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Bishkek 2026 y la consolidación del nuevo orden internacional

Organización de Cooperación de Shanghái


Do Rebelión, 16 setembro 2026
Por Víctor Wilches

Bishkek 2026: cuando una cumbre revela un cambio de época

Hay cumbres internacionales que producen declaraciones diplomáticas y otras que permiten observar, casi en tiempo real, cómo se transforma la estructura del poder mundial. La reunión de la Organización de Cooperación de Shanghái —OCS— celebrada en Bishkek, Kirguistán, en 2026 pertenece a esta segunda categoría.

Veinticinco años después de su creación, la OCS ya no puede ser comprendida solamente como un mecanismo regional destinado a gestionar problemas de seguridad en Asia Central. Su evolución expresa una transformación mucho más amplia: la aparición de nuevos espacios de cooperación política, económica, energética, tecnológica y financiera que comienzan a reducir la dependencia de una arquitectura internacional construida, en buena medida, alrededor del poder estadounidense y de las instituciones occidentales.

La cumbre adoptó la Declaración de Bishkek y un amplio conjunto de documentos complementarios. Lo verdaderamente importante, sin embargo, no está en la cantidad, sino en la naturaleza de los asuntos tratados y, sobre todo, en la relación entre ellos. Seguridad, terrorismo, soberanía, energía, seguridad nuclear, derecho al uso pacífico de la energía atómica, ataques contra Irán, rechazo de medidas coercitivas unilaterales, monedas nacionales, cooperación financiera, transición energética, inteligencia artificial, centros de datos, seguridad de la información, ciencia y tecnología, logística, puertos y conectividad aparecen como partes de una misma conversación estratégica.

Eso es lo que hace particularmente significativa a Bishkek.

La pregunta ya no es solamente qué es la OCS. La pregunta es qué está empezando a representar dentro del sistema internacional.

¿Se trata de una organización que busca adaptarse al orden existente o de una organización que participa activamente en la construcción de las condiciones materiales de otro orden?

La respuesta exige mirar más allá de las declaraciones formales.

Bishkek muestra una OCS que está pasando progresivamente de una lógica predominantemente reactiva —responder a amenazas y problemas comunes— hacia una lógica de construcción de capacidades autónomas. La diferencia es fundamental.

Una organización que solamente reacciona depende, en último término, de las estructuras creadas por otros. Una organización que comienza a construir instituciones, infraestructura, mecanismos financieros, capacidades tecnológicas, sistemas energéticos y formas propias de cooperación empieza a modificar la distribución del poder.

Por eso Bishkek importa.

No porque haya proclamado el nacimiento de un nuevo orden mundial, sino porque hace visible que una parte importante de ese nuevo orden ya está siendo construida.

De una hipótesis sobre Eurasia a una realidad política

Hace aproximadamente dieciséis años podía formularse una hipótesis que entonces parecía todavía abierta: la convergencia entre Rusia, China y los países de Asia Central, acompañada por el desarrollo de nuevas rutas comerciales, energéticas y de infraestructura, podía terminar modificando la geografía del poder mundial.

La hipótesis no consistía en afirmar que Eurasia reemplazaría automáticamente a Occidente. Tampoco suponía que Rusia y China fueran a constituir un bloque homogéneo, ni que las contradicciones entre sus intereses desaparecieran.

Era algo más sencillo y, al mismo tiempo, más profundo.

Cuando grandes potencias, países intermedios y Estados emergentes comienzan a conectar territorios, recursos, mercados, sistemas energéticos e infraestructuras, la geografía económica termina produciendo consecuencias políticas.

Desde entonces, ese proceso se ha acelerado.

China se ha convertido en una potencia industrial, comercial, tecnológica y científica de primera magnitud. Rusia conserva una posición central en energía, materias primas, seguridad y geopolítica euroasiática. Asia Central ha adquirido una importancia creciente como espacio de conexión entre China, Rusia, Oriente Medio y otros mercados. India ha aumentado sustancialmente su peso económico y estratégico. Irán se ha incorporado a las principales dinámicas institucionales de Eurasia.

Al mismo tiempo, la Nueva Ruta de la Seda dejó de ser únicamente una propuesta de infraestructura para convertirse en una red de corredores, puertos, ferrocarriles, carreteras, instalaciones energéticas y conexiones digitales.

Lo que en otro momento podía observarse como una suma de proyectos comienza a comportarse como un sistema. Y esa diferencia es decisiva.

El poder internacional nunca ha dependido exclusivamente de los ejércitos. También depende de quién controla las rutas por donde circulan las mercancías, la energía y la información; quién determina las condiciones del crédito; quién controla los sistemas de pagos; quién posee los minerales estratégicos; quién fabrica los semiconductores; quién dispone de capacidad de cómputo; quién controla los estándares tecnológicos y quién puede establecer las reglas bajo las cuales los demás deben operar.

La geopolítica contemporánea es, cada vez más, una geopolítica de infraestructuras.

Por eso la evolución de la OCS debe observarse más allá de la diplomacia tradicional.

El viejo orden: de la hegemonía estadounidense a su crisis de legitimidad

La desaparición de la Unión Soviética produjo una concentración de poder internacional difícilmente comparable con cualquier otro momento de la segunda mitad del siglo XX. Estados Unidos quedó en una posición excepcional: superioridad militar global, predominio financiero, centralidad del dólar, capacidad tecnológica, redes de alianzas y una enorme influencia sobre las principales instituciones económicas y políticas internacionales.

