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Los enfermos de Gaza, a la espera de un tratamiento que quizá nunca llegue

Do Rebelión, 22 de agosto 2026
Por Ahmed Dremly: Voces del mundo.Traducido del inglés por Sinfo Fernández


[Imagen: Ibrahim Abdullah, de cinco años, y su hermana Naima, ambos con atrofia renal hereditaria, en el Hospital Nasser de Jan Yunis, al sur de la Franja de Gaza, el 28 de julio de 2026. (Amr Tabash)]

Cuatro días a la semana, Ibrahim Abdullah, de 5 años, recorre tres kilómetros desde la tienda de su familia en Al-Mawasi hasta el Hospital Nasser de Jan Yunis, donde pasa casi cuatro horas conectado a una máquina de diálisis. Es el paciente de diálisis más joven de Gaza.

El trayecto les lleva casi todo el día. Los padres de Ibrahim se turnan para acompañarlo, mientras el otro se queda en la tienda con sus tres hijas. Si las condiciones de seguridad lo permiten y hay un autobús del hospital disponible, lo utilizan. De lo contrario, toman cualquier medio de transporte público que encuentren —a menudo coches averiados, pequeños autobuses o carretas tiradas por burros y caballos—, lo que puede costar al menos cinco veces más que antes de la guerra. Cuando no hay transporte disponible, su padre, Mohammed, lo empuja en una silla de ruedas por calles marcadas por la guerra.

«Odia ir al hospital», explicó Mohammed a +972. «Se agota. Salimos de la tienda sobre las 7 de la mañana y volvemos sobre las 5 de la tarde. Su madre y yo intentamos distraerlo con cualquier tentempié o chocolate que podamos encontrar».

La silla de ruedas es una adquisición reciente. Hace unas semanas, Ibrahim sufrió una hemorragia cerebral provocada por la hipertensión arterial que le paralizó el lado izquierdo del cuerpo. Desde entonces ha comenzado a recuperarse, pero ahora necesita rehabilitación neurológica, además de sus sesiones habituales de diálisis y transfusiones de sangre.

Antes de la guerra, Ibrahim era un niño lleno de energía al que le encantaba jugar con sus hermanos y amigos, según contó su padre. Tanto él como su hermana Naima, de 9 años, padecen atrofia renal hereditaria, pero sus enfermedades eran controlables.

«En Gaza había comida sana y agua limpia», recordó Mohammed al referirse a la época anterior al inicio del genocidio. «Los médicos hacían un seguimiento de sus casos y esperaban que algún día recibieran los tratamientos médicos que necesitaban, incluido un trasplante de riñón».

Ahora, cuando Ibrahim no está en el hospital, a menudo prefiere estar solo. «Dice que no quiere ver a nadie», explicó Mohammed, «porque siempre está cansado».

Su deterioro refleja una crisis mucho más amplia. Por toda Gaza, las personas cuya supervivencia depende de una atención médica continuada se están dando cuenta de que ya no pueden contar ni siquiera con los tratamientos rutinarios. En medio del estricto bloqueo israelí, la diálisis regular se ha visto interrumpida por la escasez de medicamentos, equipos, agua potable y alimentos adecuados. Los pacientes con cáncer tienen dificultades para acceder a la quimioterapia y a otros tratamientos esenciales.

Se han destruido hospitales, las familias han sido desplazadas en repetidas ocasiones y se han agotado los medicamentos y los suministros médicos. El mero hecho de llegar a uno de los pocos centros que siguen funcionando puede suponer una odisea. Afecciones que antes se consideraban tratables o controlables se han vuelto cada vez más peligrosas.

Para Ibrahim, el fuerte deterioro comenzó poco después de que estallara la guerra. Había estado tomando vitamina B6 para tratar sus cálculos renales recurrentes, pero en cuestión de meses las farmacias se quedaron sin existencias. Su familia pasó siete meses buscando el medicamento.

«La salud de Ibrahim se deterioró rápidamente», explicó Mohammed. «Expulsó nueve cálculos. Algunos eran tan grandes como garbanzos». Los cálculos se hicieron más grandes y frecuentes, provocando hemorragias e hinchazón y dañando aún más los riñones de Ibrahim.

Al mismo tiempo, las operaciones militares israelíes cerca de las tiendas de campaña de la familia en Al-Mawasi les impidieron en repetidas ocasiones llegar a hospitales o clínicas. «Comíamos cualquier alimento que hubiera disponible durante la hambruna, sobre todo lentejas y pasta, y bebíamos el agua que conseguíamos de organizaciones benéficas, que no es limpia», explicó Mohammed.

