas; a los biólogos moleculares les gusta decir que se asemejan a las puntas de plástico de los cordones de los zapatos que evitan que se deshilachen. Cada vez que los cromosomas se duplican para la división celular, los telómeros se acortan; cuando se acortan demasiado, las células ya no pueden dividirse y pierden muchas de sus funciones saludables. El acortamiento de los telómeros se contrarresta mediante la enzima telomerasa, que reconstruye estos extremos. Por lo tanto, el estado de los telómeros de una célula dice mucho sobre su «edad» biológica, y los telómeros acortados que producen cromosomas deshilachados y vulnerables parecen ser una versión molecular del desgaste.
La biología de los telómeros se unió a la fisiología del estrés en un estudio de 2004 dirigido por la psicóloga de la salud Elissa Epel y la bióloga molecular Elizabeth Blackburn, ambas entonces en la U.C.S.F.; Blackburn ganó el Premio Nobel en 2009 por su trabajo pionero sobre los telómeros. Examinaron a 39 personas que vivían con un estrés severo a diario: mujeres que cuidaban de niños con enfermedades crónicas. El hallazgo trascendental fue que los glóbulos blancos de estas cuidadoras presentaban telómeros acortados, una actividad reducida de la telomerasa y un daño oxidativo elevado en proteínas y enzimas. (La oxidación puede inactivar la telomerasa.) Cuanto más prolongada era la enfermedad del niño, mayor era el estrés que declaraban las mujeres y más cortos eran sus telómeros, incluso después de que los investigadores tuvieran en cuenta factores potencialmente de confusión, como la dieta y el tabaquismo. Normalmente, los telómeros se acortan a un ritmo más o menos constante en las personas, y los cálculos mostraron que los telómeros de estas mujeres habían envejecido aproximadamente una década más —y a veces incluso más— que los del grupo con bajo nivel de estrés.
Este descubrimiento desencadenó una avalancha de estudios que lo respaldaban y que demostraban que los factores estresantes, entre los que se incluyen la depresión mayor, el trastorno por estrés postraumático y la experiencia de discriminación racial, pueden acelerar el acortamiento de los telómeros. Como era de esperar, un nivel socioeconómico (NSE) más bajo en la infancia también predice telómeros más cortos en la edad adulta; la percepción de una mala calidad del barrio, ser testigo o sufrir violencia, la inestabilidad familiar (como el divorcio, la muerte o el encarcelamiento de uno de los progenitores) y otras características de una situación desfavorable en las primeras etapas de la vida están relacionadas con estos extremos cromosómicos acortados más adelante en la vida. Si pasas tu infancia en la pobreza, es probable que, al llegar a la mediana edad, tus telómeros sean aproximadamente una década más viejos que los de las personas que tuvieron una infancia más afortunada.
Así pues, desde el nivel macro de los sistemas corporales completos hasta el nivel micro de los cromosomas individuales, la pobreza encuentra la manera de provocar desgaste. La mayoría de los estudios sobre la longitud de los telómeros comparan a los «pobres» con los «no pobres», al igual que los estudios que comparan la carga alostática; sin embargo, los pocos estudios que examinan todo el espectro de la desigualdad, escalón a escalón de bajo estatus, muestran que cada peldaño que se desciende en la escala del nivel socioeconómico (NSE) muy probablemente empeora estos marcadores biológicos del envejecimiento.
Fuera de control
Descender estos peldaños también altera el cerebro y el comportamiento, según una gran cantidad de estudios neurobiológicos recientes. Mi laboratorio lleva más de un cuarto de siglo dedicado a estudiar cómo afecta el estrés crónico al cerebro de roedores, monos y seres humanos. Junto con otros laboratorios, hemos descubierto que una zona clave es el hipocampo, una región fundamental para el aprendizaje y la memoria. El estrés prolongado o la exposición a niveles excesivos de glucocorticoides deterioran la memoria al reducir la excitabilidad del hipocampo, debilitar las conexiones entre las neuronas y frenar la generación de nuevas neuronas. En la amígdala, una zona del cerebro fundamental para el miedo y la ansiedad, el estrés y los glucocorticoides intensifican estas dos reacciones. En lugar de amortiguarlas, como ocurre en el hipocampo, en esta región que fomenta el miedo aumentan la excitabilidad y amplían las conexiones neuronales. En conjunto, estos hallazgos ayudan a explicar por qué el trastorno por estrés postraumático atrofia el hipocampo y agranda la amígdala. Otra área afectada es el sistema mesolímbico de la dopamina, que es crucial para la recompensa, la anticipación y la motivación. El estrés crónico altera ese sistema, y el resultado es una predisposición a la anhedonia propia de la depresión y una mayor vulnerabilidad a la adicción.
