Por Fernando M. García Bielsa
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El 3 de febrero de 1962, hace algo más de 64 años, el presidente Kennedy anunció un embargo total sobre el comercio con Cuba, con lo que amplió prohibiciones adoptadas en los dos años precedentes y se inició el carácter extraterritorial del bloqueo.
De entre los muchos crímenes del imperio estadounidense contra países de Latinoamérica se destacan las décadas de agresión contra la República de Cuba. Por estos días se repiten las altaneras declaraciones del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, de que se va a apoderar de Cuba, hacer con ella lo que quiera, o que los cubanos, llenos de miedo, van a entregar su soberanía y olvidarse de sus tradiciones patria. A la par con ello despliega naves de guerra cerca de nuestras costas.
Con asombro, el mundo ha visto como la hostilidad, al acoso y las agresiones de varios decenios, se suma ahora un bloqueo energético, para impedir que compremos combustibles o incluso con acciones de piratería e incautación de los cargueros que pretendan llevar petróleo a nuestros puertos. Y pretenden justificarlo con acusaciones infundadas y con argumentos insostenibles declarando que Cuba representa “una amenaza inusual y extraordinaria” para la seguridad de Estados Unidos.
Es una acusación ridícula y a su vez peligrosa. Contradice las evaluaciones realizadas durante casi tres décadas por el Pentágono y el Comando Sur. A mediados de la década de 1990, ante una solicitud del Congreso, el Departamento de Defensa yanqui respondió de forma clara que, en su evaluación, consideraba a la isla como una amenaza nula, salvo que se produjera un éxodo masivo hacia Estados Unidos y la región.
El Índice Global de Crimen Organizado, financiado por el gobierno estadounidense, sitúa a Cuba en el puesto 168 de 193 países en términos de criminalidad.
No vemos justificación para una acción militar contra Cuba. Cuba es un país pacífico. No somos enemigos de Estados Unidos. La Isla no alberga, no apoya, no financia ni permite organizaciones terroristas o extremistas; ni existen bases militares o de inteligencia extranjera en su territorio, y nunca ha apoyado ninguna actividad hostil contra EE.UU. ni permitirá que desde Cuba se actúe contra otra nación. No representamos ninguna amenaza.
La cooperación bilateral en materia de seguridad con la isla ha demostrado esta afirmación, con una colaboración activa en la interdicción de narcóticos ilegales, el control de la migración ilegal, la ayuda en casos de desastres naturales e incluso la eliminación de residuos tóxicos.
Una agresión militar contra Cuba, además de criminal, originaria una grave crisis e inestabilidad en la región. Lo que suceda con Cuba hoy le puede suceder a cualquier país. Los propios Estados Unidos corre el riesgo de crear un foco de caos e inestabilidad en su propia frontera.
Una añeja pretensión
Es sabido que desde su fundación hace 250 años, ese país anheló y trabajó para apoderarse de Cuba. La hostilidad de ese gobierno se potenció con el triunfo de la Revolución de 1959, al establecer esta una política de rescate de sus recursos nacionales y de su soberanía, y al dar al traste con el statu neocolonial y dependiente. Por ello, para los gestores de la política yanqui devino esencial acabar con el mal ejemplo soberano de Cuba y con nuestro derecho a la autodeterminación.
Se recurrió a una guerra económico-financiera brutal, a la subversión, al terrorismo, agresiones militares, sabotajes, el uso de mercenarios, planes de atentado contra Fidel Castro, introducción de virus para afectar nuestra producción agropecuaria y muchas otras acciones que violan de manera flagrante los principios esenciales del derecho internacional.
Ha sido una amenaza inusual. Estamos hablado de la hostilidad sostenida por parte del más poderoso imperio de la historia, situado en nuestra vecindad, a unos 150 Kms.; algo así como la distancia entre Santiago y La Ligua.
