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Castoriadis y Bookchin: dos caminos hacia una ecología democrática

Do Rebelión, 7 de setembro 2026
Por J. Luis Carpintero

La crisis ecológica constituye uno de los desafíos más profundos del mundo contemporáneo, no es meramente un conjunto de desequilibrios ambientales, sino el síntoma de una crisis civilizatoria.

Frente a las respuestas tecnocráticas, el «capitalismo verde» y la apatía consumista, las obras de Cornelius Castoriadis (1922-1997) y Murray Bookchin (1921-2006), ofrecen dos de las críticas más radicales a la relación moderna entre sociedad, técnica y naturaleza. Aunque partieron de tradiciones y énfasis filosóficos distintos, ambos rechazaron la idea de que la crisis ecológica pudiera resolverse mediante simples reformas técnicas, cambios de consumo o políticas administrativas aisladas. Para los dos, la destrucción ambiental expresa una crisis más profunda de la organización social, de las formas de poder y de los valores que orientan la vida colectivaconvergen en la necesidad de una ruptura radical con la heteronomía capitalista.

Castoriadis puso el acento en la autonomía, la autolimitación y la transformación del imaginario social. Bookchin desarrolló la ecología social, según la cual la dominación de la naturaleza tiene su origen en las jerarquías y desigualdades existentes entre los seres humanos. La posible síntesis de ambos pensamientos permite concebir una ecología que sea, al mismo tiempo, política, democrática, social, cultural y autocrítica.

1. Las premisas ecológicas de Castoriadis

Transformación del imaginario social

El punto de partida de Castoriadis es radicalmente filosófico: la naturaleza tal como la conocemos no es una realidad externa dada, sino una construcción social instituida a través del imaginario de las sociedades. En la modernidad occidental, la naturaleza dejó de ser entendida como un organismo vivo para transformarse en un espacio mecanicista, un «recurso» desnudo para la explotación. Por ello la crisis ecológica es una crisis del imaginario social. El imaginario capitalista presenta la naturaleza como un conjunto de recursos disponibles, la técnica como instrumento de dominio y el consumo como fuente principal de felicidad

Castoriadis reclama, por tanto, una transformación cultural y antropológica, superar la lógica capitalista exige la creación de un sujeto que se reconozca como parte de un todo ecológico y social mayor, donde la naturaleza sea reconocida como un valor en sí, menos orientado por la competencia y la posesión, más capaz de deliberar, cooperar y reconocer la finitud humana. La ecología exige modificar no solo las instituciones, sino también los deseos, las necesidades y las representaciones sociales

La ecología como cuestión política

La ecología no puede reducirse a una ciencia de los ecosistemas ni a una técnica de gestión ambiental. La ciencia puede explicar los efectos de una determinada actividad sobre el medio, calcular riesgos o proponer soluciones tecnológicas, pero no puede decidir por sí misma qué fines debe perseguir la sociedad ni qué límites debe imponerse

La elección de producir más o menos, de proteger un territorio, de abandonar una tecnología peligrosa o de aceptar determinados riesgos no es una decisión científica en sentido estricto. Es una decisión política y colectiva. La ciencia proporciona conocimientos y posibilidades; la sociedad debe deliberar sobre los fines, los valores y los límites de la acción humana. En este sentido, Castoriadis sostiene que la ecología es, en su esencia, una cuestión política y ontológica, no científica.

Frente al » llamamiento de Heidelberg», que propugna una ecología científica en la que «el control y la preservación se basen en criterios científicos y no en prejuicios irracionales», Castoriadis sostiene que la ciencia puede decirnos cómo hacer algo, pero no si debemos hacerlo. Puede explorar las incidencias de las acciones productivas sobre el medio, pero la decisión sobre el rumbo, la autolimitación de la producción y el consumo es ineludiblemente una elección política .

La tecnociencia no es neutral, las tecnologías se desarrollan dentro de determinadas relaciones sociales, económicas y políticas. Una sociedad orientada por el beneficio, la competencia y la acumulación tenderá a producir tecnologías adecuadas a esos objetivos.