El bombardeo de glucocorticoides también afecta a la corteza prefrontal (CPF), clave para la planificación a largo plazo, la función ejecutiva y el control de los impulsos. En la CPF, el estrés social y los niveles elevados de glucocorticoides debilitan las conexiones entre las neuronas, lo que dificulta su comunicación. La mielinización, el proceso que aísla los cables entre las neuronas y, por lo tanto, les ayuda a transmitir señales más rápidamente, se ve afectada. El volumen celular total de la región disminuye y se activa la inflamación crónica.
¿Qué ocurre cuando la corteza prefrontal (PFC) se ve afectada de esta manera? Se toman decisiones pésimas e impulsivas. Pensemos en el «descuento temporal»: al elegir entre una recompensa inmediata y otra mayor si se espera, el atractivo de esperar disminuye a medida que aumenta el tiempo que hay que esperar. Normalmente, la corteza prefrontal es eficaz a la hora de combatir esta falta de visión a largo plazo. Sin embargo, el estrés acentúa el descuento temporal; cuanto mayor es el estrés acumulado, menor es la activación de la corteza prefrontal en experimentos que requieren posponer la gratificación. Para las personas que se hunden cada vez más en la desigualdad, una corteza prefrontal menos activa hace que al cerebro le resulte más difícil elegir la salud a largo plazo frente al placer inmediato. Ese efecto neurológico podría explicar por qué las personas con un mayor nivel de estrés vital en general ganan más peso y fuman y beben más que aquellas con menos factores estresantes.
Estos cambios en la CPF también se producen en los niños. En estudios independientes, Martha Farah, de la Universidad de Pensilvania, y W. Thomas Boyce, profesor emérito de la U.C.S.F., observaron que los niños de infantil de nivel socioeconómico (NSE) más bajo suelen presentar niveles elevados de glucocorticoides, una CPF más delgada y menos activa, y un control de los impulsos y una función ejecutiva dependientes de la CPF deficientes. Estos efectos se acentúan a medida que los niños crecen. En la adolescencia, un nivel socioeconómico (NSE) más bajo predice un menor volumen del CPF. En la edad adulta, un NSE bajo predice decisiones con un descuento temporal más pronunciado.
Algunas de estas observaciones plantean la complicada cuestión del huevo y la gallina. Los cambios cerebrales podrían conducir a malas decisiones, que a su vez conducirían a una mayor pobreza, en lugar de al revés. Pero la investigación sugiere que las causas y los efectos van en la otra dirección: el NSE y la desigualdad influyen primero en la función del CPF y, a continuación, se producen otras consecuencias negativas.
Por ejemplo, el nivel socioeconómico de los niños de infantil predecía su función del CPF; son pocos los niños de cinco años que caen en la pobreza por malgastar su sueldo en alcohol y caballos. Otra prueba procede de un estudio de 2013 realizado por Jiaying Zhao, de la Universidad de Columbia Británica, y sus colegas. Examinaron a agricultores indios cuya situación económica varía según la temporada. A medida que el nivel socioeconómico de los individuos pasaba de ser el más bajo durante la temporada de siembra al más alto tras la cosecha, se producían mejoras en la función de la CPF.
Para mí, la evidencia más importante proviene de investigaciones en las que la percepción que tenían las personas de su nivel socioeconómico se redujo debido al diseño del experimento. Posteriormente, estos individuos aplicaron un descuento temporal más pronunciado. En un estudio de 2012, los sujetos jugaron un juego de azar entre sí, con cantidades diferentes de recursos iniciales. Los sujetos «pobres» se mostraron más propensos a pedir préstamos a cuenta de ingresos futuros y menos receptivos a las pistas útiles sobre la estrategia del juego.
En otro estudio, los sujetos a los que se les pidió que imaginaran situaciones de pérdida económica (frente a situaciones neutras o ventajosas) aplicaron un descuento temporal más pronunciado en una tarea no relacionada. En otra investigación más, se preparó a los sujetos para que imaginaran sus cargas económicas al pensar en una costosa reparación del coche; la función cognitiva no varió en los sujetos de alto nivel socioeconómico, pero disminuyó en las personas más pobres.
