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Crecer en Palestina

Do A Terra É Redonda, 31 de agosto 2026
Por M. Reza Behnam; Traducido del inglés para Rebelión por Beatriz Morales Bastos




[Foto: una escuela improvisada en Deir al Balah, en el centro de Gaza (ONU)]

Se supone que la infancia es un camino de descubrimientos progresivos, un cúmulo de tardes soleadas, de rodillas con rasguños, de días de escuela sin preocupación alguna y de ir afianzando la identidad de forma gradual y segura.

Sin embargo, para una niña o un niño palestino que crece en los campos de la muerte de Gaza o en la ocupada Cisjordania este santuario protegido no existe. En Cisjordania se les obliga a navegar por un laberinto de obstáculos ideados por el Estado (muros de hormigón, checkpoints, barreras, vigilancia, incursiones militares y ataques de ocupantes ilegales, los “colonos”). Maduran a la sombra del muro de “separación”, unos bloques de hormigón que dictaminan si pueden visitar a su familia, jugar al aire libre o recibir la asistencia médica necesaria.

Los sonidos de la ocupación militar que jalonan el día de niños y niñas no presagian nada bueno. Despertar en plena noche con soldados armados que irrumpen por la fuerza en sus hogares gritando insultos y órdenes deja un miedo permanente y una profunda huella en la personalidad de las y los niños pequeños, una huella que persiste mucho después del amanecer.

En el campo de concentración de Gaza niños y niñas simplemente tiene la esperanza de que llegue otro día. Varias generaciones han llegado a la edad adulta considerando el propio horizonte un límite insoportable.

Las y los niños que viven bajo la ocupación asimilan los temores de sus progenitores mucho antes de adquirir las palabras necesarias para entenderlo. El trauma de ver a los soldados humillar y maltratar a sus padres y madres o de ver demoler sus hogares deja a los y los niños unos recuerdos que el tiempo no cambia.

Bajo la ocupación el juego da paso a una constante vigilancia. Niñas y niños aprenden a interpretar a los soldados, a calcular caminos seguros para ir a la escuela y volver, y a vivir cada día con miedo e incertidumbre.

Muchos organismos internacionales, como el Fondo Internacional de Emergencia de las Naciones Unidas para la Infancia, y asociaciones que se dedican a la salud mental han documentado unos índices muy altos de problemas psicológicos entre la juventud palestina que se manifiestan en ansiedad crónica, problemas de sueño, mojar la cama por la noche y un profundo sentimiento de impotencia. Los traumas no son episódicos. Dado que la ocupación y la violencia son continuos, las heridas emocionales y físicas permanecen abiertas perpetuamente.

La escuela no es un refugio seguro bajo la ocupación. Niños y niñas de Cisjordania viven sus jornadas escolares (que se interrumpen con frecuencia) bajo una inmensa presión. El peligroso trayecto andando a la escuela implica atravesar zonas en las que hay munición sin detonar, controles militares, barreras de “seguridad” y las constantes amenazas de los ocupantes ilegales (los colonos), y de los soldados.

Al estar dañadas o destruidas más del 95% de las escuelas de Gaza, solo una parte, aproximadamente un tercio, de los cerca de 700.000 niñas y niños en edad escolar tiene acceso a las limitadas e improvisadas tiendas de campaña informales en las que se da clase, la vasta mayoría sigue sin poder asistir a la escuela. A pesar de todos los obstáculos las y los niños palestinos siguen teniendo un interés enorme por la educación, una de las pocas herramientas de autodeterminación de las que todavía disponen.

La infancia en Palestina se define por medio de contradicciones. Unas vidas jóvenes, que tienen un potencial inmenso, están obligadas a esquivar barreras institucionales y medioambientales creadas para destruir estas vidas. Crecer en Palestina si se es palestino ha significado que:Durante 80 años el fragor de la guerra ha ahogado la apenas audible promesa de paz.
Durante 80 años sucesivas generaciones han vivido una existencia que no han elegido.
Durante 80 años sucesivas generaciones han cargado con el peso de una dignidad sin patria, donde cada sencillo derecho de la infancia se convierte en un acto radical de rebelión.
Durante 80 años sucesivas generaciones han vivido un presente robado, han transitado hacia un futuro en el que la normalidad es un sueño inalcanzable y en el que siguen siendo los guardianes de un mañana que está por escribir.
Durante 80 años sucesivas generaciones han aprendido desde muy jóvenes que la vida real significa hacer frente a la muerte sin que sea posible evitarlo.
Durante 80 años sucesivas generaciones han sido encarceladas en un sistema creado para aniquilar su talento y destruir con su ánimo.
Durante 80 años el régimen sionista no ha logrado acabar con ese ánimo.
Durante 80 años el resiliente ánimo de los y las niñas palestinas ha sido una acusación contra un mundo que fue testigo de la catástrofe y no hizo nada.

La esencia de la infancia persiste tenazmente en medio de la omnipresente opresión. El pueblo palestino encuentra la manera de aprender, de jugar y de reír. Y, lo que es más importante, de cultivar una firme solidaridad mutua y el respeto a su herencia.

Recientemente se pudo ver este fuerte sentimiento de unidad cuando una niña de 13 años, Saida Abdullah, y sus compañeros de clase se reunieron al principio de la jornada escolar en un aula improvisada de la ciudad de Gaza. De pie ante sus compañeros y compañeras, Saida los animó a corear estas valientes consignas: “Viva Palestina árabe y libre” y “Gloria eterna a nuestros justos mártires”.

Cada nueva generación de niñas y niños palestinos ha tenido que cargar con el pesado fardo de la falta de un Estado y de la supervivencia. Aunque lo han hecho de manera muy valiente, el camino para acabar con los horrores requiere que la comunidad internacional se comprometa a actuar. Exige un marco obligatorio de reparaciones integrales, que incluyan compensaciones materiales, la restitución institucional, la garantía de rehabilitación y el castigo a quienes han sido responsables.

El dinero puede reconstruir las infraestructuras, las escuelas y las instalaciones sanitarias, pero nunca puede revertir la destrucción deliberada de la infancia.

La verdadera justicia para una generación herida emocionalmente por la pérdida de sus padres, por la amputación de sus extremidades y por la pérdida del derecho fundamental a la seguridad empieza por la admisión formal de su culpa por parte del Estado [de Israel] y la imposición del castigo. En última instancia, además de la expiación, una verdadera reparación por los crímenes cometidos durante más de 80 años requiere una garantía segura y que se pueda cumplir de que se devuelve Palestina al pueblo palestino. Solo entonces comenzará, en su propia tierra, el proceso de sanación y de crecer de manera digna, un proceso que durará toda la vida.

Dr. Reza Behnam es un politólogo especializado en política comparada centrada en Asia Occidental. Su libro Cultural Foundations of Iranian Politics, publicado por University of Utah Press y que se sigue publicando, fue reconocido por Choice como “Libro académico destacado” de 1987-1988.

Texto original: https://znetwork.org/znetarticle/growing-up-palestinian-in-palestine/

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