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Cuando caen las máscaras

Lo que evidencia la agresión imperialista contra Irán


Do Rebelión, 23 de setembro 2026
Por Xavier Vall Ontiveros



Más allá de simplificaciones y debates sobre la naturaleza de su régimen político, Irán es una nación agredida por el imperialismo. No es necesario negar las cuestiones relativas a la naturaleza teocrática del régimen, pero sí ponerlas en contexto. No se puede entender la actitud (y el peso) de los sectores más duros del régimen sin tener en cuenta el asedio ejercido por Occidente desde el día siguiente de la Revolución de 1979.

Hay que reconocer el papel anti-imperialista que está llevando a cabo Irán. Actualmente es el único poder estatal capaz de confrontar y poner en jaque a la potencia militar del hegemón imperialista estadounidense. La izquierda revolucionaria, sobre todo la occidental, debería preguntarse por qué este papel lo está ejerciendo un país con un régimen político formalmente teocrático. Ante todo hay que entender que la resistencia contra el imperialismo nunca toma una forma de internacionalismo abstracto y que la defensa de la soberanía nacional siempre juega un papel fundamental. El cosmopolitismo genérico no consigue dar cuenta de las resistencias al imperialismo, que pueden tomar formas revolucionarias y en coherencia con los principios de la izquierda, por supuesto, pero no necesariamente.

En el caso de Irán, tras la dictadura sanguinaria del Sha Mohamed Reza Pahlavi (1953-1979), anticomunista furibundo y aliado fiel de Estados Unidos e Israel, la lucha anti-imperialista acabó siendo hegemonizada por el Islamismo chií y no por la izquierda del Partido Tudeh. Aunque el Partido Tudeh fue un actor clave de la Revolución Iraní de 1979, la actitud de los acólitos de Jomeini, una vez consolidados en el poder, ante el partido de la izquierda comunista cambió radicalmente de la colaboración a la persecución. Claro que en este cambio tuvieron un papel clave los servicios secretos de EEUU y Reino Unido, que a principios de los años 1980 todavía jugaban con la posibilidad de colaborar con la recientemente creada República Islámica (recordemos que eran los años del asunto Irán-contra).

Probablemente, si Occidente hubiera tenido una actitud más flexible ante Irán, si no hubiera utilizado el régimen de Sadam Huseín para promover una guerra cruel y destructiva contra el país persa (se calculan casi medio millón muertos por parte iraní), si no hubiera impuesto un bloqueo económico salvaje con la excusa nunca verificada de que Irán pretendía dotarse del arma nuclear, hoy estaríamos hablando de otro estado acomodado a los intereses del Imperio. En este sentido, lo que se conoce como el ala dura nunca ha tenido una hegemonía absoluta en el seno del régimen y siempre ha coexistido con una línea más reformista y aperturista. Pero Occidente acaba pagando cara su arrogancia y las humillaciones que sin ningún tipo de escrúpulo inflige a quienes se atreven a diferir de su mando imperial.

El islamismo chií, en buena parte por méritos del propio Occidente, terminó hegemonizando la resistencia anti-imperialista de la mayoría del pueblo iraní. Y este hecho indudable no quita que haya profundas contradicciones en su seno, y lucha de clases. Pero, ¿Alguien podía esperar que después de los bombardeos de junio de 2025 y de la guerra ilegal de Israel y EEUU, desatada a partir de febrero de 2026, podría producirse una domesticación del régimen? Nadie. Sólo el derrumbe, el caos y la violencia étnica parecía ser el resultado lógico buscado por la agresión imperialista. Pero sólo los más crédulos de los halcones sinvergüenzas que pululan por el establishment político-militar de Washington y los fanáticos nazi-sionistas parecían (y parecen) creer en serio en dicha posibilidad. Si las 30.000 toneladas de bombas lanzadas contra territorio iraní durante las primeras semanas de la guerra, si el casi agotamiento de la capacidad ofensiva y defensiva del mayor ejército imperial de la historia, no han podido derrumbar el régimen iraní, tal vez sea por la resiliencia que ha sido capaz de desarrollar a lo largo de las últimas décadas de asedio. Y cabe reconocerlo.