¿Por qué una sensación transitoria de tener un nivel socioeconómico más bajo induce cambios cognitivos típicos de ese nivel en el mundo real? Una explicación es que se trata de una respuesta racional, ya que resulta difícil pensar en ahorrar dinero para la vejez cuando apenas se puede comprar comida. La pobreza hace que el futuro sea menos relevante.
Pero también hay una explicación convincente relacionada con el estrés: la planificación a largo plazo y el control de los impulsos agotan la corteza prefrontal (CPF). Si se aumenta la «carga» cognitiva de los sujetos con tareas exigentes que dependen de la CPF, estos se vuelven más propensos a saltarse la dieta. O bien se puede —y los científicos lo han hecho— aumentar la carga cognitiva tentando a los sujetos que están a dieta con aperitivos, con lo que obtienen peores resultados en las pruebas que dependen de la CPF. No está claro en qué medida esto representa un «agotamiento» literal de la CPF a nivel metabólico frente a una disminución de la motivación.
En cualquier caso, un nivel socioeconómico (NSE) más bajo genera una preocupación económica crónica que distrae y agota. Es difícil destacar en una tarea psicológica como, por ejemplo, restar una serie de números, o en una tarea más importante como controlar el consumo de alcohol, cuando te preocupa pagar el alquiler. Un hallazgo del estudio sobre la reparación de coches respalda esta interpretación. Cuando los participantes se planteaban una reparación de coste insignificante, tanto los participantes con un NSE bajo como los de alto NSE obtuvieron el mismo rendimiento en las tareas cognitivas.
Por supuesto, necesitamos comprender mejor las consecuencias biológicas de la desigualdad y aprender mejores formas de curar las secuelas que esta deja en la salud. Pero, francamente, a día de hoy ya sabemos bastante. Sabemos lo suficiente como para que la situación nos provoque indignación moral. Es indignante que, si los niños nacen en una familia desfavorecida, ya estén predispuestos a tener mala salud en el momento en que empiezan a aprender el alfabeto. No debería ser necesario medir la inflamación o la longitud de los cromosomas para demostrar que esto está mal, pero si lo es, mejor que así sea para la ciencia.
Robert M. Sapolsky es catedrático de ciencias biológicas, neurología y ciencias neurológicas en la Universidad de Stanford. Es autor de varias obras, entre las que se incluyen A Primate’s Memoir: A Neuroscientist’s Unconventional Life Among the Baboons (2001), The Trouble With Testosterone: And Other Essays on the Biology of the Human Predicament (1997) y Why Zebras Don’t Get Ulcers (1994). Su penúltimo libro, Behave: The Biology of Humans at Our Best and Worst (2017), fue un éxito de ventas del New York Times y fue nombrado mejor libro del año por The Washington Post y The Wall Street Journal. Es profesor de biología y neurología en la Universidad de Stanford y ha recibido la beca «Genius Grant» de la Fundación MacArthur.
Texto original: https://www.scientificamerican.com/article/how-economic-inequality-inflicts-real-biological-harm/
Traducción: Antoni Soy Casals
Fuente: https://sinpermiso.info/textos/como-la-desigualdad-economica-causa-un-dano-biologico-real
Las culturas occidentales han defendido durante mucho tiempo la idea de que todas las personas nacen iguales. Pero en el mundo real, nuestras vidas no gozan de igualdad de oportunidades ni de recursos. Esta distinción fue señalada con ironía en 1894 por el escritor Anatole France, quien escribió que «la ley, en su majestuosa igualdad, prohíbe tanto a los ricos como a los pobres dormir bajo los puentes, mendigar en las calles y robar pan». Los ricos, por supuesto, no necesitan nada de eso, mientras que los pobres a menudo no tienen otra opción. Y la desigualdad económica no ha hecho más que agravarse durante las últimas décadas, especialmente en EE. UU. En 1976, el 1 % más rico de los ciudadanos estadounidenses poseía el 9 % de la riqueza del país; hoy en día posee alrededor del 30 %. Esta tendencia se repite en todo el mundo.