Por ello, no basta con cambiar la propiedad de las empresas o sustituir a los administradores. También hay que transformar la organización del trabajo, los objetivos de la producción, la relación entre productores y medios técnicos y el tipo de necesidades que la sociedad fabrica.

La técnica no puede separarse completamente de los fines sociales. Una tecnología que aumenta la vigilancia, la dependencia o el consumo compulsivo puede ser muy eficiente desde el punto de vista instrumental, pero no necesariamente contribuye a la autonomía humana ni a la sostenibilidad.

Mientras estas significaciones permanezcan intactas, las reformas ambientales serán limitadas. Puede cambiar la legislación, pero si la sociedad sigue identificando el bienestar con la acumulación y el consumo, la presión ecológica reaparecerá bajo nuevas formas, lo que le lleva a rechazar el ecologismo apolítico y el «alternativismo», criticando a los partidos verdes que se integran en el sistema parlamentario (perdiendo su sentido) y desconfíando de las «alternativas» aisladas (como las ZAD o comunidades rurales) que no enfrentan la institución global de la sociedad y terminan siendo devoradas por la lógica mercantil.

Crítica de la expansión ilimitada

Una de las premisas centrales de Castoriadis es su crítica a la idea moderna de expansión ilimitada. El capitalismo no solo busca acumular riqueza, sino ampliar indefinidamente la producción, el consumo, la eficiencia y el dominio técnico sobre el mundo. La finalidad de la vida termina identificándose con producir y consumir cada vez más.

Esta lógica no es exclusiva del capitalismo liberal. Castoriadis critica también las versiones productivistas del marxismo, especialmente aquellas que consideran que el desarrollo de las fuerzas productivas conduce necesariamente a la emancipación. Tanto el capitalismo como ciertos marxismos históricos comparten, según él, una confianza excesiva en la industrialización, la racionalización y el progreso técnico, por ello el “socialismo real” de la URRS, al asumir la tecnología capitalista y su organización del trabajo; fue tan productivista y destructivo como el capitalismo.

La crisis ecológica aparece, así como el resultado de una civilización que ha convertido el crecimiento cuantitativo en finalidad absoluta. La cuestión no consiste únicamente en utilizar tecnologías menos contaminantes, sino en preguntarse qué producimos, para qué lo producimos, cuánto necesitamos y quién decide sobre la producción.

Autonomía y autolimitación

La autonomía no es hacer lo que uno quiere. Una sociedad autónoma es aquella que reconoce que sus leyes, instituciones y valores no proceden de una autoridad exterior e incuestionable. La sociedad se da a sí misma sus normas y puede revisarlas críticamente

Aplicada a la ecología, la autonomía significa que las comunidades deben decidir conscientemente los límites de su relación con la naturaleza. No se trata de obedecer pasivamente a una supuesta “ley natural”, sino de asumir que los seres humanos deben deliberar sobre sus necesidades y aceptar la finitud de las condiciones materiales de la vida.

Por eso Castoriadis vincula autonomía y autolimitación. La libertad no consiste en hacer cualquier cosa, sino en decidir colectivamente qué no debemos hacer. Una sociedad libre no es la que aumenta indefinidamente su poder técnico, sino la que puede establecer límites racionales, democráticos y prudentes a ese poder.

Democracia directa

La transformación ecológica requiere, para Castoriadis, una democracia efectiva. La democracia representativa puede delegar durante años decisiones decisivas en profesionales de la política, expertos y burocracias. Pero los problemas ecológicos afectan a las condiciones generales de vida y exigen una participación ciudadana permanente.

La democracia directa no significa que todos deban decidir sobre todos los asuntos técnicos. Significa que la ciudadanía debe poder decidir sobre los fines generales, controlar a los especialistas, revisar las prioridades colectivas y revocar a quienes ejercen funciones delegadas.

La ecología, desde esta perspectiva, no puede quedar reducida a un conjunto de políticas gestionadas por expertos. Debe convertirse en una práctica de autogobierno social.

