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Marco Rubio promete «asfixiar a Cuba» hasta forzar su capitulación
Washington ya no disimula el propósito de su política hacia Cuba. Al prometer que cerrará cualquier «válvula de escape», Marco Rubio reconoce una estrategia destinada a prolongar las privaciones hasta forzar la capitulación del país. Washington ya no disimula el propósito de su política hacia Cuba. Al prometer que cerrará cualquier «válvula de escape», Marco Rubio reconoce una estrategia destinada a prolongar las privaciones hasta forzar la capitulación del país.
REDACCIÓN CANARIAS SEMANAL.ORG
Cuba atraviesa uno de sus momentos más difíciles desde el llamado Periodo Especial de la década de 1990.

El bloqueo estadounidense de combustible, los prolongados apagones, las dificultades para importar alimentos y medicamentos y el deterioro de parte de sus infraestructuras han agravado las condiciones de vida de una población sometida, además, a más de seis décadas de bloqueo económico estadounidense.
A esta situación se suma ahora una nueva ofensiva de Washington, impulsada por la Administración de Donald Trump y dirigida personalmente por su secretario de Estado, Marco Rubio.
El político de origen cubano ha hecho de la caída del Gobierno de La Habana uno de sus principales objetivos. Durante los últimos meses, sus declaraciones han escalado desde la promesa de una ayuda condicionada a cambios políticos hasta las acusaciones de espionaje, terrorismo y colaboración militar con Rusia, China e Irán. Paralelamente, Washington ha aprobado nuevas sanciones, amenazado a empresas extranjeras y tratado de cerrar las vías utilizadas por Cuba para importar combustible, obtener divisas o mantener intercambios comerciales.
La ofensiva no se presenta ya únicamente como un intento de presionar al Ejecutivo cubano para obtener determinadas concesiones. Las propias palabras de Rubio describen una estrategia destinada a impedir cualquier recuperación económica de la isla y convertir las privaciones cotidianas de su población en un instrumento para forzar un cambio de régimen.
«Cada vez que crean un nuevo mecanismo para intentar escapar de la soga, simplemente se lo cerramos más», declaró el secretario de Estado al explicar el propósito de la política estadounidense.
DE LA AYUDA CONDICIONADA A LA CAPITULACIÓN
El 20 de mayo, Rubio difundió un mensaje dirigido al pueblo cubano en el que atribuyó los apagones y la crisis económica exclusivamente a la gestión gubernamental y al control ejercido por el conglomerado empresarial GAESA. Washington, aseguró, estaba dispuesto a establecer una «nueva relación» con los cubanos y proporcionar 100 millones de dólares en ayuda, pero únicamente a cambio de lo que denominó «reformas significativas».
La propuesta presentaba el alivio de las necesidades básicas como una contrapartida vinculada a transformaciones políticas internas. Un día después, el propio Rubio redujo todavía más el margen para una posible negociación al afirmar que las probabilidades de alcanzar un acuerdo eran «bajas».
El canciller cubano, Bruno Rodríguez Parrilla, respondió acusándolo de
mentir para preparar el terreno de una posible agresión y reiteró que Cuba no representaba una amenaza para la seguridad estadounidense.
El vicecanciller Carlos Fernández de Cossío precisó que La Habana estaba dispuesta a dialogar sobre las diferencias bilaterales, pero que el sistema político cubano no podía constituir materia de negociación.
También Miguel Díaz-Canel se refirió a la supuesta oferta de ayuda.
«Si de verdad quieren ayudar al pueblo cubano, ¡déjennos vivir!», declaró el presidente ante la Asamblea Nacional.
Reclamó que Estados Unidos permitiera a la isla comerciar, importar combustible y medicamentos, recibir créditos e inversiones y mantener relaciones normales con su emigración y con el resto del mundo.
CUBA COMO «AMENAZA INTERNA»
Durante el mes de julio, el discurso de Rubio avanzó un paso más. En una reunión internacional convocada por Washington sobre el supuesto resurgimiento del «terrorismo político», el secretario de Estado presentó a la denominada extrema izquierda como una amenaza transnacional. La campaña incluyó acusaciones contra Cuba por presuntas actividades de influencia, penetración ideológica y apoyo a organizaciones radicales.
