Por Rafael Granero Chulbi: Nueva tribunas
[Imagen: Operaria tornea piezas para aviones en una fábrica de Consolidated Aircraft Corporation]
La economía ortodoxa ha construido gran parte de su legitimidad intelectual sobre la idea de que la distribución de la renta puede explicarse mediante relaciones técnicas neutrales
Resumen
La teoría económica contemporánea continúa utilizando el concepto de productividad como si se tratara de una magnitud objetiva, técnica y políticamente neutra. Tanto la economía marginalista como buena parte de la teoría económica convencional descansan sobre la idea de que el capital, el trabajo y el excedente pueden medirse independientemente de las relaciones sociales que organizan su distribución. Sin embargo, la crítica desarrollada por Piero Sraffa en Production of Commodities by Means of Commodities destruye esa pretensión al mostrar que el valor del capital depende previamente de los precios, y que los precios dependen a su vez de la distribución del excedente entre salarios y beneficios.
Se ha interpretado a Sraffa de manera excesivamente industrial o fisicalista, como si su teoría describiera simplemente un sistema cerrado de mercancías materiales reproducible
Este ensayo propone una ampliación de la lectura sraffiana tradicional. Frente a interpretaciones excesivamente materialistas o industrialistas de Sraffa, se argumenta que el verdadero núcleo de su teoría no reside únicamente en la producción de mercancías físicas, sino en la reproductibilidad de las condiciones iniciales del sistema económico. Desde esta perspectiva, numerosos servicios públicos contemporáneos —educación, sanidad, justicia, seguridad, transporte, saneamiento, dependencia o gestión urbana— deben ser entendidos como bienes básicos indispensables para la reproducción ampliada del sistema de producción capitalista.
Estos servicios no constituyen simplemente gasto social ni consumo improductivo. Participan simultáneamente como inputs y outputs de la reproducción sistémica: forman, mantienen, protegen y reproducen la fuerza de trabajo y las condiciones institucionales sin las cuales la acumulación privada sería imposible. En consecuencia, dichos servicios forman parte del capital social total, aunque su valoración monetaria no pueda separarse de las relaciones distributivas y del conflicto político.Piero Sraffa | Influyente economista italiano
La teoría marxista de la explotación anticipó de manera brillante la dimensión conflictiva de la distribución, pero mantuvo una concepción relativamente sustancialista del valor basada en el trabajo abstracto, y este en costes y productos marginales.
La transformación contemporánea de las economías hacia sectores intensivos en servicios, información y reproducción social desborda parcialmente esa formulación clásica. Una reinterpretación sraffiana ampliada permite entonces comprender el capitalismo contemporáneo como un sistema cuya reproducción depende crecientemente de infraestructuras colectivas y servicios básicos socializados, aun cuando la apropiación del excedente continúe organizada privadamente.
Introducción
El presente ensayo se articula sobre las siguientes ideas:
– La teoría marginalista presupone que la productividad puede medirse independientemente de la distribución del excedente.
– La crítica sraffiana demuestra que el valor del capital no puede determinarse antes de fijar los precios y la
distribución.
– La mercancía patrón no elimina el problema distributivo, sino que lo hace explícito.
– La reproducción del sistema económico exige reproducir constantemente sus condiciones iniciales.
– Los servicios públicos contemporáneos forman parte de esas condiciones iniciales de reproducción.
-mLa educación, la sanidad, la dependencia, la justicia, la seguridad o el transporte no son únicamente consumo social, sino bienes básicos imprescindibles para la continuidad del sistema productivo.
Los servicios públicos participan simultáneamente como inputs y outputs del sistema de reproducción. Por ello, forman parte de la composición material del capital social, aunque no puedan reducirse fácilmente a capital privado valorizable.
– La teoría marxista de la explotación anticipa correctamente el carácter conflictivo de la distribución, pero conserva una teoría sustancialista del valor parcialmente insuficiente para las economías terciarizadas contemporáneas.
– Una reinterpretación ampliada de Sraffa permite comprender el Estado del bienestar como infraestructura reproductiva del capitalismo avanzado.
– La creciente dependencia del capital privado respecto de infraestructuras colectivas plantea una contradicción profunda entre socialización de las condiciones de producción y apropiación privada del excedente.
