Do Rebelión, 20 de agosto 2026
Por Gustavo Veiga : Página/12
![]() |
A Joana María la une una conexión ancestral con la tierra. Un modo de vivir el mundo y estar en armonía con él. Esta joven, madre de dos hijos (Norberto Máximo y Mara Amanayara), es parte de la comunidad quilombola Saco Curtume en Piauí, estado nordestino de Brasil. Milita en lo que ella define como educación para la equidad, las relaciones étnicas y raciales, más la educación escolar quilombola. Vino a Buenos Aires con Renata Márquez, investigadora de la Universidad Federal de Minas Gerais, a presentar el libro La tierra da, la tierra quiere, cuyo autor es Antonio Bispo dos Santos, su propio padre, fallecido el 3 de diciembre de 2023.
En ese trabajo editado por Tinta y Limón, Nego Bispo, como también se lo conoce, líder de la comunidad, desgrana sus vivencias, la relación entre oralidad y escritura y el modo en que se convirtió en traductor de dos mundos diferentes. El que habitó hasta los 64 años y el que rodeaba a su gente con hostilidad. Por eso sus pares le encomendaron alfabetizarse para poder leer los títulos de propiedad de sus territorios impuestos por el Estado. Hoy son varios miles las quilombolas brasileñas, censadas por primera vez en 2022. Viven allí más de 1,3 millones de personas. Sus antepasados sobrevivieron o escaparon de la esclavitud entre los siglos XVI y XIX. De esos temas, los gobiernos de Lula y Bolsonaro y la criminalización de sus pares, Joana María dialogó con Página/12.
—¿Qué es una comunidad quilombola?
—Es para nosotros la reedición de África en Brasil. Ese lugar de un pueblo que existe, que vive y que cultiva su espiritualidad, su modo de vida a partir de la tierra, de las montañas, de las aguas, del río. Y mantenemos nuestros modos de vida, la danza, el batuque, el canto. A papá le gusta decir que somos un pueblo que vive cantando y que danza viviendo. Entonces, quilombo para nosotros es esto, es festejar, es vivir en comunidad y sobre todo es compartir. Somos un pueblo que comparte con los demás seres y que entiende que la tierra no es solo nuestra. La tierra es de todos los vivientes, vivos y no vivos también. Entonces, hablamos con las piedras, con las montañas, con la tierra en su plenitud.
—¿Cómo es su comunidad en Piauí? ¿Es semejante a las del sur de Brasil o de Río de Janeiro y San Pablo? Porque creemos que su región es mucho más postergada en términos socioeconómicos.
– Vivimos en un territorio que para nosotros es sinónimo de riqueza. Entonces, esta idea de que Piauí es un lugar pobre donde vive la miseria, la pobreza, para nosotros no es así, porque nuestro sentido de riqueza es otro. Entonces, vivimos en un lugar donde hay gente. Y si hay gente, hay riqueza. Y si hay gente, hay vida. No somos únicos, pero somos diversos. En nuestro quilombo hay comida para recibir a quienes llegan, hay casa para recibir a quienes llegan, porque para nosotros lo que está más allá de lo material son las vidas. Y no existe esta presión de que tenemos todo el tiempo que producir para comercializar alimentos. Producimos lo que es necesario para comer. Y cuando es necesario vender, vendemos.
– ¿Qué significan sus comunidades en la historia brasileña?
– Hasta la época de la dictadura militar, una quilombola era considerada una organización criminal. Como una manera de mantenernos vivos, tuvimos que negar esa condición. Como defensa, porque fuimos perseguidos, fuimos aniquilados. Por más que intentáramos hacer eso, nos reinventábamos y nacíamos de nuevo, pero aun así había esa presión. Entonces, para mantenernos vivos, por mucho tiempo tuvimos que decir que no éramos quilombolas. Con la Constitución de 1988, que es una gran conquista para la democracia brasileña, pasamos a ser considerados ciudadanos de derechos. Y a tener el acceso a la tierra, el derecho a la vivienda, a la educación, a la salud.
—¿Cómo interpela a las comunidades quilombolas el conflicto que genera la expansión del agronegocio en Brasil?
