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El temporalismo extractivo

La desaparición del futuro como promesa




Do Rebelión, 10 de agosto 2026
Por Gil-Manuel Hernàndez i Martí


Durante más de dos siglos, el capitalismo consiguió legitimarse no solo por su extraordinaria capacidad para producir abundancia material, impulsar innovaciones tecnológicas e incrementar de forma sostenida la productividad —siempre, eso sí, en un marco de desigualdad estructural—, sino, sobre todo, porque supo construir una poderosa experiencia colectiva del tiempo. Hasta el punto de que, además un sistema económico, fue una determinada manera de habitar anticipadamente el futuro. Su verdadera fuerza residía en la convicción, ampliamente compartida, de que el mañana sería necesariamente mejor que el presente. Incluso quienes padecían las injusticias más profundas podían seguir albergando la esperanza de que sus hijos vivirían mejor, que las generaciones futuras disfrutarían de mayores cotas de bienestar o que el progreso científico acabaría resolviendo los grandes problemas de la humanidad. El capitalismo no solo organizaba la producción de mercancías; organizaba también la imaginación histórica. Fabricaba un futuro deseable y próspero, aunque se tratara de un siniestro espejismo.

Esta dimensión de proyección temporal resulta esencial para comprender la profunda mutación que está experimentando el sistema en las primeras décadas del siglo XXI. Porque lo que parece estar entrando en crisis no es únicamente un determinado modelo económico, energético o geopolítico. Lo que comienza a resquebrajarse es el propio imaginario temporal que durante doscientos años sostuvo la legitimidad del proyecto moderno, especialmente a partir de la segunda mitad del siglo XX. Pero ahora, por primera vez desde la Revolución Industrial, el futuro deja de aparecer como el lugar donde se proyectan las ilusiones colectivas para convertirse progresivamente en el espacio oscuro donde se acumulan todas las frustraciones existenciales y las amenazas imaginables. El calentamiento global, la pérdida acelerada de biodiversidad, la crisis energética, la degradación de los ecosistemas, el agotamiento de numerosos recursos estratégicos, la creciente inestabilidad geopolítica, las migraciones masivas inducidas por el clima, el deterioro acelerado de las democracias liberales o la epidemia de enfermedades mentales configuran un horizonte radicalmente distinto del que acompañó la luminosa narrativa del progreso durante buena parte de la modernidad. No sólo el “gran relato” de la modernidad está en crisis, sino también su realidad cotidiana, aunque este hecho de pretenda negar, minimizar o diluir.

Este cambio posee una enorme trascendencia cultural. Una sociedad puede soportar largos periodos de dificultades materiales siempre que conserve alguna confianza en el porvenir. Tras la tempestad saldría el sol y el viaje de la modernidad continuaría. Así pasó, por ejemplo, tras la Segunda Guerra Mundial. Lo que resulta mucho más difícil de sostener es la percepción de que el futuro previsto será objetivamente peor que el presente, que está prácticamente cancelado. Cuando esa expectativa distópica comienza a extenderse, cuando esa “condición póstuma”, en palabras de Marina Garcés (2017), se intensifica, la legitimidad del sistema deja de apoyarse en la promesa de un mañana mejor y empieza a desplazarse hacia otra función mucho más limitada y desesperada: impedir, o al menos retrasar, la llegada de ese final de trayecto, que por otra parte ya es presente, pese a que ello no se quiera aceptar.

En este punto se produce una transformación histórica de enorme alcance. Durante la mayor parte de la modernidad, la política se concebía como una actividad orientada a construir futuros. Las grandes ideologías, fueran liberales, socialistas o conservadoras, discutían entre sí acerca del tipo de sociedad que debía llegar. Existían proyectos políticos ideológicamente incompatibles, pero todos compartían una misma estructura temporal: entendían el presente como un tránsito hacia algún tipo de porvenir paradisíaco. La milenaria promesa cristiana secularizada, al fin y al cabo. Sin embargo, hoy esa prometedora arquitectura temporal parece haberse invertido. La política ya no se orienta hacia la construcción del futuro, pese a la retórica del crecimiento infinito y la multimillonarias inversiones en la conquista del espacio, sino hacia la preservación neurótica de un presente acechado por múltiples crisis entrelazadas. Gobernar hoy consiste cada vez menos en abrir horizontes y cada vez más en impedir que los viejos y decrépitos horizontes se desplomen. Un horizonte nada prometedor. En última instancia, la dinámica de los sistemas sociales complejos siempre es la misma cuando estos entran en estado de colapso (Tainter, 1988).