Una de las consecuencias para el creciente número de personas en situación de pobreza es el empeoramiento de su salud, y las razones no son tan obvias como podría pensarse. Sí, un nivel socioeconómico (NSE) más bajo implica un menor acceso a la asistencia sanitaria y vivir en barrios más propensos a las enfermedades. Y sí, a medida que los peldaños más bajos de la escala socioeconómica se han ido llenando, el número de personas con problemas médicos ha aumentado. No se trata simplemente de una cuestión de mala salud para los pobres y de una cierta mejora de la salud para todos los demás. Empezando por Elon Musk en la cima, cada peldaño que se desciende en la escala se asocia con un peor estado de salud.
La relación entre la desigualdad socioeconómica y la mala salud va más allá del simple acceso a la atención sanitaria y de vivir en condiciones más peligrosas. Menos de la mitad de los cambios en la salud a lo largo de esta escala de NSE y salud pueden explicarse por riesgos como el tabaquismo, el consumo de alcohol y la dependencia de la comida rápida, o por factores protectores como los seguros y las afiliaciones a gimnasios. En el Reino Unido, amplios estudios a largo plazo sobre los riesgos en grupos específicos, dirigidos por el epidemiólogo Michael Marmot y conocidos como los estudios de Whitehall, lo demostraron claramente. Además, esta escala, o gradiente, existe en países con sanidad universal; si la disponibilidad de la atención sanitaria fuera realmente la responsable, el acceso universal debería hacer desaparecer el gradiente. Debe haber algo más, algo bastante poderoso, asociado a las desigualdades y capaz de provocar problemas de salud.
Ese factor parece ser las consecuencias psicosociales estresantes de un bajo nivel socioeconómico (NSE). La psicóloga Nancy Adler, de la Universidad de California en San Francisco, y sus colegas han demostrado que la forma en que las personas valoran su situación, en relación con la de los demás, es al menos tan predictiva de la salud o la enfermedad como cualquier medida objetiva, como el nivel de ingresos real. La investigación indica que la mala salud tiene tanto que ver con sentirse pobre como con serlo. Los epidemiólogos Richard Wilkinson y Kate Pickett, de la Universidad de Nottingham y la Universidad de York en Inglaterra, respectivamente, han completado este panorama con detalle, demostrando que, si bien la pobreza es perjudicial para la salud, la pobreza en medio de la abundancia —la desigualdad— puede ser peor según prácticamente cualquier indicador: mortalidad infantil, esperanza de vida general, obesidad, tasas de homicidios y más. La salud se ve especialmente mermada cuando se te recuerda constantemente lo que no tienes.
Básicamente, las sociedades más desiguales tienen peor calidad de vida. Tanto entre países como entre los estados de EE. UU., una mayor desigualdad —independientemente de los niveles absolutos de ingresos— predice mayores índices de delincuencia, incluido el homicidio, y mayores tasas de encarcelamiento. A esto se suman mayores índices de acoso escolar, más embarazos adolescentes y menores niveles de alfabetización. Hay más problemas psiquiátricos, alcoholismo y consumo de drogas, así como menores niveles de felicidad y menor movilidad social. Y hay menos apoyo social: una jerarquía marcada es la antítesis de la igualdad y la simetría que alimentan la amistad. Este sombrío panorama colectivo ayuda a explicar el hecho de enorme importancia de que, cuando aumenta la desigualdad, la salud de todos se resiente.
Aquí es donde el problema afecta tanto a los ricos y a los que tienen, como a los que no tienen. Con el aumento de la desigualdad, suelen dedicar más recursos a aislarse del mundo que vive bajo los puentes. He oído al economista Robert Evans, de la Universidad de Columbia Británica, llamar a esto la «secesión de los ricos». Dedican la mayor parte de sus propios recursos a urbanizaciones cerradas, colegios privados, agua embotellada y costosos alimentos ecológicos. Y donan grandes cantidades de dinero a los políticos que les ayudan a mantener su estatus. Resulta estresante construir muros gruesos para mantener fuera todo lo que causa estrés.
Saber que estos factores psicológicos y sociales influyen en la biología de la enfermedad es una cosa. Demostrar exactamente cómo estos factores estresantes hacen su trabajo sucio en el interior del cuerpo es otra muy distinta. ¿Cómo «se meten bajo la piel» el estatus socioeconómico y la desigualdad? Resulta que los investigadores han dado pasos significativos hacia una respuesta. Hemos aprendido mucho sobre cómo la pobreza afecta a la biología, y la parte de la creciente brecha de desigualdad que preocupa a la gente es el extremo de la pobreza. Los científicos han podido rastrear conexiones fisiológicas desde la desigualdad externa hasta tres áreas internas clave: la inflamación crónica, el envejecimiento cromosómico y la función cerebral.
