Por Nuria Alabao, Ángeles Ramírez: Ctxt
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El feminismo salió a la calle para reclamar la noche y el espacio público. Las extremas derechas nos quieren devolver a casa con un espray en el bolso y una bandera en el balcón.
El episodio de Ceuta ha cumplido los sueños de Vox y de buena parte del arco parlamentario, desde la derecha más extrema a la más “centrista”. Llevan años derramando gasolina, alertando sobre la invasión que nos amenaza desde el otro lado de la frontera sur, donde la barbarie aguarda para asaltarnos. Si el objetivo es asociar el crimen con las migraciones, sobre todo las del Magreb, la violencia sexual ha sido una palanca central de esta narrativa, que aprovecha tanto el trabajo feminista como los pánicos que prenden con facilidad en torno a la cuestión sexual. En este marco, las mujeres, “nuestras mujeres”, han de ser protegidas del extranjero musulmán, y las musulmanas, salvadas de su propia cultura retrógrada. Decimos que se ha cumplido su sueño porque lo sucedido el 30 de julio ha proporcionado las imágenes y elementos que muchos medios –no solo los de derechas– han exagerado y manipulado para apuntalar este relato.
El 13 de septiembre se convocó en Ceuta una manifestación bajo el lema: “Mujeres y niñas de Ceuta” que estuvo cuajada de banderas de España. En ella se coreó: “¡Yo sí te creo, no estás sola!” y “¡Queremos protección en nuestras fronteras!”, pero también “Gobierno, dimisión”. El lema feminista puesto aquí al servicio del refuerzo fronterizo. Pero el racismo no nos va a salvar. Ni a nosotras ni a España.
Once días antes, el 2 de septiembre, la asociación juvenil Revuelta –que nació a la sombra de Vox– repartió 250 espráis de gas pimienta entre mujeres en el centro de Ceuta, en el centro cristiano, blanco y rico de una urbe plural pero segmentada por religión –los musulmanes ocupan en general los barrios más pobres–. Entre más banderas de España, un puñado de mujeres recogía esas armas conocidas como “antiviolador”, previa presentación del DNI. Los fondos se habían recaudado mediante un crowdfunding: “Ayudemos a las mujeres de Ceuta a sentirse más seguras” ¿A todas las mujeres? ¿Y cuál es la amenaza?
Titulares como el de OkDiario: “Los invasores siembran el terror” o el de esRadio, “Hay miles de menas, escondidos en el monte, tatuajes terroristas, violaciones, agresiones…” dan cuenta del nivel de amarillismo de los medios, sobre todo de derechas –aunque no solo–. En este caso, el pánico sobre la violencia sexual ha funcionado como arma contra el gobierno y contra los migrantes, mientras que las víctimas, con sus necesidades y sus deseos, quedan como siempre fuera del foco.
Salvar a unas, condenar al resto
Cuando estos días se ha hablado de violencia sexual, se han perfilado dos categorías contradictorias dentro de ese “mujeres”. La primera, la de las mujeres españolas cristianas –en el habla de Ceuta, las de origen peninsular–, que según esta retórica se arriesgaban a ser violadas con solo pisar la calle. “Tengo miedo. Está siendo un shock. Te vacilan y te miran por encima del hombro. Vas por la calle, te gritan guapa, te hacen corazones, te piden dinero o comida y van a sus anchas”, declaraba una universitaria ceutí. La segunda englobaría a las migrantes marroquíes que entraron en la ciudad el 30 de julio, en especial a las niñas. En la jerarquía de simpatías, las niñas se llevan todos los puntos salvacionistas. Tanto las mujeres blancas ceutíes como las migrantes tendrían que ser salvadas de la misma amenaza de piel oscura: los jóvenes –y los menores– marroquíes que ocupan las calles o duermen en ellas porque no tienen a dónde ir.
