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Cómo el capitalismo socava la democracia

Entrevista al profesor de sociología de la Universidad de Nueva York Vivek Chibber


Do Rebelión, 15 de agosto 2026
Por Melissa Naschek: Jacobin




Milton Friedman sostenía que el capitalismo era el hábitat natural de la democracia. No podía estar más equivocado.

Pensadores libertarios como Milton Friedman suelen sostener que el capitalismo no solo dio origen a la democracia, sino que además constituye el sistema económico ideal para complementarla. Pero, aunque el capitalismo haya creado las condiciones para la democracia, en realidad es el principal obstáculo para garantizar plenamente los derechos democráticos.

En este nuevo episodio de Confronting Capitalism, el pódcast de Jacobin Radio, Vivek Chibber y Melissa Naschek analizan las luchas obreras que fueron decisivas para el surgimiento de la democracia y explican por qué, en un sistema construido en torno al beneficio, la clase dominante se opone a ella. Confronting Capitalism con Vivek Chibber es una producción de Catalyst: A Journal of Theory and Strategy. El episodio completo puede escucharse aquí.

Melissa Naschek. Últimamente se ha discutido mucho sobre el estado de la democracia, en particular en Estados Unidos, aunque también en el resto del mundo. Existe una gran preocupación por la estabilidad de la democracia en el capitalismo moderno. Así que hoy me gustaría que analizáramos, en términos generales, la relación entre capitalismo y democracia.

Vivek Chibber. La verdadera naturaleza de la relación entre capitalismo y democracia es una cuestión absolutamente central. Históricamente, la izquierda la ha considerado una de sus preguntas fundamentales, pero también lo ha hecho la derecha.

Si uno lee Capitalismo y libertad, de Milton Friedman, uno de los clásicos del pensamiento neoliberal moderno, encontrará una defensa muy enfática de la conexión entre capitalismo y democracia. En muchos sentidos, Friedman reproducía ciertos argumentos marxistas cuando sostenía que el capitalismo no solo es compatible con la democracia, sino que constituye además el mejor sistema posible para ella. Y lo contraponía a la Unión Soviética.

Cuando se comparan las democracias liberales con la Unión Soviética, Friedman tiene bastante fácil la argumentación. En una economía controlada por el Estado, donde el gobierno planifica de manera autoritaria, les dice a los productores qué deben producir y en qué cantidades, y les indica directa o indirectamente a los trabajadores dónde y cuándo trabajar, no puede haber democracia, porque las decisiones fundamentales están directamente controladas por el gobierno.

Friedman sostiene que, en un mercado libre, la libertad de elección en el mercado se traduce fácilmente en libertad de elección en la política. De ese modo, su obra se convierte en una defensa del capitalismo no solo como un sistema eficiente, sino como el sistema que promueve la libertad en el mayor grado posible.

¿Estás de acuerdo con Friedman en que el capitalismo es el sistema económico ideal para promover la democracia?

No. Si lo fuera, no tendríamos razones para ser anticapitalistas. Quienes intentamos promover una mayor libertad y una mayor democracia terminamos siendo también anticapitalistas. Eso significa que señalamos ciertos defectos del capitalismo que socavan sistemáticamente las aspiraciones y los valores democráticos.

Dicho esto, es correcto afirmar que el capitalismo sentó las bases de la democracia. Por lo tanto, tenemos que examinar ambas cosas. Deberíamos comenzar viendo de qué manera el capitalismo sentó las bases de la democracia y pasar luego a explicar por qué, a pesar de ello, existen tensiones importantes entre la economía capitalista y la política democrática.

Entonces, ¿de qué manera sentó el capitalismo las bases de la democracia?

Para entenderlo, conviene observar lo que existía antes del capitalismo, cuando no había democracia, y preguntarnos por qué los sistemas económicos que lo precedieron hacían imposible la democracia. En Europa y en buena parte del mundo no europeo, ese sistema se denominaba feudalismo.

La esencia del feudalismo consistía en que las élites dominantes ejercían una autoridad personal directa sobre los campesinos y sus familias. Y necesitaban ejercer esa autoridad y ese poder individual sobre ellos porque esa era la única manera de extraerles un excedente.

Esos campesinos poseían sus propias tierras. Tenían control sobre ellas, lo que significaba que podían procurarse alimentos, vivienda y recursos básicos sin depender en absoluto de la nobleza feudal ni de las clases terratenientes. Si las clases terratenientes feudales desaparecían, los campesinos podían seguir viviendo perfectamente, lo que significa que no las necesitaban en absoluto.

Entonces, ¿cómo extraían los señores feudales un excedente de los campesinos si estos no los necesitaban? Mediante amenazas físicas, coerción directa, el ejercicio de derechos monopólicos y restricciones a la movilidad campesina. Esto se acentuaba con la servidumbre, pero incluso sin ella existían todo tipo de formas institucionalizadas de control y autoridad sobre los campesinos, que hacían de la coerción y las amenazas físicas elementos absolutamente esenciales del sistema.

En un sistema de esas características, aquello que constituye la esencia de la democracia se vuelve imposible. ¿Y cuál es la esencia de todo sistema democrático? La igualdad formal. La posibilidad de que cada persona tenga la misma voz dentro del sistema político.

El capitalismo en el nacimiento de la democracia

En otras palabras, estás diciendo que en un sistema feudal una autoridad estatal, o algo análogo, es esencial para extraer el excedente.

