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La deuda y los espectros que vienen a cobrarla

Do Rebelión, 13 de junho 2026
Por Giovanni Libreros



“La tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos”.

K. Marx

Colombia llega a la segunda vuelta con varios peligros acechando: desfinanciación, guerra, desigualdad, precarización y miedo. La votación definitiva será el próximo 21 de junio, pero el dilema político ya está instalado. No se trata solo de decidir qué propuesta gobernará, sino de establecer sobre quiénes recaerá el costo del próximo ajuste estructural, qué fuerzas lograrán interpretar el descontento y bajo qué orientación se reorganizará el bloque dominante y las fuerzas que proponen el cambio.

En este contexto reflexionamos sobre el porvenir de la deuda y la forma en que ésta convoca los espectros que vienen a cobrarla. A tal efecto, el problema no se reduce al déficit fiscal, las tasas de interés o la tributación, sino que abarca una herencia opresiva, una promesa incumplida, una culpa administrada y una técnica velada de gobierno.

Por eso, sostenemos que la batalla decisiva no es solo fiscal sino hegemónica: se trata de definir si el programa de ajuste será presentado como destino inevitable o si podrá ser politizado frente a quienes ya pagaron con su vida, trabajo, tierra y bienestar, las imposiciones de los empréstitos internacionales. La visión que prevalezca orientará el sentido de la crisis y legitimará —o exacerbará— los costos sociales del nuevo ciclo neoliberal.

Para comprender el dilema, esta reflexión se desarrolla en dos momentos. En el primero se aborda los límites del progresismo para mostrar el despliegue de una crisis mediada por la recomposición de las derechas, la pérdida de confianza institucional y el ascenso global del neofascismo [1]. En el segundo se analiza la especulación y la renta financiera como forma de administración, pero sobre todo como poder que restringe las expectativas sociales y el horizonte de lo posible. Sin esta doble lectura, el análisis queda atrapado en la superficie del espectáculo electoral y pierde de vista las estructuras que organizan la coyuntura.

Los límites orgánicos del progresismo

La primera vuelta evidenció, precisamente, los contornos de una crisis orgánica en proceso. La derecha uribista no desapareció electoralmente, sino que se recompuso alrededor de una figura vendida como outsider, pero que representa los valores más reaccionarios al tiempo que promete castigo social, reducción del Estado y subordinación al imperialismo del dólar [2]. Sin embargo, el progresismo emerge con una votación histórica, pero obligado a explicar cómo sostendrá los avances en medio de restricciones presupuestales, desconfianza empresarial y un cansancio frente al personalismo presidencial.

En términos gramscianos, una crisis orgánica se expresa cuando ninguna fuerza logra una hegemonía plena. Es por ello que las contradicciones que atraviesan al pueblo siguen gestándose: malestares producidos por acción u omisión del gobierno, errores de conducción, agravios o negligencias que resienten liderazgos y agrupaciones locales, sectores medios, regiones, territorios y comunidades.

Muchos de esos conflictos se mantienen sin ser asumidos por quienes, a nombre del petrismo, ocupan dignidades en el Parlamento, las corporaciones públicas, los ministerios, las administraciones departamentales, municipales y demás instituciones estatales. En este punto, la falta de autocrítica —entendida en el sentido más genuino— puede haber marcado el límite del bloque gobernante: aunque dirige importantes aparatos institucionales, no ha logrado legitimarse completamente. Esta situación abre la grieta en torno al significado del primer gobierno de izquierda sin que, hasta ahora, se haya logrado recomponer la integridad ética del proyecto.

La anterior permite leer de otro modo el “empate” electoral. Hay, como dijimos, una crisis que no se entiende solo por la polarización, sino por aquello que A. Gramsci denominaba como un “equilibrio de fuerzas de perspectiva catastrófica”, es decir, por una situación donde la derecha no consigue restaurar su visión del mundo, mientras que el progresismo tampoco logra convertir el inconformismo en voluntad colectiva capaz de estabilizar la imagen del cambio. En ese interregno, la disputa queda abierta: la necesidad de ajustar el gasto social puede tramitarse por una vía democrática y contrahegemónica, orientada a recomponer legitimidad popular; o puede derivar en una “salida cesarista”, punitiva y restauradora, que prometa orden allí donde ninguna fuerza logra construir un consenso suficiente [3].

No sabemos si esta grieta fue provocada por el propio presidente, o si expresa un desgaste más profundo del “petrismo” en su fallido proceso de construcción partidaria. La respuesta exige matices y sería prematuro decretar una crisis del Pacto Histórico, pero resulta evidente el agotamiento de su traducción gubernamental y su limitada capacidad de construcción hegemónica. Ahora bien, lo que sí parece estar en crisis terminal es la izquierda, no porque haya dejado de existir, sino porque su adaptación a la institucionalidad del sistema y su pobreza teórica, le han impedido disputar un liderazgo cultural que ofrezca una perspectiva más allá del capitalismo.

