Por Tomás Rolandi: La izquierda diario
[Imagen: Fotomontaje del presidente de Senegal, Bassirou Diomaye Faye, y de su ex primer ministro, Ousmane Sonko. © AP, Annie Risemberg, Sylvain Cherkaoui]
En marzo de 2024, cuando Bassirou Diomaye Faye ganó las elecciones senegalesas con el 54% de los votos en primera vuelta, salido literalmente de la cárcel diez días antes, pareció abrirse en África Occidental una nueva forma del panafricanismo llegando al poder.
No era un golpe militar. Era un movimiento popular con bases en una juventud sin trabajo y sin futuro, que llevó a la presidencia a un partido que había prometido la ruptura con el imperialismo francés. Más de dos años después de las elecciones y menos de un mes de la ruptura interna del nuevo gobierno el cuadro es bastante más complejo.
Quiénes son Faye y Sonko y cómo llegaron al gobierno de Senegal
El PASTEF —Patriotas Africanos de Senegal por el Trabajo, la Ética y la Fraternidad— fue fundado en 2014 por Ousmane Sonko, entonces inspector fiscal que se hizo conocido denunciando públicamente la corrupción del Estado senegalés y los contratos leoninos firmados por el anterior gobierno colaboracionista con multinacionales extranjeras. El partido se presenta como representante del «panafricanismo de izquierda» y construyó su base electoral sobre tres ejes: soberanía económica, ruptura con el franco CFA y renegociación de los contratos de extracción de gas y petróleo que, en palabras del propio Sonko, dejaban a Senegal con apenas el 10% de los beneficios generados por la producción de hidrocarburos.
Ese discurso encontró terreno fértil en un país estructuralmente castigado: la edad media de la población es 19 años, el desempleo oficial ronda el 20% de la población activa, y el 75% de los 18 millones de habitantes tiene menos de 35 años. Pero la juventud senegalesa protesta porque no tiene trabajo, porque ve sus recursos pesqueros destruidos por flotas extranjeras, porque observa cómo el gas y el petróleo que descansa bajo sus aguas enriquece a multinacionales como British Petroleum (BP) y Total mientras la mitad de la población vive con menos de dos dólares al día, y porque durante años vio a su clase política someter el país a los dictados del FMI sin chistar. Esa acumulación de rabia fue la base social real del ascenso del PASTEF con Faye y Sonko encabezando grandes movilizaciones juveniles.
El camino hasta la presidencia estuvo atravesado por una represión creciente que paradójicamente fortaleció al movimiento. Entre 2021 y 2023, las protestas por la persecución judicial de Sonko dejaron al menos 15 muertos por la represión del gobierno de Macky Sall. Sonko fue encarcelado, su partido disuelto por decreto, y tanto él como Faye permanecieron presos desde mediados de 2023 hasta el 14 de marzo de 2024, cuando Sall los liberó bajo la presión de las movilizaciones populares que amenazaban con desbordar cualquier intento de manipular las elecciones. Diez días después, Faye ganó en primera vuelta.
El petróleo, el gas, la pesca y la promesa que no fue
El eje central del programa del PASTEF era la soberanía sobre los recursos naturales. Senegal entró a producir petróleo en junio de 2024 con el campo Sangomar, operado por la australiana Woodside, y comenzó a exportar gas a inicios de 2025 desde el campo GTA —Greater Tortue Ahmeyim, un yacimiento submarino que atraviesa la frontera marítima con Mauritania—, operado por British Petroleum, con reservas estimadas en 500.000 millones de metros cúbicos.
El problema es que los contratos ya estaban firmados, ya estaban en producción, y tenían cláusulas de estabilidad que blindan las inversiones extranjeras contra cualquier cambio legislativo posterior, invocando estabilidad. En otras palabras: los contratos firmados por el gobierno de Macky Sall con las multinacionales incluían una trampa jurídica que hacía casi imposible cambiarlos sin enfrentar arbitrajes internacionales millonarios.