Ya sea que miremos a India, China o Europa, todos los sistemas feudales tenían algo en común: las clases terratenientes locales poseían también el monopolio del poder y de la autoridad política sobre sus campesinos. Los señores podían gobernar directamente a su antojo en las localidades que controlaban, lo que significaba que los campesinos sencillamente nunca podían tener los mismos derechos políticos que ellos. Era imposible desde el comienzo. Si hubieran tenido los mismos derechos políticos, los señores habrían perdido su capacidad de extraerles un excedente.

Si lo comparamos con la actualidad, imaginemos que nuestro jefe tuviera autoridad total para decidir dónde vivimos y qué hacemos en nuestro tiempo libre, y además tuviera la facultad de castigarnos físicamente. Es un sistema muy distinto.

Imaginemos que en ese sistema se les concedieran derechos iguales a los trabajadores. Sería imposible. El sistema colapsaría. Para poder reproducirse, la clase señorial en su conjunto tenía que negar incluso la posibilidad de que los campesinos gozaran de derechos iguales.

¿Qué ocurre cuando se pasa a una economía capitalista? La esencia de una economía capitalista consiste en que los capitalistas son propietarios de los medios de producción, mientras que en el feudalismo eran los campesinos quienes tenían control sobre ellos.

Una vez que los capitalistas controlan los medios de producción, es decir, las fábricas y la tierra, los campesinos dejan de tener derechos sobre la tierra. A partir de entonces, la única manera en que los trabajadores, ya sean agricultores, campesinos o proletarios, pueden sobrevivir es saliendo a buscar empleo, porque ya no pueden mantenerse con su propia tierra. No son propietarios de ella.

Salir a buscar empleo significa tener que acudir a empleadores dispuestos a contratarte. Esto significa que los empleadores ya no necesitan coaccionarte ni restringir tu movilidad como ocurría bajo el feudalismo. Pueden limitarse a esperar que los trabajadores, sean asalariados agrícolas del campo u obreros urbanos de las ciudades, acudan a ellos.

Y esto es muy importante: como no necesitan salir a buscar físicamente a esas personas y obligarlas a ir a trabajar, al menos en principio el hecho de que esos trabajadores tengan derechos políticos formales no perjudica ni socava el proceso de reproducción de clase. Tampoco perjudica ni socava el poder económico de la clase empleadora. Se les puede conceder poder político a los trabajadores sin que eso amenace el poder económico de los empleadores. En cambio, bajo el feudalismo, conceder poder político a los campesinos habría destruido el poder económico de los señores.

Una forma de pensarlo es que, en el capitalismo, existe al menos potencialmente una separación entre poder económico y poder político. En todos los sistemas anteriores, como la esclavitud, el feudalismo o los sistemas tributarios, el rasgo común, a pesar de las muchas diferencias entre ellos, era la fusión del poder político y el poder económico.

Por lo tanto, Friedman tiene razón en un sentido: el capitalismo efectivamente sienta las bases para la democracia, porque la clase dominante en el capitalismo, la clase capitalista, puede renunciar al poder político directo sobre las personas explotadas sin renunciar al mismo tiempo a su poder económico.

La pregunta es si, aunque permita la democracia, el capitalismo constituye el sistema ideal o el mejor sistema posible para ella. Y la respuesta es no.

¿Por qué?

Veamos simplemente los hechos. El capitalismo surgió en el noroeste de Europa entre fines del siglo XV y comienzos del XVI, y durante los siglos siguientes se extendió primero al resto de Europa y luego al resto del mundo.

En términos generales, podemos decir que hacia 1550 el capitalismo ya estaba bastante consolidado en el noroeste europeo. La democracia no aparece hasta comienzos del siglo XX. Entonces, ¿por qué hicieron falta 350 años?

Porque, aunque los capitalistas pueden funcionar sin ejercer directamente el poder político, prefieren muchísimo ejercerlo cuando pueden. Y esto es algo que debemos analizar. ¿Qué lugar ocupa la dominación política dentro del capitalismo si esta no es una condición previa para su existencia?

Creo que también sería importante precisar de qué formas de dominación política estamos hablando.

Empecemos por el lugar del poder político dentro del capitalismo. En el feudalismo era necesario obligar físicamente a los campesinos a trabajar para uno, porque tenían su propia tierra. ¿Por qué iban a ir a tus tierras a trabajar para ti si no estaban obligados a hacerlo?

En el capitalismo no es necesario obligar a los trabajadores a presentarse a trabajar. Ellos mismos buscarán empleo porque no tienen ninguna otra manera de sobrevivir.

Esto podría hacer pensar que los capitalistas ya no necesitan ejercer poder político sobre los trabajadores, pero no es así. En otros episodios hablé de lo que implica la explotación. Para los trabajadores, conseguir un empleo resuelve un problema enorme: ahora tienen alguna forma de obtener el dinero que necesitan para sobrevivir. Pero una vez que entran al lugar de trabajo se abre toda una serie de conflictos nuevos. El patrón intenta hacerlos trabajar tan rápido y tan intensamente como sea posible, muchas veces a ritmos que los perjudican directamente. Les paga salarios más bajos de los que ellos quisieran. Los obliga a trabajar más horas de las que desearían. Todos estos son aspectos del trabajo que consideran perjudiciales y objetables, y que les generan resentimiento.

