Por Michel Husson: Viento sur
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La teoría del valor-trabajo está en el centro del análisis marxista del capitalismo. Por lo tanto, es normal comenzar por ella si se quiere evaluar la utilidad de la herramienta marxista para la comprensión del capitalismo contemporáneo. Este debate no es nuevo y debemos distinguir dos tipos de preguntas: 1) ¿los progresos ulteriores de la ciencia económica no han vuelto caduca la teoría del valor?; 2) ¿las nuevas características del capitalismo no la han superado? Mientras respondemos a estas dos objeciones, nos dedicaremos a mostrar por qué esta referencia teórica es una plomada irremplazable en muchos de los debates actuales.
Lo que dice la teoría del valor
Aquí no se trata de exponer esta teoría en todos sus desarrollos[1]. Después de todo, se la puede resumir muy sucintamente alrededor de la idea central de que el trabajo humano es la única fuente de creación de valor. Por valor, es necesario entender aquí el valor monetario de las mercancías producidas por el capitalismo. A partir de ahí, nos encontramos confrontados al enigma de un régimen económico en el que los trabajadores y trabajadoras producen la integridad del valor, pero no reciben más que una fracción en la forma de salario, yendo el resto a la ganancia. Los capitalistas compran los medios de producción (máquinas, materias primas, energía, etc.) y la fuerza de trabajo; producen mercancías que venden y al final del proceso, se encuentran con más dinero que el que han invertido al principio. La ganancia es la diferencia entre el precio de venta y coste de producción de ese producto. Esta constatación es la que sirve de definición en los manuales.
Pero el misterio sigue estando ahí. Si compro mercancías en un negocio y trato de revenderlas más caras, no lo lograré, a menos que, de una u otra manera, robe a mi cliente o haga contrabando. Pero una sociedad no puede estar fundada, durante mucho tiempo, en el engaño y la malversación. Por el contrario, el capitalismo funciona normalmente a partir de una serie de intercambios iguales; en un momento dado, el capitalista paga las mercancías y a sus asalariados y asalariadas a precio de mercado. Salvo situación excepcional, la persona asalariada recibe una retribución de su trabajo conforme al precio de mercado, aún cuando, a través la lucha social, busque aumentar ese precio.
Es alrededor de esta cuestión, absolutamente fundamental, que Marx abre su análisis del capitalismo en El Capital. Antes de él, los grandes clásicos de la economía política, como Adam Smith o Ricardo, procedían de otra manera, preguntándose qué era lo que regulaba el precio relativo de las mercancías: ¿por qué, por ejemplo, una mesa vale el precio de cinco pantalones? Rápidamente, la respuesta que se imponía era la de decir que esta relación de 1 a 5 refleja más o menos el tiempo de trabajo necesario para producir un pantalón o una mesa. Esto es lo que podríamos llamar la versión elemental del valor-trabajo.
Luego, estos economistas –a los que Marx calificó como clásicos y a los que respetaba (a diferencia de otros economistas, a los que bautizó como vulgares) – buscaban descomponer el precio de la mercancía. Además del precio de la materia prima, el precio incorpora tres grandes categorías: la renta, la ganancia y el salario. Esta forma trinitaria parece muy simétrica: la renta es el precio de la tierra, la ganancia el precio del capital y el salario, el precio del trabajo. De ahí la siguiente contradicción: por un lado, el valor de una mercancía depende de la cantidad de trabajo necesaria para su producción; pero, por el otro, no incluye más que el salario. Esta contradicción se complica cuando se hace notar, como Ricardo, que el capitalismo se caracteriza por la formación de una tasa general de ganancia, dicho de otro modo, que los capitales tienden a tener la misma rentabilidad, cualquiera sea la rama en que son invertidos. Ricardo se da de bruces ante esta dificultad.
