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El progresismo intenta salir de su laberinto

Do Rebelión, 7 de setembro 2026
Por Aram Aharonian: CLAE - Rebelión 



Imagen: Sesión de clausura del Congreso Panamericano, el 23 de agosto,
 en el Edificio Mercosur. Foto: Congreso Panamericano

A finales de agosto, Montevideo se convirtió en el epicentro del debate político progresista en el tercer Congreso Panamericano, un foro parlamentario que reunió a más de un centenar de legisladores, expresidentes, ministros y referentes de 15 países de la región, en la necesidad de construir alternativas al auge de las recetas ultraderechistas y de un populismo punitivo y por demás autoritario.

Las derrotas electorales recientes de la izquierda en Ecuador y Colombia forzaron a realizar una autocrítica, pero también a compartir iniciativas que ayuden a reconstruir un tejido social resquebrajado. Y, nuevamente, el motor impulsor de la iniciativa –como dos décadas atrás- fue el expresidente colombiano Ernesto Samper.

Obviamente, uno de los ejes del encuentro fue la geopolítica. La región sigue conmocionada por la creciente injerencia de Estados Unidos, como demostró la intervención militar en Venezuela para secuestrar al presidente Nicolás Maduro y apropiarse del petróleo del mayor productor del mundo.

La asfixia económica impuesta a Cuba, la presión a Argentina y otros países para reducir la influencia china, los ataques a lanchas en el Caribe y en el Pacífico con la excusa del narcotráfico mientras el propio presidente Donald Trump indultaba al exmandatario hondureño J. O. Hernández, sentenciado a 35 años de prisión por tráfico de toneladas de drogas, son muestras de esta injerencia que va in crescendo,

Samper instó a recuperar la integración latinoamericana y a buscar una mayor vinculación con el llamado Sur Global, argumentando que la región posee recursos estratégicos como agua, alimentos y minerales, pero carece de la coordinación política necesaria para defender sus intereses. “No llegamos en una época de oro, sino en pleno reconocimiento de esas derrotas. Por eso hay espacios a puertas cerradas para conversar con franqueza de buenas prácticas y también de experimentos que no lograron llegar a la población”, dijo el estadounidense David Adler, coordinador del foro, quien señaló que el progresismo perdió parte de su capacidad política porque se alejó de problemas concretos como el costo de vida, la vivienda, los salarios y la seguridad.

Bajo el lema “Solidaridad entre los pueblos, soberanía entre las naciones”, el encuentro buscó construir posiciones comunes frente a desafíos actuales como el debilitamiento del orden internacional, las migraciones forzadas, el aumento del costo de vida y el avance del crimen organizado, entre otros.

En Montevideo, el mandatario uruguayo Yamandú Orsi recibió a los expresidentes Ernesto Samper (Colombia) y Gabriel Boric (Chile); la secretaria nacional de Morena (México) Carolina Rangel; el gobernador de la provincia de Buenos Aires, Axel Kicillof; el senador y coordinador de Relaciones Internacionales del Partido de los Trabajadores brasileño, Humberto Costa; y los congresistas estadounidenses Pramila Jayapal y Jesús ‘Chuy’ García.

Hace 27 años, cuando Hugo Chávez ganó por primera vez las elecciones en Venezuela, comenzaba un nuevo y profundo capítulo en la historia del país y del continente latinoamericano y caribeño. En los años que siguieron a aquel 1999, innumerables movilizaciones populares en defensa de los recursos naturales o contra gobiernos neoliberales, así como articulaciones como el Foro Social Mundial, produjeron un ascenso de masas en América Latina que se tradujo en victorias electorales de gobiernos progresistas en Argentina, Brasil, Uruguay, Ecuador, Paraguay, Bolivia y Nicaragua, entre otros.

Más que una época de cambios, quizá fue “un cambio de época”, cuyos impactos inspiraron a las izquierdas de todo el mundo. Dos décadas después, se hace necesario analizar lo sucedido en nuestros países, donde gobiernos progresistas trataron de poner a los más humildes como sujetos de política y no meros objetos de ella, encarrilando las ideas de democracias participativas, dignidad e inclusión social, soberanía e integración regional.

¿Fracasaron?