2. Las premisas ecológicas de Bookchin

Murray Bookchin formula su propuesta a partir de la ecología social. Su premisa fundamental es que la crisis ecológica no puede entenderse separada de las relaciones sociales. La destrucción de la naturaleza tiene raíces en las estructuras de dominación, jerarquía y desigualdad que organizan las sociedades humanas.

La dominación de la naturaleza no aparece de manera aislada. Se relaciona con la dominación de unas personas sobre otras, de unas clases sobre otras, de los hombres sobre las mujeres, de los centros sobre las periferias y de los Estados sobre las comunidades. En una sociedad jerárquica, la naturaleza tiende a ser tratada como algo subordinado y disponible.

Bookchin resume esta relación mediante una tesis conocida: la idea de que el ser humano debe dominar la naturaleza deriva, en buena medida, de la experiencia social de dominación del ser humano por el ser humano.

Crítica de la jerarquía

Para Bookchin, la jerarquía es más amplia que la desigualdad económica. No se refiere solo a las clases sociales, sino a todas las estructuras que organizan la sociedad mediante relaciones de mando y subordinación.

El capitalismo intensifica estas jerarquías porque convierte la competencia, la acumulación y la expansión mercantil en principios generales de la vida social. Las empresas buscan beneficios, los Estados compiten por recursos y territorios, y las comunidades quedan subordinadas a decisiones tomadas por instituciones económicas y políticas alejadas de ellas.

La crisis ecológica no se debe únicamente a la codicia individual. Es producida por una estructura social que obliga a crecer, competir, extraer y vender. Incluso los actores que desean comportarse de manera responsable se encuentran sometidos a las presiones del mercado, la integridad ambiental exige integrarse en un proyecto político que cuestione la jerarquía y la desigualdad en su raíz.

La naturaleza como proceso evolutivo

Bookchin no concibe la naturaleza como una realidad estática ni como un modelo perfecto que la sociedad deba imitar literalmente. La entiende como un proceso evolutivo, dinámico, diferenciado y creativo.

A partir de esta concepción, desarrolla la idea de una naturaleza que no es simplemente una colección de organismos aislados, sino una totalidad compleja en la que aparecen formas crecientes de diversidad, interdependencia y cooperación. La humanidad no está fuera de ese proceso, sino que constituye una de sus expresiones. Bookchin desprecia las corrientes que separan al ser humano de la naturaleza (preservacionismo de la «vida salvaje») o que culpan a la sobrepoblación (malthusianismo), ignorando que el verdadero motor de la destrucción es el sistema capitalista jerárquico y extractivista.

Sin embargo, Bookchin no propone disolver la sociedad humana en la naturaleza. La humanidad posee capacidades reflexivas y creativas que pueden ampliar la evolución natural mediante formas de cooperación consciente. La sociedad puede convertirse en una naturaleza autoconsciente, pero solo si abandona las formas destructivas de dominación, una sociedad ecológica debe fundarse en la interdependencia racional entre humanos y naturaleza

Tecnología adecuada y ecología social

Bookchin no rechaza la tecnología en sí misma. Critica la tecnología subordinada al beneficio, a la centralización y a la dominación. Por eso distingue entre tecnologías autoritarias, intensivas y centralizadas, y tecnologías liberadoras, descentralizadas y adaptadas a las necesidades humanas y ecológicas.

Una sociedad ecológica debería utilizar la técnica para reducir el trabajo penoso, satisfacer necesidades básicas, restaurar ecosistemas y ampliar el tiempo disponible para la participación política y cultural. La tecnología debería estar subordinada a la comunidad y no la comunidad subordinada a la tecnología.

Esta posición se distancia tanto del productivismo industrial como de un rechazo romántico de toda técnica. Bookchin defiende una tecnología ecológicamente compatible y socialmente controlada.

Municipalismo libertario

La propuesta política de Bookchin se concreta en el municipalismo libertario o comunalismo. Su unidad fundamental no es el Estado central ni la empresa privada, sino la comunidad política local.