– El agronegocio no se involucra con la tierra, con los seres vivos, los ríos, con todo lo que compone el territorio quilombola. El desarrollo está enganchado al agronegocio. Es la desconexión con la tierra. En nombre de ese crecimiento, de esa idea de riqueza, se desconecta de la naturaleza e intenta extraer toda la vida que tiene la tierra. Expropiar, en realidad. Entonces, el agronegocio quiere expropiar la vida de la tierra en nombre de lo que llaman el desarrollo. Y nosotros, pueblos quilombolas y también pueblos originarios que aún mantienen sus áreas preservadas, solo sacamos de la tierra lo que es necesario para sobrevivir.
– La depredación del agronegocio, en buena medida, se conoce en el mundo, fuera de Brasil, por el MST, el Movimiento de los Trabajadores sin Tierra, que hace muchos años milita sobre estos temas. ¿Se siente representada por el MST?
– El MST es un movimiento diferente del nuestro; su modo de vida es el de quien vive en el campo, sin considerar que viviendo en el campo hay otras diversidades. En realidad, el Movimiento Sin Tierra en Brasil nace en Rio Grande del Sur. Nace en un lugar donde hay una predominancia muy grande de la población blanca. Las referencias del MST en algunos lugares todavía son eurocéntricas. Ellos están empezando a discutir sobre esto. En el campo no hay solo vida campesina. Hay quilombolas, hay indígenas, hay “quebraderos” de coco; vamos a empezar a entender estas diversidades. Es un movimiento que yo respeto, pero la referencia de ese movimiento no es la referencia del Movimiento Quilombola.
—O sea, ¿tienen diferencias políticas y una cosmovisión del mundo distinta?
– Nuestra referencia es nuestra ancestralidad, es nuestra realidad, es nuestra sabiduría, el pueblo negro, el quilombola. Mientras que para el Movimiento Sin Tierra todavía hay una lucha muy alineada con la idea del comunismo. Sus referentes en algunas situaciones son el Che Guevara, Karl Marx, y está todo bien. Pero yo estoy diciendo que nuestra referencia es un pueblo que lucha contra la colonización, un pueblo que no aceptó la colonización y que viene luchando y confluyendo con los pueblos originarios, y para nosotros, la referencia es la tierra, pero no como un lugar de producción; es la tierra como un lugar de vida.
—¿Qué pasaría si en Brasil volviera a ganar la extrema derecha, el bolsonarismo? ¿Cómo repercutiría en las comunidades quilombolas?
—Nego Bispo, mi padre, tiene una enseñanza que es necesaria, que debemos reflexionar mucho sobre ella: la izquierda y la derecha dirigen el mismo tren colonialista. Ese sistema de gobierno fue hecho para no mirar a los pueblos indígenas, para no mirar a los quilombolas. Pero si no ocupamos las calles, independientemente de quién sea el gobierno, no seremos tan escuchados. Porque el sistema está hecho para no funcionar, para no atendernos. Y cualquier gobierno que lo ocupe va a tener que, en algún momento, en nombre de la gobernabilidad, hacer concesiones. Y la mayoría de las veces, esas concesiones se rompen por el lado que consideran más flaco.
—Pero Bolsonaro es el neofascismo, la reivindicación de la dictadura, y Lula representa una izquierda democrática
– Durante el gobierno de Bolsonaro fue extinta la Secretaría de Educación para la Inclusión y la Diversidad, que es una Secretaría dentro del Ministerio de Educación que piensa acciones de educación en el campo, de educación indígena, de educación quilombola, de educación inclusiva. Ahora, en el retorno del gobierno Lula, ella volvió, y volvió más fuerte. Haber pasado por esta transición fue necesario para que pudiéramos comprender cómo la fuerza popular hace la diferencia y que necesitamos continuar ocupando las calles, independientemente de si el gobierno es de izquierda o de derecha.
gveiga@pagina12.com.ar
Fuente: https://www.pagina12.com.ar/2026/08/17/una-quilombola-era-considerada-una-organizacion-criminal-hasta-la-dictadura/

Nenhum comentário:
Postar um comentário