Una carga pesada
La forma de concebir la biología de la enfermedad se revolucionó en la década de los noventa, cuando el difunto Bruce McEwen, de la Universidad Rockefeller, introdujo el concepto de carga alostática. Nuestros cuerpos se enfrentan constantemente a retos impuestos por el entorno, y nos mantenemos sanos cuando superamos esos retos y volvemos a un estado de referencia, o homeostasis. Tradicionalmente, esta visión llevó a los científicos a centrarse en órganos específicos que resuelven retos concretos. La alostasis ofrece una perspectiva diferente: los desafíos fisiológicos provocan adaptaciones de gran alcance en todo el cuerpo. Un dedo del pie infectado, por ejemplo, no solo provocará inflamación en la punta del pie, sino también cambios más amplios que abarcan desde la energía obtenida de la grasa abdominal hasta la química cerebral relacionada con la somnolencia. A medida que este desgaste biológico continúa, hace que diversas partes del cuerpo funcionen por debajo de su nivel óptimo, lo que puede resultar tan perjudicial para la salud como el mal funcionamiento de un solo órgano.
Teresa Seeman, de la Universidad de California en Los Ángeles, partió de esta idea y la aplicó a todo el organismo, midiendo diversos biomarcadores de desgaste, entre ellos el aumento de la presión arterial, el colesterol, los lípidos en sangre, el índice de masa corporal, los indicadores moleculares de hiperglucemia crónica y los niveles de hormonas del estrés. Demostró que este conjunto de medidas dispares predice de forma muy fiable la salud física y la mortalidad.
Investigaciones recientes de Seeman y otros autores relacionan un bajo nivel socioeconómico (NSE) con una elevada carga alostática, ya que el cuerpo se encuentra en una batalla constante e infructuosa por volver a un estado normal y sin estrés. Estos hallazgos ponen de relieve una cuestión importante: mientras que el nivel socioeconómico de un adulto predice el desgaste alostático, el nivel socioeconómico durante la infancia deja una huella más profunda que perdura toda la vida. Un bajo nivel socioeconómico predispone al cuerpo de los jóvenes a un «envejecimiento» prematuro. Los científicos también identificaron factores protectores. Aunque crecer en un barrio empobrecido agrava la relación entre un bajo nivel socioeconómico y la carga alostática, tener la suerte de contar con una madre que dispone del tiempo y la energía necesarios para ofrecer una crianza muy afectuosa reduce los efectos negativos.
El estrés, en cualquiera de sus formas, puede producir estos efectos. No tiene por qué estar relacionado con el dinero, pero suele estar vinculado a situaciones sociales. Mi propio trabajo con babuinos que viven en libertad en la sabana de África Oriental ha demostrado este efecto. En los grupos de babuinos, el lugar que ocupa un animal en la jerarquía social genera más o menos estrés. Si eres un babuino de rango inferior —una situación socialmente estresante—, tu cuerpo presenta anomalías perjudiciales en la secreción de glucocorticoides, que son hormonas del estrés como el cortisol. El cuerpo también muestra cambios perjudiciales en los sistemas gonadal, cardiovascular e inmunitario.
En las jerarquías animales y humanas, estos cambios inducidos por el estrés afectan a la salud a través de un proceso clave: la inflamación crónica. Pocas cosas son mejores ejemplos de una espada biológica de doble filo que la inflamación. Tras una lesión tisular, la inflamación contiene el daño e inicia la reparación celular. Sin embargo, la inflamación crónica generalizada causa daño molecular en todo el cuerpo, y los estudios han demostrado que contribuye a enfermedades que van desde la aterosclerosis hasta el Alzheimer. Trabajos recientes (incluidos los míos propios, centrados en la inflamación del sistema nervioso) indican que los niveles crónicos elevados de estrés pueden favorecer la inflamación crónica. En las personas, la pobreza infantil eleva el umbral proinflamatorio del organismo en la edad adulta, con una mayor expresión de genes inflamatorios y niveles más altos de marcadores inflamatorios como la proteína C reactiva, lo cual se asocia a un mayor riesgo de infartos.