Su reacción natural, una vez en el trabajo, es trabajar solo con la rapidez y la intensidad estrictamente necesarias. Esto significa que intentan escatimar esfuerzos y contenerse, de modo que la intensidad y la calidad de su trabajo se mantengan a un ritmo menos perjudicial para ellos que el que desearía el patrón.

Hay otro aspecto de esto que ya mencionamos antes: en el capitalismo los trabajadores dejan de ser propietarios de los medios de producción. Eso significa que ya no tienen derecho a decidir cómo se realiza el trabajo. Quedan a merced de quienes sí poseen esos medios y, por lo tanto, pierden el control sobre el proceso mediante el cual se producen las cosas.

Como existe este conflicto de intereses, los empleadores no pueden confiar en que los trabajadores proporcionen la cantidad y la calidad de trabajo que ellos desean. ¿Cómo consiguen entonces esa cantidad y esa calidad? Curiosamente, solo lo consiguen ejerciendo control sobre los trabajadores. ¿Qué tipo de control? De eso se ocupa la dirección empresarial.

Desde el comienzo existió una tensión entre la posibilidad de una democracia formal y la economía capitalista.

Aunque no obligas a los trabajadores a presentarse a trabajar para ti, una vez que están en el trabajo sí tienes que darles órdenes. Tienes que amenazarlos. La amenaza típica es: «Haz lo que quiero o te despido». Pero también puede ser: «Haz lo que quiero o te bajo el salario»; «haz lo que quiero o te asigno un puesto peor dentro de la empresa». Existen todo tipo de mecanismos mediante los cuales los empleadores siguen amenazando a sus trabajadores.

La diferencia con el feudalismo es la siguiente. Bajo el feudalismo hay que salir a buscar a los trabajadores, llevarlos hasta la tierra y obligarlos a trabajar. Una vez allí, en gran medida trabajan a su propio ritmo.

En el capitalismo, los capitalistas no necesitan obligar a los trabajadores a acudir a trabajar para ellos. Pero una vez que llegan al trabajo, necesitan ejercer autoridad sobre ellos para conseguir que trabajen al nivel que desean. Los trabajadores, por su parte, intentan utilizar todo el poder que tienen para acercar el ritmo de trabajo a sus propios intereses, al ritmo que ellos preferirían, y utilizan todo el poder y la capacidad de presión de que disponen para negociar mejores salarios.

Esto significa que en el lugar de trabajo existe una lucha por determinar quién tiene más poder, quién posee mayor capacidad de negociación y quién puede fijar las condiciones laborales. Y eso hace que los capitalistas intenten por todos los medios asegurarse de que los trabajadores carezcan de capacidad de presión en las negociaciones dentro del lugar de trabajo.

Ahora bien, ¿por qué debería esto importar para la democracia?

Una de las cosas que otorga a los trabajadores capacidad de presión dentro de los conflictos laborales son los derechos políticos. Si tienen, por ejemplo, el derecho político a contar con representantes propios en el gobierno, esos representantes pueden aprobar leyes que protejan a los trabajadores en el lugar de trabajo. Una de esas leyes puede reconocer el derecho de los trabajadores a organizar sindicatos.

Durante los primeros trescientos o cuatrocientos años de historia del capitalismo, de hecho, los sindicatos fueron ilegales. ¿Por qué? Básicamente porque los empleadores no querían que sus trabajadores tuvieran derecho a organizarse y negociar colectivamente, porque eso les proporcionaba más fuerza frente a ellos.

Había además todo tipo de derechos políticos que podían tener los trabajadores, incluido el derecho al voto. Durante casi toda la historia del capitalismo y hasta tiempos relativamente recientes, los trabajadores estuvieron privados de ese derecho. ¿Por qué? Porque, si podían votar, podían llevar al gobierno a partidos y promover leyes que los colocaran en mejores condiciones para negociar frente a sus empleadores.

Irónicamente, aunque el capitalismo sentó las bases de la democracia al separar el poder económico del poder político, mientras los capitalistas pudieron ejercer unilateralmente el poder político estuvieron encantados de hacerlo, porque eso les permitía ejercer una presión mayor sobre los trabajadores en el lugar de trabajo y extraerles un excedente mayor.

Esto significa que desde el comienzo existió una tensión entre la posibilidad de una democracia formal y la economía capitalista. ¿Cómo se manifestó concretamente esa tensión? En el hecho de que, desde el nacimiento mismo del capitalismo, los capitalistas combatieron la igualdad política y los derechos formales de sus trabajadores, porque esos derechos habrían alterado la relación de fuerzas entre las dos clases en la esfera económica.

Entonces, si existe este conflicto dentro del capitalismo, ¿cómo fue posible que llegáramos a tener democracia?

En otras palabras, ¿de dónde surge la democracia si los sectores más poderosos de la sociedad, los capitalistas, en realidad no quieren verla?

Quiero insistir en esto. Cada vez que hemos visto surgir una democracia, en todos los países, el factor constante ha sido que las élites económicas y los empresarios se opusieron a ella. Eso ocurrió en el Sur Global, en Asia, en Medio Oriente, en América Latina, en Europa y en Estados Unidos. Entonces la pregunta es: ¿cómo se consiguió la democracia?