Una formulación oficial, el Memorando de Lester Mallory, Vicesecretario de Estado Asistente para Asuntos Interamericanos del Departamento de Estado, que se puso a la atención del presidente Dwight Eisenhower y fechado 6 de abril de 1960, sintetiza las intenciones para establecer el bloqueo, al señalar:
“La mayoría de los cubanos apoya a Castro… No existe una oposición política efectiva… La influencia comunista está impregnando el gobierno… Todos los medios posibles deben emprenderse con prontitud para debilitar la vida económica de Cuba… Realizar los mayores avances para negar dinero y suministros a Cuba, para disminuir los salarios monetarios y reales, para provocar hambre, desesperación y el derrocamiento del gobierno…”.[1]
El espíritu de aquella nota, actuó con la fuerza de una directiva contra Cuba llevada a cabo y reforzada por catorce administraciones, tanto demócratas como republicanas. El tenor general de la posición de EE. UU. hacia Cuba es un enfoque de línea dura en lo que considera su patio trasero al estilo de la Doctrina Monroe, y de su temprano afán durante más de un siglo por anexarse la isla.
Ciertamente Cuba se encuentra ahora en medio de grandes dificultades. Aunque el gobierno de Estados Unidos sabe que los problemas que enfrenta Cuba se deben, en gran medida, a sus políticas de bloqueo yanqui, Trump incrementa su palabrería pues cree ver en ello como una oportunidad de apoderarse de nuestro país. Son realmente sueños irrealizables, que se les desvanecerán como pompas de jabón,
El bloqueo económico, financiero, comercial, de alcance extraterritorial, con sanciones equivalentes a una verdadera guerra económico-financiera contra Cuba, es llamado por ellos eufemísticamente un “embargo”. Ha generado pérdidas de entre dos y cuatro mil millones de dólares anuales durante sesenta años, aunque no hay cifras para aquilatar la magnitud de las dificultades y sufrimientos ocasionados a la población cubana.
Durante un cuarto de siglo, año tras año, la Asamblea General de Naciones Unidas ha apoyado resoluciones que emplazan a Estados Unidos y condenan su política del bloqueo. Han sido votaciones casi unánimes, aprobadas por unos 180 países. Chile ha respaldado sistemáticamente esas resoluciones.
Algunos ámbitos concretos del bloqueo y su impacto
No es una cuestión de que Cuba vuelva a tener o no acceso al mercado estadounidense. Tengamos en cuenta que:
+ el asedio nos obliga a comerciar con la mayor desventaja, con prohibición de transacciones en dólares; obligados al uso de costosos préstamos comerciales a corto plazo; limita el marco de suministradores disponibles y los encarece; restringen transacciones de terceros países con insumos de procedencia cubana, y a Cuba adquirirlos de cualquier procedencia si contienen valores de procedencia estadounidense; se prohíbe a navíos acceder a sus puertos si han hecho escala en nuestras costas; no podemos acceder a tecnologías de los Estados Unidos ni, a veces, a la de ningún otro país desarrollado; y tratan por todos los medios de impedir cualquier vía de ingreso de divisas al país y frustrar cuanta oportunidad de negocio Cuba gestiona en el mundo.
La embestida se extiende a muchos otros campos. Funcionarios estadounidenses se dedican a presionar, con amenazas de fuertes sanciones, a entidades privadas y a gobiernos de todo el mundo para que se abstengan de relacionarse con nuestro país. El marco de esa política también se extiende a la prohibición inconstitucional de viajar a Cuba aplicada a los ciudadanos estadounidenses, con el fin de afectar nuestra industria turística.
Por estos días la presiones y el carácter extraterritorial del bloqueo se intensifican. A comienzos de mayo, el presidente Trump emitió una nueva orden ejecutiva mucho más amplia, con medidas dirigidas contra cualquier persona o entidad “extranjera o estadounidense” que opere en sectores vitales para el ingreso de divisas a la isla. Se trata de subvertir el orden interno, estrangular la economía y anular la capacidad de Cuba para relacionar su sistema bancario y su economía con el resto del mundo.
La ofensiva imperial ha golpeado múltiples frentes: Visa y Mastercard dejan de operar en la isla; mineras canadienses y cadenas hoteleras españolas huyen por miedo a las sanciones secundarias de la administración Trump. Pero el país no está cruzado de brazos; se buscan y se encuentran alternativas para resistir.