¿Qué es el temporalismo extractivo?

Esta mutación apenas ha sido analizada con la profundidad que merece. Se se ha prestado poca atención a la forma específica en que las élites económicas, políticas y tecnocráticas administran el tiempo una vez que la promesa de progreso deja de resultar creíble y factible. Porque todo indica que nos encontramos ante una lógica de carácter crepuscular. Una lógica que ya no pretende transformar el mundo con el tiempo a favor, sino prolongar artificialmente el declinante tiempo disponible antes de que las contradicciones del sistema se manifiesten en toda su magnitud. A esta lógica agónica, inútil y contraproducente, podemos denominarla temporalismo extractivo. Se trata de desplegar una especie de soporte vital que mantenga artificialmente un sistema cuya capacidad de reproducirse se ha deteriorado en extremo.

Del mismo modo que hablamos de productivismo, desarrollismo o consumismo para referirnos a lógicas que organizan la vida social, el concepto de temporalismo designa un régimen en el que el tiempo se convierte en el principio ordenador de las decisiones económicas, políticas y culturales. El conflicto central ya no gira únicamente en torno al control de la naturaleza, del trabajo o del capital, sino alrededor de la gestión del tiempo histórico disponible. Y es extractivo porque su mecanismo fundamental no consiste en producir futuro, sino en extraer tiempo de una mina temporal ya casi exhausta. Ante la imposibilidad de resolver las contradicciones estructurales del sistema, lo que podemos denominar como capitalismo crepuscular (Hernàndez, 2023), consume el margen temporal disponible para afrontarlas, aplazando una y otra vez las transformaciones necesarias y trasladando sus costes hacia un futuro imaginado. El tiempo histórico deja así de ser el horizonte de la emancipación para convertirse en un recurso estratégico escaso cuya extracción permite prolongar un presente cada vez más insostenible.

Bajo el temporalismo extractivo las estructuras de poder, conscientes de que el colapso ecosocial ha dejado de ser una posibilidad remota para convertirse en un proceso histórico ya iniciado, abandonan cualquier expectativa real de solución estructural y concentran todos sus esfuerzos en ganar tiempo, o dicho de otro modo, en poner parches, en tapar agujeros, en dilatar lo inevitable. Pero no se trata simplemente de aplazar decisiones difíciles o retrasar reformas incómodas. Lo verdaderamente novedoso consiste en que el tiempo mismo se convierte en un recurso susceptible de extracción. Igual que durante siglos se explotaron bosques, minas, combustibles fósiles, territorios o cuerpos humanos, ahora comienza a explotarse el estrecho margen temporal que todavía separa a nuestras sociedades del despliegue pleno de las dinámicas de colapso.

La metáfora no es únicamente literaria. El capitalismo siempre ha vivido de incorporar nuevas fuentes de extracción allí donde las anteriores comenzaban a agotarse. Primero fueron los recursos naturales; después, el trabajo humano organizado industrialmente; más tarde, el crédito y la deuda permitieron anticipar riqueza futura y convertir el propio porvenir en objeto de apropiación financiera. En la actualidad asistimos a una mutación adicional. El sistema empieza a consumir el tiempo histórico que aún permanece disponible para una quimérica adaptación colectiva. Cada decisión que posterga una transición energética efectiva, cada reconstrucción que reproduce el mismo modelo territorial después de una catástrofe climática, cada inversión diseñada como si dispusiéramos todavía de varias décadas de estabilidad ecológica, constituye una forma de extracción temporal de naturaleza claramente catabólica, es decir autófaga y caníbal. El sistema sobrevive un poco más consumiendo el tiempo precioso que la sociedad necesitaría para transformarse y afrontar el futuro con garantías razonables de una vida digna. La gigantesca industria de producción de subjetividades inconscientes de la gravedad de la situación del mundo hace el resto. De este modo, paradójicamente, el «ganar tiempo» de las élites acaba convirtiéndose en un irresponsable «perder tiempo» colectivo.