La respuesta es que la gente común luchó por ella durante muchísimo tiempo. Las luchas por lo que hoy llamaríamos una verdadera democracia formal, es decir, el sufragio universal y los derechos políticos, comienzan en Europa en el siglo XVII, con la Revolución inglesa de 1640. Luego aparecen en la Revolución francesa y en la Revolución estadounidense. Pero esos fueron simplemente los estallidos más grandes de esas reivindicaciones.

Lo que realmente observamos es una reivindicación y una lucha constantes e ininterrumpidas por los derechos democráticos por parte de las clases trabajadoras desde el comienzo mismo del capitalismo. Y no fue hasta principios del siglo XX que apareció algo que hoy reconoceríamos como democracia: garantías básicas de los derechos individuales y sufragio universal.

¿De dónde surgió la democracia? Comenzó con movimientos desde abajo. Pero no es casualidad que la velocidad con que se conquistaron los derechos democráticos se acelerara enormemente en las décadas de 1880 y 1890. Fue entonces cuando nació el movimiento sindical moderno.

Son los trabajadores quienes tienen interés en disponer de derechos democráticos, porque la clase trabajadora necesitaba la democracia para defenderse frente a las élites, tanto dentro como fuera del lugar de trabajo. Pero hasta que los trabajadores pudieron organizarse como clase mediante el movimiento sindical, tuvieron muy pocos medios para conseguirla.

Entre 1880 y 1920, después de casi trescientos años de reivindicaciones democráticas, se produce una aceleración muy rápida en el movimiento hacia los derechos democráticos modernos. Y esto se debe a que fue el movimiento sindical moderno el que finalmente pudo hacerlos realidad.

Así que, irónicamente, Friedman tiene algo de razón: hay algo en el capitalismo que hizo posible la democracia. Pero lo que no dice, y debería haber dicho, es que para convertir esa posibilidad en realidad fue necesario superar el poder de la clase central del capitalismo: los capitalistas.

Marx sobre la democracia

Si realmente fueron los trabajadores los responsables de la democracia moderna, ¿por qué incluso marxistas anteriores, incluido el propio Karl Marx, afirmaban que los capitalistas y la burguesía habían sido responsables de crear la democracia?

Es una pregunta interesante. Marx aceptaba la idea de que los momentos decisivos de la marcha hacia la democracia se produjeron en lo que se denominaban revoluciones burguesas: las revoluciones de 1640 y 1688 en Inglaterra, la de 1776 en Estados Unidos y la de 1789 en Francia. Consideraba que la burguesía había desempeñado un papel importante al colocar la democracia en la agenda.

También comprendió, en parte a través de su propia experiencia personal, que, aunque la burguesía hubiera puesto la democracia en la agenda al destruir el poder feudal, introducir la igualdad de derechos en el terreno político e incluso luchar por ciertos derechos políticos, al mismo tiempo restringía el alcance de esos derechos. Fue la clase trabajadora la que tomó esos derechos y los universalizó. Marx sí percibió esto.

Conviene señalar que Marx no escribió demasiado sobre las revoluciones burguesas. Si reuniéramos todos sus escritos sobre el tema, probablemente ocuparían unas ochenta o noventa páginas en un libro moderno. Y eso siendo generosos.

Hasta que los trabajadores pudieron organizarse como clase mediante el movimiento sindical, tuvieron muy pocos medios para conquistar la democracia.

Pero después, en la Segunda y la Tercera Internacional, esta idea de una burguesía revolucionaria, que Marx siempre había defendido con cierta cautela, terminó convirtiéndose en una ortodoxia. En vez de afirmar que la burguesía había luchado por una concepción restringida de los derechos, pasó a imponerse la idea de que había sido la burguesía la que realmente había traído la democracia. La burguesía habría luchado por la democracia, habría creado el liberalismo y luego ese liberalismo habría sido otorgado a la clase trabajadora.

Por eso, si miramos retrospectivamente la historia del pensamiento marxista, creo que hasta cierto punto Marx puede ser criticado, pero es sobre todo a partir de la generación de Karl Kautsky y Vladimir Lenin, y especialmente desde la década de 1930, cuando se consolidó una narración en la que la clase trabajadora prácticamente desaparece y es la burguesía ascendente la que nos entrega la democracia.

Aunque esto exculpa a Marx hasta cierto punto, hay que señalar que también él exageró en cierta medida el papel de la burguesía, incluso en el sentido limitado en que estaba dispuesto a reconocerlo. Es cierto que la Revolución francesa puso los derechos democráticos en la agenda. También es cierto que se proclamó una concepción restringida de la democracia. Pero quienes reclamaban esos derechos y luchaban por ellos nunca fueron la burguesía.

La burguesía tal como concebimos esa clase, es decir, la clase capitalista que emplea trabajo y trata de maximizar beneficios, en realidad no existía en Francia en ese momento. Lo que entonces denominaban burguesía es lo que hoy llamaríamos las clases profesionales.

Si observamos actualmente a las clases profesionales, no debería sorprendernos que sus equivalentes de entonces quisieran cierto grado de democracia. Querían un sistema en el que fuera posible progresar por mérito, donde no se pudieran comprar los cargos políticos, donde las élites tuvieran alguna participación en el sistema y esta no estuviera reservada exclusivamente a la nobleza y la aristocracia. No tiene nada de sorprendente, porque las clases medias actuales quieren algo parecido.

Pero, al igual que las clases medias de hoy, las clases medias de entonces sentían un considerable desprecio por la gente común. Las clases profesionales francesas no lucharon por la democracia para quienes estaban por debajo de ellas.