I. La ilusión de la productividad objetiva
La economía ortodoxa ha construido gran parte de su legitimidad intelectual sobre la idea de que la distribución de la renta puede explicarse mediante relaciones técnicas neutrales. El salario sería el reflejo de la productividad marginal del trabajo; el beneficio, la expresión de la productividad marginal del capital. El sistema económico aparecería así como un mecanismo de asignación eficiente donde cada factor recibe aquello que aporta.
La enorme potencia ideológica de esta formulación reside en que convierte la desigualdad en una consecuencia aparentemente natural de la productividad diferencial.
Sin embargo, esta construcción depende de un supuesto decisivo: la existencia de una magnitud homogénea llamada “capital” cuya cantidad pueda determinarse independientemente de los precios y de la distribución.
Ahí comienza precisamente la ruptura sraffiana.
El capital no es una sustancia física unitaria. Está compuesto por bienes heterogéneos:
– maquinaria,
-infraestructuras,
-materias primas,
-conocimiento técnico,
-edificios,
-sistemas organizativos, y
-redes logísticas.
Para agregarlos es necesario valorarlos monetariamente. Pero esa valoración depende de los precios relativos. Y dichos precios dependen, entre otras cosas, de la distribución entre salarios y beneficios.
La teoría marginalista necesita conocer previamente el valor del capital para explicar la tasa de beneficio, pero simultáneamente necesitamos conocer la tasa de beneficio para valorar el capital.
La circularidad es inevitable.
Sraffa rompe entonces el núcleo lógico de la teoría marginalista: la distribución no puede derivarse de la productividad si la propia medición de la productividad depende previamente de la distribución.
II. Sraffa y la reproducción de las condiciones iniciales
Frecuentemente se ha interpretado a Sraffa de manera excesivamente industrial o fisicalista, como si su teoría describiera simplemente un sistema cerrado de mercancías materiales reproducibles. Sin embargo, el núcleo más profundo de su pensamiento no es la materialidad de la mercancía, sino la reproductibilidad del sistema.
Lo decisivo no es únicamente que existan mercancías producidas por mercancías, sino que el sistema pueda reproducir continuamente las condiciones iniciales necesarias para reiniciar el proceso productivo.
La economía aparece así como un proceso circular de reproducción tanto social como económica y material.
La importancia del concepto sraffiano de mercancía patrón reside precisamente en permitir pensar la relación entre excedente y reproducción sin recurrir a utilidades subjetivas ni a productividades o costes marginales.
El núcleo distributivo puede resumirse en: r = R (1-w)
La tasa de beneficio (r) y el salario (w) no son resultados automáticos de una productividad natural, sino expresiones distributivas del excedente (R) dentro de una frontera técnica de reproducción.
Pero si el verdadero problema es la reproducción de las condiciones iniciales, entonces la pregunta decisiva deja de ser únicamente:
¿qué mercancías producen mercancías?
y pasa a ser también, e indisoluble del anterior:
¿qué condiciones sociales permiten reproducir el sistema económico en su conjunto?
Ahí emerge la centralidad de los servicios públicos contemporáneos.
III. Los servicios públicos como bienes básicos
En Sraffa, un bien básico es aquel que participa, directa o indirectamente, en la producción de todas las demás mercancías.
No se trata de una categoría moral, sino de una categoría estructural.
Un bien es básico cuando forma parte de las condiciones generales de reproducción del sistema.
Desde esta perspectiva, numerosos servicios públicos contemporáneos deben entenderse como bienes básicos:
– educación,
– sanidad,
– alcantarillado,
– dependencia,
– transporte colectivo,
– seguridad jurídica,
– gestión de residuos,
– seguridad pública,
– cuidados,
– Administración Pública…
Sin ellos, la reproducción -y aún menos una posible ampliación de la misma-del sistema económico sería imposible.
La fuerza de trabajo contemporánea no puede reproducirse únicamente mediante salario privado directo. Requiere:
– formación técnica compleja,
– estabilidad sanitaria,
– infraestructuras urbanas
– movilidad colectiva,
– seguridad institucional,
– cuidados generacionales,
– redes de información y coordinación…
La economía capitalista avanzada depende crecientemente de enormes sistemas colectivos de reproducción.
Por ello, estos servicios aparecen simultáneamente:
– como inputs,
– y como outputs.
En el lado izquierdo de las ecuaciones aparecen:
– salarios -en el sentido sraffiano de ex-ante: salario de subsistencia-de médicos, profesores, jueces, trabajadores del transporte…
– energía,
– edificios,
– medicamentos,
– infraestructuras…
En el lado derecho reaparecen:
– trabajadores cualificados públicos y privados,
– fuerza de trabajo sana, pública y privada,
– estabilidad institucional,
– movilidad urbana,
– cohesión social,
– capacidades cognitivas reproducidas…
Los servicios públicos participan así en la reproducción de las condiciones iniciales del sistema económico.
