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La Doctrina Donroe, el Corolario Trump y la conformación del «Escudo de las Américas»

Actualización de la doctrina Monroe


Do Rebelión, 2 de julho 2026
Por Juan J. Paz-y-Miño Cepeda



Con motivo del bicentenario del Congreso Anfictiónico de Panamá se han realizado múltiples actividades en varios países e instituciones académicas de América Latina, aunque en otros nada se hizo. En todo caso, ese Congreso fue convocado por Simón Bolívar en 1824, tuvo el propósito de unir en una gran confederación a las naciones independizadas de España, defender esa libertad alcanzada frente a las amenazas de reconquista, apoyar la independencia de Cuba y Puerto Rico, abolir la esclavitud y acordar un foro para la solución de las controversias entre países. Para Bolívar la unión debía ser hispanoamericana, por su común origen e historia, de modo que no consideró la participación de Brasil ni de Haití; pero nunca pensó en los Estados Unidos, aunque sí en Gran Bretaña simplemente como observador, bajo la consideración estratégica de que podía frenar cualquier incursión reconquistadora de España. Fue Francisco de Paula Santander quien invitó a los países nombrados, a pesar de la resistencia de Bolívar sobre todo frente a los EE.UU. La primera fase del Congreso, iniciada en 1826, se concretó muy tarde y se continuó en Tacubaya (México) hasta cerrar sesiones en 1829, sin lograr los propósitos iniciales. Bolívar se concentró en la unidad de la Gran Colombia, pero frente a su disolución murió en el desengaño total.

Los investigadores han dado cuenta de una serie de factores que llevaron al fracaso del Congreso: tardío nombramiento de delegados, las condiciones insalubres de Panamá, los regionalismos nacientes, así como los primeros roces entre países, las ambiciones caudillistas y de las oligarquías regionales, pero, sobre todo, el boicot de los EE.UU., que en 1823 proclamaron la Doctrina Monroe resumida en la frase “América para los americanos”: no querían una Hispanoamérica unida sin su concurso y participación, recelaban de la presencia inglesa, detendrían una reconquista europea, pero tampoco apoyaban la independencia de Cuba y Puerto Rico, y aspiraban a expandir sus intereses comerciales en el continente.

Por sobre los resultados todavía no previsibles en la época, Bolívar fue un genio histórico: retomó el pensamiento de Francisco de Miranda (1750-1816), pionero en pensar la unidad y en la constitución de un gran Estado hispanoamericano que se llamaría “Colombia”, pero Bolívar avanzó en intentar su forma organizativa práctica y que respondiera precisamente a la matriz histórica en la que se había forjado la hermandad de los pueblos antes colonizados. Entendió la geopolítica de su tiempo, buscando preservar la independencia y la identidad hispanoamericana; advirtió, como ningún otro, el naciente expansionismo estadounidense y su amenaza continental; visualizó la necesidad de contar con repúblicas y no con monarcas ni príncipes, sino organizadas bajo los principios y conceptos ilustrados y liberales: democracia, derechos individuales, soberanía. Además, agregó las necesarias transformaciones sociales sin las cuales ningún Estado podía ser democrático, y por ello pensó en la abolición de la esclavitud y la promoción popular, que fue el punto clave de la reacción conservadora, interesada en preservar el poder y la propiedad privada en las haciendas y el comercio, manteniendo el dominio sobre los trabajadores, cuya mayoría en la región eran indígenas y campesinos sujetos a servidumbre.

El espíritu unionista del Congreso de Panamá demostró la existencia de un hispanoamericanismo social que identificaba como hermanos a los habitantes de las distintas regiones. Sobre esta base, durante la vida republicana, esa identidad se consolidó. Por eso hubo algunos intentos por lograr la asociación común de los países, mientras una creciente intelectualidad comprendía y fomentaba la unidad. En el siglo XX ese “espíritu” continuó, pero como latinoamericanismo social, debido a que este nuevo nombre adoptado por la región se generalizó, en contraposición al “hispanismo” que todavía sostenían los partidos conservadores. Hoy, todo latinoamericano se siente hermano de los demás.

No debe confundirse esta matriz social e histórica con el “panamericanismo”, nombre que se adoptó, por primera, vez en la Primera Conferencia Panamericana (Washington, 1889-1890) convocada por Estados Unidos, a fin de lograr la unión continental en torno a sus intereses comerciales, aduaneros y monetarios. Una de las mayores resistencias provino de Argentina, que rechazó alejarse de los socios europeos para privilegiar a EE.UU., postulando “América para la humanidad” en clara contraposición a la doctrina Monroe. Y el mayor intelectual crítico que vivió estos momentos fue José Martí (1853-1895), quien advirtió en “Nuestra América” el peligro de la expansión de los EE.UU., que despegaban a su era imperialista.

Desde entonces, puede constatarse que latinoamericanismo y panamericanismo han marcado la dialéctica de las relaciones entre la región y los EE.UU. El “Corolario Roosevelt” (1904) postuló el “derecho” intervencionista de los EE.UU.; pero el paso fundamental de proyección del panamericanismo fue la fundación de la OEA en 1948. Después han continuado otras acciones que solo han buscado mantener la hegemonía de los EE.UU. sobre el continente, manipulando el monroísmo: la expansión del neoliberalismo en la región por las condiciones del FMI, el Consenso de Washington y, además, las Cumbres de las Américas.

Sin embargo, esa trayectoria se ha roto en la actualidad con la Doctrina Donroe, el Corolario Trump y la conformación del “Escudo de las Américas” (Shield of the Americas, marzo 2026), que desechó a la OEA y creó un americanismo selectivo con 12 gobiernos identificados con las derechas políticas, mientras se excluyó a cualquier gobierno progresista o de izquierda. Esa ruptura es, al mismo tiempo, una amenaza, pues el injerencismo buscará que triunfen gobiernos derechistas. La nueva estrategia privilegia la alianza/subordinación militar, el combate al “narcoterrorismo” y a la migración ilegal y, ante todo, el freno a la presencia en el “Hemisferio Occidental” de potencias “adversarias”: China a la cabeza, pero además, Rusia y los BRICS. No se respetan las soberanías nacionales, sino el alineamiento.

La contraposición del latinoamericanismo no ha podido tener igual éxito, a pesar de la “marea rosa” de inicios del siglo XXI. En cierto modo, las políticas desarrollistas de los 60 y 70 que llevaron a la “integración” a través de ALALC/ALADI, Pacto Andino/Comunidad Andina o Mercosur, recogían el “espíritu” unionista, pero fueron, ante todo, proyectos con fines empresariales y comerciales. En cambio, han sido fieles al latinoamericanismo social tanto ALBA (2004), Unasur (2008) y, sobre todo CELAC (2010) que convocó a 33 países de la región, con exclusión de EE.UU. y Canadá.

En la actualidad, con predominio de gobernantes de derecha y la recuperación del modelo empresarial-neoliberal, no hay posibilidad alguna de volver a la unidad latinoamericanista. Peor aún con la subordinación demostrada por esos gobiernos a los intereses y estrategias de los EE.UU. En consecuencia, Cuba sigue aislada y bajo un redoblado bloqueo que bien puede derivar en invasión militar; Venezuela ha sido intervenida; la amenaza ronda a Nicaragua; y los progresismos en Brasil, México y Uruguay están bajo la mira imperial. En ese marco actúa el injerencismo, como lo han demostrado las recientes elecciones en Perú y Colombia, no solo por parte de los EE.UU., sino por varios gobiernos como los de Argentina y Ecuador, que abiertamente se pronunciaron por los candidatos derechistas en ambos países.

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