Marx reconoció esos límites, pero caracterizó y clasificó erróneamente a esa clase de profesionales como burguesa. Así que, en sentido estricto, no solo se equivocó al atribuir a la burguesía el papel de luchar por una democracia limitada: también se equivocó al pensar que en Francia existía realmente una burguesía en 1789.

Este es otro caso en el que podemos recurrir al registro histórico para corregir a Marx y a los marxistas, pero esa corrección termina acercándonos más a las afirmaciones fundamentales de la teoría marxista que las posiciones defendidas por el propio Marx y sus seguidores.

El capitalismo contra la democracia

Has dicho que, en lo que respecta al modo en que conquistamos la democracia, los capitalistas no solo no lucharon por ella, sino que, debido a su conflicto directo con los trabajadores, en realidad lucharon contra ella. Pero hay otra cuestión distinta. Una vez establecida la democracia, ¿es compatible con el capitalismo? ¿Es el capitalismo capaz de sostenerla?

Sin duda sigue siendo compatible con él, pero la tensión subyacente nunca desaparece. Esto significa que, bajo el capitalismo, la democracia siempre está amenazada. Siempre corre peligro.

La razón nos remite a esa misma tensión fundamental de la que hablaba. Los capitalistas están impulsados por una cosa y solo una: maximizar sus beneficios. Y descubren que una clase trabajadora plenamente incorporada a la ciudadanía política, con sus propios partidos e instituciones políticas, constituye un obstáculo para lo que idealmente querrían los capitalistas: disponer de un poder total sobre lo que ocurre en el lugar de trabajo, sobre cómo se fijan los salarios, sobre cómo viven sus vidas los trabajadores y sobre qué tipo de reivindicaciones pueden formular.

Incluso después de que se establece la democracia, los capitalistas nunca dejan de erosionar las instituciones que otorgan poder a los trabajadores dentro del sistema político.

Exactamente. Incluso una vez establecida la democracia, los capitalistas nunca dejan de erosionar las instituciones que permiten a los trabajadores acceder al sistema político y ejercer poder dentro de él. Siguen combatiendo a los sindicatos y debilitando su poder. Intentan debilitar a los partidos de la clase trabajadora. Y, por supuesto, tratan por todos los medios posibles de limitar la eficacia del sufragio como herramienta política.

¿Cómo pueden limitarlo? Aumentando los obstáculos para que los trabajadores voten, restringiendo el acceso al sistema político, dificultando el registro electoral. Todo esto forma parte del arsenal de la burguesía.

Y allí donde la gente común no puede ejercer eficazmente un contrapeso frente a la influencia capitalista, vemos cómo se erosionan las instituciones que permiten el acceso de la clase trabajadora al sistema y, junto con ellas, también disminuye la participación de los trabajadores.

Cuando eso ocurre, el resultado es un aumento del poder sin contrapesos del capital dentro del Estado, los partidos políticos y el sistema político. Y esto significa que las democracias se vuelven menos saludables. Las democracias empiezan a transformarse en oligarquías.

Hoy está perfectamente establecido dentro de la ciencia política que las democracias más saludables son aquellas donde existen instituciones más sólidas de la población trabajadora. ¿Qué entendemos por democracias saludables? Podemos medir cosas como el nivel de participación electoral, cuánto reflejan realmente las leyes las preferencias de la gente común o en qué medida esta participa en el sistema político. Todo esto puede cuantificarse. Y lo que vemos, de manera consistente, es que en todos los países donde la población cuenta con instituciones propias robustas, como sindicatos, partidos políticos propios, asociaciones barriales y organizaciones similares, los resultados políticos son mejores y más democráticos.

En aquellos países donde las instituciones de los trabajadores son más débiles, donde los partidos de izquierda son más débiles, donde los partidos obreros son débiles o inexistentes y los sindicatos también son débiles o inexistentes, encontramos algo parecido a una dominación total del sistema político y del Estado por parte del capital. Es decir, algo más próximo a una oligarquía. De modo que ese desequilibrio entre trabajadores y capitalistas dentro del sistema político es construido y mantenido por los capitalistas en la medida de sus posibilidades. Esto significa que nunca desaparece realmente la tensión entre, por un lado, un sistema democrático plenamente funcional y saludable y, por otro, el capitalismo como sistema económico y los incentivos que genera.

¿Hay alguna manera de determinar cuán democrática es nuestra sociedad actual? ¿Y la democracia es una cuestión de cantidad o de calidad?

La democracia es siempre una cuestión de calidad, pero existe una manera de evaluar cuantitativamente esa calidad. La forma convencional de medir estas cosas consiste en observar quién participa en las instituciones democráticas, cuánto participa y hasta qué punto las leyes reflejan las preferencias y deseos de la población.

Tomemos Estados Unidos, por ejemplo. ¿Quién participa en la democracia?

Hay varias formas de medirlo. Una de ellas es la participación electoral. Y lo que vemos es que en Estados Unidos es muy baja, lo que significa que la democracia no funciona bien. Muchísima gente no participa. Pero lo más importante es que la participación está sesgada según el nivel de ingresos. No es que un 70 por ciento de la población no participe y que ese 70 por ciento sea una muestra aleatoria, sino que es el 70 por ciento más pobre el que no participa. Así que no solo existe una baja participación, sino una participación concentrada entre los ricos y una ausencia de participación entre los pobres.