Se trata de efectos a largo plazo: unas mayores pérdidas económicas durante la Gran Recesión predicen niveles más altos de proteína C reactiva seis años después. Los seres humanos comparten estas vulnerabilidades con otros primates que viven en circunstancias de desigualdad. El trabajo de Jenny Tung, de la Universidad de Duke, muestra más marcadores de inflamación crónica en los monos rhesus de bajo rango en comparación con los animales socialmente dominantes de un grupo. Estos estudios ponen de relieve la relación directa entre los factores de estrés social y los efectos biológicos nocivos, ya que dicha relación se da en una especie que carece de los cambios en los factores de riesgo relacionados con el estilo de vida —como el aumento de las tasas de tabaquismo y consumo de alcohol— que a menudo observamos en personas que se encuentran atrapadas en situaciones de bajo estatus.
Envejecimiento prematuro del ADN
Los avances en la comprensión de las vías por las que el gradiente entre el nivel socioeconómico y la salud se manifiesta en el organismo también han llegado a través de una medida muy sensible del envejecimiento: el estado de los telómeros, que son los tramos de ADN situados en los extremos de los cromosomas.
Los telómeros ayudan a mantener la estabilidad de nuestros cromosomas; a los biólogos moleculares les gusta decir que se asemejan a las puntas de plástico de los cordones de los zapatos que evitan que se deshilachen. Cada vez que los cromosomas se duplican para la división celular, los telómeros se acortan; cuando se acortan demasiado, las células ya no pueden dividirse y pierden muchas de sus funciones saludables. El acortamiento de los telómeros se contrarresta mediante la enzima telomerasa, que reconstruye estos extremos. Por lo tanto, el estado de los telómeros de una célula dice mucho sobre su «edad» biológica, y los telómeros acortados que producen cromosomas deshilachados y vulnerables parecen ser una versión molecular del desgaste.
La biología de los telómeros se unió a la fisiología del estrés en un estudio de 2004 dirigido por la psicóloga de la salud Elissa Epel y la bióloga molecular Elizabeth Blackburn, ambas entonces en la U.C.S.F.; Blackburn ganó el Premio Nobel en 2009 por su trabajo pionero sobre los telómeros. Examinaron a 39 personas que vivían con un estrés severo a diario: mujeres que cuidaban de niños con enfermedades crónicas. El hallazgo trascendental fue que los glóbulos blancos de estas cuidadoras presentaban telómeros acortados, una actividad reducida de la telomerasa y un daño oxidativo elevado en proteínas y enzimas. (La oxidación puede inactivar la telomerasa.) Cuanto más prolongada era la enfermedad del niño, mayor era el estrés que declaraban las mujeres y más cortos eran sus telómeros, incluso después de que los investigadores tuvieran en cuenta factores potencialmente de confusión, como la dieta y el tabaquismo. Normalmente, los telómeros se acortan a un ritmo más o menos constante en las personas, y los cálculos mostraron que los telómeros de estas mujeres habían envejecido aproximadamente una década más —y a veces incluso más— que los del grupo con bajo nivel de estrés.
Este descubrimiento desencadenó una avalancha de estudios que lo respaldaban y que demostraban que los factores estresantes, entre los que se incluyen la depresión mayor, el trastorno por estrés postraumático y la experiencia de discriminación racial, pueden acelerar el acortamiento de los telómeros. Como era de esperar, un nivel socioeconómico (NSE) más bajo en la infancia también predice telómeros más cortos en la edad adulta; la percepción de una mala calidad del barrio, ser testigo o sufrir violencia, la inestabilidad familiar (como el divorcio, la muerte o el encarcelamiento de uno de los progenitores) y otras características de una situación desfavorable en las primeras etapas de la vida están relacionadas con estos extremos cromosómicos acortados más adelante en la vida. Si pasas tu infancia en la pobreza, es probable que, al llegar a la mediana edad, tus telómeros sean aproximadamente una década más viejos que los de las personas que tuvieron una infancia más afortunada.
Así pues, desde el nivel macro de los sistemas corporales completos hasta el nivel micro de los cromosomas individuales, la pobreza encuentra la manera de provocar desgaste. La mayoría de los estudios sobre la longitud de los telómeros comparan a los «pobres» con los «no pobres», al igual que los estudios que comparan la carga alostática; sin embargo, los pocos estudios que examinan todo el espectro de la desigualdad, escalón a escalón de bajo estatus, muestran que cada peldaño que se desciende en la escala del nivel socioeconómico (NSE) muy probablemente empeora estos marcadores biológicos del envejecimiento.

