Por Renán Vega Cantor: El Colectivo (Medellín) - Rebelión
“El riesgo sísmico se encuentra distribuido de manera tan irregular, dentro de la mayor parte de las ciudades, que se acuño la expresión ‘terremoto clasista’ para describir un modelo de destrucción que no afecta a todos por igual”. -Mike Davis, Planeta de ciudades miseria.
En el mundo de hoy cada vez es más difícil hablar de “desastres naturales”, simplemente porque la mayor parte de catástrofes (sequias, inundaciones, huracanes, derrumbes…), de manera directa o indirecta, son responsabilidad de ciertos sectores de la sociedad, que pueden identificarse con exactitud.
En ese sentido, es más preciso hablar de desastres sociales, puesto que las fuerzas de la naturaleza operan sobre contextos determinados, que hacen más o menos destructiva su acción. En este conjunto de “desastres naturales” existen dos que, en principio, puede resultar complicado relacionarlos con factores sociales, por su fuerza, y su carácter imprevisible y destructivo. Nos referimos a los terremotos y a los tsunamis. Bien puede darse el caso de que un temblor de tierra o un tsunami puedan ser producidos por pruebas nucleares submarinas o por la fractura hidráulica para extraer petróleo, es decir, por acciones sociales. Pero aún en esos casos, la dimensión de esos fenómenos naturales, causados directamente por determinadas decisiones de índole social, no alcanza las cotas que tienen los super terremotos o los tsunamis.
Aunque los terremotos no puedan ser evitados, lo que sí se puede es mitigar su impacto destructivo y aminorar sus efectos sociales. Para ello hay que levantar construcciones antisísmicas, no construir en lugares en donde haya fallas geológicas que generan una inestabilidad permanente del suelo, diseñar planes de salvamento y auxilio oportuno y adecuado para socorrer a las poblaciones afectadas.
En el mundo real nos encontramos con una pasmosa desigualdad a nivel mundial, porque países como Japón, en donde hay temblores de tierra todos los días, se han diseñado construcciones especiales que resisten sismos de gran magnitud, reduciendo al máximo sus consecuencias negativas para gran parte de la población. Mientras que en otros países no se cuenta con lo básico para sortear la emergencia que produce un terremoto o un tsunami. Y dentro de los propios países hay diferencias, puesto que, por lo general, en algunas regiones existen más posibilidades de sortear el impacto de un terremoto, mientras que otras están completamente expuestas a la destrucción. Y eso tiene una clara connotación de clase, porque los pobres son los que más sufren los terremotos y los tsunamis.
Esto desigualdad en afrontar los terremotos ha llevado a que algunos geógrafos críticos hablen de “terremotos de clase”, para hacer referencia al impacto desigual de la destrucción que generan. El vocablo empezó a usarse luego del temblor que asoló a la ciudad de Guatemala en 1978, cuando más de un millón de personas perdieron su vivienda y un total de 60 mil construcciones fueron destruidas, siendo los más afectados los pobres de las zonas más degradadas y abandonadas de esa ciudad. En todo el mundo se calcula que, durante todo el siglo XX, los terremotos destruyeron unas 100 millones de viviendas, ubicadas en los barrios más pobres de las ciudades o en zonas rurales, y esas construcciones no tenían ninguna planificación y habían sido hechas con materiales deleznables. Además, ese carácter destructivo en las zonas pobres de las ciudades está relacionado con la inoperancia de los Estados, que generalmente actúan a favor de los ricos y poderosos. Para medir el riesgo no natural se ha establecido esta simple ecuación: Riesgo=peligro x Recursos x Fragilidad. En la medida en que menos recursos estén disponibles para afrontar los terremotos y mayor sea la fragilidad infraestructural mayores son los riesgos y los peligros se hacen catastróficos.
Esta reflexión viene a propósito de los dos terremotos que azotaron a Venezuela el 24 de junio, el primero de una magnitud de 7.2 ocurrió a las 6 y cuatro minutos de la tarde y el segundo, de 7.5, 45 segundos después. La zona más afectada fue La Guaira, donde colapsaron bloques de edificios. El terremoto deja miles de muertes, desaparecidos y damnificados.
Luego de un terremoto de tal magnitud que no se registraba en ese país desde comienzos del siglo XIX, vinieron las acusaciones sobre la inoperancia del Estado y de los gobiernos chavistas. Pero este señalamiento interesado y criminal nunca menciona que la debilidad del Estado, en un ámbito tan esencial como el del sistema médico y hospitalario, es el resultado del bloqueo asesino llevado a cabo por Estados Unidos desde hace más de una década, junto con la apropiación de activos de la compañía CITGO del Estado venezolano en Estados Unidos, el robo de reservas en dólares y en oro por Inglaterra, Estados Unidos y otros países europeos. Esto liquidó casi de raíz el sistema médico y hospitalario, que no cuenta ni con los insumos, instrumentos ni medicamentos necesarios para enfrentar las consecuencias de un terremoto, como resultado del criminal bloqueo. A eso debe agregársele que las viviendas que se derrumbaron en La Guaira no fueron construidas en los gobiernos de Hugo Chavez o Nicolás Maduro, sino en la década de 1970 en tiempos del punto fijismo bipartidista.
Para completar, la catástrofe del terremoto se suma a la otra, a la provocada por el secuestro de Nicolás Maduro y su esposa y la imposición de un protectorado colonial en Venezuela, que perdió su independencia y soberanía y a la que ni siquiera en esas condiciones de sumisión le han devuelto sus riquezas o han desmontado las miles de sanciones impuestas unilateralmente por Estados Unidos.
Ahora, aprovechando el terremoto han regresado en pleno, con el aval vergonzoso del gobierno de Delcy Rodríguez, las fuerzas militares de Estados Unidos y de Israel. Y la participación del régimen sionista de Israel si que es reveladora, porque sus asesinos son expertos no en construir, sino en destruir todo tipo de construcciones, mediante sus bombardeos criminales.
Todo lo señalado indica el carácter transnacional de clase del terremoto de junio que asoló a Venezuela. Y las manos sangrientas del imperialismo son corresponsables directos de la tragedia que hoy agobia a ese país, aunque pretendan presentarse como salvadores y auxiliares de los damnificados por el terremoto. Y lo son porque las fuerzas imperialistas están detrás del debilitamiento del Estado, de la destrucción del sistema médico y sanitario, de las redes sociales de socorro, de la parálisis financiera de los entes gubernamentales. Esa responsabilidad transnacional de clase no puede ser eludida en momentos en que el dolor y el sufrimiento de estas semanas se suma al motivado por el desangre criminal de la economía venezolana en la última década, que es una responsabilidad directa de los Estados Unidos.
Publicado en papel en El Colectivo (Medellín), agosto de 2026.

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