En los últimos cinco años unas 250 nuevas medidas hostiles han sido adoptadas por el gobierno estadounidense. Con cada nueva administración se agregan nuevos pretextos y acciones hostiles en ámbitos que amplían la política de bloqueo. Entre esos ámbitos están el migratorio, tradicionalmente instrumentalizado para atacar a Cuba o crear dificultades bilaterales. Dejaron de cumplir la entrega de visados fijada en los acuerdos migratorios bilaterales, mientras estimulan las salidas ilegales. Paralelamente, con gran el cinismo, Washington amenaza con fuertes medidas si Cuba permite el flujo migratorio desordenado y masivo.
Como parte del cerco, tiene gran impacto la inclusión de Cuba en una espuria lista de países de “países patrocinadores del terrorismo”, la cuales sirve de base a sanciones contra Cuba y a terceros países, mucho de los cuales se ven amedrentados ante esa medida.
La complejidad de las leyes y regulaciones del bloqueo potencia permanentemente la influencia de la claque política y económica anti cubana de La Florida sobre los funcionarios electos y las maquinarias políticas nacionales de ambos partidos del sistema.
En la retórica contra Cuba, quedan relegados múltiples vínculos bilaterales que subsisten y son de beneficio mutuo para ambos países; en materia de seguridad del tránsito aéreo y marítimo, lucha contra el narcotráfico y el crimen organizado, coordinación en materia de meteorología; facilitar vínculos familiares entre los cubanos que residentes en ambos países, y por supuesto, en lo referente a mencionados acuerdos bilaterales para flujo migratorio ordenado.
Hay muchas esferas válidas para un dialogo bilateral constructivo y son muchos en ese país quienes podrían beneficiarse con una relación constructiva con Cuba. Por ejemplo, sectores empresariales, exportadores agrícolas, firmas de capital e inversionistas con oportunidades de negocios existentes en la isla; una parte sustantiva de la comunidad de cubanos residentes en ese país; centros de investigación y empresas farmacéuticas interesadas en los beneficios que pueden derivarse de los logros científicos de Cuba en esos campos, etcétera. En ese marco todo en posible; en el pasado se alcanzaron muchos acuerdos y todos fueron cumplidos por Cuba; no siempre por la parte estadounidense.
Hay que decir, por otra parte, que cierto grado de acompañamiento desde el exterior ha sido importante para nuestra resiliencia. Por momentos, la coyuntura Latinoamérica ha sido un factor a considerar, quizás latente, pero que no puede ser ignorada en los cálculos del gobierno de Estados Unidos en su política hacia Cuba y hacia la región.
Obviamente el objetivo perseguido con el bloqueo de rendir por hambre al pueblo cubano y provocar el derrocamiento de la Revolución no ha sido ni será alcanzado. Muy por el contrario, ha catalizado la capacidad de resistencia de los cubanos y ha concitado una mayor simpatía y la solidaridad para con Cuba en el resto del mundo.
Pero ello no debe opacar que ese fracaso en lo político ha sido acompañado por un impacto real, nefasto sobre nuestra sociedad y nuestra economía. Mucho daño y sufrimiento ha generado para nuestra población, para el ciudadano de a pie, lo cual testifica el carácter criminal de esa política anticuada, hipócrita y contraproducente.
A la par con ello, el gobierno cubano ha expresado una y otra vez su disposición para el diálogo respetuoso y edificar un nuevo tipo de relaciones con los Estados Unidos, de construir una relación respetuosa. Esa disposición a dialogar sobre temas bilaterales ha sido reiterada por estos días por el presidente cubano Miguel Diaz-Canell, al tiempo que se reitera que no puede pretenderse, ni por un momento, que Cuba renuncie a los principios de la Revolución y el Socialismo, ni que realice concesiones inherentes a su soberanía e independencia, o ceda en el ejercicio de su política exterior comprometida con las causas justas, la defensa de la autodeterminación de los pueblos y el histórico apoyo a países hermanos.