Durante un tiempo, aquella situación fue presentada como el comienzo de una era de estabilidad bajo un orden liberal universal. Pero la historia rara vez conserva indefinidamente una estructura de poder.

El problema no fue que Estados Unidos se convirtiera en una gran potencia. El problema apareció cuando su posición excepcional comenzó a transformarse en una pretensión de definir unilateralmente qué era seguridad, qué era amenaza, qué gobiernos eran legítimos, qué países podían desarrollar determinadas tecnologías y bajo qué condiciones los demás podían participar en la economía internacional.

La hegemonía terminó confundiendo con frecuencia sus propios intereses con los intereses del sistema.

Las guerras de Afganistán e Irak, las intervenciones militares y políticas, la expansión de alianzas militares, las sanciones económicas, el uso extraterritorial del sistema financiero, las restricciones tecnológicas y las presiones comerciales muestran una misma característica estructural: la utilización de ventajas acumuladas por una potencia para conservar una posición privilegiada dentro del sistema.

El problema no es atribuir a Washington la responsabilidad exclusiva de todos los conflictos internacionales. Tampoco consiste en negar que Estados Unidos enfrente amenazas reales o tenga intereses legítimos de seguridad.

El problema es otro: cuando la capacidad de una potencia para imponer costos a terceros se convierte en un mecanismo permanente de organización del sistema internacional, la hegemonía deja de ser simplemente liderazgo y se transforma en dominación.

Durante décadas, muchos países del Sur Global aprendieron que podían ser formalmente soberanos y, sin embargo, continuar sometidos a relaciones de dependencia financiera, tecnológica, comercial y militar.

Esa es una de las grandes contradicciones del orden construido después de la Segunda Guerra Mundial y profundizado después de la Guerra Fría. La soberanía jurídica no siempre coincide con la soberanía efectiva.

Un Estado puede tener bandera, territorio, gobierno y asiento en Naciones Unidas y, sin embargo, carecer de capacidad real para decidir sobre sus recursos estratégicos, financiar su desarrollo, controlar sus sistemas tecnológicos o resistir presiones externas.

Ahí comienza la discusión sobre el neocolonialismo.

Neocolonialismo y neoprotectorados: la soberanía sin autonomía

El colonialismo clásico necesitaba administrar directamente el territorio. El neocolonialismo puede funcionar de otra manera.

No necesita necesariamente ocupar un país. Puede operar mediante deuda, dependencia tecnológica, control de mercados, acceso privilegiado a recursos naturales, condicionamiento financiero, control de cadenas logísticas, sanciones, presión diplomática o intermediación militar.

El Estado conserva formalmente su soberanía, pero sus márgenes de decisión quedan estrechamente condicionados por fuerzas externas.

Ese fenómeno puede producir una forma contemporánea de neoprotectorado.

El país conserva instituciones propias, pero decisiones fundamentales sobre energía, seguridad, finanzas, tecnología o política exterior terminan condicionadas por la potencia de la que depende.

No se trata de afirmar que todos los países sometidos a relaciones asimétricas sean simples títeres. La realidad es más compleja. Las élites nacionales también participan, negocian y, en ocasiones, utilizan las relaciones externas para fortalecer sus propias posiciones.

Precisamente por eso el neocolonialismo contemporáneo puede ser más sofisticado que el colonialismo tradicional.

No elimina necesariamente al Estado nacional. Lo mantiene, pero dentro de una estructura de dependencia.

África, América Latina, Oriente Medio y otras regiones del Sur Global han experimentado históricamente diferentes formas de esta relación. El control externo de recursos estratégicos, la especialización en exportaciones primarias, la dependencia de capital extranjero y tecnología importada y la subordinación a determinadas instituciones financieras han producido economías formalmente independientes, pero estructuralmente vulnerables.

El problema no es solamente quién posee una mina, un pozo petrolero o una central eléctrica. La pregunta decisiva es quién controla la cadena completa: extracción, procesamiento, tecnología, financiación, transporte, comercialización y mercado final.

Quien controla esa cadena posee una forma mucho más profunda de poder.

Por eso el debate sobre el nuevo orden internacional no puede reducirse a la rivalidad entre grandes potencias.

También debe preguntarse si los países del Sur Global tendrán la posibilidad de dejar atrás estructuras históricas de dependencia.

Irán, la cuestión nuclear y el límite de la soberanía

La posición adoptada por la Organización de Cooperación de Shanghái frente a los ataques contra Irán constituye uno de los elementos políticamente más significativos de la cumbre.

La OCS condenó los ataques militares de EE.UU. e Israel contra territorio iraní, rechazó las medidas coercitivas unilaterales y reafirmó el derecho de Irán, como Estado parte del Tratado de No Proliferación, al uso pacífico de la energía nuclear. La organización también abordó específicamente la seguridad de las instalaciones nucleares pacíficas.

La importancia de esta posición supera ampliamente el conflicto particular.

Lo que está en juego es quién tiene autoridad para determinar los límites de la soberanía de otro Estado y quién puede recurrir a la fuerza para imponer esa decisión.

La cuestión nuclear hace todavía más evidente esa tensión.

El régimen internacional de no proliferación busca impedir la expansión de las armas nucleares y, al mismo tiempo, reconoce el derecho de los Estados al uso pacífico de la energía nuclear.