Fernández de Cossío denunció que Estados Unidos trataba de fabricar una campaña internacional sobre un inexistente «terrorismo de extrema izquierda» para justificar nuevas medidas coercitivas. Medios y académicos cubanos recordaron, además, que Washington utilizó argumentos semejantes durante la Guerra Fría para perseguir a organizaciones comunistas, movimientos sindicales y luchas de liberación nacional.
La acusación adquirió una formulación todavía más explícita el 6 de agosto. Rubio aseguró que Cuba «patrocina el terrorismo, espía a Estados Unidos, arma a radicales violentos de izquierda, difunde una ideología marxista perniciosa y sirve de base para Rusia, China e Irán». Ese mismo día, el Departamento de Estado sancionó a cinco entidades y ocho personas vinculadas con las Fuerzas Armadas cubanas, entre ellas el ministro Álvaro López Miera.
Las medidas fueron acompañadas de una advertencia a bancos y empresas de terceros países: también podrían ser castigados si continuaban prestando servicios a las entidades señaladas. De este modo, el Gobierno estadounidense volvió a emplear el peso de su sistema financiero para extender los efectos de sus decisiones más allá de sus propias fronteras.
LOS APAGONES COMO ARMA POLÍTICA
La ofensiva propagandística estuvo acompañada por un mensaje especialmente directo: si el Gobierno cubano abandonara el poder, cesarían los apagones. Eugenio Martínez Enríquez, embajador de Cuba en México, calificó esa afirmación como una de las «más groseras calumnias» difundidas por los portavoces del Departamento de Estado.
El diplomático señaló la contradicción existente entre presentar a una economía debilitada por el bloqueo como una amenaza formidable para Estados Unidos y reconocer, al mismo tiempo, que las sanciones pretenden conducirla hasta la capitulación.
Rubio terminó despejando cualquier duda el 7 de agosto, durante una entrevista con Axios. Según explicó, Cuba intentaba «ganar tiempo simulando reformas» y creando mecanismos para sortear las sanciones. Washington, prometió, cerraría cada uno de ellos.
«Lo que estamos intentando enseñarles -dijo con la expresion arrogante que le caracteriza- es que no hay válvulas de escape», garantizando que la presión continuaría durante los dos años y medio restantes del mandato de Trump.
El secretario de Estado sostuvo que Cuba carecía ahora de un patrocinador externo capaz de auxiliarla y aseguró que, al terminar la actual Administración, la isla se encontraría en una «senda irreversible hacia un futuro diferente». Su metáfora de la soga revelaba que la paciencia invocada por Washington no consistía en esperar una negociación, sino en prolongar la asfixia hasta que la sociedad cubana dejara de soportarla.
LA RESPUESTA POLÍTICA Y CULTURAL
El 8 de agosto, Díaz-Canel respondió durante la clausura del XXIV Encuentro Internacional de Partidos Comunistas y Obreros. Calificó la política estadounidense como un «castigo colectivo» concebido para provocar cansancio, desaliento y fractura social. Según los datos expuestos por el mandatario, la falta de combustible mantenía inactivos 1.400 megavatios de generación eléctrica, mientras solo estaba disponible el 30 % del cuadro básico de medicamentos.
El presidente cubano consideró las palabras de Rubio una «amenaza abierta» contra todo un pueblo y rechazó también la acusación de infiltración ideológica. «Cuba no tiene que adoctrinar a nadie. No tiene que exportar ideas. Es la historia la que imparte lecciones», afirmó.
La respuesta no ha procedido únicamente de las instituciones estatales. El Consejo Nacional de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba había dirigido el 4 de julio una carta abierta a los creadores y académicos estadounidenses. En ella acusó a Rubio de falsear la realidad cubana y alimentar el intervencionismo, y pidió a sus colegas norteamericanos que se opusieran públicamente a las amenazas militares y a la política de asfixia.
Gobierno, diplomáticos, escritores, artistas y académicos cubanos han coincidido en una idea fundamental: el sufrimiento de la población no constituye un efecto accidental de las sanciones, sino el instrumento utilizado para generar malestar y presión interna. Al prometer que Cuba no encontrará ninguna «válvula de escape», Rubio ha expresado con una crudeza poco habitual aquello que Washington ha tratado durante décadas de presentar como una política destinada a favorecer al pueblo cubano.

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