La paradoja resulta extraordinariamente reveladora. El capitalismo nació prometiendo futuro y termina alimentándose desesperadamente de los materiales resultantes de su propio naufragio. El futuro deja de ser una promesa para convertirse en una limitada reserva estratégica de la que extraer los últimos márgenes de estabilidad. Cada año aparentemente ganado representa, en realidad, un año sustraído a la capacidad futura de salvación. El tiempo que el sistema consigue prolongar para sí mismo es exactamente el tiempo que reduce las posibilidades de reorganización viable de la sociedad. Que tras el capitalismo se desarrolle un sistema mucho peor, si eso es posible, ya dependerá de los infinitos bucles de retroalimentación del sistema en descomposición.

Esta inversión de la lógica histórica permite comprender mejor muchos fenómenos que, observados aisladamente, parecen simples contradicciones políticas. Se proclaman ambiciosos objetivos climáticos mientras continúa ampliándose la extracción de combustibles fósiles; se habla de transición ecológica mientras las infraestructuras siguen planificándose bajo los supuestos energéticos del siglo XX; se declara la emergencia climática mientras las decisiones fundamentales continúan subordinadas al crecimiento económico. Estas aparentes incoherencias dejan de serlo cuando se interpretan desde la perspectiva del temporalismo extractivo. Su finalidad ya no consiste en resolver las crisis acomodadas y retroalimentadas en un sistema en situación de caos, sino en impedir que la percepción social de esas crisis rompa definitivamente la continuidad institucional y económica del sistema. Toda la arquitectura institucional, económica, financiera, tecnológica y comunicativa comienza entonces a orientarse hacia un mismo objetivo: fortificarse y prolongar algunos años más la ficción de una normalidad que, en realidad, ya ha empezado a disolverse.

Genealogía del extractivismo del tiempo

Según la Teogonía, obra escrita por Hesíodo hacia finales del siglo VIII o comienzos del VII a. C, Crono, el más poderoso de los Titanes, destronó a su padre Urano tras recibir la ayuda de Gea. Sin embargo, un oráculo le anunció que él también sería derrocado por uno de sus propios hijos. Incapaz de aceptar esa posibilidad, decidió devorar a cada uno de ellos nada más nacer para impedir que el tiempo siguiera su curso y que una nueva generación pudiera sustituirle. Solo Zeus logró escapar gracias al engaño de Rea, quien entregó a Crono una piedra envuelta en pañales en lugar del recién nacido. Ya adulto, Zeus obligó a su padre a expulsar a sus hermanos engullidos, derrotó a los Titanes e instauró un nuevo orden cósmico olímpico. El mito encierra una poderosa enseñanza: todo poder que pretende perpetuarse negando la sucesión acaba preparando su propia destrucción.

Esta imagen de la mitología clásica griega resulta especialmente fecunda para comprender el temporalismo extractivo característico del capitalismo fósil en su fase de declive. Como Crono, nuestra civilización consume aceleradamente las condiciones materiales, energéticas, climáticas y sociales que harían posible la vida de las generaciones futuras. Ya no se limita a extraer recursos de la naturaleza: mediante una especie de fracking político, fruto de la convergencia entre el tecnofascismo y el necroliberalismo, fractura el propio tiempo histórico para apropiarse anticipadamente de las oportunidades del mañana y sostener así un presente crecientemente insostenible.

No resulta casual que tanto Prometeo como Crono pertenezcan a la estirpe de los Titanes. Ambos expresan dos modalidades de una misma matriz civilizatoria basada en la apropiación del tiempo. Por ello, puede hablarse de un temporalismo titánico con dos grandes variantes. La primera, prometeica, concibe el futuro en su versión más materialista como un espacio de expansión, conquista y crecimiento ilimitado. La segunda, croniana, surge cuando esa promesa expansiva entra en crisis y el poder, incapaz de aceptar su declive, comienza a devorar el futuro para prolongar el presente. Aunque orientadas en direcciones opuestas, ambas comparten una misma voluntad de dominar el tiempo, ya sea colonizándolo o confiscándolo.