Ambos principios deberían ser compatibles.

Sin embargo, la experiencia internacional ha demostrado que su aplicación no siempre es percibida como neutral.

Existe una diferencia fundamental entre impedir la proliferación de armas nucleares y negar, restringir o condicionar el derecho de un Estado a desarrollar tecnología nuclear con fines civiles.

La diferencia se vuelve todavía más grave cuando instalaciones nucleares son atacadas durante un conflicto.

Una instalación nuclear no es simplemente otro objetivo militar. Una agresión contra ella puede producir consecuencias ambientales, sanitarias y regionales que exceden ampliamente las fronteras del Estado atacado.

Por eso la defensa de la seguridad nuclear adquiere una dimensión internacional.

Bishkek plantea preguntas incómodas. Si las reglas internacionales son universales, ¿deben aplicarse independientemente de quién sea el Estado involucrado?

Si el uso pacífico de la energía nuclear constituye un derecho reconocido internacionalmente, ¿puede transformarse en una prerrogativa de facto reservada a determinados países?

Si la seguridad nuclear es un principio internacional, ¿puede quedar subordinada a la confrontación militar entre grandes potencias?

No se trata de afirmar que todos los programas nucleares sean legítimos ni de negar la necesidad de controles internacionales. Se trata de exigir coherencia.

Las reglas internacionales pierden legitimidad cuando parecen funcionar de manera diferente según la posición geopolítica de cada país.

En este sentido, Irán se convierte en un caso paradigmático.

La OCS no está defendiendo únicamente a un Estado frente a otro. Está cuestionando la idea de que la capacidad militar de una potencia pueda convertirse en fuente unilateral de legitimidad internacional.

Y esa discusión conecta directamente soberanía, energía, tecnología y poder.

La energía: del colonialismo de los recursos al poder del siglo XXI

La energía constituye uno de los puntos donde el carácter estructural del poder internacional aparece con mayor claridad.

Durante siglos, el control de recursos naturales estuvo asociado a la expansión imperial. El colonialismo europeo no puede comprenderse sin la apropiación de materias primas, territorios, rutas comerciales y mercados.

En el siglo XX, el petróleo adquirió una importancia extraordinaria y convirtió a determinadas regiones, especialmente Oriente Medio, en centros fundamentales de la disputa geopolítica.

El siglo XXI no ha eliminado esa lógica. La ha sofisticado.

Hoy el poder energético no consiste únicamente en controlar un yacimiento. Consiste en controlar las cadenas de producción, procesamiento, transporte, financiación, tecnología y comercialización que hacen posible que un recurso se convierta en poder económico.

Petróleo y gas continúan siendo la columna vertebral para la economía mundial. Las economías industriales, el transporte pesado, la petroquímica, la aviación, la agricultura y numerosas cadenas manufactureras todavía dependen de ellos.

Pero la cuestión energética va mucho más allá del abastecimiento.

Quien controla la energía controla una parte esencial de la capacidad productiva de una sociedad.

Y quien controla las condiciones bajo las cuales otros países pueden producir, transportar o comercializar energía dispone de una poderosa herramienta geopolítica.

Por eso la energía debe ser entendida como una dimensión central del poder mundial y también como uno de los principales terrenos donde se reproducen las relaciones neocoloniales.

Venezuela: petróleo, neocolonialismo y soberanía condicionada

Venezuela constituye uno de los casos más evidentes de la persistencia de relaciones neocoloniales en el siglo XXI. Su enorme riqueza petrolera no puede separarse de la disputa geopolítica por el control de los recursos estratégicos de América Latina.

Sobre Venezuela han convergido presión financiera, sanciones, aislamiento, desestabilización política y amenazas de intervención militar, dentro de una disputa que también tiene como trasfondo su autonomía energética y el control de una de las mayores reservas petroleras del planeta.

Pero existe otra dimensión que no puede ser omitida: el papel de sectores de las élites políticas venezolanas que, por intereses de poder, privilegios o subordinación ideológica, han actuado como élites lacayas de intereses estadounidenses. El neocolonialismo no opera únicamente mediante la presión de una potencia externa; también necesita actores internos dispuestos a defender sus intereses y a convertir la dependencia externa en una política nacional.

Cuando la soberanía formal de un Estado coexiste con una fuerte subordinación económica, tecnológica, financiera y geopolítica, aparece la lógica del neoprotectorado: el país conserva sus instituciones y su bandera, pero sus márgenes reales de decisión quedan condicionados por poderes externos y por las élites nacionales que los representan.

Venezuela demuestra así que poseer petróleo no equivale a poseer soberanía energética. La verdadera soberanía exige controlar no solo el recurso, sino también su extracción, tecnología, refinación, financiación, transporte y comercialización.

La disputa venezolana es, en último término, una disputa por quién controla la riqueza energética de un país y quién tiene derecho a decidir sobre ella.

La transición energética y la nueva batalla por los recursos

La transición energética contiene una paradoja que suele ocultarse en el discurso político: no es posible realizarla, al menos durante las próximas décadas, sin petróleo y gas.

Las energías renovables no aparecen por generación espontánea. Para construirlas se necesitan minería, maquinaria pesada, transporte, acero, cemento, productos petroquímicos y enormes cantidades de energía. La extracción y procesamiento del litio, cobre, níquel, cobalto, grafito y tierras raras todas estas nuevas tecnologías requieren y dependen todavía, en gran medida, de combustibles fósiles.