En julio de 2025, el estado de Ibrahim se agravó tanto que permaneció ingresado en el hospital hasta septiembre. Sus niveles sanguíneos habían descendido a niveles peligrosamente bajos, explicó Mohammed, y los médicos determinaron que necesitaba diálisis urgente. Ahora también recibe transfusiones de sangre durante esas sesiones.

Pero los médicos afirman que necesita diálisis con mucha más frecuencia de la que puede proporcionar el devastado sistema sanitario de Gaza. El doctor Nabil Ayad, jefe del departamento de nefrología del Hospital Al-Rantisi, declaró a +972 que Ibrahim debería recibir diálisis casi a diario, pero la escasez afecta a prácticamente todos los aspectos de su tratamiento.

Hay escasez de medicamentos esenciales para el riñón, como la epoetina alfa, que se utiliza para tratar la anemia en pacientes en diálisis, así como de equipos básicos de diálisis. «Tampoco siempre se dispone de catéteres de diálisis», señaló Ayad, explicando que los médicos a menudo se ven obligados a recurrir a catéteres temporales, «lo que añade más riesgos y complicaciones».

Naima, la hermana de Ibrahim, de 9 años, también está empeorando. Ayad explicó que ahora ella también necesita diálisis, aunque los médicos están intentando retrasar el inicio del tratamiento el mayor tiempo posible, ya que racionan los limitados suministros médicos y dan prioridad a los casos más urgentes. Con el tiempo, ambos hermanos necesitarán un trasplante de riñón.

En diciembre de 2025, Ibrahim recibió una derivación médica para salir de Gaza y recibir tratamiento, según su padre. Ocho meses después, sigue allí. «Los médicos me han dicho que su estado está empeorando por falta de tratamiento», explicó Mohammed. «Necesita viajar para recibir tratamiento o, al menos, que le traigan la medicación a Gaza, antes de que lo pierda».

«Nos estamos muriendo poco a poco»

Cuando +972 conoció por primera vez a Basel Al-Dahdouh, de 47 años, hace tres meses, su hijo Osama lo había empujado durante tres kilómetros en una silla de ruedas, por calles cubiertas de escombros y arena, desde la tienda de la familia en la calle Al-Shuhada, en el centro de la ciudad de Gaza, hasta el hospital Al-Shifa. Allí, Basel esperó durante horas para someterse a diálisis. Para cuando le ayudaron a sentarse en la silla, tenía el rostro pálido por el agotamiento.

Incluso ese tratamiento era solo una fracción de lo que había recibido antes de la guerra. Sus sesiones de diálisis se habían reducido de cuatro a tres horas, lo que aumentaba el riesgo de complicaciones graves, mientras que los medicamentos de los que dependía habían desaparecido o se habían vuelto prohibitivamente caros.

«Antes de la guerra, gozaba de buena salud. Ahora ni siquiera puedo ir al baño sin ayuda debido a la escasez de medicamentos», afirmó.

Basel, padre de cuatro hijos, comenzó con la diálisis en 2020. Gaza ya estaba sometida a severas restricciones, pero, en comparación con la atención disponible hoy en día, recuerda el sistema de antes de la guerra como «perfecto». Las ambulancias lo llevaban al hospital. La diálisis duraba cuatro horas. Sus medicamentos estaban siempre disponibles.

Ahora, incluso los tratamientos básicos pueden ser difíciles de conseguir.

«Faltan las inyecciones para aumentar los niveles de hemoglobina en mi sangre», dijo Basel. «Aunque las encuentres, cuestan 700 NIS (234 dólares) en lugar de 40 NIS (13 dólares). Ni siquiera hay ya vitaminas con calcio en el hospital, así que tenemos que comprarlas nosotros mismos».

Años de enfermedad, agravados por el hambre, el desplazamiento y las duras condiciones de vida, ya le habían pasado una factura visible. Basel apenas podía caminar y dependía de unas muletas. Una hemorragia retiniana le había dañado gravemente la vista.

Cuando las fuerzas israelíes irrumpieron en el hospital Al-Shifa en noviembre de 2023, Basel se encontraba refugiado allí. Recuerda que los pacientes se quedaron sin comida, agua ni electricidad suficientes, lo que obligó a interrumpir los tratamientos de diálisis.