Mientras el bloqueo y la hostilidad de los gobiernos estadounidenses no se modifiquen y no se dispongan a un trato respetuoso y de igual a igual entre nuestros países es y será siempre fundamental, que Cuba y el pueblo cubano sigan adelante, sin ceder en lo esencial de su soberanía y demostrando su capacidad de mantener la estabilidad, el desarrollo y su inserción económica con el resto del mundo
[1]https://history.state.gov/historicaldocuments/frus1958-60v06/d499
De entre los muchos crímenes del imperio estadounidense contra países de Latinoamérica se destacan las décadas de agresión contra la República de Cuba. Por estos días se repiten las altaneras declaraciones del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, de que se va a apoderar de Cuba, hacer con ella lo que quiera, o que los cubanos, llenos de miedo, van a entregar su soberanía y olvidarse de sus tradiciones patria. A la par con ello despliega naves de guerra cerca de nuestras costas.
Con asombro, el mundo ha visto como la hostilidad, al acoso y las agresiones de varios decenios, se suma ahora un bloqueo energético, para impedir que compremos combustibles o incluso con acciones de piratería e incautación de los cargueros que pretendan llevar petróleo a nuestros puertos. Y pretenden justificarlo con acusaciones infundadas y con argumentos insostenibles declarando que Cuba representa “una amenaza inusual y extraordinaria” para la seguridad de Estados Unidos.
Es una acusación ridícula y a su vez peligrosa. Contradice las evaluaciones realizadas durante casi tres décadas por el Pentágono y el Comando Sur. A mediados de la década de 1990, ante una solicitud del Congreso, el Departamento de Defensa yanqui respondió de forma clara que, en su evaluación, consideraba a la isla como una amenaza nula, salvo que se produjera un éxodo masivo hacia Estados Unidos y la región.
El Índice Global de Crimen Organizado, financiado por el gobierno estadounidense, sitúa a Cuba en el puesto 168 de 193 países en términos de criminalidad.
No vemos justificación para una acción militar contra Cuba. Cuba es un país pacífico. No somos enemigos de Estados Unidos. La Isla no alberga, no apoya, no financia ni permite organizaciones terroristas o extremistas; ni existen bases militares o de inteligencia extranjera en su territorio, y nunca ha apoyado ninguna actividad hostil contra EE.UU. ni permitirá que desde Cuba se actúe contra otra nación. No representamos ninguna amenaza.
La cooperación bilateral en materia de seguridad con la isla ha demostrado esta afirmación, con una colaboración activa en la interdicción de narcóticos ilegales, el control de la migración ilegal, la ayuda en casos de desastres naturales e incluso la eliminación de residuos tóxicos.
Una agresión militar contra Cuba, además de criminal, originaria una grave crisis e inestabilidad en la región. Lo que suceda con Cuba hoy le puede suceder a cualquier país. Los propios Estados Unidos corre el riesgo de crear un foco de caos e inestabilidad en su propia frontera.
Una añeja pretensión
Es sabido que desde su fundación hace 250 años, ese país anheló y trabajó para apoderarse de Cuba. La hostilidad de ese gobierno se potenció con el triunfo de la Revolución de 1959, al establecer esta una política de rescate de sus recursos nacionales y de su soberanía, y al dar al traste con el statu neocolonial y dependiente. Por ello, para los gestores de la política yanqui devino esencial acabar con el mal ejemplo soberano de Cuba y con nuestro derecho a la autodeterminación.
Se recurrió a una guerra económico-financiera brutal, a la subversión, al terrorismo, agresiones militares, sabotajes, el uso de mercenarios, planes de atentado contra Fidel Castro, introducción de virus para afectar nuestra producción agropecuaria y muchas otras acciones que violan de manera flagrante los principios esenciales del derecho internacional.
Ha sido una amenaza inusual. Estamos hablado de la hostilidad sostenida por parte del más poderoso imperio de la historia, situado en nuestra vecindad, a unos 150 Kms.; algo así como la distancia entre Santiago y La Ligua.