El problema será aún mayor con la expansión de la inteligencia artificial. Centros de datos, semiconductores, redes digitales y sistemas de cómputo demandarán cantidades crecientes de electricidad, y esa electricidad tendrá que ser abundante, continua y confiable.

La transición energética no elimina la importancia estratégica del gas y el petróleo: durante su propia construcción dependerá de ellos.

Por eso la nueva disputa energética no será solamente por el petróleo. Será por el conjunto de recursos y capacidades que sostendrán la economía tecnológica del siglo XXI: hidrocarburos, minerales críticos, electricidad, infraestructura y tecnología.

El riesgo para el Sur Global es reproducir el viejo esquema colonial bajo un nuevo lenguaje: exportar los recursos estratégicos y comprar después la tecnología que los convierte en valor.

La verdadera batalla no consiste simplemente en abandonar los combustibles fósiles, sino en determinar quién controlará la energía, los recursos y las tecnologías necesarias para construir la economía del futuro.

El dólar: el privilegio de una arquitectura financiera global

La hegemonía estadounidense no se sostiene únicamente sobre su capacidad militar.Uno de sus pilares fundamentales es financiero.

El dólar ocupa una posición central en el comercio internacional, las reservas, los mercados financieros y los sistemas de pagos. Esa centralidad otorga a Estados Unidos una ventaja extraordinaria.

No se trata solamente de imprimir una moneda.

Se trata de controlar una parte esencial de la infraestructura financiera sobre la cual funciona la economía mundial.

Cuando esa infraestructura puede utilizarse para imponer sanciones, congelar activos, limitar transacciones o excluir actores del sistema financiero, la moneda deja de ser únicamente un instrumento económico.

Se convierte en instrumento geopolítico.

Esta es una de las expresiones más importantes del poder estadounidense: la posibilidad de transformar una infraestructura financiera internacional en un mecanismo de presión sobre Estados que no comparten sus decisiones estratégicas.

Las sanciones dejan entonces de ser simplemente una herramienta económica. Se convierten en una extensión de la política exterior.

Precisamente por eso numerosos países buscan diversificar sus mecanismos de pago y aumentar el uso de monedas nacionales. No porque el dólar vaya a desaparecer mañana. No porque exista ya un sustituto completo.

Sino porque la dependencia absoluta constituye una vulnerabilidad estratégica.

La transformación será gradual.

El dólar seguirá siendo durante mucho tiempo una moneda central. Pero la aparición de mecanismos alternativos puede reducir progresivamente su carácter exclusivo.

La hegemonía comienza a debilitarse no necesariamente cuando desaparece el centro, sino cuando otros actores dejan de necesitarlo para todo.

Inteligencia artificial: el poder ya no está solamente en los ejércitos

La inteligencia artificial introduce una nueva dimensión de la competencia. El poder del siglo XXI dependerá cada vez más de datos, algoritmos, semiconductores, capacidad de cómputo, centros de datos, electricidad, redes y talento científico.

La inteligencia artificial no existe en el vacío. Necesita infraestructura. Y esa infraestructura es extremadamente costosa.

Los grandes centros de datos requieren enormes cantidades de energía. Los semiconductores avanzados requieren cadenas industriales altamente especializadas. Los modelos de inteligencia artificial necesitan capacidad de cómputo, datos y talento.

Esto produce una convergencia entre energía, tecnología y soberanía.

Quien controla la capacidad de cómputo controla una parte creciente de la capacidad tecnológica.

Quien controla los semiconductores controla una parte fundamental de la economía digital.Quien controla los datos posee un recurso estratégico comparable, en algunos aspectos, a los recursos naturales del siglo XX.

La nueva frontera del poder no está solamente en el territorio físico. Está también en el territorio digital.

La información se convierte en un espacio estratégico.

La seguridad informática, los sistemas financieros digitales, las redes de comunicación, los centros de datos, las infraestructuras críticas y las plataformas tecnológicas forman parte de la soberanía nacional.

Por eso la agenda de la OCS incorpora inteligencia artificial, centros de datos, seguridad de la información y cooperación tecnológica. En Bishkek se anunciaron además nuevas iniciativas de cooperación en IA, puertos y proyectos tecnológicos.

No es un añadido técnico. Es una respuesta a la transformación de la naturaleza del poder.

De la Nueva Ruta de la Seda a una nueva geografía del poder

Las grandes transformaciones históricas siempre han estado acompañadas por cambios en las rutas de circulación.

Las antiguas rutas comerciales conectaron civilizaciones. Los ferrocarriles transformaron continentes. Los puertos construyeron imperios comerciales. Las redes energéticas modificaron las relaciones entre productores y consumidores.

En el presente ocurre algo similar.

Carreteras, ferrocarriles, puertos, oleoductos, gasoductos, redes eléctricas, cables submarinos y corredores digitales están modificando la geografía económica de Eurasia.

La Nueva Ruta de la Seda debe entenderse dentro de esta transformación.No es simplemente una política comercial china.

Es una transformación física del espacio económico euroasiático.

La OCS aporta una dimensión política y de seguridad que puede facilitar esa conectividad.

Aquí aparece una de las claves del proceso: infraestructura y seguridad se necesitan mutuamente. Un corredor comercial necesita estabilidad. Una infraestructura energética necesita protección. Una red digital necesita seguridad. Un puerto necesita conectividad terrestre. Una inversión necesita mecanismos financieros.