La lógica del sistema ya no responde exclusivamente al temporalismo prometeico, caracterizado por la conquista del futuro mediante el progreso técnico, la expansión ilimitada y la confianza en un horizonte de mejora —sin perjuicio de la dimensión emancipadora que también ha acompañado históricamente a ese imaginario—, sino que adquiere un carácter crecientemente croniano: devorar el futuro para prolongar un presente incapaz de reproducirse por sí mismo. El temporalismo extractivo constituye así una auténtica confiscación del tiempo, un último cercamiento sobre el devenir, mediante la cual el presente se financia destruyendo el porvenir. La tragedia de Crono reaparece entonces como una tragedia civilizacional: cuanto más intenta perpetuar un modelo histórico agotado, más destruye las condiciones que podrían hacer posible cualquier futuro habitable.

Para comprender plenamente el significado del temporalismo extractivo conviene trasladar el referente mítico-arquetípico al plano de su manifestación histórica en el propio capitalismo. Porque, en realidad constituye la culminación lógica de una tendencia que acompaña al sistema desde sus orígenes. Si existe un rasgo que caracteriza al capitalismo moderno por encima de cualquier otro es su extraordinaria capacidad para ampliar continuamente el campo de aquello que puede ser apropiado, mercantilizado y explotado. Su historia puede leerse, en buena medida, como la sucesión de diferentes fronteras de extractivismo depredador.

Lo que distingue al capitalismo crepuscular de todas las etapas anteriores es que esa premisa empieza a desaparecer. Ya no hay más fronteras que atravesar. Ni tan siquiera con la presunta inteligencia artificial. El futuro ya no garantiza la devolución de lo anticipado. Por el contrario, comienza a presentarse como un espacio crecientemente restringido por límites biofísicos, energéticos y climáticos cada vez más evidentes. El pacto fáustico revela sus debilidades. La disponibilidad de energía neta disminuye, los ecosistemas pierden resiliencia, los fenómenos extremos se intensifican, los puntos de no retorno se aproximan y las capacidades institucionales para responder simultáneamente a crisis múltiples muestran signos evidentes de agotamiento. Es precisamente en este contexto cuando emerge el temporalismo extractivo. Ahora el objeto de extracción pasa a ser el margen temporal disponible para la adaptación de la sociedad al colapso. Se trata se apropiarse, el otras palabras, del propio tiempo de descuento. Se consume el tiempo histórico crítico para reorganizar la civilización dentro de unos límites ecológicos cada vez más estrechos. La paradoja alcanza aquí una profundidad inédita. El capitalismo, en su fase terminal, continúa explotando, pero ha perdido la capacidad de ofrecer promesas. Extrae tiempo precisamente porque ha dejado de producir futuro. El sistema queda así atrapado en una contradicción insoluble: necesita transformar radicalmente su modo de funcionamiento para sobrevivir, pero esa transformación implicaría dejar de ser aquello que históricamente ha sido.

Por ello, el temporalismo extractivo no debe interpretarse como una simple suma de errores políticos o de decisiones equivocadas. Constituye la expresión temporal de un sistema exhausto que ha agotado su capacidad de proyectarse históricamente. Allí donde el capitalismo clásico producía expectativas, el capitalismo terminal produce aplazamientos. Allí donde antes organizaba el futuro, ahora organiza la demora. La extracción ya no se ejerce únicamente sobre el mundo material; se ejerce también sobre el tiempo mismo, convertido en el último recurso estratégico de una civilización incapaz de imaginar otra forma de continuar existiendo.

La economía política de la demora

Si el temporalismo extractivo constituye la racionalidad temporal del capitalismo crepuscular, su traducción institucional adopta la forma de una auténtica economía política de la demora. Ya no se gobierna para resolver los problemas estructurales, sino para administrar el tiempo durante el cual esos problemas todavía pueden seguir siendo políticamente soportables. La acción pública deja progresivamente de orientarse hacia la transformación de las causas profundas y pasa a concentrarse en la gestión de sus consecuencias inmediatas. El objetivo ya no consiste en impedir el colapso, sino en evitar que éste llegue a percibirse socialmente como un proceso único, coherente e irreversible.

Esta lógica resulta visible en prácticamente todos los ámbitos de la vida contemporánea. Las conferencias internacionales sobre el clima producen declaraciones cada vez más solemnes y objetivos cada vez más ambiciosos, mientras las emisiones globales continúan aumentando y la extracción de combustibles fósiles sigue expandiéndose. La política climática parece avanzar, pero el sistema energético apenas modifica su trayectoria esencial. La falsa transición ecológica se convierte así en un expediente lingüístico destinado, sobre todo, a administrar la percepción del tiempo disponible.