Y precisamente por ello decimos y sostenemos que forman parte de la composición material del capital social total.
IV. Capital social y reproducción colectiva
Aquí aparece una ampliación decisiva del concepto de capital.
La teoría económica convencional identifica habitualmente el capital con activos privados valorizables:
– fábricas,
– maquinaria,
– inversiones
– instrumentos financieros…
Pero desde una perspectiva reproductiva ampliada, el capital debe entenderse como el conjunto de condiciones necesarias para la continuidad del proceso económico.
Eso incluye inevitablemente:
– infraestructuras sanitarias,
– sistemas educativos,
– redes urbanas,
– estabilidad jurídica,
– sistemas de transporte,
– mecanismos institucionales de coordinación…
Estos elementos no constituyen simplemente “gasto público”. Son componentes esenciales del capital social global.
Su peculiaridad reside en que:
– participan materialmente en la reproducción del sistema,
– aunque su valorización monetaria dependa de relaciones distributivas y políticas
Aquí resulta fundamental distinguir entre:
– composición material del sistema,
– valoración distributiva de esa composición.
Y ello es así, porque:
– La educación es imprescindible para la reproducción económica y, sin embargo, los salarios docentes pueden ser bajos
– La sanidad debe sostener la productividad general y, aun así, recibir escasa inversión relativa.
– La importancia estructural de un sector no determina automáticamente su valoración monetaria.
Y eso confirma precisamente la tesis sraffiana: los precios y las remuneraciones no reflejan simplemente productividades técnicas, sino relaciones distributivas, es decir, relaciones de poder histórica y socialmente determinadas.
V. Marx: intuición brillante y límite teórico
La teoría marxista de la explotación representa un avance enorme respecto al marginalismo porque devuelve el conflicto distributivo al centro del análisis económico.
Das Kapital comprende algo decisivo: el beneficio no puede surgir simplemente del intercambio. La plusvalía expresa la apropiación privada de un excedente producido socialmente.
Ese núcleo político conserva enorme potencia analítica. Sin embargo, Marx mantiene todavía una concepción relativamente sustancialista del valor basada en el trabajo abstracto socialmente necesario.
Y ahí aparecen dificultades importantes.
Las economías contemporáneas ya no están dominadas exclusivamente por producción industrial material. Se organizan crecientemente alrededor de:
– información,
– servicios,
– plataformas,
– cuidados,
– gestión institucional,
– producción simbólica,
– coordinación logística,
– reproducción cognitiva…
El problema del valor se vuelve entonces mucho más complejo.
¿Qué “cantidad de trabajo abstracto” contiene:
– una sentencia judicial,
– una intervención quirúrgica,
– un sistema educativo,
– una infraestructura sanitaria,
– una red de saneamiento,
– una plataforma digital?
La intuición marxiana sobre el conflicto distributivo sigue siendo profundamente válida. Pero la cuantificación sustancial del valor se vuelve más problemática.
VI. Hacia una reinterpretación sraffiana ampliada
Aquí una reinterpretación ampliada de Sraffa resulta especialmente fecunda.
El verdadero núcleo de la teoría sraffiana no necesita limitarse a mercancías industriales materiales. Puede reformularse como teoría de la reproducción estructural de sistemas económicos complejos.
Lo decisivo es identificar qué elementos participan necesariamente en la reproducción ampliada del sistema.
Y en las economías maduras contemporáneas, esos elementos incluyen crecientemente:
– educación pública,
– sanidad universal,
– sistemas urbanos,
– cuidados,
– investigación científica,
– infraestructuras colectivas,
– estabilidad institucional.
Estos sectores no son externos al capital. Constituyen parte de su sustancia reproductiva.
Aunque no generen siempre beneficio privado directo, permiten la reproducción de:
– trabajo cualificado,
– estabilidad social,
– capacidad tecnológica,
– coordinación institucional,
– continuidad del sistema de acumulación.
La contradicción contemporánea aparece entonces con claridad: la producción capitalista depende cada vez más de condiciones socializadas de reproducción, mientras la apropiación del excedente permanece organizada privadamente.