La solución propuesta por Marx era, a la vez, genial y simple (al menos a posteriori). Aplica a la fuerza de trabajo, esta mercancía un poco particular, una distinción clásica, de la que se apropia, entre valor de uso y valor de cambio. La idea es la siguiente: el salario es el precio de la fuerza de trabajo que es socialmente reconocido en un momento dado como necesario para la reproducción de la fuerza de trabajo. Entonces, el salario es el precio de la canasta de consumo medio del asalariado. Desde este punto de vista, el intercambio entre el vendedor de fuerza de trabajo y el capitalista es, en regla general, una relación igual. Pero la fuerza de trabajo tiene la propiedad particular –es su valor de uso– de producir valor. El capitalista se apropia la totalidad de este valor producido, pero no paga más que una parte, porque el desarrollo de la sociedad hace que las y los asalariados puedan producir durante su tiempo de trabajo un valor más grande que el que van a recuperar en forma de salario. Hagamos como Marx en las primeras líneas de El Capital y observemos a la sociedad como una “inmensa acumulación de mercancías”, todas producidas por el trabajo humano. Se pueden hacer dos partidas con esto: la primera partida está formada por bienes y servicios de consumo que regresan a los trabajadores y trabajadoras; la segunda partida, que comprende a los bienes llamados de lujo y los bienes de inversión, corresponden al plusvalor. El tiempo de trabajo del conjunto de esta sociedad puede, a su vez, ser descompuesto en dos: el tiempo consagrado a producir la primera partida, llamada por Marx trabajo necesario, y el plustrabajo es el que se consagra a la producción de la segunda partida.
En el fondo, esta representación es bastante simple, pero para llegar a ella hay que tomar un poco de distancia y adoptar un punto de vista social. Es precisamente este paso atrás el que es difícil de hacer, porque la fuerza del capitalismo es proponer la visión de una sociedad que hace una larga serie de intercambios iguales. Contrariamente al feudalismo, en donde el plustrabajo era perceptible físicamente, fuera por entregar una cierta proporción de la recolección o por ir a trabajar un cierto número de días por año a la tierra del señor, esta distinción entre trabajo necesario y plustrabajo se vuelve opaca en el capitalismo debido a las modalidades del reparto de la riqueza y de una división social del trabajo muy profunda.
¿Las finanzas permiten enriquecerse mientras se duerme?
La euforia bursátil y las ilusiones creadas por la nueva economía han dado la impresión que uno podía enriquecerse mientras dormía; que las finanzas se convertían en una fuente autónoma de valor. Estos fantasmas típicos del capitalismo no tienen nada de original. En Marx ya se encuentran todos los elementos para hacer la crítica de esto, sobre todo en los análisis del Libro 2 de El Capital dedicados al reparto de la ganancia entre interés y ganancia de empresa. Marx escribe, por ejemplo, que: “en su representación popular, el capital financiero, el capital que aporta el interés es considerado como capital en sí, el capital por excelencia”. En efecto, parece capaz de procurar un ingreso, independientemente de la explotación de la fuerza de trabajo. Por eso, agrega Marx, “para los economistas vulgares que tratan de presentar al capital como fuente independiente de valor y de creación de valor, esta forma es algo interesante, evidentemente, ya que vuelve irreconocible el origen de la ganancia y otorga al resultado del proceso de producción capitalista –separado del proceso mismo– una existencia independiente”.
El interés y, en general, las rentas financieras, no representan el “precio del capital” que estaría determinado por el valor de una mercancía en particular, como puede ser el caso del salario para la fuerza de trabajo; él es una clave para distribuir la plusvalía entre el capital financiero y el capital industrial. Esta visión sustractiva, en la que el interés se analiza como una sangría sobre la ganancia se opone totalmente a la visión de la economía dominante, la que Marx ya calificaba de vulgar, y que trata del reparto de la renta según una lógica aditiva. En la visión apologética de esta rama de la economía, la sociedad es un mercado generalizado en la que cada uno viene con sus dotaciones para ofrecer sus servicios bajo la forma de factores de producción. Algunos tienen para proponer su trabajo, otros, tierra, otros, capital, etc. Esta teoría no dice nada de las hadas madrinas que han procedido a la atribución a cada agente de sus dotaciones iniciales, pero la intención es clara: la renta nacional se construye por agregación de los ingresos de los diferentes factores de producción, según un proceso que tiende a hacerlos simétricos. La explotación desaparece, ya que cada uno de los factores es remunerado según su propia contribución.