Algo semejante sucede tras cada desastre climático. Las inundaciones, los incendios forestales, las olas de calor o las sequías desencadenan enormes esfuerzos de reconstrucción institucional. Sin embargo, la mayor parte de esos recursos se destinan a restaurar las condiciones anteriores al desastre, no a modificar las estructuras territoriales, económicas o urbanísticas que amplificaron sus efectos. Se reconstruye para volver exactamente al punto de partida. La reconstrucción deja de ser una oportunidad para la transformación y se convierte en un mecanismo de restitución de la “normalidad”. Cada reconstrucción compra tiempo para malgastarlo. Ninguna altera el patrón profundo. Economía circular de la destrucción.

La misma racionalidad atraviesa la política energética, la economía financiera, el urbanismo, la ordenación del territorio, la actividad política, la gestión administrativa, el conocimiento científico o los medios de comunicación. Solo ciertas formas de arte, espiritualidad, intelectualidad y vida comunitaria parecen escapar a la tónica dominante, pues todo parece reproducir la inercia del sistema. El presente se protege, pero al precio de reducir la posibilidad de un futuro factible para todos.

La economía política de la demora termina impregnando incluso la experiencia cotidiana de las personas. Las familias continúan planificando sus vidas como si el clima del pasado fuera a prolongarse indefinidamente; las empresas elaboran estrategias a veinte años apoyándose en hipótesis energéticas crecientemente irreales; las universidades siguen formando profesionales para sectores cuya transformación será inevitable; las administraciones diseñan políticas públicas bajo la expectativa implícita de que siempre existirá tiempo suficiente para corregir el rumbo más adelante; los partidos políticos persisten en su cortoplacismo y luchas internas. Toda la sociedad acaba participando, de una u otra manera, en la administración colectiva del aplazamiento, del vaciamiento ritual que alimenta la hipernormalización.

Se impone, así, una cultura dilatoria que enseña a posponer, a gestionar intervalos, a reconstruir sin transformar, a adaptarse sin cambiar y a prometer falazmente que el verdadero momento de actuar llegará más adelante. La economía política de la demora representa así la traducción institucional del temporalismo extractivo: un sistema extraordinariamente movilizado para administrar provisionalmente el presente deteriorado, pero radicalmente incapaz de imaginar un futuro realmente viable.

Hipernormalización y temporalismo extractivo

Sin embargo, el temporalismo extractivo no podría sostenerse únicamente mediante decisiones económicas o políticas. Si el conjunto de la sociedad percibiera con claridad la magnitud del proceso histórico en el que ya se encuentra inmersa, resultaría extraordinariamente difícil prolongar durante mucho tiempo un modelo civilizatorio cuya inviabilidad material se hace cada vez más evidente. La extracción de tiempo aparece ligada al dispositivo sistémico encargado de administrar las percepciones colectivas. Ese dispositivo es la hipernormalización.

Ambos fenómenos forman parte de una misma arquitectura histórica. La hipernormalización gobierna la conciencia social; el temporalismo extractivo gobierna el tiempo histórico y refuerza a aquella. La primera mantiene la percepción de continuidad; el segundo prolonga artificialmente esa continuidad. Mientras uno produce la ilusión de que el orden permanece esencialmente intacto, el otro intenta retrasar el momento en que ese orden deje de poder sostenerse materialmente. Constituyen, por ello, dos dimensiones inseparables de una misma racionalidad civilizatoria en estado zombi.

Esta complementariedad permite comprender por qué nuestras sociedades parecen capaces de convivir con un volumen creciente de evidencias sin modificar apenas su comportamiento colectivo. Nunca antes habíamos dispuesto de tanta información acerca de los límites ecológicos del planeta, de la aceleración del cambio climático, del agotamiento de recursos estratégicos, de la pérdida de biodiversidad o de la creciente fragilidad de las infraestructuras que sostienen la vida cotidiana. Sin embargo, nunca antes esa información había producido una transformación tan limitada de las estructuras económicas y políticas fundamentales. La paradoja desaparece cuando se comprende que el objetivo principal ya no consiste en resolver las causas de la crisis, sino en impedir que la percepción social de esa crisis desemboque en una ruptura de la normalidad institucional. La información puede circular, incluso resulta conveniente que circule hasta cierto punto. Lo que debe evitarse es que adquiera la forma de una conciencia histórica compartida capaz de cuestionar los fundamentos del sistema. La desnormalización implicaría la inminente caída del orden vigente.