En este sentido, el agotamiento del ciclo socioliberal se explica en razón a que el gobierno no logra una articulación eficiente entre Estado, pueblo organizado, reformas sociales y sentido común mayoritario. La paradoja es evidente: aunque algunos resultados permiten defender la gestión gubernamental, la creciente preocupación por la inseguridad, la corrupción y la incertidumbre habilitó un terreno fértil para que la derecha se reorganice bajo una gramática autoritaria, confesional y ultraconservadora. En ese punto, el “empate catastrófico” deja de ser solo electoral y se convierte en una batalla por transformar la confusión en esperanza movilizadora.

Por ahora, la tarea urgente es frenar el neofascismo y ésta parece recaer en la reivindicación de los avances conquistados. A estas alturas, tomar distancia de aquello que aparece socialmente asociado al desgaste —más que de la figura de Petro, del petrismo gobernante— podría resultar tardío y políticamente azaroso, pues correría el riesgo de desorganizar la votación lograda en primera vuelta. Sin embargo, si el objetivo es reducir la dependencia del proceso democrático con respecto al liderazgo caudillista y de una izquierda burocratizada, así como de superar la mera administración del orden existente, esa discusión tendrá que abrirse después de la refrendación en las urnas. De no producirse, el nuevo qué hacer exigirá un enorme esfuerzo de inventiva política por preservar los acumulados, reorganizar las fuerzas populares y abrir nuevos caminos capaces de impedir que la derrota se convierta en una catástrofe histórica.

El gobierno de la “Deuda”

Otra cuestión urgente es la situación económica y su rumbo inmediato. Colombia enfrenta un escenario concreto de restricciones y discusiones distributivas. En efecto, el propio Ministerio de Hacienda proyectó para 2026 un déficit del Gobierno Nacional de 6,2 % del PIB, una deuda neta cercana al 63 % del PIB y un ajuste gradual condicionado por una reforma tributaria, mayores ingresos extraordinarios y revisiones del gasto público. A ello se suman presiones difíciles de eludir en salud, subsidios de energía y gas, inversión pública y obligaciones con las víctimas del conflicto armado [4].

Se sabe que el candidato De la Espriella habla de reducción de impuestos, seguridad jurídica y confianza inversionista, mientras que Cepeda insiste en ingresos progresivos, inversión social, paz y reforma tributaria con mayor carga sobre quienes más tienen. Pero esos programas no llegan al ciudadano como lecturas técnicas, sino convertidos en narrativas morales: “Hay que apretarse el cinturón”, “nos están robando”, “los subsidios dañaron el país”, “los ricos deben pagar” o “sin seguridad no hay economía”, todas ellas fórmulas de sentido común mediante las cuales el endeudamiento deja de parecer una relación de acumulación, para presentarse como un destino inevitable.

Como advierte Lazzarato, la “Deuda” debe entenderse como una relación de poder que organiza conductas, distribuye culpas, captura ingresos futuros y define los límites de lo políticamente posible [5]. La cuestión consiste, por tanto, en qué resultaría si todo derecho queda conculcado a las obligaciones financieras. Justamente, la deuda gobierna porque convierte la promesa en cálculo fiscal, la demanda social en gasto sospechoso y el porvenir en una garantía enajenada a los prestamistas.

Entonces, se trata de un asunto que exige intervenciones más amplias, capaces de interpelar a quienes deciden sobre el tiempo colectivo. Cuando el régimen monetario se impone como límite natural, no solo se bloquean las reformas, también se estrangula la imaginación política. Efectivamente, si la deuda opera como una pedagogía de la obediencia, la acción “desde abajo” debería enseñar todo lo contrario: que sí hay alternativas y que las grandes transformaciones no tienen por qué seguir siendo aplazadas.

Recordemos, la dictadura financiera no necesita suspender la democracia, solo ordenar sus márgenes. Así, las elecciones pueden realizarse, los candidatos competir y los programas diferenciarse. Es más, el sistema puede tolerar una gerencia progresista siempre y cuando cumpla con la disciplina fiscal y no cuestione el poder de los acreedores.

Ciertamente los gobiernos reciben un mandato popular, pero este viene amarrado a una hipoteca. Ello explica que cada reforma social deba justificarse ante la deuda y que, cada gasto, deba probar que no amenaza la renta privada. Siendo así, el monetarismo no solo dispone de los bienes comunes, también administra las expectativas. Este sistema, entonces, produce sujetos obedientes a su propia precariedad y convierte el gobierno de turno en gestión de obligaciones heredadas.