Otro factor esencial para entender la resistencia iraní es la inteligencia política y militar, capaz no sólo de construir un Eje de la Resistencia extra-territorial –una auténtica punta de lanza contra los intereses del Imperio–, sino también de utilizar el bloqueo del Estrecho de Ormuz como si se tratara de una bomba nuclear dirigida contra la economía mundial y, por ende, contra el orden imperial. El bloqueo supone un auténtico golpe a una de las principales arterias de circulación de mercancías y recursos fósiles, sin las cuales el capitalismo no puede funcionar correctamente. Irán está explotando hábilmente esta capacidad de presión sobre el mundo entero, volviendo la devastación y la muerte de la agresión del Imperio en su contra y obteniendo por ello una victoria importante.

El imperio, gravemente herido, consideró que no podía ceder, puesto que hacerlo significaba poner en duda uno de los principales factores de su hegemonía: el control de las rutas comerciales marítimas. El imperio yanqui sustenta en buena parte su dominio en dicha capacidad y no puede aceptar ceder el control de una ruta comercial primordial a un estado paria como Irán, a menos que no tenga alternativa. Por eso invoca la sagrada libertad de comercio y de navegación, como si las mistificaciones y mentiras que vomitan los portavoces del imperio tuvieran ya credibilidad alguna. La libertad de navegación predicada por Occidente siempre ha ido de la mano del saqueo y la piratería, que con la explotación del trabajo han sido pilares del capitalismo histórico y actual. Los berridos del inquilino de la Casa Blanca ponen continuamente de manifiesto esa realidad. Justificación de bloqueos criminales, atraco y robo descarado de petroleros y barcos mercantes y sus cargas… todo ello mientras se esgrime la sagrada libertad de comercio. EE.UU. es el gran pirata del comercio internacional, como antes lo habían sido Reino Unido y Países Bajos.

El bloqueo de Ormuz no sólo perjudica los intereses del Imperio, también pone a las petromonarquías del Golfo (e indirectamente a otros siervos regionales del Imperio como Siria, Jordania e Irak) en una posición crítica y las obliga a elegir: o el orden imperial o un nuevo equilibrio regional en el que EE.UU. perdería buena parte de su capacidad de control. Hasta el momento, la integración de las petromonarquías reaccionarias del Golfo en el orden imperial había sido bastante cómoda. Tras la crisis de 1973, provocada en parte por la subida del precio del crudo orquestada por los países de la OPEP, el imperio yanqui adoptó un enfoque inteligente y Henry Kissinger, Secretario de Estado de Nixon, pactó con Arabia Saudí que el petróleo se vendería exclusivamente en dólares, a cambio de protección y cooperación militar por parte del Imperio. Corría el año 1974 y nacía el sistema del petrodólar, herramienta pensada para integrar a las élites árabes en el orden imperial. No sólo promovió la presencia militar estadounidense en la región y la consolidación de regímenes reaccionarios; también aseguró una demanda global constante de dólares y la compra masiva de títulos de deuda estadounidenses (gracias a la que EE.UU. ha podido financiar un endeudamiento casi sideral). El resultado geopolítico de esta integración ha sido la creación de un sistema de estados plutocráticos, con una mayoría de trabajadores foráneos en condición de servidumbre y una burguesía compradora que confía su estatus a la protección del imperio. Clases capitalistas con formas de antiguo régimen deseosas de normalizar relaciones con Israel, principal socio del Imperio yanqui en la región, aunque sea a cambio de vender Palestina y a pesar de que el discurso expansionista de un sionismo fascistizado amenaza con despedazar la integridad territorial de algunos de esos mismos estados.