Fuera de control
Descender estos peldaños también altera el cerebro y el comportamiento, según una gran cantidad de estudios neurobiológicos recientes. Mi laboratorio lleva más de un cuarto de siglo dedicado a estudiar cómo afecta el estrés crónico al cerebro de roedores, monos y seres humanos. Junto con otros laboratorios, hemos descubierto que una zona clave es el hipocampo, una región fundamental para el aprendizaje y la memoria. El estrés prolongado o la exposición a niveles excesivos de glucocorticoides deterioran la memoria al reducir la excitabilidad del hipocampo, debilitar las conexiones entre las neuronas y frenar la generación de nuevas neuronas. En la amígdala, una zona del cerebro fundamental para el miedo y la ansiedad, el estrés y los glucocorticoides intensifican estas dos reacciones. En lugar de amortiguarlas, como ocurre en el hipocampo, en esta región que fomenta el miedo aumentan la excitabilidad y amplían las conexiones neuronales. En conjunto, estos hallazgos ayudan a explicar por qué el trastorno por estrés postraumático atrofia el hipocampo y agranda la amígdala. Otra área afectada es el sistema mesolímbico de la dopamina, que es crucial para la recompensa, la anticipación y la motivación. El estrés crónico altera ese sistema, y el resultado es una predisposición a la anhedonia propia de la depresión y una mayor vulnerabilidad a la adicción.
El bombardeo de glucocorticoides también afecta a la corteza prefrontal (CPF), clave para la planificación a largo plazo, la función ejecutiva y el control de los impulsos. En la CPF, el estrés social y los niveles elevados de glucocorticoides debilitan las conexiones entre las neuronas, lo que dificulta su comunicación. La mielinización, el proceso que aísla los cables entre las neuronas y, por lo tanto, les ayuda a transmitir señales más rápidamente, se ve afectada. El volumen celular total de la región disminuye y se activa la inflamación crónica.
¿Qué ocurre cuando la corteza prefrontal (PFC) se ve afectada de esta manera? Se toman decisiones pésimas e impulsivas. Pensemos en el «descuento temporal»: al elegir entre una recompensa inmediata y otra mayor si se espera, el atractivo de esperar disminuye a medida que aumenta el tiempo que hay que esperar. Normalmente, la corteza prefrontal es eficaz a la hora de combatir esta falta de visión a largo plazo. Sin embargo, el estrés acentúa el descuento temporal; cuanto mayor es el estrés acumulado, menor es la activación de la corteza prefrontal en experimentos que requieren posponer la gratificación. Para las personas que se hunden cada vez más en la desigualdad, una corteza prefrontal menos activa hace que al cerebro le resulte más difícil elegir la salud a largo plazo frente al placer inmediato. Ese efecto neurológico podría explicar por qué las personas con un mayor nivel de estrés vital en general ganan más peso y fuman y beben más que aquellas con menos factores estresantes.

Estos cambios en la CPF también se producen en los niños. En estudios independientes, Martha Farah, de la Universidad de Pensilvania, y W. Thomas Boyce, profesor emérito de la U.C.S.F., observaron que los niños de infantil de nivel socioeconómico (NSE) más bajo suelen presentar niveles elevados de glucocorticoides, una CPF más delgada y menos activa, y un control de los impulsos y una función ejecutiva dependientes de la CPF deficientes. Estos efectos se acentúan a medida que los niños crecen. En la adolescencia, un nivel socioeconómico (NSE) más bajo predice un menor volumen del CPF. En la edad adulta, un NSE bajo predice decisiones con un descuento temporal más pronunciado.
Algunas de estas observaciones plantean la complicada cuestión del huevo y la gallina. Los cambios cerebrales podrían conducir a malas decisiones, que a su vez conducirían a una mayor pobreza, en lugar de al revés. Pero la investigación sugiere que las causas y los efectos van en la otra dirección: el NSE y la desigualdad influyen primero en la función del CPF y, a continuación, se producen otras consecuencias negativas.
Por ejemplo, el nivel socioeconómico de los niños de infantil predecía su función del CPF; son pocos los niños de cinco años que caen en la pobreza por malgastar su sueldo en alcohol y caballos. Otra prueba procede de un estudio de 2013 realizado por Jiaying Zhao, de la Universidad de Columbia Británica, y sus colegas. Examinaron a agricultores indios cuya situación económica varía según la temporada. A medida que el nivel socioeconómico de los individuos pasaba de ser el más bajo durante la temporada de siembra al más alto tras la cosecha, se producían mejoras en la función de la CPF.