La hipernormalización cumple precisamente esa función de dique ante el desorden potencial. Convierte el colapso en una sucesión de acontecimientos independientes y sin vínculo. Cada incendio, cada inundación, cada ola de calor, cada crisis energética, cada episodio de inestabilidad financiera, cada conflicto geopolítico aparece como un fenómeno particular que exige respuestas igualmente particulares. Una especie de acumulación azarosa de sucesos. Mientras, el patrón profundo permanece oculto bajo el despliegue superficial de acontecimientos aparentemente desconectados. El resultado es que la sociedad continúa habitando una realidad fragmentada. Se gestionan síntomas sin reconocer la enfermedad; se administran emergencias sin aceptar que todas forman parte de un mismo proceso histórico; se multiplican los planes de adaptación sectoriales mientras permanece intacta la lógica general que produce el deterioro. El desorden implicado continúa invisible porque toda la atención queda absorbida por el desorden desplegado (Hernàndez, 2026).

El régimen temporal del capitalismo crepuscular

Podría decirse que el capitalismo terminal ha sustituido la política del progreso por una política del intervalo. Ya no promete un futuro mejor. Promete únicamente que todavía no hemos llegado al peor escenario. La acción política deja entonces de orientarse hacia la transformación de la realidad para concentrarse en mantener abierto el intervalo que separa la percepción cotidiana del reconocimiento pleno del colapso. Ese intervalo constituye el auténtico espacio de actuación del temporalismo extractivo.

Podría decirse que la civilización contemporánea ya no habita un proceso de progreso acumulativo, sino una sucesión de intervalos cada vez más breves entre perturbaciones cada vez más intensas. Cada verano parece superar al anterior; cada incendio anuncia incendios mayores; cada inundación anticipa nuevas inundaciones; cada conflicto geopolítico reconfigura el escenario del siguiente. Lo decisivo ya no es cada acontecimiento aislado, sino la reducción constante del tiempo que separa una crisis de la siguiente. El intervalo se convierte así en el auténtico recurso estratégico del sistema.

Por eso el temporalismo extractivo no administra únicamente calendarios políticos o ciclos económicos. Administra intervalos de estabilidad. Su tarea consiste en impedir que esos intervalos desaparezcan demasiado deprisa. Toda la maquinaria institucional comienza entonces a orientarse hacia un mismo objetivo: evitar que las distintas crisis —climática, energética, alimentaria, financiera, geopolítica, migratoria o democrática— terminen sincronizándose plenamente y revelando, de forma simultánea, el patrón profundo del desorden implicado que las articula.

Aquí reaparece con toda claridad la relación con la hipernormalización. Mientras ésta fragmenta cognitivamente la percepción de las crisis, el temporalismo extractivo fragmenta temporalmente sus efectos. Ambos dispositivos intentan impedir que la sociedad perciba la coherencia sistémica del proceso de colapso. El primero dispersa el significado; el segundo dispersa el tiempo. Como ya de ha dicho, la hipernormalización convierte el colapso en una suma de acontecimientos desconectados. El temporalismo extractivo procura que esos acontecimientos no converjan demasiado rápidamente. La estabilidad aparente depende precisamente de que el desorden permanezca distribuido, nunca plenamente visible en toda su magnitud.

Sin embargo, esta capacidad de fragmentación posee límites físicos. El cambio climático no negocia con los calendarios electorales; la termodinámica no se adapta a los mercados financieros; los ecosistemas no suspenden sus procesos de degradación porque los gobiernos necesiten mantener la confianza de los inversores. Existe un momento en que el desorden implicado propio del colapso comienza a desplegarse con tal intensidad que el intervalo entre las crisis deja de poder administrarse. Es entonces cuando el temporalismo extractivo empieza a agotarse como racionalidad histórica.

La sociedad entra así en una situación paradójica. Cuanto mayor es el esfuerzo destinado a preservar la normalidad, más evidente resulta la imposibilidad de sostenerla. Cada nuevo intento de estabilización exige intervenciones más costosas, consume más energía, moviliza mayores recursos financieros y genera vulnerabilidades adicionales. La estabilidad deja de ser una propiedad del sistema para convertirse en un producto artificial cuya fabricación requiere un esfuerzo creciente y ofrece resultados decrecientes. En ese punto, el capitalismo revela con claridad su condición crepuscular: ya no organiza un orden en expansión, sino un equilibrio cada vez más precario frente al avance de un desorden que él mismo ha contribuido decisivamente a producir.