El capitalismo avanzado socializa crecientemente las condiciones de producción:
– conocimiento,
– salud,
– educación,
– infraestructuras,
– ciencia,
– información…
pero intenta mantener privada la lucha por apropiación del excedente generado sobre esa base colectiva.
VII. Productividad y poder en las economías terciarizadas
La expansión del sector servicios destruye definitivamente la ilusión de una productividad puramente técnica.
En una fábrica todavía puede imaginarse una relación relativamente estable entre:
– inputs físicos,
– outputs físicos,
– excedente material.
Pero en sectores como:
– educación,
– justicia
– seguridad,
– dependencia,
– sanidad,
– transporte público…
el output -y su valoración tanto cualitativa como cuantitativa-depende inevitablemente de decisiones normativas.
¿Qué es una buena educación?
¿Qué es una buena justicia?
¿Qué nivel de seguridad es suficiente?
¿Qué significa cuidar adecuadamente a un anciano?
¿Qué es un buen transporte público?
No existe una unidad física objetiva capaz de responder esas preguntas.
La productividad se convierte entonces en una construcción institucional y política.
Las métricas contemporáneas intentan cuantificar:
– alumnos por aula,
– pacientes atendidos,
– expedientes resueltos,
– viajeros transportados,
– toneladas recogidas.
Pero esos indicadores tanto pueden aumentar mientras disminuye la calidad real del servicio como disminuir mientras sube el coste real (vg. el coste sanitario en EEUU).
La productividad cuantitativa puede crecer simultáneamente a la degradación reproductiva del sistema.
Y precisamente ahí aparece la importancia estratégica del Estado del bienestar.
No como simple redistribución moral, sino como infraestructura reproductiva del capitalismo avanzado.
VIII. El Estado del bienestar como racionalidad sistémica
El capitalismo contemporáneo necesita reproducir continuamente:
– fuerza de trabajo cualificada,
– estabilidad urbana,
– cohesión institucional,
– salud colectiva,
– capacidades cognitivas,
– seguridad jurídica.
Ninguna de esas condiciones puede garantizarse plenamente mediante decisiones individuales aisladas de mercado.
El Estado del bienestar aparece así como una forma históricamente eficiente de socialización parcial de los costes de reproducción sistémica. No elimina el capitalismo. Lo estabiliza.
La educación pública masiva:
– aumenta capacidades productivas,
– reduce costes empresariales de formación,
– amplía innovación tecnológica.
La sanidad pública:
– mantiene la capacidad laboral,
– reduce riesgos sistémicos,
– estabiliza expectativas sociales.
El transporte colectivo:
– reduce costes logísticos,
– aumenta movilidad laboral,
– mejora coordinación urbana.
Los sistemas públicos de cuidados:
– sostienen la reproducción generacional,
– liberan trabajo,
– estabilizan hogares.
Incluso desde una racionalidad estrictamente capitalista, muchos de estos servicios poseen enorme eficiencia sistémica.
Sin embargo, el neoliberalismo contemporáneo tiende a percibirlos únicamente como gasto fiscal o limitación del mercado.
Ahí emerge una paradoja profunda: las fuerzas políticas más comprometidas ideológicamente con la reproducción del capitalismo suelen debilitar algunas de las infraestructuras colectivas que hacen posible su estabilidad a largo plazo.
Posdata: una paradoja política
Existe una contradicción notable en buena parte de la derecha económica contemporánea.
Si aceptamos:
– que el capitalismo necesita reproducir continuamente sus condiciones iniciales,
– que la fuerza de trabajo moderna depende de enormes sistemas colectivos de reproducción,
– que la productividad privada descansa sobre infraestructuras públicas complejas,
– y que numerosos servicios públicos constituyen bienes básicos imprescindibles para la continuidad del sistema,
entonces el Estado del bienestar deja de aparecer simplemente como concesión redistributiva o carga fiscal.
Pasa a revelarse como infraestructura racional de reproducción del propio capitalismo avanzado. Recordemos aquellos famosos “treinta gloriosos” y su impacto positivo en el crecimiento económico.
La cuestión deja entonces de ser únicamente moral o ideológica, y se convierte en una pregunta estrictamente económica y sistémica:
¿No debería la derecha económica apoyar el Estado del bienestar como forma económicamente eficiente y socialmente estable de reproducir, cuando no mejorar, las condiciones materiales iniciales de los sistemas económicos capitalistas?