La solución es la democracia directa a través de asambleas ciudadanas que deliberarían sobre los asuntos comunes y controlarían las instituciones municipales. Las comunidades podrían federarse mediante delegados revocables, evitando tanto el aislamiento local como la centralización estatal.

La democracia ecológica exige, para Bookchin, devolver el poder a los municipios y a las comunidades. Las decisiones sobre el territorio, la energía, el transporte, la alimentación y la producción deberían estar vinculadas a quienes viven directamente sus consecuencias.

Igualdad, ciudadanía y participación

Bookchin considera que la ecología debe estar ligada a la igualdad social. Una sociedad profundamente desigual difícilmente puede construir una política ambiental justa. Las poblaciones con menos recursos suelen soportar una parte desproporcionada de la contaminación, la precariedad energética, la pérdida de tierras y los riesgos ambientales.

La ciudadanía ecológica no consiste únicamente en consumir responsablemente. Implica participar en la definición de las prioridades colectivas y disponer de las condiciones materiales necesarias para participar. Sin educación, tiempo libre, seguridad económica y acceso a las instituciones, la democracia queda limitada.

3. Diferencias y coincidencias

Coincidencias fundamentales

Castoriadis y Bookchin coinciden en varios puntos decisivos:

– Rechazan la reducción de la ecología a la protección técnica del medio ambiente. Ambos critican a los partidos verdes institucionales, a las cumbres climáticas (como Río, calificada por Castoriadis de «carnaval») y a las ONGs que despolitizan la crisis, ya que los movimientos ecologistas reducidos al lobby ambiental están condenados a la ineficacia

– Consideran que la crisis ecológica tiene raíces sociales, políticas y culturales.

– Critican el capitalismo, la mercantilización y la lógica del crecimiento ilimitado. Ambos ven el sistema actual como intrínsecamente destructivo y expansionista.

– Rechazan la neutralidad de la técnica.

– Defienden una transformación radical de las instituciones.

– Vinculan ecología y democracia directa. Ambos rechazan la democracia representativa, considerándola una oligarquía liberal. La ecología requiere la participación directa de los ciudadanos en la gestión de su territorio y los límites de la producción.

– Se oponen a la centralización burocrática y al gobierno de expertos.

– Consideran que la ciudadanía debe recuperar el control sobre las decisiones colectivas.

-Defienden formas descentralizadas, participativas y federativas de organización.

– Rechazan tanto el productivismo capitalista como el productivismo de los socialismos autoritarios.

Ambos entienden que la cuestión ecológica no puede separarse de la pregunta por el tipo de sociedad que queremos construir.

Diferencias principales

DimensiónCastoriadisBookchin
Punto de partidaLa autonomía, el imaginario social y la auto-instituciónLa ecología social, la jerarquía y la dominación
Causa profunda de la crisisEl imaginario de la expansión ilimitada y la voluntad de dominioLas estructuras jerárquicas y desigualitarias de la sociedad
Relación sociedad-naturalezaRelación abierta, histórica y mediada por significaciones socialesContinuidad evolutiva y dialéctica entre naturaleza y sociedad
NaturalezaNo ofrece por sí misma un programa político determinadoContiene tendencias de diversidad, interdependencia y complejidad aprovechables políticamente
Solución políticaDemocracia directa y auto-institución conscienteMunicipalismo libertario y confederación de comunas
Énfasis principalTransformación del imaginario, los valores y las necesidadesTransformación de las estructuras sociales, económicas y territoriales
Riesgo que destacaLa heteronomía, el tecnocratismo y la ilusión de dominio totalLa jerarquía, la desigualdad y la dominación social
MétodoReflexión filosófica y creación históricaPrograma político ecológico y organización comunal

La diferencia más importante reside en el lugar que ocupa la naturaleza. Bookchin busca extraer de la ecología principios de organización social, como la interdependencia, la diversidad y la complejidad. Castoriadis es más cauteloso: la naturaleza no puede dictar directamente un modelo político, porque toda traducción de lo natural a lo social exige una interpretación humana y, por tanto, una decisión política.