«Nos golpearon y empezaron a hacernos preguntas del tipo: ‘Decidnos dónde están los rehenes y os trasladaremos a Israel para que recibáis tratamiento’», contó Basel. «Apenas veo ni puedo caminar, ¿cómo iba yo a saberlo? Nos cortaron la electricidad y la comida. No pude recibir diálisis durante semanas».

Durante ese periodo, su estado se agravó. Basel explicó que su cuerpo retuvo más de 15 kilogramos de líquido y que perdió temporalmente la vista. «Les supliqué que me dispararan. Ya no podía soportar más el sufrimiento», afirmó.

El Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR) lo trasladó finalmente al Hospital Al-Aqsa de Deir Al-Balah, donde reanudó el tratamiento de diálisis y, más tarde, recuperó la vista.

«Todos nosotros, los pacientes de diálisis, estábamos muy enfermos», dijo Basel. «Muchas personas murieron a causa de lo que ocurrió».

Tres meses después, el estado de Basel se ha deteriorado drásticamente. Cuando +972 habló por teléfono con los familiares que estaban con él en el hospital, Basel estaba demasiado agotado para hablar.

Dos semanas antes de la visita, su programa de diálisis se había reducido de nuevo: de tres sesiones semanales a dos, cada una de apenas tres horas de duración. Su hermano, Qasem, de 52 años, explicó que los médicos habían advertido de que las reservas de bicarbonato del hospital —un componente esencial del líquido de diálisis— podrían agotarse antes de que acabara el mes.

«Dos sesiones no son suficientes para eliminar las toxinas de su sangre ni para regular el agua y la sal en su cuerpo», dijo Qasem. «Su nivel de azúcar en sangre está constantemente alto».

Pero la reducción de la diálisis era solo una parte de la crisis que atravesaba la familia. En octubre de 2025, una rata había mordido uno de los dedos del pie de Basel en el campamento de desplazados. La herida no se curó. Su familia lo atribuyó a una combinación de diabetes, escasez de suministros médicos, esterilización inadecuada y las difíciles condiciones de higiene en su tienda de campaña. La herida se infectó y se convirtió en gangrena diabética.

Los médicos le amputaron un dedo del pie, luego un segundo y después un tercero. Aun así, la infección siguió extendiéndose. Finalmente, llegaron a la conclusión de que habría que amputarle la pierna a Basel por debajo de la rodilla.

«Cuando los médicos le dijeron que quizá tendrían que amputarle un dedo del pie, se le bajó la tensión arterial del susto», recordó Qasem. «Empezó a sudar y se desmayó. Estaba aterrorizado. No parábamos de decirle que solo era un dedo del pie y que aún podría caminar con una prótesis. Pero la infección siguió extendiéndose».

Tras la amputación, Basel pasó casi una semana en observación en el hospital de campaña Al-Saraya de la Sociedad de la Media Luna Roja Palestina. La grave escasez de analgésicos en Gaza dificultó aún más la recuperación. Según Qasem, durante un traslado en ambulancia para someterse a diálisis, el dolor de Basel se volvió tan intenso que estuvo a punto de perder el conocimiento.

Además, estaba de luto. Dos semanas antes, su hermana Bushra, de 57 años, había fallecido tras meses de temblores y hemorragias nasales recurrentes relacionadas con una enfermedad preexistente. Poco antes de que comenzara la guerra, había recibido autorización para recibir tratamiento fuera de Gaza y tenía previsto partir el 13 de octubre de 2023. Nunca llegó a salir.

Ahora, la familia de Basel teme que le ocurra lo mismo. Tampoco saben cómo se las arreglarán cuando salga del hospital. Incluso antes de la amputación, llevarlo a diálisis suponía empujar su silla de ruedas por las carreteras destrozadas de Gaza, donde se caía con frecuencia y a menudo llegaba tan mareado que no podía mantenerse en pie. «Con una sola pierna, el trayecto será aún más difícil», dijo Qasem.

Al igual que todos los pacientes en diálisis, Basel también necesita una dieta estrictamente controlada, con restricciones de potasio, fósforo, sodio y líquidos, así como un acceso fiable a agua potable limpia. Para una familia desplazada que sufre la escasez de alimentos y el colapso económico de Gaza, esos requisitos son casi imposibles de cumplir.

«Come lo que podemos encontrar: alubias, comida en conserva y raciones de los comedores sociales», explicó Qasem. «No podemos permitirnos alimentos frescos ni fruta. Además de comida, necesita vitaminas, atención médica y, sobre todo, un lugar seguro y limpio donde vivir».