Las “estrategias” para llevar a cabo este rescate difieren. Para las cristianas se demanda seguridad –policía, ejército y cierre de fronteras– y su protección requiere hombres “muy hombres”, como los que promueve el neofascismo, dispuestos a usar la fuerza aunque eso suponga disparar perdigones a familias acampadas. Si esto es una guerra, hacen falta masculinidades a la altura. Estas representaciones sexistas devuelven a las mujeres al papel de víctimas necesitadas de protección masculina –o estatal– y las empujan fuera del espacio público –en Ceuta o la península–. En el espectáculo de esta fragilización, hemos visto cómo los medios titulan siempre con el par “mujeres y niñas” para subrayar su vulnerabilidad, como si el resto de los seres humanos no necesitase ayuda en una situación extrema. En el relato de héroes y villanos que teje el nacionalismo, los hombres y los niños extranjeros solo pueden ser villanos, nunca víctimas.
En cambio, para la salvación de las niñas marroquíes –las mujeres adultas entran en otra categoría–, la solución parece ser rescatarlas de sus compatriotas y sacarlas cuanto antes de la ciudad. El papel de salvador pasa de los fascistas musculados y sus armas al Estado, que aparece como representante de la civilización. La imagen de las niñas se construye aquí de un modo muy diferente a la de los hombres y los niños. Ellos emigrarían para trabajar de forma ilegal y, sobre todo, para delinquir y sembrar el caos; ellas lo harían para liberarse del machismo y alcanzar por fin la tierra prometida de las mujeres, que es Europa. Una noticia de prensa recogía la historia de una migrante marroquí que no quería volver a Marruecos porque aborrecía “la mentalidad” del país: “En Marruecos, las mujeres están por debajo de los hombres”, decía. Los motivos para migrar son tan variados como las personas que migran. Pero si los medios se apresuran a recoger esta historia y no otras es porque encaja a la perfección en el molde que abona la idea de la superioridad europea: la misma, recordemos, que se esgrimió para justificar la colonización y su “misión civilizatoria”, y la misma que late en la islamofobia.
Cierto feminismo ha acompañado este relato, a veces sin ser consciente, como el que ha pedido reiteradamente que se traslade a las niñas migrantes a la península por la situación de riesgo en la que se encuentran. ¿Pero el peligro del que se les quiere librar son los otros migrantes como se insinúa o la situación de caos e indefensión en la que se encuentran todos? ¿Y por qué solo habría que trasladar a las niñas y no a los niños? ¿Por qué no a todos, en realidad?
Ese molde no es nuevo. Desde los años ochenta se explica la emigración de mujeres de países árabes y musulmanes como una huida del patriarcado, lo que refuerza la figura del blanco salvador frente a un mundo atrasado y salvaje. El argumento se repite en entornos progresistas e incluso feministas. En una carta abierta a “las niñas de Ceuta”, la periodista Marta Nebot les decía: “Salís huyendo (…) de convertiros en sirvientas/esclavas eternas de vuestros padres, hermanos y esposos. Venís a conquistar vuestra libertad, a cambiar de siglo”. Si luego estas niñas se convierten en jornaleras sin derechos o en camareras de piso hiperexplotadas, no será culpa de la cuna de la civilización; tal vez es que vienen del pasado. Quizás otro destino posible sea el de cuidadoras de personas dependientes al servicio de sus salvadoras de clase media, ya por fin en un país sin machismo.
Un tercer grupo de mujeres permanece en la sombra: el de las musulmanas ceutíes, que constituyen casi la mitad de las españolas residentes en la ciudad. No resultan funcionales a un relato simple de invasores e invadidos, porque no encajan en ninguno de los dos polos, pero están expuestas a otra violencia: la de los españoles y españolas “auténticos”. En otra manifestación por la “seguridad” escolar, una niña ceutí de trece años fue increpada al grito de “¡invasora!”. Esos mismos días, un ceutí musulmán fue golpeado en la Gran Vía porque “le confundieron con un ciudadano marroquí”. No basta con ser español o española: hay que parecerlo. Y la protección prometida a “las mujeres” no es para todas, porque lo que se protege es la blancura –la cristiandad, en términos ceutíes–, y no la condición de mujer. Una niña musulmana no blanca, aunque sea española y aunque sea niña, cae del lado equivocado en cuanto la frontera se traslada al interior. Y Ceuta es una gran frontera interior.