Bookchin ofrece un programa institucional más concreto. Castoriadis, en cambio, insiste en que ninguna institución será verdaderamente emancipadora si no se transforma el imaginario que la sostiene. Para Bookchin, la prioridad es democratizar las estructuras sociales; para Castoriadis, es también necesario transformar las significaciones mediante las cuales la sociedad interpreta el mundo y se interpreta a sí misma.

4. ¿Sería posible integrar sus concepciones?


La fusión de ambas perspectivas no debería consistir en mezclar mecánicamente sus conceptos. Sería más productivo construir una teoría ecológica que combine la crítica institucional de Bookchin con la crítica cultural e imaginaria de Castoriadis.

Esta síntesis podría organizarse en las siguientes premisas.

Primera premisa: la crisis ecológica es socioecológica

La destrucción ambiental no es un fenómeno externo a la sociedad. Surge de una relación determinada entre economía, poder, técnica, cultura y naturaleza. Por eso no puede resolverse mediante políticas ambientales aisladas.

Una transición ecológica auténtica debe modificar simultáneamente los sistemas productivos, las relaciones de poder, las formas de consumo, la organización territorial y los valores sociales.

Segunda premisa: no existe ecología sin democracia

Las decisiones ecológicas implican distribuir recursos, riesgos, costes y oportunidades. Decidir qué se produce, dónde se instala una infraestructura, quién accede a la energía o qué territorios se protegen son decisiones políticas.

La ciudadanía debe intervenir de forma directa en estas cuestiones. Los expertos son necesarios para aportar conocimientos, pero no pueden sustituir la deliberación colectiva ni decidir los fines de la sociedad.

Tercera premisa: la democracia debe ser institucional y cultural

De Bookchin procede la necesidad de crear instituciones concretas: asambleas locales, municipios democratizados, delegados revocables, federaciones territoriales y formas de control comunitario.

De Castoriadis procede la exigencia de que esas instituciones sean capaces de cuestionarse a sí mismas. La democracia no debe limitarse a elegir procedimientos, sino que debe permitir discutir los valores, las necesidades y las finalidades de la vida común.

Cuarta premisa: la autonomía exige límites

La autonomía no significa soberanía absoluta sobre la naturaleza. Significa capacidad colectiva para establecer límites conscientes al poder humano.

Una sociedad autónoma debería preguntarse periódicamente:

– ¿Qué necesidades son realmente necesarias?

– ¿Qué actividades productivas son socialmente útiles?

– ¿Qué daños no estamos dispuestos a aceptar?

– ¿Qué tecnologías aumentan la libertad y cuáles crean dependencia?

– ¿Qué límites ecológicos deben orientar la economía?

– ¿Cómo se distribuyen los costes de la transición?

La autolimitación sería así una forma superior de libertad y no una negación de la libertad.

Quinta premisa: la técnica debe estar subordinada a fines democráticos

La técnica no debe gobernar la sociedad ni presentarse como una fuerza autónoma. Debe ser evaluada en función de sus efectos ecológicos, sociales y políticos.

No bastaría con preguntar si una tecnología es eficiente. También habría que preguntar:

– ¿Quién la controla?

– ¿Qué relaciones sociales produce?

– ¿Qué dependencias genera?

– ¿Qué materiales requiere?

– ¿Qué residuos deja?

– ¿Aumenta la autonomía de las comunidades?

– ¿Puede ser comprendida y controlada democráticamente?

Sexta premisa: la transición debe ser igualitaria

Una ecología que ignore las desigualdades corre el riesgo de convertirse en una política de austeridad impuesta a las mayorías. La reducción del consumo material debe dirigirse, sobre todo, contra el despilfarro de los sectores privilegiados y contra las actividades económicamente destructivas.

La transición debe garantizar vivienda, alimentación, energía, salud, transporte y educación. Solo una sociedad que asegure las condiciones básicas de la vida puede pedir a sus miembros que participen responsablemente en la autolimitación.