Este tipo de esquema tiene ventajas, pero presenta también dificultades. Por ejemplo, generaciones de estudiantes de economía aprenden que “el productor maximiza su ganancia”. Pero ¿cómo se calcula esa ganancia? Es la diferencia entre el precio del producto y el costo de los medios de producción, por lo tanto, los salarios, pero también el costo de uso del capital. Este último concepto, relativamente reciente, resume por sí solo las dificultades de la operación, ya que depende, al mismo tiempo, del precio de las máquinas como de la tasa de interés. Pero si las máquinas han sido pagadas y los intereses percibidos, ¿cuál es la ganancia que se maximiza? Pregunta tanto más interesante cuanto que esta ganancia, una vez maximizada es nula. Y si no lo es, tiende hacia el infinito, y la teoría neoclásica del reparto se hunde, ya que la renta se vuelve superior a la remuneración de cada uno de los factores. Para la economía dominante, la única manera de tratar esta dificultad es cortarla en pedazos y aportar respuestas diferentes según las regiones a explorar, sin asegurar nunca una coherencia de conjunto, que no podría darse más que por una teoría del valor de la que no dispone. Para resumir estas dificultades, que llevan a la discusión de Marx, la teoría dominante oscila entre dos posiciones incompatibles. La primera consiste en asimilar el interés a la ganancia –y el capital prestado al capital comprometido–, pero deja sin explicación la existencia misma de una ganancia de empresa. La segunda consiste en distinguir las dos, pero, con ello, queda excluida la producción de una teoría unificada del capital. Toda la historia de la teoría económica burguesa es la de un ir y venir entre estas dos posiciones contradictorias.
La teoría del valor es, por tanto, especialmente útil para tratar correctamente el fenómeno de la financiarización. Una presentación ampliamente difundida consiste en decir que los capitales tienen permanentemente la alternativa de invertirse en la esfera productiva o de colocarse en los mercados financieros especulativos, y que optan entre ambos en función de los rendimientos esperados. Este enfoque tiene virtudes críticas, pero tiene el defecto de sugerir que hay dos medios alternativos de ganar dinero. En realidad, uno no puede enriquecerse en la Bolsa más que sobre la base de una punción operada sobre el plusvalor, de manera que el mecanismo admite límites, los de la explotación, y que el movimiento de valorización bursátil no puede autoalimentarse indefinidamente.
Desde un punto de vista teórico, las cotizaciones de la Bolsa se indexan sobre las ganancias esperadas. Esta relación es muy imperfecta, y también depende de la estructura de financiamiento de las empresas: según que estas se financien principal o accesoriamente en los mercados financieros, el curso de la acción será un indicador más o menos preciso.
El economista marxista Anwar Shaikh expuso una característica que muestra que esta relación funciona relativamente bien en Estados Unidos [2]. Ocurre lo mismo en el caso francés: entre 1965 y 1995, el índice de la Bolsa de París está bien correlacionado con la tasa de ganancia. Pero esta ley fue transgredida en la segunda mitad de los años 90: por ejemplo, en París, el CAC–40 [equivalente al Ibex-35 español] se multiplicó por tres en cinco años, lo que es muy extravagante.
La inversión bursátil debe interpretarse entonces como una forma de llamada al orden de la ley del valor que se abre paso, sin preocuparse de los modos económicos. El retorno de lo real, a fin de cuentas, remite a la explotación de los trabajadores, que es el verdadero fundamento de la Bolsa. El crecimiento de la esfera financiera y de los ingresos que ella procura, no es posible más que en proporción exacta del aumento de la plusvalía no acumulada, y tanto una como otra admiten límites, que han sido alcanzados.
