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Afganistán entre el Islam y el Pentágono

Do Rebelión, 3 de setembro 2026
Por Guadi Calvo 

Apenas se conocía la entrada victoriosa de los talibanes en Kabul el 15 de agosto de 2021, después de la guerra contra los Estados Unidos junto a una gigantesca coalición que invadió su país en diciembre de 2001, Ahmed Massoud, operador político muy próximo a las fuerzas de ocupación, anunció que estaba preparado para resistir al futuro gobierno de los mullas, tras su alianza con el ex vicepresidente y jefe de la Dirección Nacional de Seguridad (DNS) Amrullah Saleh. (Ver: Guerra al talibán), lo que muchos interpretaron como una cabecera de playa que Washington preparaba para el momento de su posible vuelta.

Massoud, con la creación del Frente de Resistencia Nacional (FNR), al que en 2022 se sumó el Frente de Libertad de Afganistán (FLA), se refugió en las alturas de Panjshir, a poco más de cien kilómetros al norte de Kabul, llevándose armamento que pertenecía al derrotado ejército regular afgano, junto a exmiembros de las Fuerzas Especiales Afganas, esperando contar con la colaboración de los Estados Unidos y de Pakistán para iniciar su ofensiva, lo que a cinco años de todo llega muy a cuentagotas, por lo que su actividad ha sido prácticamente nula. Ya que al Pentágono solo le interesa mantener aquella cabecera, al tiempo que se esperanzaba en que las cada vez más notorias diferencias al interior del gobierno del Emirato Islámico de Afganistán se conviertan en un cisma. Los choques, que por ahora son solo teóricos, ocurren entre Kabul y Kandahar. Kabul es donde reside el poder político y se maneja la administración del Estado. Kandahar, en cambio, es una ciudad santa de los talibanes. Allí reside el líder supremo de la nación, el mullah Haibatullah Akhundzada, y es la sede del poder religioso. (Ver Afganistán, grietas en el emirato).

Aunque hoy el epicentro de la crisis de gobernabilidad de Afganistán se juega mucho más lejos del eje Kabul-Kandahar e incluso del Panjshir, en la remota provincia de Badakhshan, extraordinariamente rica en minerales como oro y lapislázuli, entre otros. Que además de compartir frontera con Tayikistán, también lo hace con una misma cultura y una misma etnia, lo que, en esta región del mundo, como ya hemos visto tantas veces, no es un detalle más.

Aprovechando que se encuentra unos 700 kilómetros al noreste de la capital y lo escabroso de su geografía, los rebeldes han obligado a las fuerzas centrales a una intensa actividad militar en la provincia que provocó el cierre de rutas, el desplazamiento de tropas y combates que ya han dejado varias decenas de muertos, además del surgimiento de una fuerza de unos tres mil hombres que se han encolumnados detrás del Juma Khan Fateh, un excomandante talibán de origen tayiko, quien después de incursionar en la explotación ilegal del oro se ha negado a someterse a las estrictas ordenanzas del núcleo gubernamental Kabul-Khandahar. (Ver Afganistán, los murmullos atronadores de la montaña).

Después de que durante años la explotación de estos yacimientos estuvo en manos de cárteles locales y señores de la guerra que se beneficiaron del desgobierno norteamericano, con la llegada de los talibanes, se intenta centralizar el control de esa producción, que puede ser esencial para salir de la profunda crisis económica en la que están envueltos. Algo muy similar a lo que sucedió tras la fatwa con la que se prohibió el cultivo de adormidera y la producción de opio, lo que por décadas fue la principal fuente de ingresos del país.

Aunque ahora algunas versiones señalan que se ha reactivado la posibilidad de que el grupo de Ahmed Massoud comience a tomar mayor vuelo, ya que el heredero de Ahmad Shah Massoud, el más notorio de los colaboracionistas prooccidentales en la guerra antisoviética afgana (1979-1992), quien se cree que sacrificó la CIA en su propia guarida de Khwaja Bahauddin, en la provincia de Takhar, por un comando de al-Qaeda, mientras libraba una guerra por el control del país, en previsión de lo que vendría apenas dos días después: los ataques a las Torres de Nueva York.