Séptima premisa: la naturaleza no es ni mercancía ni autoridad política

La naturaleza no debe tratarse como un simple almacén de recursos. Pero tampoco puede convertirse en una autoridad abstracta utilizada para justificar decisiones autoritarias.

La síntesis entre Castoriadis y Bookchin exigiría reconocer la realidad material y los límites ecológicos sin deducir de ellos un único modelo político. La ciencia puede describir las condiciones biofísicas; la democracia debe decidir cómo organizar la vida colectiva dentro de esas condiciones.

Octava premisa: la transformación debe ser institucional, productiva y antropológica

No basta con crear cooperativas, ni con cambiar los hábitos individuales, ni con elegir gobiernos verdes. La transformación debe afectar a tres niveles:

1. Institucional: democratizar el poder y descentralizar la toma de decisiones.

2. Productivo: sustituir la acumulación ilimitada por la satisfacción de necesidades dentro de límites ecológicos.

3. Antropológico: formar sujetos menos dependientes del consumo, la competencia y la obediencia burocrática.

La ecología sería, de este modo, una transformación global de la sociedad.

5. ¿Qué podría aportar al pensamiento ecológico actual?

La fusión de Castoriadis y Bookchin podría realizar varias aportaciones importantes al pensamiento ecológico contemporáneo.

Superar el tecnocratismo verde

El capitalismo actual intenta resolver la crisis mediante expertos, mercados de carbono, innovaciones digitales, energías limpias, sistemas de medición y y la culpa individual que obligue a un consumo «responsable». Estos instrumentos pueden ser útiles, pero resultan insuficientes si no se discuten las finalidades económicas y sociales que orientan su aplicación, ya que la ecología es un problema de poder, instituciones y producción. No se trata de cambiar bombillas, sino de cambiar quién decide qué se produce y para qué.

La síntesis propuesta recordaría que la eficiencia no equivale a justicia ni la innovación equivale a emancipación. Una tecnología puede reducir emisiones y, al mismo tiempo, aumentar la desigualdad, el control empresarial o la dependencia de materias primas.

Vincular justicia social y límites ecológicos

Bookchin aporta una crítica estructural de la desigualdad; Castoriadis aporta una crítica de los deseos y significaciones que sostienen el productivismo. Juntos permiten evitar dos reduccionismos:

– Una ecología que habla de límites naturales, pero ignora las desigualdades sociales.

– Una política social que busca ampliar el consumo sin considerar los límites materiales del planeta.

La cuestión central sería construir sociedades capaces de garantizar una vida digna sin convertir el crecimiento material ilimitado en condición del bienestar.

Al vincular la crisis a la jerarquía y al capitalismo (Bookchin) y al imaginario de la expansión ilimitada (Castoriadis), se exime a las poblaciones pobres del Sur Global de la culpa demográfica, enfocando el tiro en la lógica extractivista del Norte capitalista y en la necesidad de una redistribución global y una autolimitación del consumo suntuario, la justicia global es un componente insoslayable del proyecto ecológico-democrático, dado que el desequilibrio entre el Occidente rico y el resto del mundo es a la vez social y ambiental

Renovar la democracia

La crisis ecológica suele justificar respuestas de emergencia centralizadas. En determinadas situaciones pueden ser necesarias decisiones rápidas, pero una política ecológica basada exclusivamente en la excepción y la autoridad puede desembocar en ecoautoritarismo.

Hoy en día, ante la urgencia climática, muchos «expertos» y élites sugieren que la democracia es demasiado lenta y que necesitamos dictaduras ecológicas o tecnocracias verdes (ej. geoingeniería impuesta, restricciones sin debate). La fusión de ambos pensadores grita que una ecología sin democracia es fascismo ecológico. La supervivencia requiere democratizar radicalmente la economía y la técnica, no suspender la política.