Una formulación oficial, el Memorando de Lester Mallory, Vicesecretario de Estado Asistente para Asuntos Interamericanos del Departamento de Estado, que se puso a la atención del presidente Dwight Eisenhower y fechado 6 de abril de 1960, sintetiza las intenciones para establecer el bloqueo, al señalar:
“La mayoría de los cubanos apoya a Castro… No existe una oposición política efectiva… La influencia comunista está impregnando el gobierno… Todos los medios posibles deben emprenderse con prontitud para debilitar la vida económica de Cuba… Realizar los mayores avances para negar dinero y suministros a Cuba, para disminuir los salarios monetarios y reales, para provocar hambre, desesperación y el derrocamiento del gobierno…”.[1]
El espíritu de aquella nota, actuó con la fuerza de una directiva contra Cuba llevada a cabo y reforzada por catorce administraciones, tanto demócratas como republicanas. El tenor general de la posición de EE. UU. hacia Cuba es un enfoque de línea dura en lo que considera su patio trasero al estilo de la Doctrina Monroe, y de su temprano afán durante más de un siglo por anexarse la isla.
Ciertamente Cuba se encuentra ahora en medio de grandes dificultades. Aunque el gobierno de Estados Unidos sabe que los problemas que enfrenta Cuba se deben, en gran medida, a sus políticas de bloqueo yanqui, Trump incrementa su palabrería pues cree ver en ello como una oportunidad de apoderarse de nuestro país. Son realmente sueños irrealizables, que se les desvanecerán como pompas de jabón,
El bloqueo económico, financiero, comercial, de alcance extraterritorial, con sanciones equivalentes a una verdadera guerra económico-financiera contra Cuba, es llamado por ellos eufemísticamente un “embargo”. Ha generado pérdidas de entre dos y cuatro mil millones de dólares anuales durante sesenta años, aunque no hay cifras para aquilatar la magnitud de las dificultades y sufrimientos ocasionados a la población cubana.
Durante un cuarto de siglo, año tras año, la Asamblea General de Naciones Unidas ha apoyado resoluciones que emplazan a Estados Unidos y condenan su política del bloqueo. Han sido votaciones casi unánimes, aprobadas por unos 180 países. Chile ha respaldado sistemáticamente esas resoluciones.
Algunos ámbitos concretos del bloqueo y su impacto
No es una cuestión de que Cuba vuelva a tener o no acceso al mercado estadounidense. Tengamos en cuenta que:
+ el asedio nos obliga a comerciar con la mayor desventaja, con prohibición de transacciones en dólares; obligados al uso de costosos préstamos comerciales a corto plazo; limita el marco de suministradores disponibles y los encarece; restringen transacciones de terceros países con insumos de procedencia cubana, y a Cuba adquirirlos de cualquier procedencia si contienen valores de procedencia estadounidense; se prohíbe a navíos acceder a sus puertos si han hecho escala en nuestras costas; no podemos acceder a tecnologías de los Estados Unidos ni, a veces, a la de ningún otro país desarrollado; y tratan por todos los medios de impedir cualquier vía de ingreso de divisas al país y frustrar cuanta oportunidad de negocio Cuba gestiona en el mundo.
La embestida se extiende a muchos otros campos. Funcionarios estadounidenses se dedican a presionar, con amenazas de fuertes sanciones, a entidades privadas y a gobiernos de todo el mundo para que se abstengan de relacionarse con nuestro país. El marco de esa política también se extiende a la prohibición inconstitucional de viajar a Cuba aplicada a los ciudadanos estadounidenses, con el fin de afectar nuestra industria turística.
Por estos días la presiones y el carácter extraterritorial del bloqueo se intensifican. A comienzos de mayo, el presidente Trump emitió una nueva orden ejecutiva mucho más amplia, con medidas dirigidas contra cualquier persona o entidad “extranjera o estadounidense” que opere en sectores vitales para el ingreso de divisas a la isla. Se trata de subvertir el orden interno, estrangular la economía y anular la capacidad de Cuba para relacionar su sistema bancario y su economía con el resto del mundo.
La ofensiva imperial ha golpeado múltiples frentes: Visa y Mastercard dejan de operar en la isla; mineras canadienses y cadenas hoteleras españolas huyen por miedo a las sanciones secundarias de la administración Trump. Pero el país no está cruzado de brazos; se buscan y se encuentran alternativas para resistir.