La cooperación entre estos elementos puede producir algo mucho más importante que cada proyecto individual: una nueva geografía de interdependencias.

Y cuando cambia la geografía de las interdependencias, cambia también la geografía del poder.

OCS, BRICS y la arquitectura de un mundo que ya no es unipolar

Es necesario evitar una simplificación frecuente. La OCS y los BRICS no son la misma organización. Tampoco la Nueva Ruta de la Seda constituye una extensión institucional de ninguna de ellas.

Son estructuras diferentes, con objetivos, miembros y mecanismos propios. Pero existen áreas crecientes de convergencia: seguridad, comercio, infraestructura, energía, tecnología, finanzas y cooperación entre Estados que buscan ampliar su autonomía.

La cuestión fundamental no es si estas organizaciones terminarán formando un bloque único.

Probablemente no.

El nuevo orden puede tener una estructura mucho más compleja. Una red de instituciones parcialmente superpuestas.

Un Estado puede cooperar con China en infraestructura, con Rusia en energía, con India en comercio, con Occidente en determinados ámbitos tecnológicos y con otros actores en seguridad.

Las alianzas rígidas pueden coexistir con asociaciones flexibles.

La nueva arquitectura internacional probablemente será menos binaria que la Guerra Fría.

Esto no significa que desaparezca la competencia.

Significa que la competencia tendrá lugar dentro de una red de relaciones cruzadas.

La aparición de mecanismos financieros alternativos debe entenderse de la misma manera. No existe todavía una sustitución integral del sistema financiero dominado por el dólar, y persisten importantes obstáculos técnicos y políticos. Pero incluso la búsqueda de mecanismos de pago alternativos constituye una señal de que la dependencia absoluta está siendo cuestionada.

La multipolaridad no es una utopía

Tampoco sería intelectualmente serio convertir este proceso en una narrativa romántica de un Occidente decadente frente a un Oriente virtuoso.

La multipolaridad no es una garantía moral.

Es una distribución del poder. China tiene intereses propios. Rusia tiene intereses propios. India tiene intereses propios. Los países centroasiáticos defienden sus propios espacios de autonomía

Incluso dentro de la OCS existen contradicciones importantes. India y Pakistán mantienen una rivalidad histórica. China e India compiten por influencia regional. Rusia busca preservar su posición histórica en Asia Central mientras China aumenta su presencia económica. Los países más pequeños buscan evitar quedar subordinados a cualquiera de las grandes potencias.

Estas contradicciones no invalidan la OCS.

Al contrario, muestran por qué su modelo de consenso es importante. La organización no necesita que sus miembros piensen igual.

Necesita que puedan cooperar allí donde existen intereses comunes.

La verdadera cuestión será si esa cooperación puede evolucionar hacia una arquitectura donde las potencias grandes no reproduzcan los mismos mecanismos de dominación que históricamente han criticado.

Si la multipolaridad consiste simplemente en sustituir un hegemonismo por varios hegemonismos, el cambio habrá sido incompleto.

El interregno gramsciano: el claroscuro de una transición histórica

Antonio Gramsci escribió que en determinados momentos históricos lo viejo no termina de morir y lo nuevo no consigue todavía nacer plenamente. De ese interregno surge el claroscuro, un período en el que pueden aparecer fenómenos contradictorios, crisis y nuevas formas de poder.

Es difícil encontrar una descripción más adecuada para el sistema internacional contemporáneo.

El viejo orden sigue funcionando. Estados Unidos conserva una capacidad militar, financiera y tecnológica extraordinaria. El dólar continúa ocupando una posición central. Las instituciones occidentales siguen teniendo enorme influencia. Pero el monopolio de poder que parecía natural después de la Guerra Fría ya no lo es.

China se ha convertido en una potencia global.

India adquiere un peso creciente.

Rusia conserva capacidades estratégicas decisivas.

El Sur Global exige mayor representación.

Eurasia desarrolla nuevas infraestructuras.

Los sistemas financieros alternativos comienzan a expandirse.

El mundo está entrando en un período de transición.

Ese es el interregno. Y precisamente por eso el momento actual es peligroso.

La Trampa de Tucídides y el peligro de una transición conflictiva

El ascenso de China plantea una cuestión que no puede ser ignorada. Cuando una potencia emergente comienza a desafiar la posición de una potencia establecida, aumenta el riesgo de confrontación.

La llamada Trampa de Tucídides no significa que la guerra sea inevitable.

Significa que las transiciones de poder históricamente han producido tensiones particularmente peligrosas.

Estados Unidos difícilmente aceptará sin resistencia una reducción sustancial de su posición estratégica.

China difícilmente aceptará indefinidamente un sistema que limite su desarrollo tecnológico y económico mediante decisiones externas.

Entre ambos se desarrolla una competencia por tecnología, comercio, energía, cadenas de suministro, inteligencia artificial, influencia regional y normas internacionales.

El peligro consiste en que la competencia económica y tecnológica termine convirtiéndose en confrontación militar.

Pero existe otra posibilidad. La transformación institucional.

Si el mundo consigue desarrollar mecanismos capaces de administrar la transición, la aparición de nuevos centros de poder no tendría necesariamente que desembocar en una guerra entre grandes potencias.

En este sentido, la existencia de organizaciones como la OCS puede desempeñar un papel relevante.

