Por Eduardo Robaina: Climática
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Mayo de 1869. John Wesley Hyatt, empleado de una imprenta, patenta un nuevo material con el que fabricar bolas de billar. No lo sabe, pero el mundo acaba de cambiar para siempre. Su celuloide terminó con el uso del marfil en las fábricas de juegos, de teclas de piano o de peines. E inauguró la era del plástico. El celuloide de Hyatt tenía todas las ventajas de los productos naturales, pero podía fabricarse a gran escala y, además, era barato. Poco a poco, fue ganando terreno en la industria y, también, fue sumando nuevos compañeros de viaje, como la baquelita y (ya en el siglo XX) los plásticos derivados del petróleo, como el PET o el PVC.
La gran revolución del plástico, sin embargo, tardaría un poco más en llegar. Hasta finales de la II Guerra Mundial, las cosas que se fabricaban con este material no eran muchas. Pero en los años posteriores el plástico se convirtió en el mejor socio de la sociedad de consumo que abanderaba Estados Unidos, un sistema económico que necesitaba (y sigue necesitando) que las cosas se consumiesen, se quemasen, se desgastasen, se reemplazasen y se desechasen a un ritmo cada vez más alto.
Así, el plástico se convirtió en el material estrella de esta filosofía y en el protagonista indiscutible de la cultura del usar y tirar. Encajaba a la perfección en los planes del nuevo mundo que nacía tras la guerra. Y encajaba también a la perfección en los planes de la pujante industria petrolera. Sin embargo, aunque hoy nos pueda parecer extraño, esta cultura del usar y tirar se encontró un obstáculo enfrente: el sentido común. Nadie parecía entender por qué había que pagar por un material tan valioso y duradero, que se podía reutilizar una y otra vez, para tirarlo al poco tiempo y después comprar el mismo objeto de nuevo. Algo que hoy nos parece habitual, en 1950 era un sinsentido.
Ahí estaba, claro, la ayuda inestimable de la publicidad para cambiar las cosas. No solo para hacernos partícipes de ese nuevo consumo de usar y tirar, sino también para ayudarnos a ignorar las consecuencias. En los años 70 del siglo pasado, la acumulación de residuos ya era un problema evidente para el conjunto de la sociedad, así que la industria empezó a promover las soluciones. Podíamos seguir comprando y tirando sin mesura mientras supiésemos gestionar bien la basura que generábamos. Así, primero fue el turno de los vertederos y de la incineración y, a partir de los 80, llegó el momento del reciclaje.
Los fabricantes de plástico ya conocían entonces las limitaciones del reciclaje: el material reciclado apenas tiene mercado, el coste de reciclar es más alto que el de producir material virgen, las plantas de reciclaje tienen que gestionar muchos tipos de plástico diferente, la calidad del plástico se degrada a medida que se recicla, algunos plásticos contienen aditivos químicos tóxicos que se liberan durante el reciclaje… Tal como demuestran dos investigaciones recientes del Center for Climate Integrity, nada de eso fue un obstáculo (ni lo sigue siendo en la actualidad) en el plan de las petroquímicas.
Estas empresas pusieron toda la carne en el asador con el objetivo de desinformar y de culpabilizar al consumidor. Apelando a la preocupación de las personas por los residuos, a ese deseo de querer hacer algo, lograron desplazar la responsabilidad del problema de los plásticos de quien se lucra con su producción a quien lo usa. Hoy, ese discurso sigue incrustado en el debate del plástico: nos han hecho creer que el problema no es quien produce más de 400 millones de toneladas de este material al año, sino quien no separa sus residuos en casa.
Sin embargo, a pesar de los esfuerzos, hoy apenas se recicla el 9% del plástico producido a nivel mundial (aunque es cierto que los porcentajes son mucho más altos con algunos plásticos concretos, como el PET). Desde 1950, se han producido más de 10.000 millones de toneladas de plásticos vírgenes, de los cuales un 9% ha sido reciclado, un 12% incinerado y un 79% acumulado en vertederos a cielo abierto o, directamente, en el medioambiente. El valor del negocio, mientras tanto, no deja de crecer: el mercado global del plástico superó los 525.000 millones de dólares en 2024.
En unas pocas décadas, los materiales que se agrupan bajo la etiqueta plástico han conquistado el planeta (y no solo nuestra sociedad). Están en lo más alto y en lo más profundo de la Tierra. No importa lo remoto que sea el lugar en que busquemos, lo más probable es que haya restos de plásticos (casi siempre, minúsculos, los llamados micro y nanoplásticos). Y cada vez acumulamos más evidencias de los impactos que esta contaminación global tiene en todos los seres vivos, incluidos nosotros.
Desde hace varios años, los países negocian un Tratado mundial contra la contaminación por plásticos para ponerle solución al problema, para pactar un marco que nos ayude a remar a todos en el mismo sentido. Sin embargo, la mayoría de estados productores de plástico (y de petróleo) no están por la labor. También hay esfuerzos locales, movimientos activistas cada vez más fuertes, nuevos materiales… Pero seguimos sin dar con la tecla definitiva. ¿Cuál es la solución, entonces?
La respuesta no es sencilla ni única y el camino está lleno de nuevas preguntas. Todas ellas (o casi todas) las exploramos Tania Alonso Cascallana y este autor en el libro La era del plástico. El viaje de los microplásticos por el planeta y nuestro cuerpo (Shackleton Books).
Fuente: https://climatica.coop/era-plastico-culpa-petroleras/

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