Podemos ir un paso más allá y observar los niveles de asociación política. Los profesionales y las clases altas están mucho más organizados políticamente. Un porcentaje muchísimo mayor de ellos pertenece a organizaciones políticas capaces de defender sus intereses, en comparación con los trabajadores y los pobres.

También existen otros indicadores de participación política: con qué frecuencia llamas a tu representante político, cuánto contacto tienes con él. Y, una vez más, también encontramos aquí una enorme desigualdad en función del nivel de ingresos.

Otro indicador son los recursos. ¿Quién dona dinero a los candidatos? ¿Cuánto dona? De nuevo, son los ricos quienes más dinero aportan a los candidatos y quienes mayor influencia ejercen sobre ellos.

Podemos medir de dónde viene el dinero, de qué familias procede y cuál es el nivel de ingresos de quienes realizan las donaciones. Otra vez encontramos un sesgo enorme en función de los ingresos. El tercer indicador, y el más devastador, aparece cuando observamos las leyes que efectivamente se aprueban, las comparamos con las encuestas de opinión y vemos si las leyes expresan realmente las preferencias de la población.

Voy a dar un ejemplo muy claro. Desde hace cincuenta años, prácticamente todas las encuestas muestran que una amplia mayoría, incluso una supermayoría, de los estadounidenses quiere un sistema nacional de salud gratuito y accesible. Durante todo ese período no se ha producido siquiera el más mínimo avance en esa dirección. Toda la política sanitaria se ha orientado a evitar precisamente esa alternativa.

Este es solo un ejemplo, pero hay muchos más. Existe una literatura muy sólida que muestra que, si comparamos las políticas implementadas con las preferencias de los estadounidenses, las políticas coinciden de manera muy precisa con las preferencias del 10 por ciento más rico de la población y prácticamente no guardan relación alguna con las preferencias de la mitad más pobre.

Todas estas son formas de medir cuantitativamente la calidad de la democracia. Y en cada una de ellas Estados Unidos constituye un caso extremo. Es, con mucha diferencia, el país menos democrático del mundo capitalista avanzado.

Capitalismo y autoritarismo

Estás explicando cómo un sistema capitalista tiende hacia una forma oligárquica de gobierno. Pero podemos avanzar un paso más y pensar en una forma autoritaria de gobierno. ¿También podemos responsabilizar al capitalismo por eso, o se trata de una cuestión distinta de las tensiones que estás describiendo?

No. Creo que en toda economía política capitalista existe un impulso muy fuerte hacia el autoritarismo, salvo que esté contenido por las instituciones políticas de los trabajadores comunes.

La actual época de retroceso democrático presenta un rasgo común en todo el mundo: comenzó después del declive de la izquierda. ¿Qué queremos decir con esto?

La izquierda siempre se apoyó en dos tipos de instituciones: partidos políticos sólidos que luchaban por los derechos de los trabajadores e instituciones económicas como los sindicatos y las organizaciones de agricultores y campesinos. Todas esas instituciones fueron desmanteladas durante la era neoliberal. Y a medida que eran desmanteladas se reducía enormemente la capacidad de la gente común para organizarse y luchar por sus intereses, tanto en la economía como en la política.

La actual época de retroceso democrático es una consecuencia directa de la ofensiva burguesa contra las instituciones políticas y económicas de los trabajadores.

Esto no debería sorprendernos: ese era precisamente el objetivo. El objetivo central del neoliberalismo consistía en reducir el poder de los trabajadores para que las élites económicas pudieran recuperar todos los privilegios dentro y fuera del lugar de trabajo de los que habían disfrutado en los tiempos dorados anteriores al movimiento sindical.

Es irónico que Milton Friedman, básicamente el padre filosófico del neoliberalismo, sea precisamente quien habla de cómo el capitalismo sostiene la democracia, mientras al mismo tiempo defiende un sistema que la ataca sistemáticamente.

Ese era el complemento ideológico de su programa económico. Destruyes la capacidad de la gente común para influir realmente en el sistema político y participar en él, mientras les repites permanentemente que viven en el mejor sistema posible.

Claro. Supongo que, mientras sigas llamándolo «libre» y lo repitas una y otra vez a los gritos, se supone que la gente no debería darse cuenta de que le están quitando derechos y de que su vida está empeorando.

Les dices que son libres para recibir órdenes de sus jefes, libres para vivir en la precariedad, libres para elegir lo que quieran y comprar lo que quieran con el dinero que no tienen.

Una vez que todas esas instituciones han sido desmanteladas, no debería sorprendernos en absoluto que a continuación aumenten la corrupción del sistema político, la captura por parte de las élites, la orientación de todas las leyes hacia sus intereses y el completo desmantelamiento de la red de protección social.

Después de eso tampoco debería sorprendernos que entre las masas de votantes aparezca una oleada de cinismo, ira y desaliento. Porque lo que ven es que, aunque formalmente conservan todos los derechos de una democracia, se les ha arrebatado la capacidad real de participar. Esa capacidad siempre dependió de disponer de algún tipo de institución colectiva que reuniera a las personas y les permitiera dar voz a sus preferencias y necesidades. La actual era de retroceso democrático es una consecuencia directa de la ofensiva burguesa contra las instituciones políticas y económicas de los trabajadores.