Ésta es la realidad que ha puesto de manifiesto la resistencia anti-imperialista de Irán: cuando el país persa ha bombardeado de forma quirúrgica instalaciones militares de EE.UU. en los diferentes países de la región (utilizadas en la agresión imperialista contra territorio iraní), las críticas han sido unánimes, supuestamente por violación de soberanía territorial. Sin embargo, no ha habido ningún atisbo de crítica o condena hacia los bombardeos perpetrados por el Imperio yanqui y su matón sionista contra Irán o incluso contra el Líbano. Las élites capitalistas del Golfo desean ante todo la destrucción del régimen de los ayatolás y el mantenimiento de una pax americana que las beneficia objetivamente. Han animado las acciones criminales de su protector y han permitido sin problema alguno que el imperio yanqui pudiera utilizar las bases que tiene en su territorio y su espacio aéreo para bombardear un país musulmán. Sólo Catar parece haberse dado cuenta de lo peligroso de la situación y ya no se fía de la “estabilidad” que promete la hegemonía estadounidense.

El papel de Arabia Saudí es especialmente grave en este contexto. Ha respaldado y aplaudido la agresión imperialista contra Irán, ha colaborando activamente en una operación conjunta con el imperio yanqui contra Al Hashd al Shaabi (una milicia chií integrada en el ejército iraquí), y finalmente ha redoblando la presión militar contra los rebeldes hutíes de Yemen, dispuesta a desempeñar el papel de peón del Imperio para asegurar la libre circulación por el estrecho de Bab el-Mandeb. Otro error de cálculo de costes enormes.

La respuesta de Ansar Allah (hutíes) ha sido contundente y ha abierto otra brecha en la estrategia del imperio: no solo ha contraatacado bombardeando y obligando a cerrar el oleoducto saudí Este-Oeste (asestando otro golpe durísimo al mercado del petróleo); también está llevando a cabo una ofensiva militar para derrotar a las fuerzas pro-saudíes y pro-emiratís en Yemen, llegando a controlar totalmente el acceso a Bab el-Mandeb y amenazando con cortar otra arteria crucial para la circulación del capitalismo mundial. Desesperados, los acaudalados siervos saudíes han suplicado ayuda al imperio, pero el amigote Trump les ha comunicado amablemente que ya suficiente tiene con lo de Irán; aún más desesperados, han llamado a la puerta del Reino Unido y de Israel.

Si Arabia Saudí ha demostrado ser un peón importante del imperio, su rival regional, los Emiratos Árabes Unidos, no se queda atrás. Ha sido uno de los actores más beligerantes contra Irán e incluso ha emprendido acciones militares directas contra el país persa. Hasta el momento, aunque ambos países (a los cuales cabe sumar las otras petromonarquías) han acumulado pérdidas de decenas de miles de millones por la disrupción del comercio de crudo, siguen apostando por seguir bajo el paraguas imperial. A semejantes regímenes autocráticos y plutocráticos, solo se les puede llamar siervos y cómplices activos del Imperio.

Caso aparte merecen Siria y Líbano. En el caso de Siria, es notoria la actitud condescendiente del régimen liderado por Ahmed al Sharaa (antiguo hombre fuerte de Al Qaeda) hacia el imperio yanqui y la entidad sionista. Es por lo menos chocante que permita las incursiones constantes del ejército israelí en su territorio y que al mismo tiempo suplique un acuerdo de estabilidad con la entidad sionista agresora. También delata cuáles son las lealtades del régimen (y cuáles fueron los apoyos que permitieron al grupo de asesinos que comandaba un personaje tan siniestro tomar el poder) cuando amenaza constantemente a Hezbulá, como si se tratara del principal enemigo de Siria.

Por lo que respecta al Líbano, se trata de un estado fallido incapaz de controlar su territorio y de hacer frente a la agresión de la entidad sionista israelí. Su gobierno sólo ha condenado de mala gana el genocidio que Israel ha perpetrado en el sur del país (quizás porque las víctimas eran en su mayoría chiíes) y ha comprometido aún más si cabe el futuro del país firmando un acuerdo con el agresor, por el que éste promete a abandonar progresivamente territorio libanés a cambio de que el Líbano se comprometa a desarmar a Hezbolá, único actor capaz de organizar una resistencia armada a la invasión. Una rendición incondicional a cambio de promesas vanas. Por el momento, el ejército de Israel ha abandonado alguna posición; eso sí, mientras sigue bombardeando el sur del país y practicando una política de tierra quemada. Creer en la palabra de la entidad sionista llamada Israel es sinónimo de imbecilidad o mala fe. El gobierno libanés parece más inclinado a la segunda tendencia.