No porque vaya a resolver por sí misma la rivalidad entre Estados Unidos y China, sino porque forma parte de la construcción de un sistema internacional menos dependiente de un único centro de poder.

La paradoja del hegemonismo: contener al adversario puede acelerar su autonomía

Existe aquí una paradoja histórica.

Las políticas destinadas a conservar una posición dominante pueden terminar acelerando precisamente aquello que pretenden impedir.

Las sanciones pueden estimular sistemas financieros alternativos. Las restricciones tecnológicas pueden impulsar industrias nacionales. Los bloqueos comerciales pueden estimular nuevos mercados. La presión sobre determinadas rutas puede acelerar la construcción de otras. La exclusión puede producir cooperación entre quienes son excluidos.

La historia ofrece numerosos ejemplos de cómo los intentos de contener una transformación pueden terminar acelerándola.

Esto no significa que las sanciones sean siempre ineficaces. Significa que poseen efectos secundarios.

Cuando un Estado descubre que una determinada dependencia puede ser utilizada contra él, empieza a buscar una alternativa.

La consecuencia acumulativa puede ser la erosión de la arquitectura que originalmente proporcionaba la ventaja.

La hegemonía comienza entonces a producir su propia contradicción.

Cuanto más se utiliza una posición dominante para imponer condiciones, mayor puede ser el incentivo de los demás para construir mecanismos que reduzcan esa dependencia. Ese puede ser uno de los procesos más importantes detrás del actual movimiento hacia la multipolaridad.

La decadencia no significa desaparición

Hablar de la decadencia del dominio estadounidense requiere precisión. Estados Unidos aunque está en un proceso acelerado de decadencia y de hegemonía esto no significa que está desapareciendo como potencia.

Continúa siendo uno de los países más poderosos del planeta.

Posee una capacidad militar extraordinaria, grandes mercados financieros, empresas tecnológicas de alcance mundial, universidades de primer nivel, capacidad científica y una extensa red de alianzas.

Por eso sería ingenuo hablar de un colapso inmediato. La cuestión es otra.

Se trata de un declive de la capacidad de Estados Unidos para organizar unilateralmente el sistema internacional.

El mundo que permitió a Washington actuar como potencia prácticamente incontestada después de la Guerra Fría ya no existe.

El ascenso de China, la recuperación estratégica de Rusia, el crecimiento de India, la expansión de los BRICS, la consolidación de la OCS, la creciente autonomía de países del Sur Global y la aparición de nuevas redes económicas están reduciendo de manera palmaria el margen para un orden unipolar.

El problema para Estados Unidos no es solamente que otros países sean más fuertes. Es que esos países están construyendo alternativas.

Y cuando las alternativas dejan de ser hipotéticas y comienzan a convertirse en carreteras, puertos, centrales energéticas, sistemas de pagos, centros de datos, industrias tecnológicas y nuevas instituciones, el poder comienza a redistribuirse materialmente.

Ese es el verdadero desafío a la hegemonía.

Y explica también por qué la reacción estadounidense puede adquirir formas cada vez más coercitivas.

Una potencia que percibe que su capacidad relativa disminuye puede intentar conservarla mediante presión económica, restricciones tecnológicas, alianzas militares, control de cadenas de suministro y utilización de sus ventajas financieras.

Pero precisamente allí aparece la contradicción central de la etapa histórica actual: el intento de preservar por la fuerza una arquitectura unipolar está acelerando nuevos caminos y la decisión de otros Estados de construir una arquitectura alternativa.

La verdadera disputa: quién escribe las reglas

Al observar todos estos procesos en conjunto aparece una conclusión más profunda. La disputa del siglo XXI no consiste simplemente en decidir qué país será la nueva potencia dominante.

La disputa fundamental consiste en determinar quién tiene capacidad para establecer las reglas: comerciales, financieras, tecnológicas, energéticas. Reglas sobre inteligencia artificial, sobre información, de seguridad, sobre infraestructura, sobre soberanía.

Durante décadas, muchas de esas reglas fueron diseñadas en espacios donde la distribución del poder mundial era considerablemente diferente de la actual.

La transformación contemporánea consiste, en buena medida, en reclamar una participación mayor en esa capacidad normativa.

Por eso sería insuficiente interpretar la expansión de la OCS únicamente como un fenómeno antioccidental.

Su significado más profundo es la búsqueda de una mayor capacidad de decisión autónoma por parte de un conjunto creciente de Estados.

La cuestión no es simplemente quién ocupa el centro. La cuestión es si el centro mismo puede continuar existiendo como fuente unilateral de reglas.

Bishkek: de la reacción a la construcción

Vista desde esta perspectiva, la cumbre de Bishkek adquiere otra dimensión.

La Declaración de Bishkek y los documentos complementarios no deben ser leídos como una colección de acuerdos aislados.

La reforma institucional apunta a una organización más estructurada.

La cooperación en seguridad apunta a una arquitectura regional más autónoma.

La posición frente a Irán y la cuestión nuclear expresa una defensa de la soberanía, del derecho internacional y del uso pacífico de la energía nuclear.

El rechazo de medidas coercitivas unilaterales cuestiona mecanismos de presión que se han convertido en instrumentos centrales de la política internacional.

La promoción de monedas nacionales y mecanismos financieros alternativos busca reducir vulnerabilidades.