Antes de la guerra, Basel vivía con su familia en una casa grande en Beit Lahiya. Esta quedó destruida en un ataque aéreo israelí durante los primeros meses de la guerra. «Tenía un jardín, árboles, agua potable fría y dos baños», explicó Qasem. «Llevaba una vida digna. En comparación con hoy, vivíamos en el paraíso».

Ahora vive en una tienda de campaña sin aseo, rodeado de ratas y ratones y expuesto a un calor insoportable. «Muchas veces, Basel me ha dicho que preferiría morir antes que seguir viviendo así», afirmó Qasem.

El contraste entre la vida de Basel antes de la guerra y su vida actual ilustra cómo, en Gaza, la enfermedad se ha vuelto inseparable del desplazamiento y las privaciones que los pacientes se ven obligados a soportar. «Nuestra vida en Gaza no es más que dolor y sufrimiento», se lamentó Qasem. «Amamos la vida y queremos vivir con dignidad. Los animales fuera de Gaza viven mejor que nosotros. Estamos enfermos, muriéndonos poco a poco».

«Cada día de retraso cuesta más vidas»

Los pacientes de diálisis no son, ni mucho menos, los únicos. Los pacientes con cáncer de Gaza se enfrentan al mismo colapso de la atención médica continuada, en medio de una grave escasez de medicamentos para la quimioterapia, analgésicos y otros tratamientos esenciales.

Maisaa Eliwa, de 39 años, padece un cáncer avanzado que se originó en el maxilar superior y que desde entonces se ha extendido a la mama derecha y a los pulmones. Uno de los tumores de sus pulmones ha crecido hasta alcanzar los 18 centímetros.

Ahora vive en una tienda de campaña cerca de la costa, al oeste de la ciudad de Gaza. Un ataque aéreo israelí destruyó su hogar en Shuja’iya en noviembre de 2024, matando a su marido, a su hijo y a otros 28 familiares.

Hasta ahora, Maisaa ha recibido tres sesiones de quimioterapia en el Hospital Al-Shifa. Pero desde el 14 de julio no ha recibido ninguna. «Los médicos me dijeron que no hay medicamentos para la quimioterapia debido a las restricciones en las fronteras», explicó. «Siempre tengo fiebre alta, que a veces llega a los 42 grados centígrados. Tengo líquido en los pulmones y en la pierna derecha. Vomito sangre todos los días y me duele todo el cuerpo».

Los médicos también le recetaron inyecciones de ácido zoledrónico para proteger sus huesos, aliviar su dolor y ayudarla a mantener la movilidad. El medicamento a veces aparece en las farmacias de Gaza, explicó Maisaa, pero con un coste de 2.400 NIS (unos 800 dólares) está muy por encima de sus posibilidades.

Su hija de 18 años, Arwa, vendió primero sus pendientes de oro y luego su teléfono para pagar las inyecciones. En otras ocasiones, la familia vendió alimentos que había recibido de organizaciones benéficas, vendió gas de cocina o pidió prestado a familiares y amigos.

«Ahora nadie puede prestarme nada porque la gente también está pasando apuros económicos y yo no tengo ninguna fuente de ingresos para devolverles el dinero», explicó Maisaa. Sin la inyección, añadió, «me quedo tumbada en la tienda, incapaz de moverme».

Hace seis meses, Maisaa recibió una derivación médica urgente para salir de Gaza. Los médicos le dijeron que necesitaba una operación para extirparle unos tumores del pulmón derecho y de la mama. Sigue esperando.

Incluso cuando se disponía de quimioterapia, llegar al centro de tratamiento podía llevar horas. Maisaa salía de su tienda de campaña sobre las 7 de la mañana y buscaba un medio de transporte. Si no lo encontraba, tenía que recorrer a pie las tres horas que la separaban del hospital. Una vez allí, los médicos tenían que determinar primero si su cuerpo estaba lo suficientemente fuerte como para recibir quimioterapia.

«Los médicos saben que acudo a las sesiones sin haber comido, así que me administran una solución nutricional por vía intravenosa durante dos horas antes de recibir el tratamiento», explicó.

El hacinamiento en el hospital suponía otro problema. «No había camas suficientes en el hospital mientras recibía la terapia, así que a veces tenía que sentarme con otras dos mujeres en la misma cama.

«Los pacientes con cáncer tenemos derecho a recibir tratamiento en Gaza, o al menos a ser evacuados con nuestras derivaciones médicas, recibir tratamiento y luego regresar», continuó Maisaa. «Vivimos en condiciones muy duras en tiendas de campaña, sin higiene ni las necesidades básicas para vivir. Muero mil veces cada día».