Los niños que no son niños
Desde hace años, y por obra de los discursos de Vox –aunque no solo–, los niños migrantes no son menores, son menas: un acrónimo administrativo convertido en categoría de sospecha. Por tanto, caen del lado de los victimarios, nunca del de las víctimas. La manifestación “Por los niños de Ceuta” lo mostraba sin disimulo: los niños que merecen protección son los de la ciudad, y los que tienen su misma edad y duermen en la calle con hambre y frío son “invasores”.
El niño migrante varón deja de ser niño a una edad que nadie fija por escrito y no aparece jamás en la ecuación de la violencia sexual porque el marco lo considera inviolable. Se niega que ellos mismos sufran múltiples violencias, entre ellas la sexual, algo que sucede de forma constante, como documenta Noemí López Trujillo. Un cuerpo que solo puede agredir no puede ser agredido.
La animalidad y la sexualidad irrefrenable atribuidas al Otro son funcionales a su lugar en la escala social: quien es presentado como bárbaro merece ocupar las posiciones más explotadas, como explica Miriam Ticktin. Ese será el destino de quienes consigan migrar.
La violencia existe y tiene causas
Más allá de la instrumentalización de los relatos para impulsar marcos racistas, la violencia existe, y ha golpeado sobre todo a las migrantes, a las que no se cuenta entre “las nuestras”. En contextos de caos y desprotección, la violencia aumenta, porque hay más oportunidades y una mayor sensación de impunidad. Si crece la violencia social, crece la violencia sexual. La vulnerabilidad no es una cualidad de las mujeres: es la posición de quienes quedan abandonados en tierra de nadie, y los chavales de la calle también la ocupan. Se trata de una cuestión estructural que nada tiene que ver con la cultura ni con la religión de los que cometen agresiones, tampoco con su color de piel. Como ha explicado Beatriz Merchán a propósito de la instrumentalización de estos casos, el turismo europeo deja cada año en la costa española una cifra muy superior de agresiones sexuales “sin que esos datos se utilicen para elaborar una teoría sobre quienes llegan” o lo que son. Nadie ha propuesto reforzar la frontera ni ha repartido espráis en el paseo marítimo de Benidorm o de Magaluf.
Lo más duro de asumir es que este caos y estas condiciones inhumanas –gente que duerme en la calle, falta de agua, de alimentos y de recursos mínimos de acogida– son sostenidos por las autoridades. Es un sufrimiento útil para dar ejemplo, para que las personas decidan volver por su propio pie. ¿De verdad un país como España no puede atender a estas personas? ¿Qué son unas miles de personas en una UE de cuatrocientos cincuenta millones? Si preocupa la violencia, el primer deber es el de acogida, que evita o mitiga el sufrimiento. Es evidente que no estamos ahí. Hablarán de “efecto llamada”, pero lo que más se teme es el efecto en las urnas. Años de discursos antinimigrantes y de políticas europeas de restricción migratoria han sembrado subjetividades miedosas y racistas. Ahora estamos recogiendo los frutos.
El feminismo de los últimos años salió a la calle para reclamar la noche y el espacio público. Las extremas derechas nos quieren devolver a casa con un espray en el bolso y una bandera en el balcón. Pero el racismo no salvará a las mujeres, solo reforzará las jerarquías sociales que desprotegerán a unas –las racializadas pobres en empleos precarios o sin papeles– en nombre de la seguridad de todas, mientras nos pide que intercambiemos libertad por una falsa sensación de seguridad, un marco en el que se impulsan las extremas derechas en todo el mundo.
Fuente: https://ctxt.es/es/20260901/Firmas/55203/ceuta-mujeres-feminismo-violencia-sexual-extrema-derecha.htm

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