Quizá por ello la imagen más adecuada para describir nuestra época ya no sea la del crecimiento continuo, sino la de una inmensa presa que intenta contener un caudal que aumenta sin cesar. Toda la ingeniería política, económica, tecnológica y cultural del capitalismo contemporáneo parece orientada a reforzar ese dique. Pero el problema no reside únicamente en la presión del agua. Reside en que los materiales con los que se construye el propio muro proceden del futuro que intenta contener. Cada refuerzo consume precisamente aquello que haría posible una adaptación más profunda. La presa gana tiempo, pero lo hace erosionando los cimientos sobre los que todavía podría reconstruirse el paisaje una vez que termine por romperse. En este sentido, el temporalismo extractivo constituye probablemente la última gran innovación histórica del capitalismo. Se trata, por ello, de una forma autoritaria de gobierno orientada no hacia el nacimiento de un orden nuevo totalitario, sino hacia el aplazamiento no menos totalitario del derrumbe del orden existente.

La temporalidad generativa: una alternativa al temporalismo prometeico y croniano

Si el temporalismo extractivo constituye la lógica temporal dominante de la civilización fósil, resulta necesario preguntarse qué tipo de relación con el tiempo podría sustituirlo. Esa alternativa no puede consistir simplemente en regresar a la lógica prometeica del progreso ilimitado, pues precisamente esa racionalidad contribuyó decisivamente a la expansión del extractivismo material y temporal. Tampoco puede reducirse a la lógica croniana, propia de una civilización que, al percibir el agotamiento de su horizonte histórico, comienza a consumir las posibilidades del futuro para prolongar artificialmente su presente. Ambas comparten un mismo presupuesto: consideran el tiempo como un objeto de apropiación depredadora.

Frente a ambas emerge la posibilidad de una temporalidad generativa, cuyo fundamento ético puede resumirse en la idea del buen antepasado, formulada por Roman Krznaric (2022). Desde esta perspectiva, el futuro deja de concebirse como un espacio disponible para la expansión del poder o como una amenaza que conviene neutralizar. Se convierte, ante todo, en una responsabilidad. Cada generación deja de entenderse como propietaria absoluta de los recursos, de la energía, de los ecosistemas o de las instituciones que ha heredado para reconocerse únicamente como depositaria provisional de un patrimonio común que deberá transmitir a quienes todavía no han nacido.

La temporalidad generativa rompe así con uno de los presupuestos más profundos de la modernidad hegemónica: la idea de que el presente posee un derecho ilimitado sobre el futuro. Frente a la apropiación temporal, propone una ética de la transmisión, muy propia por otra parte de la cosmovisión del tiempo de las sociedades tradicionales. Frente a la aceleración permanente, reivindica los ritmos largos de la regeneración ecológica, cultural e institucional. Frente al crecimiento ilimitado, sitúa el cuidado de las condiciones de habitabilidad como criterio fundamental de racionalidad. Su planteamiento ya no es cuánto más podemos producir, consumir o controlar, sino qué mundo recibirán quienes vivirán después de nosotros.

Desde esta perspectiva, la responsabilidad intergeneracional deja de constituir un simple principio moral para convertirse en un criterio estructurador de la acción política, económica y tecnológica. Las decisiones presentes deberían evaluarse no solo por su rentabilidad inmediata ni por su eficacia coyuntural, sino también por sus efectos acumulativos sobre la estabilidad climática, la biodiversidad, los recursos materiales, la cohesión social, las instituciones democráticas y la capacidad de las generaciones futuras para desarrollar proyectos de vida dignos. El horizonte temporal de la política se amplía así desde el próximo ciclo electoral hasta las próximas generaciones.

Esta temporalidad no implica inmovilismo ni renuncia al cambio. Muy al contrario, supone comprender que la auténtica innovación consiste en regenerar las condiciones que hacen posible la continuidad de la vida. Mientras la lógica prometeica más sujeta a la hibrys aspira a ampliar indefinidamente el dominio humano sobre el mundo y la lógica croniana intenta preservar desesperadamente un orden histórico que se derrumba, la temporalidad generativa acepta tanto la finitud como la sucesión. Reconoce que toda generación está llamada a desaparecer y que precisamente por ello su mayor responsabilidad consiste en facilitar el surgimiento de las que vendrán.