Los demócratas y la democracia

Es interesante que menciones la corrupción, porque cuando hablamos del retroceso democrático actual y de las luchas actuales por salvar la democracia existe una gran división dentro de la política estadounidense. Se supone que los liberales son quienes luchan contra la corrupción, es decir, contra Donald Trump, mientras que los conservadores y los republicanos, como mínimo, la toleran y, como máximo, la facilitan activamente. ¿Significa eso que los demócratas son, en cierto sentido, más hostiles a la clase capitalista, porque combaten estas cosas?

No, no creo que signifique eso. Significa que a los demócratas les preocupa más el ataque descarado y abierto contra las instituciones burguesas, mientras que los republicanos están más dispuestos a aceptarlo. Ambos partidos han participado en el debilitamiento y el desmantelamiento de las instituciones políticas básicas, lo que vuelve inevitables tanto la captura por parte de las élites como las formas corrientes de corrupción.

Una forma abierta y evidente de corrupción es el financiamiento de las campañas electorales. Tal como funciona actualmente, este financiamiento es legal y, por lo tanto, técnicamente no constituye corrupción, pero es la influencia más corruptora que existe dentro de la política. Y, en materia de financiamiento electoral, ambos partidos están absolutamente comprometidos con ese sistema.

Los demócratas no tienen ninguna intención de combatir los pilares de la corrupción política de este país. La diferencia es una cuestión de matiz. Los demócratas no quieren que sea desagradable. No quieren que sea abierta y descarada, mientras que la facción trumpista del Partido Republicano no tiene ningún problema con eso.

Quiero ser muy claro: no se trata de que Trump haga cosas que los demócratas no hacen. Simplemente las hace más. Incluso cuestiones como aprovechar información privilegiada para enriquecerse en el mercado bursátil: Nancy Pelosi hacía lo mismo. La diferencia es que no te lo restregaba en la cara. No lo hacía abiertamente. Trump sí lo hace.

Un buen ejemplo acaba de verse en el Mundial, donde Trump participó de manera bastante evidente en cierta manipulación de los partidos junto a Gianni Infantino, el presidente de la FIFA. Intenté explicárselo a amigos que no son aficionados al fútbol y no saben nada de la FIFA: lo que cambia en este caso es simplemente que Trump está orgulloso de hacerlo y habla de ello abiertamente. Pero la realidad es que la FIFA funciona básicamente como una organización criminal y todos participan de la corrupción. Normalmente intentan esconderla. La diferencia con Trump es simplemente que está orgulloso de ella.

Sí. Y no es una diferencia irrelevante, pero sigue siendo una diferencia menor.

Porque socava el relato. Como dices, las instituciones burguesas dentro de una democracia tienen que conservar cierta apariencia, porque la democracia debe transmitir la idea de: «Oye, tampoco estás tan dominado; tienes alguna capacidad de decisión». Por eso esa imagen es importante para la sociedad.

Una manera de decirlo es que a los demócratas les preocupa la legitimidad, mientras que Trump solo piensa en el poder. No le importa que el poder sea legítimo. Su posición es: «Mientras tenga poder, no me importa si es legítimo». Los demócratas hacen básicamente las mismas cosas que Trump, pero prefieren hacerlas discretamente. No quieren exhibirlas.

Pero para alguien como nosotros esto significa que depositar la confianza en los demócratas como el partido capaz de restaurar la democracia popular, es decir, la participación de los ciudadanos comunes en las instituciones de un gobierno democrático, constituye un error fatal. El declive de la democracia estadounidense ha sido obra de ambos partidos. Los dos participaron en él. Solo difieren en el grado de descaro con que llevan adelante esos ataques.

Legitimidad y capitalismo

En términos más generales, ¿cuál es la relación entre legitimidad, capitalismo y democracia? ¿Qué importancia tiene que las masas crean que viven en una sociedad democrática?

Mi opinión, que no creo que sea la posición más extendida dentro de la izquierda, es que no tiene tanta importancia. Existe una tradición muy venerable dentro de la izquierda según la cual un Estado capitalista necesita el consentimiento activo de las masas, y ese consentimiento se basa a su vez en que estas perciban al Estado como legítimo. Pero si eso fuera cierto, habría que suponer que, una vez que el Estado burgués pierde legitimidad, se vuelve inestable.

Mi opinión es que, durante nuestra vida, para las masas trabajadoras el Estado burgués nunca tuvo demasiada legitimidad, porque ha sido un Estado neoliberal que recortó todo, arrebató todo a los trabajadores, destruyó sus familias y destruyó sus instituciones. Creo que la célebre frase de Margaret Thatcher sintetiza perfectamente la posición burguesa: «No hay alternativa».

La idea de izquierda según la cual el Estado burgués necesita legitimidad se apoya en una premisa implícita: que, si pierde esa legitimidad, colapsará o será derrocado. Pero en realidad hace bastante tiempo que carece de legitimidad y, sin embargo, es muy estable. La razón es que, aunque los trabajadores comunes no consideren que el sistema sea bueno y no le otorguen su consentimiento, no pueden deshacerse de él a menos que logren superar problemas básicos de acción colectiva y movilización social. Y esos problemas son abrumadores.

Cuando el Estado pierde legitimidad, si las personas carecen de instituciones que les permitan organizarse y hacer política, en vez de unirse para derrocarlo terminan resistiendo de las formas que tienen a su alcance, que suelen ser formas de resistencia muy individuales, no colectivas. Y cuando uno resiste de manera individual, siempre pierde.