Para mí, la evidencia más importante proviene de investigaciones en las que la percepción que tenían las personas de su nivel socioeconómico se redujo debido al diseño del experimento. Posteriormente, estos individuos aplicaron un descuento temporal más pronunciado. En un estudio de 2012, los sujetos jugaron un juego de azar entre sí, con cantidades diferentes de recursos iniciales. Los sujetos «pobres» se mostraron más propensos a pedir préstamos a cuenta de ingresos futuros y menos receptivos a las pistas útiles sobre la estrategia del juego.
En otro estudio, los sujetos a los que se les pidió que imaginaran situaciones de pérdida económica (frente a situaciones neutras o ventajosas) aplicaron un descuento temporal más pronunciado en una tarea no relacionada. En otra investigación más, se preparó a los sujetos para que imaginaran sus cargas económicas al pensar en una costosa reparación del coche; la función cognitiva no varió en los sujetos de alto nivel socioeconómico, pero disminuyó en las personas más pobres.
¿Por qué una sensación transitoria de tener un nivel socioeconómico más bajo induce cambios cognitivos típicos de ese nivel en el mundo real? Una explicación es que se trata de una respuesta racional, ya que resulta difícil pensar en ahorrar dinero para la vejez cuando apenas se puede comprar comida. La pobreza hace que el futuro sea menos relevante.
Pero también hay una explicación convincente relacionada con el estrés: la planificación a largo plazo y el control de los impulsos agotan la corteza prefrontal (CPF). Si se aumenta la «carga» cognitiva de los sujetos con tareas exigentes que dependen de la CPF, estos se vuelven más propensos a saltarse la dieta. O bien se puede —y los científicos lo han hecho— aumentar la carga cognitiva tentando a los sujetos que están a dieta con aperitivos, con lo que obtienen peores resultados en las pruebas que dependen de la CPF. No está claro en qué medida esto representa un «agotamiento» literal de la CPF a nivel metabólico frente a una disminución de la motivación.
En cualquier caso, un nivel socioeconómico (NSE) más bajo genera una preocupación económica crónica que distrae y agota. Es difícil destacar en una tarea psicológica como, por ejemplo, restar una serie de números, o en una tarea más importante como controlar el consumo de alcohol, cuando te preocupa pagar el alquiler. Un hallazgo del estudio sobre la reparación de coches respalda esta interpretación. Cuando los participantes se planteaban una reparación de coste insignificante, tanto los participantes con un NSE bajo como los de alto NSE obtuvieron el mismo rendimiento en las tareas cognitivas.
Por supuesto, necesitamos comprender mejor las consecuencias biológicas de la desigualdad y aprender mejores formas de curar las secuelas que esta deja en la salud. Pero, francamente, a día de hoy ya sabemos bastante. Sabemos lo suficiente como para que la situación nos provoque indignación moral. Es indignante que, si los niños nacen en una familia desfavorecida, ya estén predispuestos a tener mala salud en el momento en que empiezan a aprender el alfabeto. No debería ser necesario medir la inflamación o la longitud de los cromosomas para demostrar que esto está mal, pero si lo es, mejor que así sea para la ciencia.
Robert M. Sapolsky es catedrático de ciencias biológicas, neurología y ciencias neurológicas en la Universidad de Stanford. Es autor de varias obras, entre las que se incluyen A Primate’s Memoir: A Neuroscientist’s Unconventional Life Among the Baboons (2001), The Trouble With Testosterone: And Other Essays on the Biology of the Human Predicament (1997) y Why Zebras Don’t Get Ulcers (1994). Su penúltimo libro, Behave: The Biology of Humans at Our Best and Worst (2017), fue un éxito de ventas del New York Times y fue nombrado mejor libro del año por The Washington Post y The Wall Street Journal. Es profesor de biología y neurología en la Universidad de Stanford y ha recibido la beca «Genius Grant» de la Fundación MacArthur.
Texto original: https://www.scientificamerican.com/article/how-economic-inequality-inflicts-real-biological-harm/
Traducción: Antoni Soy Casals
Fuente: https://sinpermiso.info/textos/como-la-desigualdad-economica-causa-un-dano-biologico-real

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