¿Fin del trabajo y, por tanto, del valor-trabajo?
Clásicamente, una de las objeciones dirigidas a la teoría del valor es que los salarios representan una fracción cada vez más reducida de los costos de producción (del orden del 20 %). En estas condiciones, se hace difícil mantener que el trabajo es la única fuente de valor. Sin embargo, este enfoque no resiste un examen serio y basta plantear una simple pregunta: ¿a qué puede corresponder ese 80 % de los costos no salariales en la fabricación de un automóvil? Si se examinan las cuentas de una sociedad, encontraremos, sobre todo, un apartado titulado “compras intermedias”, que puede, efectivamente, superar la masa salarial. Pero, si uno es marxista ¿podemos detenernos aquí y no examinar esta rúbrica más de cerca? Ahí se encontrarán, por ejemplo, compras de chapas a la industria siderúrgica, o de neumáticos, o de retrovisores, etc., a los que se denomina equipamientos. ¿Pero se trata de costos no salariales? Evidentemente no, porque el costo de estos suministros incorpora en sí mismo trabajo asalariado –es el ABC de la teoría del valor– y simplemente de la contabilidad nacional.
La baja de salarios directos corresponde igualmente a una externalización de ciertos servicios (desde el mantenimiento a la investigación) o la subcontratación de ciertos segmentos productivos. Entonces, es necesario consolidar, y tomar en cuenta el trabajo incorporado en los precios de todas estas prestaciones. Así se obtiene una parte de los salarios con valor agregado, que ha bajado, cierto, pero que hoy representa alrededor del 60 % para el conjunto de las empresas. Estas cifras permiten verificar que la fijación de los patrones sobre la masa salarial no tiene nada de irracional, sino que corresponde a una concepción muy pragmática de la relación de explotación, en este caso más lúcida que la que consiste en sorprenderse de semejante obstinación.
¿Por una teoría del valor-conocimiento?
Las teorías de la nueva economía concluyen que las nuevas tecnologías harán obsoleto el valor-trabajo. La determinación del valor de las mercancías por el trabajo socialmente necesario a su producción ya no correspondería a la realidad de las relaciones de producción. Lo que se identifica como realmente nuevo en la nueva economía, es esta pérdida de sustancia de la ley del valor que conduce a una profunda mutación, incluso a una autosuperación del capitalismo. Más en concreto, las nuevas tecnologías introducirían cuatro grandes transformaciones en la producción de mercancías : inmaterialidad, reproductibilidad, indivisibilidad y rol del conocimiento.
El tema de la inmaterialidad se refiere a los procesos de trabajo y al producto mismo. Una buena parte de las mercancías de la nueva economía son bienes y servicios inmateriales, o cuyo soporte material está reducido a una mínima expresión. Ya se trate de un programa, de un film o de un pedazo de música numerada, o mejor todavía, de una información, la mercancía moderna tiende a convertirse en virtual. Esta constatación es exacta, al menos parcialmente, pero no conduce a las supuestas implicancias teóricas. Solo puede conmover a los partidarios de un marxismo primitivo en el que, con el pretexto de materialismo, la mercancía es una cosa. Al menos, el incremento de los servicios habrá permitido liquidar esta forma vetusta de incomprensión de la forma valor. Lo que da fundamento a la mercancía, es una relación social ampliamente independiente de la forma concreta del producto. Es mercancía lo que se vende como medio de rentabilizar un capital.
La reproductibilidad y la indivisibilidad de un creciente número de bienes y de servicios cuestionan su estatus de mercancías. Se trata aquí de formas modernas de una contradicción fundamental del capitalismo que trataremos más adelante.