Fuente: https://www.nuevatribuna.es/articulo/sociedad/productividad-reproduccion-servicios-publicos-reinterpretacion-sraffiana-capital-social/20260607112522250992.html
La economía ortodoxa ha construido gran parte de su legitimidad intelectual sobre la idea de que la distribución de la renta puede explicarse mediante relaciones técnicas neutrales
Resumen
La teoría económica contemporánea continúa utilizando el concepto de productividad como si se tratara de una magnitud objetiva, técnica y políticamente neutra. Tanto la economía marginalista como buena parte de la teoría económica convencional descansan sobre la idea de que el capital, el trabajo y el excedente pueden medirse independientemente de las relaciones sociales que organizan su distribución. Sin embargo, la crítica desarrollada por Piero Sraffa en Production of Commodities by Means of Commodities destruye esa pretensión al mostrar que el valor del capital depende previamente de los precios, y que los precios dependen a su vez de la distribución del excedente entre salarios y beneficios.
Se ha interpretado a Sraffa de manera excesivamente industrial o fisicalista, como si su teoría describiera simplemente un sistema cerrado de mercancías materiales reproducible
Este ensayo propone una ampliación de la lectura sraffiana tradicional. Frente a interpretaciones excesivamente materialistas o industrialistas de Sraffa, se argumenta que el verdadero núcleo de su teoría no reside únicamente en la producción de mercancías físicas, sino en la reproductibilidad de las condiciones iniciales del sistema económico. Desde esta perspectiva, numerosos servicios públicos contemporáneos —educación, sanidad, justicia, seguridad, transporte, saneamiento, dependencia o gestión urbana— deben ser entendidos como bienes básicos indispensables para la reproducción ampliada del sistema de producción capitalista.
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Estos servicios no constituyen simplemente gasto social ni consumo improductivo. Participan simultáneamente como inputs y outputs de la reproducción sistémica: forman, mantienen, protegen y reproducen la fuerza de trabajo y las condiciones institucionales sin las cuales la acumulación privada sería imposible. En consecuencia, dichos servicios forman parte del capital social total, aunque su valoración monetaria no pueda separarse de las relaciones distributivas y del conflicto político.Piero Sraffa | Influyente economista italiano
La teoría marxista de la explotación anticipó de manera brillante la dimensión conflictiva de la distribución, pero mantuvo una concepción relativamente sustancialista del valor basada en el trabajo abstracto, y este en costes y productos marginales.
La transformación contemporánea de las economías hacia sectores intensivos en servicios, información y reproducción social desborda parcialmente esa formulación clásica. Una reinterpretación sraffiana ampliada permite entonces comprender el capitalismo contemporáneo como un sistema cuya reproducción depende crecientemente de infraestructuras colectivas y servicios básicos socializados, aun cuando la apropiación del excedente continúe organizada privadamente.
Introducción
El presente ensayo se articula sobre las siguientes ideas:
– La teoría marginalista presupone que la productividad puede medirse independientemente de la distribución del excedente.
– La crítica sraffiana demuestra que el valor del capital no puede determinarse antes de fijar los precios y la
distribución.
– La mercancía patrón no elimina el problema distributivo, sino que lo hace explícito.
– La reproducción del sistema económico exige reproducir constantemente sus condiciones iniciales.
– Los servicios públicos contemporáneos forman parte de esas condiciones iniciales de reproducción.
-mLa educación, la sanidad, la dependencia, la justicia, la seguridad o el transporte no son únicamente consumo social, sino bienes básicos imprescindibles para la continuidad del sistema productivo.
Los servicios públicos participan simultáneamente como inputs y outputs del sistema de reproducción. Por ello, forman parte de la composición material del capital social, aunque no puedan reducirse fácilmente a capital privado valorizable.
– La teoría marxista de la explotación anticipa correctamente el carácter conflictivo de la distribución, pero conserva una teoría sustancialista del valor parcialmente insuficiente para las economías terciarizadas contemporáneas.
– Una reinterpretación ampliada de Sraffa permite comprender el Estado del bienestar como infraestructura reproductiva del capitalismo avanzado.
– La creciente dependencia del capital privado respecto de infraestructuras colectivas plantea una contradicción profunda entre socialización de las condiciones de producción y apropiación privada del excedente.
I. La ilusión de la productividad objetiva
La economía ortodoxa ha construido gran parte de su legitimidad intelectual sobre la idea de que la distribución de la renta puede explicarse mediante relaciones técnicas neutrales. El salario sería el reflejo de la productividad marginal del trabajo; el beneficio, la expresión de la productividad marginal del capital. El sistema económico aparecería así como un mecanismo de asignación eficiente donde cada factor recibe aquello que aporta.