Aun así, el gobierno creó en agosto de 2024 una comisión de revisión de contratos e inició renegociaciones. En marzo de 2026, Sonko anunció la anulación de contratos «abusivos» en minería, gas y pesca —aunque el yacimiento Sangomar, el más importante y ya en producción, no fue tocado. La empresa estadounidense Kosmos Energy se retiró del campo Yakaar-Teranga —un dato que Sonko celebró como victoria—, aunque The Africa Report señaló que esa retirada en realidad revela un callejón sin salida: el proyecto no avanza no porque Dakar haya ejercido soberanía sino porque el mercado doméstico es demasiado pequeño para garantizar el retorno de inversión que las multinacionales requieren. Mientras tanto, el Estado senegalés enfrenta un arbitraje internacional ante el CIADI —el tribunal del Banco Mundial para disputas entre Estados e inversores— iniciado por Woodside en mayo de 2025, tras el intento de Dakar de modificar unilateralmente el equilibrio fiscal de los contratos.
Nuevos actores internacionales
Expulsar a Francia no resuelve el problema del imperialismo cuando hay otras potencias haciendo fila. En Senegal, la presencia de Wagner o del Africa Corps ruso —que sí operan en Mali, Burkina Faso y Níger— no tiene equivalente: Faye expulsó las bases militares francesas y anunció que no las reemplazaría con ninguna base extranjera. Eso lo diferencia de las juntas del Sahel.
Pero también aparece China ocupando otro espacio, menos visible y más difícil de enfrentar. La flota pesquera industrial china opera en las aguas senegalesas provocando pérdidas anuales estimadas en 300 millones de dólares y afectando directamente a 1,3 millones de personas que dependen de la pesca artesanal. En 2025, el 43,7% de las embarcaciones licenciadas para pescar en aguas senegalesas estaban controladas por extranjeros, principalmente de origen chino y español.
En el FOCAC 2024 —Foro de Cooperación China-África—, China se comprometió a implementar 30 proyectos de infraestructura en África y a proveer financiamiento por 51.000 millones de dólares entre 2025 y 2028. La lógica es siempre la misma: China financia el puerto, la ruta o la planta eléctrica, y a cambio obtiene concesiones sobre los minerales, el pescado o el petróleo que esa infraestructura hace accesibles —y convierte al Estado receptor en deudor suyo, con las mismas palancas de presión que antes tenía Francia o el FMI. Sin tanques, sin bases militares, pero con el mismo resultado: otro poder extranjero sentado sobre los recursos naturales del país y con deuda como garantía.
La deuda heredada y el FMI
La primera auditoría de las finanzas públicas que ordenó Faye al asumir fue una bomba. Reveló que el gobierno de Macky Sall había ocultado préstamos equivalentes al 25% del PIB entre 2019 y 2024: la deuda real al 31 de diciembre de 2023 era del 99,7% del PIB —casi 28.000 millones de euros— contra el 74% que Sall había declarado oficialmente. Senegal no es un caso aislado: es uno de los países más ahogados por la arquitectura financiera internacional, parte de los 35 países muy endeudados que el FMI reconoce, de los cuales 14 pertenecen a la zona del franco CFA.
Para finales de 2024, las estimaciones de Bloomberg elevaban la deuda al 132% del PIB, con un déficit presupuestario del 14%. Las calificadoras S&P y Moody’s rebajaron la deuda senegalesa a categoría basura. El FMI congeló una línea de crédito de 1.700 millones de euros.
Lo que el FMI llama «ajuste» o «reestructuración de la deuda» tiene un contenido concreto: recorte del gasto público, reducción de subsidios a los combustibles y los alimentos, privatizaciones. Para una población donde el 20% está desempleada y la juventud ve el mar como única vía de escape hacia Europa, ese programa es un ataque directo a las condiciones de vida. Ningún acuerdo con el FMI es bueno para los trabajadores, y cualquier gobierno que lo firme, sea cual sea su discurso, está eligiendo el ajuste sobre el pueblo.
La ruptura Faye-Sonko: el gobierno se fractura
El 22 de mayo de 2026, el presidente Faye destituyó a Sonko como primer ministro y disolvió el gobierno. La causa inmediata fue una disputa de poder que se venía gestando desde mediados de 2025, pero el fondo era político y económico en igual medida. Las diferencias eran concretas: Sonko se negaba a negociar con el FMI en los términos que el organismo exigía y presionaba por acelerar los juicios contra los funcionarios del gobierno de Macky Sall acusados de corrupción; Faye, en cambio, decidió asumir personalmente las negociaciones con el FMI y designó como nuevo primer ministro a Ahmadou Al Aminou Lo, economista y ex cuadro del banco central regional —exactamente el perfil de ortodoxia presupuestaria que el PASTEF había combatido durante años.