La cooperación energética intenta fortalecer la seguridad del suministro y participar en la transformación del sistema energético.

La inteligencia artificial, los centros de datos y la ciencia muestran que la organización comprende que el poder tecnológico será decisivo.

La seguridad de la información incorpora la dimensión digital de la soberanía.

Los puertos, corredores y sistemas de conectividad construyen la infraestructura material sobre la cual puede desarrollarse esa autonomía.

Cuando todos estos elementos aparecen simultáneamente, ya no resulta suficiente describir a la OCS como una organización regional.

Su evolución refleja una transformación del sistema internacional.

La organización está pasando de administrar problemas compartidos a construir capacidades compartidas. Esa es quizá la diferencia más importante de estos veinticinco años.

El verdadero desafío: convertir acuerdos en capacidades

Pero sería prematuro afirmar que el nuevo orden ya está consolidado.

Todavía existen enormes obstáculos.Las alternativas financieras necesitan desarrollarse.
Los mecanismos de pago requieren mayor profundidad.
Las grandes infraestructuras necesitan inversiones gigantescas.
Los corredores logísticos deben superar problemas técnicos, financieros y políticos.
Las economías de los miembros de la OCS presentan niveles de desarrollo muy diferentes.
La dependencia tecnológica no ha desaparecido.
El sistema financiero occidental conserva una enorme capacidad.
Y las propias contradicciones internas de Eurasia pueden limitar la profundidad de la cooperación.

Por eso el verdadero examen de Bishkek no será lo que se haya firmado en 2026, sino aquello que llegue a convertirse en realidad.

¿Se crearán instituciones financieras capaces de operar a gran escala?

¿Aumentará significativamente el comercio en monedas nacionales?

¿Se consolidarán nuevos corredores de transporte?

¿Podrá desarrollarse una integración energética más profunda?

¿Conseguirán los países participantes reducir sus dependencias tecnológicas?

¿Podrán construir capacidades propias en inteligencia artificial, semiconductores y centros de datos?

¿Se desarrollarán sistemas de seguridad de la información suficientemente sólidos?

¿Podrá la OCS mantener su cohesión mientras aumentan las diferencias entre sus miembros?

Estas preguntas determinarán si Bishkek fue simplemente otra cumbre o un verdadero punto de inflexión.

La próxima década: la disputa por la forma del nuevo orden

Las transiciones de poder rara vez son aceptadas sin resistencia. Las potencias establecidas intentarán preservar sus posiciones.

Pero la reacción de Estados Unidos y sus aliados no determinará por sí sola el resultado.

También importará la capacidad de los países emergentes para convertir su creciente peso económico y político en instituciones duraderas.

El mundo puede entrar así en una etapa de mayor competencia estructural.

La disputa será por los minerales críticos, las cadenas de suministro, la inteligencia artificial, los semiconductores, la energía, los mercados, las rutas comerciales y los sistemas financieros.

Será también una disputa por los estándares. Quien establece el estándar tecnológico obtiene una ventaja que puede durar décadas. Quien controla la infraestructura obtiene capacidad para condicionar el comportamiento de otros. Quien controla las finanzas puede imponer costos. Quien controla la energía puede ejercer presión. Quien controla los datos puede influir sobre la economía y la sociedad.

El poder del siglo XXI será, por tanto, mucho más multidimensional que el poder del siglo XX.

Y en esa competencia Estados Unidos conserva ventajas extraordinarias, pero ya no puede asumir que esas ventajas se traducirán automáticamente en obediencia internacional.

Ese es quizá el cambio más profundo.

De la hipótesis a la historia

Hace dieciséis años podía hablarse de una hipótesis sobre la transformación de Eurasia. Hoy es posible observar parte de esa transformación sobre el terreno.

Hay nuevas rutas. Nuevos corredores. Nuevas instituciones. Nuevas alianzas. Nuevos mecanismos financieros. Nuevas capacidades tecnológicas. Nuevas formas de cooperación energética.

Y, sobre todo, una nueva percepción entre numerosos Estados: la seguridad y el desarrollo no pueden depender indefinidamente de decisiones tomadas fuera de su propia esfera de soberanía.

Eso no significa que el mundo occidental haya dejado de ser poderoso.

Tampoco significa que China, Rusia, India o cualquier otra potencia vayan a reemplazarlo automáticamente como nuevo centro hegemónico.

Significa algo más importante. El monopolio de la capacidad de decisión está siendo cuestionado.

La OCS es una de las expresiones institucionales de ese proceso.

No es la única. Tampoco es homogénea ni está libre de contradicciones. Pero su evolución permite observar una tendencia histórica: la transición desde un sistema internacional caracterizado por una concentración excepcional del poder hacia otro en el que múltiples centros intentan adquirir capacidad suficiente para negociar, resistir y construir alternativas.

Bishkek 2026 debe ser entendido dentro de esa transición.

Conclusión: la consolidación de un mundo que todavía está naciendo

La gran disputa de las próximas décadas no será simplemente entre Estados Unidos y China, entre Occidente y Oriente, ni entre una potencia y otra.

Será una disputa por la arquitectura del sistema internacional.

Por quién controla las infraestructuras.

Por quién controla las finanzas.

Por quién controla la energía.

Por quién controla la tecnología.

Por quién controla los datos.

Por quién establece las reglas.

Y, en último término, por quién tiene capacidad real para decidir su propio destino.