Hoy, en el medio de una ofensiva a fondo de la derecha más reaccionaria y dependiente, el progresismo, la izquierda, no sale de su laberinto, incapaz de rediseñar su camino, alejándose del rescate del pensamiento crítico y de la construcción de nuevas democracias desde abajo. La denunciología y el lloriqueo, que muchas veces confunden con resistencia, suenan más a derrotismo que a proyecto de futuro.

manifiesta una profunda crisis civilizatoria, con la concatenación de crisis financieras, sociales, ambientales y políticas, con la ofensiva y la articulación de la derecha global. Por otro lado, se trata también de un momento más oportuno en un mundo cada vez más multipolar. Los desafíos, límites y contradicciones de este continente en disputa son el objeto del dossier, elaborado por las oficinas de Brasil y Argentina del Instituto Tricontinental de Investigación Social, con la expectativa de que sus reflexiones sobre la situación actual de América Latina y del Caribe puedan aportar a los movimientos populares y articulaciones regionales, como ALBA Movimientos y la Asamblea Internacional de los Pueblos.

Buena parte del progresismo latinoamericano acaba por remozar el capitalismo. Lo triste es que aquella esperanza del surgimiento de un proyecto progresista devino en fracaso parcial, con una profunda crisis de proyecto político y una deriva hacia el conservadurismo, que hoy sufrimos en ésta, nuestra América.

La pregunta sigue siendo la misma que hace un par de décadas. ¿Quiénes representan las fuerzas del cambio y dónde se ubican las resistencias? Si a principios de siglo se registraba un vacío en el espacio político, ocupado por fuerzas conservadoras, hoy pareciera que la población joven, influenciada por la economía de consumo y las redes sociales, ha perdido referentes políticos que defiendan el Estado, las políticas redistributivas, el desarrollo humano, el medio ambiente y los derechos de las minorías.

La propuesta era un modelo de desarrollo solidario, levantado sobre seis ejes, que proponía la superación de la desigualdad social, la búsqueda de valor, una nueva política económica, la transición ecológica, la integración como construcción de la región y una nueva institucionalidad democrática, un rol activo del Estado, reformas tributarias, salud universal y luchar contra el calentamiento global.

Quizá dentro de los fracasos de cierto progresismo se puede citar el haber operado con diagnósticos del siglo XX en sociedades que sufrieron cambios radicales, lo que ha llevado en algunos casos a una defensa acrítica del Estado, sin discutir qué tipo de Estado se necesita para enfrentar las crisis actuales. Y por el otro lado, escuchar el canto de sirena de “progresistas” europeos, que nunca se animaron a hacer algo en sus países.

El progresismo no necesita solo defender valores, sino volver a hacer creíble una teoría y práctica del progreso en sociedades atravesadas por límites ecológicos, graves fractura sociales, tecnocracia, guerras y disputas geopolíticas, acentuadas desde el regreso de Donald Trump a la presidencia estadounidense.

Pero para que regrese a sentirse con fuerza en la región, el progresismo requiere una redefinición de sus objetivos políticos y aunar esfuerzos para la construcción de estados capaces de garantizar derechos, distribuir poder y riqueza y sostener comunidades basadas en reglas compartidas y estructuras institucionales que permitan la sostenibilidad de la libertad y la vida en común.

La secretarial general del partido mexicano Morena, Carolina Rangel, señaló la necesidad de combinar crecimiento económico y derechos sociales, para sustituir el recetario neoliberal -“el libre mercado lo resuelve todo”, “el Estado debe reducirse hasta desaparecer”, “la desigualdad es el precio inevitable del progreso”-, y construir una nueva agenda que contemple políticas de cuidado, transición energética, integración productiva y soberanía digital.

El expresidente chileno Gabriel Boric subrayó que la izquierda debe reconocer sus propios errores y abandonar consignas huecas, tras defender la soberanía de Venezuela frente a la agresión de Trump, pero exigió también que el progresismo admita que el mandato presidencial de Nicolás Maduro era ilegítimo por el fraude perpetrado en las últimas elecciones.

El desafío sigue siendo la construcción de un progresismo (¿una izquierda?) capaz de imaginar un futuro que ilusione, para recuperar la integración latinoamericana, para debatir qué hacer con la inteligencia artificial, cómo transformar las economías sin profundizar el extractivismo y, al mismo tiempo, lograr la confianza de los jóvenes, que tampoco tienen voz en las filas progresistas, y que son presente y futuro.

Aram Aharonian: Periodista y comunicólogo uruguayo. Magíster en Integración. Creador y fundador de Telesur. Preside la Fundación para la Integración Latinoamericana (FILA) y dirige el Centro Latinoamericano de Análisis Estratégico (CLAE)

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