La paradoja institucional es llamativa: Sonko, destituido del Ejecutivo, fue elegido presidente de la Asamblea Nacional, donde el PASTEF controla 130 de los 165 escaños, y anunció que el partido no participará en el nuevo gobierno. Pero antes de ver en Sonko una alternativa real, hay que preguntarse qué propone concretamente: no el no pago ni la ruptura con el FMI, sino aumentar los ingresos internos para ir pagando la deuda, rechazando la reestructuración no por principio sino porque —en sus propias palabras— Senegal sería visto «como un país al borde de la bancarrota» y perdería acceso a los mercados internacionales. Su diferencia con Faye es de método, no de ruptura estructural: ambos aceptan el marco del FMI y discuten cómo negociar dentro de él. La fractura dentro del propio movimiento que llegó al poder prometiendo ruptura con el imperialismo muestra hasta dónde llegan los límites del panafricanismo burgués cuando choca con la realidad de la deuda. No hay ruptura con el imperialismo sin ruptura con el FMI.
Derechos democŕaticos y endurecimiento de penas a la homosexualidad
El nuevo gobierno mostró su cara más conservadora el 31 de marzo de 2026, cuando Faye promulgó una ley que duplica las penas por relaciones homosexuales —de 1 a 5 años pasaron a 5 a 10 años de prisión, con multas de hasta 10 millones de francos CFA— y crea nuevas figuras penales como la «apología de los actos contra natura». Más de 100 personas fueron detenidas en pocas semanas, muchas por su sola apariencia física. Pero el argumento—que la ley defiende los «valores africanos» contra una imposición occidental— invierte la historia: la criminalización de la homosexualidad en Senegal es un producto directo del derecho colonial francés, específicamente del artículo 319 del Código Penal, que tiene su origen en una ley del gobierno colaboracionista de Vichy, ex mandatario. Como señaló el investigador senegalés Babacar M’Baye, «no es la homosexualidad, sino la homofobia la que fue una imposición colonial.»
Que los gobiernos occidentales —Francia incluida, que tardó en reaccionar hasta que un ciudadano francés fue afectado por la represión— se indignen ahora no cambia su propia responsabilidad histórica ni su hipocresía: la misma Francia que exportó ese código penal represivo es la que hoy usa los derechos LGBTQ+ selectivamente, cuando le sirve para presionar a gobiernos que ya no le son funcionales. La persecución a la comunidad LGBTQ+ en Senegal no es una tradición africana que defender: es la maniobra de un gobierno en crisis que, al no poder cumplir sus promesas económicas, construye un enemigo interior para recomponer su legitimidad con los sectores más conservadores de la sociedad.
Senegal como «otro modelo»: lo que no fue
La comparación con los golpes de Estado en el Sahel tiene un límite claro: en Senegal el cambio llegó por movilización popular y urnas, no por el ejército y los tanques. Pero la pregunta que planteamos sigue en pie: ¿qué queda de la promesa de ruptura con el imperialismo cuando el gobierno negocia con el FMI, no toca los contratos de Woodside, enfrenta un arbitraje del CIADI por intentar modificar el equilibrio fiscal y designa como primer ministro a un tecnócrata del banco central?
El proletariado senegalés y las clases populares no tienen hoy una herramienta política propia que lleve un programa panafricanista de emancipación. El PASTEF capitalizó el hartazgo legítimo de la juventud y los trabajadores, pero nunca propuso romper con el FMI, nacionalizar los yacimientos bajo control obrero ni disolver el franco CFA de forma unilateral.
La tarea que queda —construir una organización política independiente de la clase trabajadora senegalesa, con un programa que no negocie con el FMI sino que repudie la deuda, que no renegocie con BP sino que la expulse, que no expulse las bases francesas para dejar las aguas a las empresas chinas— es la que ninguno de los actores hoy en escena se propone hacer. Pero es la única que puede dar respuesta real al saqueo colonial que aún persiste en Senegal y África.
Fuente: https://www.laizquierdadiario.com/Senegal-mas-de-dos-anos-despues-el-otro-camino-que-tambien-choca-con-sus-limites

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