La enorme potencia ideológica de esta formulación reside en que convierte la desigualdad en una consecuencia aparentemente natural de la productividad diferencial.
Sin embargo, esta construcción depende de un supuesto decisivo: la existencia de una magnitud homogénea llamada “capital” cuya cantidad pueda determinarse independientemente de los precios y de la distribución.
Ahí comienza precisamente la ruptura sraffiana.
El capital no es una sustancia física unitaria. Está compuesto por bienes heterogéneos:
– maquinaria,
-infraestructuras,
-materias primas,
-conocimiento técnico,
-edificios,
-sistemas organizativos, y
-redes logísticas.
Para agregarlos es necesario valorarlos monetariamente. Pero esa valoración depende de los precios relativos. Y dichos precios dependen, entre otras cosas, de la distribución entre salarios y beneficios.
La teoría marginalista necesita conocer previamente el valor del capital para explicar la tasa de beneficio, pero simultáneamente necesitamos conocer la tasa de beneficio para valorar el capital.
La circularidad es inevitable.
Sraffa rompe entonces el núcleo lógico de la teoría marginalista: la distribución no puede derivarse de la productividad si la propia medición de la productividad depende previamente de la distribución.
II. Sraffa y la reproducción de las condiciones iniciales
Frecuentemente se ha interpretado a Sraffa de manera excesivamente industrial o fisicalista, como si su teoría describiera simplemente un sistema cerrado de mercancías materiales reproducibles. Sin embargo, el núcleo más profundo de su pensamiento no es la materialidad de la mercancía, sino la reproductibilidad del sistema.
Lo decisivo no es únicamente que existan mercancías producidas por mercancías, sino que el sistema pueda reproducir continuamente las condiciones iniciales necesarias para reiniciar el proceso productivo.
La economía aparece así como un proceso circular de reproducción tanto social como económica y material.
La importancia del concepto sraffiano de mercancía patrón reside precisamente en permitir pensar la relación entre excedente y reproducción sin recurrir a utilidades subjetivas ni a productividades o costes marginales.
El núcleo distributivo puede resumirse en: r = R (1-w)
La tasa de beneficio (r) y el salario (w) no son resultados automáticos de una productividad natural, sino expresiones distributivas del excedente (R) dentro de una frontera técnica de reproducción.
Pero si el verdadero problema es la reproducción de las condiciones iniciales, entonces la pregunta decisiva deja de ser únicamente:
¿qué mercancías producen mercancías?
y pasa a ser también, e indisoluble del anterior:
¿qué condiciones sociales permiten reproducir el sistema económico en su conjunto?
Ahí emerge la centralidad de los servicios públicos contemporáneos.
III. Los servicios públicos como bienes básicos
En Sraffa, un bien básico es aquel que participa, directa o indirectamente, en la producción de todas las demás mercancías.
No se trata de una categoría moral, sino de una categoría estructural.
Un bien es básico cuando forma parte de las condiciones generales de reproducción del sistema.
Desde esta perspectiva, numerosos servicios públicos contemporáneos deben entenderse como bienes básicos:
– educación,
– sanidad,
– alcantarillado,
– dependencia,
– transporte colectivo,
– seguridad jurídica,
– gestión de residuos,
– seguridad pública,
– cuidados,
– Administración Pública…
Sin ellos, la reproducción -y aún menos una posible ampliación de la misma-del sistema económico sería imposible.
La fuerza de trabajo contemporánea no puede reproducirse únicamente mediante salario privado directo. Requiere:
– formación técnica compleja,
– estabilidad sanitaria,
– infraestructuras urbanas
– movilidad colectiva,
– seguridad institucional,
– cuidados generacionales,
– redes de información y coordinación…
La economía capitalista avanzada depende crecientemente de enormes sistemas colectivos de reproducción.
Por ello, estos servicios aparecen simultáneamente:
– como inputs,
– y como outputs.
En el lado izquierdo de las ecuaciones aparecen:
– salarios -en el sentido sraffiano de ex-ante: salario de subsistencia-de médicos, profesores, jueces, trabajadores del transporte…
– energía,
– edificios,
– medicamentos,
– infraestructuras…
En el lado derecho reaparecen:
– trabajadores cualificados públicos y privados,
– fuerza de trabajo sana, pública y privada,
– estabilidad institucional,
– movilidad urbana,
– cohesión social,
– capacidades cognitivas reproducidas…
Los servicios públicos participan así en la reproducción de las condiciones iniciales del sistema económico.