Previamente, es necesario analizar el rol jugado por el conocimiento en los procesos productivos, que maltrata particularmente a la teoría del valor-trabajo. Para Enzo Rullani [3], el conocimiento se convierte en “un factor de producción necesario, tanto como el trabajo y el capital”. Pero su valorización obedece a leyes “muy particulares”, si bien “el capitalismo cognitivo funciona de manera diferente al capitalismo a secas”. En consecuencia, “ni la teoría del valor de la tradición marxista, ni la liberal, actualmente dominante, pueden dar cuenta del proceso de transformación del conocimiento en valor”.
Negri va aún más allá en la distorsión de la relación capital-trabajo: “Hoy en día, el trabajador ya no necesita instrumentos de trabajo (es decir, capital fijo) que sean puestos a su disposición por el capital. El capital fijo más importante, el que determina las diferencias de productividad, se encuentra a partir de ahora en el cerebro de la gente que trabaja: es la máquina-herramienta que cada uno de nosotros lleva en sí. Esta es la novedad esencial de la vida productiva hoy” [4]. Uno de sus discípulos, Yann Moulier-Boutang, es más categórico aún, al afirmar que, en el capitalismo cognitivo, el conocimiento “se convierte en el recurso principal del valor” y “el lugar principal del proceso de valorización”.
Pretender que estas transformaciones basten para trastocar la teoría del valor, es hacer de ésta un simple cálculo en tiempo de trabajo. En los Grundrisse, Marx escribe explícitamente lo contrario: “En esta transformación lo que aparece como pilar fundamental no es ni el trabajo inmediato ejecutado por el hombre ni el tiempo que éste trabaja, sino la apropiación de su propia fuerza productiva general, su comprensión de la naturaleza y su dominio de la misma gracias a su existencia como cuerpo social; en una palabra, el desarrollo del individuo social” [5].
Citemos también a Marx: “la acumulación del saber y de la destreza, de las fuerzas productivas generales del cerebro social, es absorbida así, con respecto al trabajo, por el capital, y más precisamente del capital fixe, en la medida en que este ingresa como verdadero medio de producción al proceso productivo”. Se ve que la idea según la que el capital goza de la facultad de apropiarse de los progresos de la ciencia (o del conocimiento) no tiene nada de nuevo en el ámbito del marxismo.
“Una de las características intrínsecas del capitalismo, la fuente esencial de su eficacia, siempre ha residido en esta incorporación de las capacidades de los trabajadores y trabajadoras a su maquinaria social”. El capital, explica Marx: “Por un lado despierta a la vida todos los poderes de la ciencia y de la naturaleza, así como de la cooperación y del intercambio sociales, para hacer que la creación de la riqueza sea (relativamente) independiente del tiempo de trabajo empleado en ella”. Es en este sentido que el capital no es un parque de máquinas o de computadoras en redes, sino una relación social de dominación. El análisis del trabajo industrial desarrolló mucho este punto de vista. El análisis de la opresión de las mujeres hace jugar un rol (o debería hacerlo) a la captación por el capital del trabajo doméstico como factor de reproducción de la fuerza de trabajo. La escuela pública no se refiere a ninguna otra cosa que a esta forma de inversión social. La idea misma de distinción entre trabajo y fuerza de trabajo, en el fondo, se basa en esto.
Las nuevas mercancías
Más que por el recurso al conocimiento, el capitalismo contemporáneo se caracteriza, en un creciente número de sectores, por una estructura particular de costos:
– una aportación inicial de fondos importante y concentrado en el tiempo, en la que los gastos de trabajo cualificado ocupan un lugar creciente;
– una desvalorización rápida de las inversiones que, por lo tanto, es necesario amortizar y rentabilizar en un período corto;
– costos variables de producción o de reproducción relativamente débiles;
– la posibilidad de apropiación casi gratuita de la innovación o del producto (programa, obra de arte, medicamento, información, etc.)