Castoriadis y Bookchin permiten defender una alternativa democrática: instituciones locales fuertes, participación directa, control popular de los expertos, transparencia, delegación revocable y coordinación federativa; aportan un marco para que los movimientos climáticos (como ExtinctionRebellion o Fridaysfor Future) no se queden en el moralismo o la petición de «políticas públicas» a los Estados, sino que exijan poder constituyente, asambleas ciudadanas con poder vinculante y soberanía territorial

La democracia ecológica no sería simplemente una democracia que protege el ambiente, sino una democracia que reorganiza el poder para que las comunidades puedan decidir sobre las condiciones materiales de su existencia.

Incorporar la dimensión cultural

Muchas propuestas ecológicas se centran en impuestos, regulaciones o innovaciones, pero dejan intacto el deseo de consumir más, competir más y acelerar continuamente la vida social.

Castoriadis ayuda a comprender que las sociedades no se transforman solo mediante incentivos. También necesitan crear nuevas significaciones: bienestar sin acumulación, riqueza como tiempo y relaciones, progreso como ampliación de la autonomía, y libertad como capacidad de vivir dentro de límites compartidos.

Fortalecer el municipalismo y las redes territoriales

Bookchin ofrece una arquitectura política especialmente útil para los desafíos actuales: comunidades democráticas capaces de cooperar y federarse. Esta perspectiva puede aplicarse a políticas de energía comunitaria, agricultura local, gestión del agua, movilidad sostenible, rehabilitación urbana y protección de bienes comunes.

La escala local no debe entenderse como aislamiento. Las comunidades pueden coordinarse regional, nacional e internacionalmente mediante estructuras confederales, sin entregar todo el poder a aparatos centralizados.

Evitar el moralismo individualista

La responsabilidad personal es importante, pero no puede sustituir la transformación de las estructuras. No es suficiente pedir a los ciudadanos que reciclen, reduzcan el consumo o compren productos “verdes” si las instituciones económicas continúan impulsando la extracción, el despilfarro y la obsolescencia.

Bookchin permite comprender las causas estructurales del problema; Castoriadis ayuda a mostrar que esas estructuras también se reproducen mediante deseos, hábitos y valores socialmente construidos. La responsabilidad ecológica debe ser individual y colectiva, pero sobre todo democrática e institucional.

Conclusión

Castoriadis y Bookchin coinciden en que la crisis ecológica no es un problema sectorial. Es el resultado de una forma de sociedad que ha convertido la expansión ilimitada, la acumulación y el dominio técnico en criterios centrales de la vida. Ambos rechazan la separación entre ecología, política y organización social, y defienden una democracia capaz de recuperar el control sobre las decisiones colectivas.

Bookchin ofrece una crítica de la jerarquía y un programa de municipalismo libertario, confederalismo y ecología social. Castoriadis añade la crítica del imaginario de la expansión ilimitada, la defensa de la autonomía y la necesidad de una autolimitación consciente. El primero ayuda a transformar las estructuras; el segundo advierte de que las estructuras nuevas no serán suficientes si permanecen intactos los deseos, valores y representaciones que producen la destrucción ecológica.

Una ecología que pretenda estar a la altura de la crisis contemporánea necesita ambas dimensiones: instituciones de libertad directa para la autolimitación colectiva, y una transfiguración del imaginario que restaure el vínculo roto entre los seres humanos y el mundo que habitan. La crisis, como sugirió Castoriadis, no es solo una catástrofe: es también una oportunidad fundacional para un nuevo orden social y ontológico

Su síntesis podría formularse así: una sociedad ecológica debe ser democrática en sus instituciones, igualitaria en sus relaciones sociales, prudente en su uso de la técnica, limitada en sus aspiraciones materiales y autónoma en la definición de sus fines.

La aportación más profunda de esta unión al pensamiento ecológico actual consiste en mostrar que la sostenibilidad no puede reducirse a gestionar mejor el sistema existente. Requiere decidir colectivamente qué significa vivir bien, qué necesidades deben satisfacerse, qué límites deben respetarse y qué formas de poder deben desaparecer. La ecología, entendida de este modo, no es únicamente una política de protección de la naturaleza: es un proyecto de transformación democrática de la sociedad.

J Luis Carpintero Avellaneda. Profesional sanitario jubilado y exprofesor de la UMA.

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