En los últimos cinco años unas 250 nuevas medidas hostiles han sido adoptadas por el gobierno estadounidense. Con cada nueva administración se agregan nuevos pretextos y acciones hostiles en ámbitos que amplían la política de bloqueo. Entre esos ámbitos están el migratorio, tradicionalmente instrumentalizado para atacar a Cuba o crear dificultades bilaterales. Dejaron de cumplir la entrega de visados fijada en los acuerdos migratorios bilaterales, mientras estimulan las salidas ilegales. Paralelamente, con gran el cinismo, Washington amenaza con fuertes medidas si Cuba permite el flujo migratorio desordenado y masivo.
Como parte del cerco, tiene gran impacto la inclusión de Cuba en una espuria lista de países de “países patrocinadores del terrorismo”, la cuales sirve de base a sanciones contra Cuba y a terceros países, mucho de los cuales se ven amedrentados ante esa medida.
La complejidad de las leyes y regulaciones del bloqueo potencia permanentemente la influencia de la claque política y económica anti cubana de La Florida sobre los funcionarios electos y las maquinarias políticas nacionales de ambos partidos del sistema.
En la retórica contra Cuba, quedan relegados múltiples vínculos bilaterales que subsisten y son de beneficio mutuo para ambos países; en materia de seguridad del tránsito aéreo y marítimo, lucha contra el narcotráfico y el crimen organizado, coordinación en materia de meteorología; facilitar vínculos familiares entre los cubanos que residentes en ambos países, y por supuesto, en lo referente a mencionados acuerdos bilaterales para flujo migratorio ordenado.
Hay muchas esferas válidas para un dialogo bilateral constructivo y son muchos en ese país quienes podrían beneficiarse con una relación constructiva con Cuba. Por ejemplo, sectores empresariales, exportadores agrícolas, firmas de capital e inversionistas con oportunidades de negocios existentes en la isla; una parte sustantiva de la comunidad de cubanos residentes en ese país; centros de investigación y empresas farmacéuticas interesadas en los beneficios que pueden derivarse de los logros científicos de Cuba en esos campos, etcétera. En ese marco todo en posible; en el pasado se alcanzaron muchos acuerdos y todos fueron cumplidos por Cuba; no siempre por la parte estadounidense.
Hay que decir, por otra parte, que cierto grado de acompañamiento desde el exterior ha sido importante para nuestra resiliencia. Por momentos, la coyuntura Latinoamérica ha sido un factor a considerar, quizás latente, pero que no puede ser ignorada en los cálculos del gobierno de Estados Unidos en su política hacia Cuba y hacia la región.
Obviamente el objetivo perseguido con el bloqueo de rendir por hambre al pueblo cubano y provocar el derrocamiento de la Revolución no ha sido ni será alcanzado. Muy por el contrario, ha catalizado la capacidad de resistencia de los cubanos y ha concitado una mayor simpatía y la solidaridad para con Cuba en el resto del mundo.
Pero ello no debe opacar que ese fracaso en lo político ha sido acompañado por un impacto real, nefasto sobre nuestra sociedad y nuestra economía. Mucho daño y sufrimiento ha generado para nuestra población, para el ciudadano de a pie, lo cual testifica el carácter criminal de esa política anticuada, hipócrita y contraproducente.
A la par con ello, el gobierno cubano ha expresado una y otra vez su disposición para el diálogo respetuoso y edificar un nuevo tipo de relaciones con los Estados Unidos, de construir una relación respetuosa. Esa disposición a dialogar sobre temas bilaterales ha sido reiterada por estos días por el presidente cubano Miguel Diaz-Canell, al tiempo que se reitera que no puede pretenderse, ni por un momento, que Cuba renuncie a los principios de la Revolución y el Socialismo, ni que realice concesiones inherentes a su soberanía e independencia, o ceda en el ejercicio de su política exterior comprometida con las causas justas, la defensa de la autodeterminación de los pueblos y el histórico apoyo a países hermanos.
Mientras el bloqueo y la hostilidad de los gobiernos estadounidenses no se modifiquen y no se dispongan a un trato respetuoso y de igual a igual entre nuestros países es y será siempre fundamental, que Cuba y el pueblo cubano sigan adelante, sin ceder en lo esencial de su soberanía y demostrando su capacidad de mantener la estabilidad, el desarrollo y su inserción económica con el resto del mundo
[1]https://history.state.gov/historicaldocuments/frus1958-60v06/d499

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