La oposición con la lógica croniana resulta especialmente reveladora. Crono devora a sus propios hijos porque no acepta ser sucedido. El buen antepasado actúa exactamente al contrario: sabe que será sucedido y orienta sus decisiones para que esa sucesión pueda producirse en las mejores condiciones posibles. Mientras Crono transforma el futuro en alimento del presente, la temporalidad generativa convierte el presente en preparación del futuro. Allí donde el temporalismo extractivo confisca tiempo histórico, la temporalidad generativa lo restituye; donde uno agota posibilidades, la otra las cultiva; donde uno erosiona las condiciones de existencia, la otra procura reconstruirlas.

Por su parte, la tesis de Samuel Alexander (2026), según la cual la devastación ambiental hunde sus raíces en el proceso histórico de desacralización del mundo, converge con la idea de que el capitalismo no solo organiza la producción y el consumo, sino también las formas de percibir la realidad, orientar el deseo y habitar el tiempo. La naturaleza deja de experimentarse como una comunidad de vida dotada de valor intrínseco para convertirse en una reserva de recursos, mientras que el futuro deja de concebirse como un legado que debe ser transmitido para pasar a entenderse como un depósito de oportunidades disponible para su apropiación anticipada. Frente a esta lógica, la reverencia propuesta por Alexander puede interpretarse como el fundamento existencial de una temporalidad generativa. Quien contempla el mundo como una realidad valiosa en sí misma deja de relacionarse con él desde la extracción y comienza a hacerlo desde el cuidado, la reciprocidad y la responsabilidad. Esa transformación de la mirada constituye la condición cultural que permite abandonar tanto el temporalismo prometeico, orientado a conquistar el futuro, como su deriva croniana, consistente en devorarlo para sostener un presente agotado, y abre paso a la figura del buen antepasado: aquel que entiende el presente no como un espacio de apropiación, sino como un legado recibido provisionalmente que debe ser conservado, enriquecido y transmitido a las generaciones futuras. La reverencia no solo transforma nuestra relación con la naturaleza; transforma también nuestra relación con el tiempo, desplazando la lógica de la extracción por la ya mencionada ética de la transmisión.

En última instancia, la temporalidad generativa representa una crucial transformación antropológica y civilizatoria. Implica abandonar la fantasía moderna del dominio absoluto sobre el tiempo para reconocernos como un eslabón más dentro de una cadena cósmica mucho más amplia de generaciones humanas y no humanas. Ninguna generación inaugura completamente el mundo ni tiene derecho a clausurarlo. Todas reciben una herencia y todas dejan otra. La verdadera alternativa al temporalismo extractivo consiste, precisamente, en recuperar esa conciencia de continuidad y asumir que la medida de una civilización realmente sostenible no reside únicamente en lo que es capaz de producir para sí misma, sino en aquello que es capaz de legar a quienes todavía no han nacido.

Bibliografía

ALEXANDER, Samuel (2026): “Sacred Revolt: Why Reverence Before Restraint Transforms the Limits-To-Growth Predicament”, Psychoanalytic Inquiry, pp. 1-15. https://doi.org/10.1080/07351690.2026.2698342.

GARCÉS, Marina (2017): Nueva ilustración radical, Barcelona, Anagrama.

HERNÀNDEZ, Gil-Manuel (2023): La memoria oscura en el capitalismo crepuscular, El Salto, 23 enero 2o23, https://www.elsaltodiario.com/capitalismo/memoria-oscura-capitalismo-crepuscular.

— (2026): “La catástrofe es la normalidad. El colapso como desorden implicado”, 15-15-15. Revista para una nueva civilización, https://www.15-15-15.org/webzine/2026/01/08/la-catastrofe-es-la-normalidad-el-colapso-como-desorden-implicado/

KRZNARIC, Roman (2022): El buen antepasado. Cómo pensar a largo plazo en un mundo cortoplacista, Madrid, Capitán Swing.

Tainter, Joseph (1988): The Collapse in the Complex Societies, Cambridge, Cambridge University Press.

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