Y como siempre, Palestina. Mientras la ofensiva del imperio y sus siervos regionales se está produciendo, sigue el genocidio perpetrado por la entidad sionista contra el pueblo palestino. No sólo Israel viola constantemente los acuerdos de alto el fuego firmados en enero de 2025 bajo la tutela del imperio yanqui, bombardeando a Gaza de forma brutal y sistemática; mientras tanto, también Cisjordania está siendo salvajemente atacada por colonos fanatizados con la complicidad y apoyo del ejército de Israel. En este contexto, el abandono de la lucha armada no parece ser un camino hacia la paz. Aunque es cierto que la estrategia de Hamás ha acabado conduciendo a un callejón sin salida, entregar las armas a un monstruo sin escrúpulos sólo puede llevar a desencadenar la ofensiva que ponga punto y final a la cuestión –no con una solución de dos estados que hoy ya es totalmente inviable, sino con la desaparición del pueblo palestino como tal, ya sea físicamente o a través de la emigración forzosa.

Por último, también hay que valorar el papel ambiguo y tibio de China y Rusia que, aunque siguen apoyando a Irán materialmente y de palabra, se han mostrado incapaces de actuar como polo alternativo y como contra-poder anti-imperialista. En el fondo, aunque hay que valorar su actitud como políticamente responsable (involucrarse directamente en el conflicto significaría acelerar el desencadenamiento de una Tercera Guerra Mundial que, en realidad, podría juzgarse que ya se encuentra en sus primeras fases operativas), también puede interpretarse que son incapaces de romper con el marco de relaciones internacionales que EE.UU. forjó y ahora ha decidido despedazar. Rusia ya tiene trabajo suficiente con su guerra existencial contra el régimen ultranacionalista ucraniano, arma letal que Occidente ha armado contra el país eurasiático. China, por su parte, sigue confiando en su capacidad de ejercer una considerable influencia diplomática sobre prácticamente todos los actores de la región (hay que recordar que logró un acercamiento impensable entre Arabia Saudí e Irán, en 2023, que posteriormente los acontecimientos han hecho pedazos). ¿Logrará la cuadratura del círculo? Parece improbable, aunque hay que reconocer que su forma responsable de actuar contrasta radicalmente con la arrogancia de un imperio en declive y esto puede, a la larga, inclinar la balanza a su favor.

El problema es, sin embargo, el corto y el medio plazo: el imperio yanqui está herido, es cierto, pero puede hacer estallar el mundo y no hay que subestimar su capacidad de destrucción y muerte. Un personaje impresentable como Trump es sólo el epifenómeno verborreico de una lógica más profunda y peligrosa que mezcla decadencia política y económica y proyección brutal de poder militar.

Lo que se está jugando en Irán es trascendental para el futuro. La caída del país persa en las garras de EE.UU. significaría para el imperio yanqui tener la clave de la producción y distribución de petróleo a escala mundial y significaría también un golpe mortal a la estrategia contra-hegemónica capitaneada por China, basada en el establecimiento de rutas comerciales alternativas. Por el contrario, si EE.UU. sucumbe ante la capacidad de resistencia iraní, se abre un horizonte de cambios radicales en la región: retirada de bases militares estadounidenses, crisis del sistema del petrodolar, debilitamiento y pérdida absoluta de legitimidad de las monarquías reaccionarias del Golfo y, como consecuencia de ello, aislamiento de la entidad sionista. Dicho de otro modo: aplazamiento de la crisis terminal del imperialismo yanqui o derrumbe de uno de los puntos de apoyo fundamentales del edificio imperial. Y, aunque ninguna de las dos opciones permite vislumbrar el punto y final del capitalismo, la victoria del imperialismo yanqui tendría consecuencias terribles para el mundo entero.

Las máscaras están cayendo y los objetivos de los distintos actores del juego geopolítico se están mostrando de forma cruda y brutal. El Imperio y sus perros no darán su brazo a torcer sin poner sobre la mesa todo su poderío militar y su capacidad de ejercer el chantaje directo sobre el mundo entero. ¿Hasta cuándo podrá China sostener su perfil bajo y priorizar la vía diplomática?

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