Queda claro, pues, que una dirección contrahegemónica rompe con esa naturalización. Desde luego, no se trata de desconocer irresponsablemente la realidad fiscal, sino de politizar aquello que la tecnocracia busca clausurar: el reconocimiento de la deuda social que sigue sin saldar.

Ya que junto a la deuda financiera existe otra más profunda con los territorios abandonados, las víctimas del conflicto, la juventud precarizada, las mujeres que sostienen la reproducción social, los trabajadores empobrecidos y las mayorías que, mediante sacrificios cotidianos, han financiado la estabilidad del orden vigente. Son ellas quienes cargan con la crisis sin ser reconocidas como lo que realmente son: la fuente material que sostiene los grandes beneficios del capital y de los inversionistas.

En consecuencia, una salida digna debería indicar que la sostenibilidad de las finanzas públicas no puede lograrse asfixiando la vida familiar y personal, dado que el verdadero realismo no consiste en aceptar la deuda como un destino inevitable, sino en decidir libremente qué futuro no estamos dispuestos a seguir hipotecando.

En este debate, Derrida permite pensar desde las figuras del espectro y del duelo aquello que no está plenamente presente, pero insiste, retorna y exige respuesta [6]. En Colombia, decidir “desde arriba” sin reconocer esas presencias —las víctimas, los territorios, las vidas precarizadas, las promesas incumplidas— vuelve indecente cualquier medida presentada como simple ordenamiento fiscal. Ahora bien, la pregunta es si debemos seguir pagando por la estabilidad de un orden que no reconoce todo el sufrimiento causado por la codicia infinita de unos pocos.

En conclusión, la segunda vuelta no solo decidirá quién administra la “Deuda”, sino si ésta seguirá exorcizando a sus espectros, o si, por el contrario, despertará a los vivos de cara al horizonte revolucionario. La deuda manda cuando logra parecer destino; pero deja de mandar cuando los fantasmas retornan para reclamar otro mundo posible.

Notas y referencias

[1] A propósito de la categoría “neofascismo”, remito a las y los lectores al trabajo del profesor Sergio De Zubiría Samper, publicado recientemente en la Revista Izquierda bajo el título “Características del fascismo actual y procesos de fascistización societaria”. Disponible en: https://revistaizquierda.com/caracteristicas-del-fascismo-actual-y-procesos-de-fascistizacion-societaria/

[2] La noción de “imperialismo del dólar” remite al análisis de Maurizio Lazzarato sobre la hegemonía monetaria, financiera y militar de Estados Unidos en el capitalismo contemporáneo. Ver en: Lazzarato, M. (2023). El imperialismo del dólar: Crisis de la hegemonía estadounidense y estrategia revolucionaria. Tinta Limón.

[3] Conviene precisar que la fórmula gramsciana del “equilibrio de fuerzas de perspectiva catastrófica”, fue desarrollada en las notas sobre el cesarismo y la crisis de hegemonía. Allí, Gramsci vincula esta situación con momentos en los que la clase dirigente pierde capacidad de dirección, mientras las clases subalternas aún no logran constituir una alternativa hegemónica orgánica. Véase Antonio Gramsci, Cuadernos de la cárcel, cuaderno 13, notas sobre cesarismo y crisis de hegemonía.

[4] Según la Actualización del Plan Financiero 2026 consistente con el Proyecto de Presupuesto General de la Nación 2026, elaborada por el Ministerio de Hacienda y Crédito Público y el CONFIS, el ajuste dependería de mayores ingresos tributarios asociados a una reforma tributaria, excedentes de entidades públicas, reducción del gasto por intereses y revisiones del gasto primario, en un contexto de presiones derivadas del aseguramiento en salud, subsidios de energía y gas, inversión pública y cumplimiento de mandatos judiciales relacionados con las víctimas del conflicto armado.

[5] Para esta lectura de la deuda como relación de poder, producción de subjetividad y forma de gobierno del futuro, véase Maurizio Lazzarato, La fábrica del hombre endeudado. Ensayo sobre la condición neoliberal, Buenos Aires, Amorrortu, 2013.

[6] La lectura de la deuda desde las figuras del espectro, la herencia y el trabajo del duelo se apoya en la reflexión de Jacques Derrida sobre la justicia, la responsabilidad frente a los ausentes y la necesidad de pensar políticamente aquello que retorna como deuda histórica no saldada. Véase: Derrida, J. (2012). Espectros de Marx: El estado de la deuda, el trabajo del duelo y la nueva Internacional. Trotta.

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