Y precisamente por ello decimos y sostenemos que forman parte de la composición material del capital social total.
IV. Capital social y reproducción colectiva
Aquí aparece una ampliación decisiva del concepto de capital.
La teoría económica convencional identifica habitualmente el capital con activos privados valorizables:
– fábricas,
– maquinaria,
– inversiones
– instrumentos financieros…
Pero desde una perspectiva reproductiva ampliada, el capital debe entenderse como el conjunto de condiciones necesarias para la continuidad del proceso económico.
Eso incluye inevitablemente:
– infraestructuras sanitarias,
– sistemas educativos,
– redes urbanas,
– estabilidad jurídica,
– sistemas de transporte,
– mecanismos institucionales de coordinación…
Estos elementos no constituyen simplemente “gasto público”. Son componentes esenciales del capital social global.
Su peculiaridad reside en que:
– participan materialmente en la reproducción del sistema,
– aunque su valorización monetaria dependa de relaciones distributivas y políticas
Aquí resulta fundamental distinguir entre:
– composición material del sistema,
– valoración distributiva de esa composición.
Y ello es así, porque:
– La educación es imprescindible para la reproducción económica y, sin embargo, los salarios docentes pueden ser bajos
– La sanidad debe sostener la productividad general y, aun así, recibir escasa inversión relativa.
– La importancia estructural de un sector no determina automáticamente su valoración monetaria.
Y eso confirma precisamente la tesis sraffiana: los precios y las remuneraciones no reflejan simplemente productividades técnicas, sino relaciones distributivas, es decir, relaciones de poder histórica y socialmente determinadas.
V. Marx: intuición brillante y límite teórico
La teoría marxista de la explotación representa un avance enorme respecto al marginalismo porque devuelve el conflicto distributivo al centro del análisis económico.
Das Kapital comprende algo decisivo: el beneficio no puede surgir simplemente del intercambio. La plusvalía expresa la apropiación privada de un excedente producido socialmente.
Ese núcleo político conserva enorme potencia analítica. Sin embargo, Marx mantiene todavía una concepción relativamente sustancialista del valor basada en el trabajo abstracto socialmente necesario.
Y ahí aparecen dificultades importantes.
Las economías contemporáneas ya no están dominadas exclusivamente por producción industrial material. Se organizan crecientemente alrededor de:
– información,
– servicios,
– plataformas,
– cuidados,
– gestión institucional,
– producción simbólica,
– coordinación logística,
– reproducción cognitiva…
El problema del valor se vuelve entonces mucho más complejo.
¿Qué “cantidad de trabajo abstracto” contiene:
– una sentencia judicial,
– una intervención quirúrgica,
– un sistema educativo,
– una infraestructura sanitaria,
– una red de saneamiento,
– una plataforma digital?
La intuición marxiana sobre el conflicto distributivo sigue siendo profundamente válida. Pero la cuantificación sustancial del valor se vuelve más problemática.
VI. Hacia una reinterpretación sraffiana ampliada
Aquí una reinterpretación ampliada de Sraffa resulta especialmente fecunda.
El verdadero núcleo de la teoría sraffiana no necesita limitarse a mercancías industriales materiales. Puede reformularse como teoría de la reproducción estructural de sistemas económicos complejos.
Lo decisivo es identificar qué elementos participan necesariamente en la reproducción ampliada del sistema.
Y en las economías maduras contemporáneas, esos elementos incluyen crecientemente:
– educación pública,
– sanidad universal,
– sistemas urbanos,
– cuidados,
– investigación científica,
– infraestructuras colectivas,
– estabilidad institucional.
Estos sectores no son externos al capital. Constituyen parte de su sustancia reproductiva.
Aunque no generen siempre beneficio privado directo, permiten la reproducción de:
– trabajo cualificado,
– estabilidad social,
– capacidad tecnológica,
– coordinación institucional,
– continuidad del sistema de acumulación.
La contradicción contemporánea aparece entonces con claridad: la producción capitalista depende cada vez más de condiciones socializadas de reproducción, mientras la apropiación del excedente permanece organizada privadamente.
El capitalismo avanzado socializa crecientemente las condiciones de producción:
– conocimiento,
– salud,
– educación,
– infraestructuras,
– ciencia,
– información…
pero intenta mantener privada la lucha por apropiación del excedente generado sobre esa base colectiva.