Según nuevos datos, parece que la capacidad del Frente de Resistencia Nacional (FNR) podría estar “enormemente reforzada” con el apoyo de Washington e Islamabad. Esto se debe a que ambos continúan interesados en los recursos minerales e incluso petroleros que se cree que tiene, así como en su ubicación geográfica estratégica. Mientras que Washington teme que Afganistán pueda “caer” bajo control de China, mientras que los pakistaníes eliminarían dos problemas referentes a su propia seguridad: Terminar con la sociedad de los mullahs, con la milicia insurgente Tehrik-e-Taliban Pakistan (TTP). Según se cree, utiliza Afganistán como cuartel general, con el consentimiento de los propios mullahs para atacar blancos pakistaníes. Otro Afganistán como cuartel general, con el consentimiento de los propios mullahs para atacar blancos pakistaníes; otro tanto estaría haciendo el Ejército de Liberación de Baluchistán, junto a otras organizaciones hermanas que buscan independizarse de Islamabad. Razón por la que desde finales de febrero Islamabad está técnicamente en guerra contra los talibanes, más allá de que se encuentra en un sostenido alto el fuego. Además, con la caída del emirato, se interrumpiría la asistencia de India a las organizaciones insurgentes que operan contra su archienemigo pakistaní.

Nuevos bríos para una idea vieja

Más allá de que Kabul también debe enfrentar las acciones del menguante Wilāyat Daesh-Khorasan, otro de los dispositivos armados por la CIA, cuando ya a casi quince años de la invasión se comenzaba a vislumbrar la imposibilidad de derrotar a los talibanes, la CIA creó, con remanentes de mercenarios retirados de Siria, una vertiente todavía más ultra para partir la monolítica unidad de los muyahidines del mullah Omar, que para ese entonces llevaba un año muerto, sin que nadie, fuera de la Rahbari Shura (Consejo de Liderazgo), lo supiera.

Ahora distintas fuentes norteamericanas comienzan a hacer menciones del potencial bélico y político del Frente de Resistencia Nacional (FNR), que por fin, después de cinco años de silencio, habría adquirido capacidad para lanzar una contrainsurgencia efectiva antitalibán. Según esas mismas fuentes, Ahmed Massoud, “a diferencia de su padre, consiguió presentarse como una figura unificadora para los afganos que se oponen al gobierno de los mullahs tanto en el interior como fuera del país”.

Estas mismas publicaciones han catapultado al joven Massoud como el líder de facto de la resistencia, sin más merecimientos que la bendición del Departamento de Estado, el que considera que con el resquebrajamiento de la unidad del Emirato, sumado a la situación económica y a la difícil construcción de alianzas con otras naciones, el gobierno de Haibatullah Akhundzada se desliza hacia un final cada vez más cercano.

Final que antes de que se produjera tendría que someter al país a una nueva guerra civil que, por corta que pudiera ser, no cabe duda de que sería de una altísima intensidad, porque esta vez sí los talibanes se estarían alejando para siempre de la concreción de un emirato, razón por la que están en guerra desde su fundación en 1994.

Algunos analistas considerarán que el relajamiento de sus posiciones más vanguardistas una vez consolidada la victoria y a cinco años de haberla conseguido (Ver: Afganistán, cinco años sin primaveras) se debe a factores como la división tribal e ideológica, que marca el alejamiento de la Red Haqqani, uno de los aliados más poderosos que tuvieron los talibanes durante toda la invasión norteamericana; la guerra latente con Pakistán y la presión internacional sobre el trato a las mujeres.

Este encuadre posiblemente sea el que el Pentágono está utilizando para activar ahora sí de manera definitiva al Frente de Resistencia Nacional, mientras Donald Trump, en septiembre del año pasado, había anunciado su voluntad de retomar la base aérea de Bagram, la más grande de las que tuvieron los Estados Unidos durante su invasión. Ahora, con mucha más razón tras su vergonzosa derrota frente a Irán, algo a lo que los talibanes no podrían consentir, sin hacer detonar en mil fragmentos sus bases más conservadoras.

Por lo que para muchos no está lejos el momento en que el apoyo pakistaní y de los estadounidenses comience a fluir en raudales como tantas veces desde 1979, ahora hacia el Frente de Resistencia Nacional. Poniendo una vez más al pueblo afgano frente al dilema de elegir entre el islām o el Pentágono.

Guadi Calvo es escritor y periodista argentino. Analista Internacional especializado en África, Medio Oriente y Asia Central. En Facebook: https://www.facebook.com/lineainternacionalGC

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