La segunda reacción, una vez que comprueban que siempre terminamos perdiendo, es volverse cínicos y retirarse de la política. ¿Cuál es el rasgo definitorio de la política estadounidense actual? La falta de participación. Y esa falta de participación está concentrada entre los sectores más pobres de la sociedad.

Eso es básicamente lo que Trump comprendió. Lo que dice es: «No pueden hacer nada para detenerme. Puedo hacer lo que quiera». Y no se equivoca.

Esto me hace pensar en la importancia que han adquirido las teorías conspirativas y el pensamiento conspirativo dentro de nuestra cultura política actual.

Las teorías conspirativas son un arma de los débiles. Cuando las fuerzas estructurales son tan abrumadoras que no puedes enfrentarlas, terminas pensando que son individuos, camarillas o pequeños grupos quienes mueven todos los hilos, en lugar de comprender que, en realidad, es el propio sistema el que impulsa todo.

Reconstruir la democracia

Entonces, si vivimos en una sociedad caracterizada por esta tensión irresoluble entre, por un lado, el capitalismo y, por otro, la democracia y el empoderamiento de las mayorías, ¿cómo puede sostenerse e incluso fortalecerse la democracia dentro del capitalismo?

Todo lo que hemos dicho hasta ahora apunta hacia una respuesta bastante evidente. Una democracia es saludable cuando refleja las aspiraciones, los deseos y los intereses de todos sus ciudadanos, y no solo los de una pequeña minoría. Para que eso ocurra, tienen que existir instituciones que aumenten la capacidad de participación de la población.

La razón por la que digo que hacen falta instituciones es la siguiente: toda participación democrática exige esfuerzo y recursos. Para ir a votar es posible que tengas que tomarte un día libre en el trabajo. Para organizarte en torno a tus intereses necesitas poder conversar con otras personas. Necesitas algún tipo de deliberación colectiva. Para votar de manera informada necesitas acceso a información. ¿Quiénes son los candidatos? ¿Qué defienden? ¿Quién va a luchar por mis intereses?

En todas estas instancias deliberativas, los ricos poseen una ventaja intrínseca frente a los pobres. Si eres rico, puedes contratar a alguien para que consiga información por ti. Si eres rico, puedes obligar a los partidos políticos a ir a buscarte, porque eres tú quien les proporciona el dinero para funcionar. Si eres capitalista, puedes literalmente sentarte a esperar que los partidos vengan a ti, porque todos dependen de tus inversiones y de tus decisiones de inversión. Si eres rico, puedes ser tú quien financie a los candidatos. Puedes llamarlos por teléfono. Y si no quieres hacerlo personalmente, puedes contratar a alguien para que lo haga por ti.

De todas estas maneras, los ricos están individualmente en condiciones de ejercer influencia y participar. Si eres pobre, como careces de los recursos necesarios para conseguir información, reunirte con otros y deliberar, necesitas instituciones que te ayuden a hacerlo. Eso era precisamente lo que hacían en el pasado los partidos políticos y los sindicatos.

Los sindicatos proporcionaban a los trabajadores una institución donde podían ir al local sindical y discutir quién se presentaba a las elecciones. Los sindicatos difundían información: «Confía en este candidato». Muchas veces presentaban a sus propios candidatos y decían: «Nosotros vamos a luchar por tus intereses». Permitían a los trabajadores superar las limitaciones de recursos que obstaculizaban su participación.

Cuando eliminas esas instituciones, los pobres quedan librados a su suerte dentro del sistema político. No tienen absolutamente ninguna posibilidad de equiparar el poder de los ricos.

Cuando se eliminan instituciones como los sindicatos y los partidos obreros, los pobres quedan librados a su suerte dentro del sistema político.

Esto significa que, si queremos que los trabajadores dispongan de una influencia al menos aproximada a la de los ricos, debemos reconstruir sus instituciones tradicionales: partidos, sindicatos, asociaciones cívicas, clubes obreros y organizaciones similares. Y eso exige movilización política. Eso es lo que vamos a necesitar ahora.

Dentro del capitalismo, la tendencia natural del sistema es la captura política por parte de los ricos. Eso significa que será un sistema antidemocrático. Incluso si existen plenos derechos e igualdad formal, estará completamente dominado por los ricos.

Si queremos contrarrestar esa influencia de los ricos, necesitamos instituciones de los pobres: específicamente instituciones de los pobres, orientadas hacia ellos, capaces de representarlos y de articular sus necesidades. Son las mismas instituciones que la izquierda socialdemócrata y socialista construyó durante ochenta años y que ahora han sido desmanteladas.

Irónicamente, no se trata solo de que necesitemos reconstruir las instituciones del trabajo para luchar, por ejemplo, por el socialismo o incluso por la socialdemocracia. Necesitamos esas instituciones simplemente para tener un capitalismo mejor y una democracia mejor dentro del capitalismo. Y por eso liberales y socialistas deberían luchar del mismo lado. Porque, si eres un verdadero liberal interesado en una democracia capitalista robusta, deberías apoyar a los sindicatos. Deberías luchar por un partido de los trabajadores, en lugar de defender las instituciones oligárquicas que tenemos actualmente.

Traducción: Natalia López

Fuente: https://jacobinlat.com/2026/08/como-el-capitalismo-socava-la-democracia/

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