«La causa de todo nuestro sufrimiento es la ocupación israelí, que nos ha negado nuestros derechos fundamentales e impide que vivamos como personas normales», añadió.

El doctor Mohammed Abu Nuda, director del Centro Oncológico de Gaza en el Hospital Nasser, declaró a +972 que Gaza carece actualmente de servicios oncológicos esenciales, como la radioterapia y las pruebas diagnósticas avanzadas. El resultado, según explicó, es un retraso en el diagnóstico y la interrupción del tratamiento.

«En Gaza hay una escasez del 60% de suministros para quimioterapia, medicamentos de apoyo, fármacos para el tratamiento del dolor y terapias dirigidas», afirmó.

Ante el agotamiento de los recursos, los equipos médicos se han visto obligados a racionar los suministros y a decidir qué pacientes reciben tratamiento. El centro ha hecho un llamamiento a la Organización Mundial de la Salud (OMS), al CICR y a otras organizaciones internacionales para que faciliten la entrada de medicamentos y equipos, así como la evacuación de pacientes en estado crítico.

Alrededor de 11.000 personas en Gaza padecen cáncer en la actualidad, señaló Abu Nuda, y cada año se diagnostican aproximadamente 2.000 nuevos casos. Unos 4.000 pacientes tienen derivaciones urgentes para recibir tratamiento en el extranjero, pero siguen sin poder salir. «Tres pacientes mueren cada día por no poder recibir quimioterapia ni viajar al extranjero para recibir tratamiento», afirmó.

«Los pacientes con cáncer de Gaza necesitan algo más que medicamentos», prosiguió Abu Nuda. «Necesitan una intervención humanitaria urgente que garantice el acceso al tratamiento». Hizo un llamamiento a Egipto, Catar y Turquía —países que han actuado como garantes de los acuerdos de alto el fuego y humanitarios— para que presionen a Israel y que permita la entrada sin restricciones de medicamentos y equipos de diagnóstico, entre ellos máquinas de mamografía, ecógrafos, tomógrafos computarizados y sistemas de resonancia magnética.

«Cada día de retraso cuesta más vidas», afirmó.

Para Sana Abed, de 58 años y natural de Rafah, el desplazamiento, el hambre y la pérdida resultaron, en última instancia, devastadores. Le habían diagnosticado cáncer de hígado antes de la guerra y viajó a Egipto para recibir tratamiento, donde pasó ocho meses preparándose para un trasplante de hígado. Su hijo Mohammed, de 39 años, tenía previsto donar parte de su hígado.

Según explicó Mohammed, los médicos querían primero que Sana adelgazara antes de la operación, por lo que madre e hijo regresaron a Gaza mientras ella seguía un programa dietético. Llegaron apenas dos días antes de que comenzara la guerra.

Los repetidos desplazamientos y la escasez de alimentos pronto hicieron imposible seguir la dieta prescrita. En cuestión de meses, se agotaron los medicamentos que habían traído de Egipto.

«La mayoría de estos medicamentos no estaban disponibles en Gaza, por lo que su salud comenzó a deteriorarse, especialmente durante la hambruna en el sur del enclave en junio de 2025 y el cierre total», explicó Mohammed.

A medida que el cáncer se extendía, Sana recibió otra derivación médica y fue incluida en una lista de espera para salir de Gaza y recibir tratamiento, pero el permiso nunca llegó.

En septiembre de 2025, dos de los hijos de Sana murieron en un ataque israelí. Mohammed afirmó que esa pérdida afectó profundamente a su madre. A medida que su estado físico empeoraba, «parecía haber perdido las ganas de vivir».

Con el tiempo, el cáncer se extendió por su sistema digestivo y sus riñones comenzaron a fallar. Los médicos determinaron que necesitaba diálisis, y recibió una sesión en el Hospital Nasser.

Sana falleció al día siguiente. Una semana más tarde, la OMS llamó a Mohammed para comunicarle que su madre debía prepararse para viajar a recibir tratamiento.

Ahmed Dremly es un periodista palestino que reside en Gaza cuyos artículos aparecen en Middle East Eye, Mondoweiss, The Electronic Intifada, The Intercept, Al-Monitor y otros medios.

(Ibtisam Mahdi ha colaborado en este reportaje).

Texto original+972.com Magazine, 14 agosto 2026

Fuente: https://vocesdelmundoes.com/2026/08/18/los-enfermos-de-gaza-a-la-espera-de-un-tratamiento-que-quiza-nunca-llegue/

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