VII. Productividad y poder en las economías terciarizadas
La expansión del sector servicios destruye definitivamente la ilusión de una productividad puramente técnica.
En una fábrica todavía puede imaginarse una relación relativamente estable entre:
– inputs físicos,
– outputs físicos,
– excedente material.
Pero en sectores como:
– educación,
– justicia
– seguridad,
– dependencia,
– sanidad,
– transporte público…
el output -y su valoración tanto cualitativa como cuantitativa-depende inevitablemente de decisiones normativas.
¿Qué es una buena educación?
¿Qué es una buena justicia?
¿Qué nivel de seguridad es suficiente?
¿Qué significa cuidar adecuadamente a un anciano?
¿Qué es un buen transporte público?
No existe una unidad física objetiva capaz de responder esas preguntas.
La productividad se convierte entonces en una construcción institucional y política.
Las métricas contemporáneas intentan cuantificar:
– alumnos por aula,
– pacientes atendidos,
– expedientes resueltos,
– viajeros transportados,
– toneladas recogidas.
Pero esos indicadores tanto pueden aumentar mientras disminuye la calidad real del servicio como disminuir mientras sube el coste real (vg. el coste sanitario en EEUU).
La productividad cuantitativa puede crecer simultáneamente a la degradación reproductiva del sistema.
Y precisamente ahí aparece la importancia estratégica del Estado del bienestar.
No como simple redistribución moral, sino como infraestructura reproductiva del capitalismo avanzado.
VIII. El Estado del bienestar como racionalidad sistémica
El capitalismo contemporáneo necesita reproducir continuamente:
– fuerza de trabajo cualificada,
– estabilidad urbana,
– cohesión institucional,
– salud colectiva,
– capacidades cognitivas,
– seguridad jurídica.
Ninguna de esas condiciones puede garantizarse plenamente mediante decisiones individuales aisladas de mercado.
El Estado del bienestar aparece así como una forma históricamente eficiente de socialización parcial de los costes de reproducción sistémica. No elimina el capitalismo. Lo estabiliza.
La educación pública masiva:
– aumenta capacidades productivas,
– reduce costes empresariales de formación,
– amplía innovación tecnológica.
La sanidad pública:
– mantiene la capacidad laboral,
– reduce riesgos sistémicos,
– estabiliza expectativas sociales.
El transporte colectivo:
– reduce costes logísticos,
– aumenta movilidad laboral,
– mejora coordinación urbana.
Los sistemas públicos de cuidados:
– sostienen la reproducción generacional,
– liberan trabajo,
– estabilizan hogares.
Incluso desde una racionalidad estrictamente capitalista, muchos de estos servicios poseen enorme eficiencia sistémica.
Sin embargo, el neoliberalismo contemporáneo tiende a percibirlos únicamente como gasto fiscal o limitación del mercado.
Ahí emerge una paradoja profunda: las fuerzas políticas más comprometidas ideológicamente con la reproducción del capitalismo suelen debilitar algunas de las infraestructuras colectivas que hacen posible su estabilidad a largo plazo.
Posdata: una paradoja política
Existe una contradicción notable en buena parte de la derecha económica contemporánea.
Si aceptamos:
– que el capitalismo necesita reproducir continuamente sus condiciones iniciales,
– que la fuerza de trabajo moderna depende de enormes sistemas colectivos de reproducción,
– que la productividad privada descansa sobre infraestructuras públicas complejas,
– y que numerosos servicios públicos constituyen bienes básicos imprescindibles para la continuidad del sistema,
entonces el Estado del bienestar deja de aparecer simplemente como concesión redistributiva o carga fiscal.
Pasa a revelarse como infraestructura racional de reproducción del propio capitalismo avanzado. Recordemos aquellos famosos “treinta gloriosos” y su impacto positivo en el crecimiento económico.
La cuestión deja entonces de ser únicamente moral o ideológica, y se convierte en una pregunta estrictamente económica y sistémica:
¿No debería la derecha económica apoyar el Estado del bienestar como forma económicamente eficiente y socialmente estable de reproducir, cuando no mejorar, las condiciones materiales iniciales de los sistemas económicos capitalistas?
Fuente: https://www.nuevatribuna.es/articulo/sociedad/productividad-reproduccion-servicios-publicos-reinterpretacion-sraffiana-capital-social/20260607112522250992.html


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