Estados Unidos continúa siendo una potencia con gran poder, pero su dominio ya no tiene la misma naturaleza que tuvo después del final de la Guerra Fría. Su declive es acelerado, no absoluto; precisamente por eso la transición puede ser prolongada y conflictiva.

La antigua capacidad de Washington para actuar como centro prácticamente incontestado del sistema internacional se encuentra cuestionado y sometida a una presión creciente.

No solamente porque China haya ascendido.

No solamente porque Rusia conserve capacidad estratégica.

No solamente porque India aumente su peso.

Sino porque una parte cada vez mayor del mundo está intentando construir alternativas.

Y aquí se encuentra una de las contradicciones fundamentales de la época.

La hegemonía estadounidense llegó a convertirse en uno de los principales organizadores del sistema internacional precisamente porque durante décadas pudo ofrecer seguridad, mercados, liquidez financiera, tecnología y alianzas. Pero cuando esas mismas capacidades comienzan a utilizarse de manera sistemática para castigar a quienes se apartan de sus preferencias —mediante sanciones, restricciones tecnológicas, presión financiera, coerción comercial o fuerza militar— dejan de ser percibidas solamente como bienes del sistema y empiezan a ser vistas como instrumentos de subordinación.

La consecuencia puede ser paradójica. Cuanto más intenta una potencia preservar un orden unipolar mediante instrumentos de coerción, mayor puede ser el incentivo de los demás para construir alternativas.

Ese proceso está en marcha.

La cuestión iraní y la defensa del uso pacífico de la energía nuclear muestran el problema desde el ángulo de la soberanía y del derecho internacional.

La energía muestra la dimensión material del poder y revela cómo las viejas estructuras de explotación colonial pueden transformarse en nuevas formas de dependencia neocolonial.

Venezuela muestra cómo la riqueza energética puede convertirse en una fuente de vulnerabilidad cuando se combina la dependencia económica con la presión externa y con élites nacionales lacayas dispuestas a actuar como agentes de intereses extranjeros.

La transición energética revela otra contradicción: la economía que pretende reducir su dependencia de los hidrocarburos necesita todavía petróleo y gas para extraer minerales, construir infraestructura y sostener la expansión industrial y tecnológica que hará posible esa transición.

La discusión sobre el dólar muestra que la autonomía financiera no se consigue simplemente proclamando una nueva moneda, sino construyendo instituciones, mercados y sistemas de pagos capaces de sostenerla.

La inteligencia artificial, los datos y los centros de cómputo muestran que la soberanía del futuro será también tecnológica y digital.

Los corredores, puertos y redes de la Nueva Ruta de la Seda muestran que la infraestructura modifica la geografía del poder.

La relación entre OCS y BRICS muestra que el nuevo orden no necesariamente se organizará mediante bloques rígidos, sino probablemente mediante redes de instituciones parcialmente superpuestas.

Las contradicciones entre India, China, Rusia, Pakistán y los Estados de Asia Central recuerdan que la multipolaridad no elimina los conflictos.

Gramsci ayuda a comprender el momento como un interregno: lo viejo todavía conserva poder, pero ya no posee el monopolio del futuro.

Y Tucídides recuerda que toda transición entre grandes potencias contiene riesgos que no deben subestimarse.

La OCS se encuentra en medio de esa transformación. Todavía no ha construido un sistema internacional alternativo completo. Pero sería igualmente equivocado afirmar que simplemente se está adaptando al orden existente.

Está construyendo capacidades.Y esa diferencia es fundamental.

En 2010 podía hablarse de una hipótesis sobre la nueva Eurasia. En 2026, después de Bishkek, esa hipótesis tiene una dimensión institucional, económica, energética, tecnológica y geopolítica mucho más concreta.

El nuevo orden internacional no está terminado.

Tal vez ni siquiera sabemos todavía cuál será su forma definitiva.

Pero algo ha cambiado de manera irreversible: cada vez más Estados consideran que no necesitan aceptar como inevitables las estructuras de poder heredadas del pasado.

Y cuando esa convicción comienza a convertirse en infraestructura, instituciones, tecnología, energía, comercio y capacidad financiera, deja de ser solamente una aspiración política.

Se convierte en historia. La historia, sin embargo, no está escrita.

El mundo que está emergiendo puede ser más equilibrado o puede producir nuevas formas de hegemonía. Puede avanzar hacia una cooperación multipolar o quedar atrapado en una confrontación entre grandes bloques. Puede ampliar la autonomía del Sur Global o reproducir viejas dependencias bajo nuevas banderas.

El resultado dependerá de si los nuevos centros de poder son capaces de construir algo más que capacidad para resistir al antiguo centro.

Deberán demostrar que pueden construir instituciones más inclusivas, relaciones económicas menos asimétricas y un sistema en el que la soberanía no sea únicamente un principio jurídico, sino una capacidad material.

Ese es el verdadero significado de Bishkek.

No que un nuevo orden haya terminado de construirse. Sino que su construcción ha dejado de ser una posibilidad abstracta.

La OCS está pasando de la reacción a la construcción.

Y cuando una parte significativa del mundo comienza a construir sus propias rutas, su propia energía, sus propios sistemas financieros, sus propias tecnologías, sus propias infraestructuras y sus propios mecanismos de cooperación, el poder mundial comienza inevitablemente a redistribuirse.

Bishkek no cerró una época. Hizo visible que otra ya está comenzando.

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