Todo esto no debería plantear ningún problema a priori: la valorización del capital pasa por la formación de un precio que debe cubrir los costos variables de la producción, la amortización del capital fijo calculada en función de la duración de su vida económica, y la tasa media de ganancia. Cuando la innovación permite producir más barato las mismas mercancías, el primer capital en ponerlo en práctica se beneficia con una prima, o una renta (un plusvalor extra, que diría Marx) que retribuye transitoriamente el avance tecnológico. Sus competidores son llevados a introducir la misma innovación, con el fin de beneficiarse ellos también con estas superganancias, o simplemente, para resistir la competencia.
Cada vez que las firmas competidoras pueden nivelarse a un costo muy reducido, aparece una dificultad suplementaria, porque esta posibilidad tiene como efecto desvalorizar instantáneamente el capital que correspondía al aporte inicial de fondos.
Una característica del capitalismo contemporáneo es precisamente, la reproductibilidad a bajo costo de un número creciente de mercancías y esta es otra característica de las mercancías virtuales que plantea problemas particulares a las exigencias de rentabilidad. De manera estilizada, estas mercancías necesitan una inversión muy fuerte para concebirlas, pero su producción es inmediatamente casi gratuita. Del último CD de Michael Jackson a la más reciente molécula anti SIDA, se puede dar numerosos ejemplos de esta configuración. Ahora bien, esto entra en contradicción con la lógica de rentabilidad del capital, a causa de otra verdadera novedad. Una vez que el producto ha sido concebido, quienes se integran a esa producción, los piratas de programas o los fabricantes de medicamentos genéricos ya no precisan realizar el aporte de inicial de fondos.
No es el caso para la mayoría de las mercancías: cierto, se puede copiar el modelo o el procedimiento, pero esto no reduce los costos de producción en la misma proporción, porque todavía es necesario fabricar el producto o hacer el servicio, y equiparse o ajustarse para eso. La marca, el prestigio y la publicidad lograrán, en mayor o menor medida, rentabilizar el aporte inicial de fondos. Pero con los nuevos productos, el fenómeno cambia de naturaleza. Si yo pudiera copiar y vender sus programas a precio de costo, obtendría el mercado, y reduciría a nada las inversiones de Microsoft.
Una noción parecida es la de indivisibilidad, retomando la expresión utilizada con respecto a los servicios públicos. Se aplica bien a la información: una vez producida, su difusión no priva a nadie de su gozo, contrariamente, por ejemplo, a un libro, que no puedo leer si lo he dado o prestado. En la medida en que las nuevas tecnologías introducen semejante lógica, aparecen como contradictorias con la lógica mercantil capitalista. Potencialmente, el capitalismo ya no puede funcionar, en todo caso, no con sus reglas habituales.
Rullani tiene razón cuando dice que el valor del conocimiento no depende de su rareza, sino que “se deriva únicamente de las limitaciones establecidas, institucionalmente o, de hecho, al acceso del conocimiento”. Para valorizar esta forma de capital, paradójicamente hay que “limitar temporariamente la difusión” de lo que le ha permitido ponerlo a punto, o también “regular el acceso”. La actualidad está llena de ejemplos que ilustran este análisis, se trate de Microsoft, de Napster o de proyectos de CD no reproducibles para responder a las copias piratas. Como también dice Rullani, “el valor de cambio del conocimiento está entonces totalmente ligado a la capacidad práctica de limitar su libre difusión. Es decir, limitar con medios jurídicos (patentes, derechos de autoría, licencias, contratos) o monopolistas la posibilidad de copiar, imitar, reinventar, aprehender los conocimientos de otros”.
Pero admitamos incluso una amplia difusión de este nuevo tipo de productos potencialmente gratuitos. Más que la emergencia de un nuevo modo de producción, el análisis precedente muestra que hay que ver aquí la brecha de una contradicción absolutamente clásica entre la forma que toma el desarrollo de las fuerzas productivas (la potencial difusión gratuita) y las relaciones de producción capitalistas que buscan reproducir el status de mercancía, a contrapelo de las potencialidades de las nuevas tecnologías. Encontramos aquí la descripción adelantada por Marx de esta contradicción mayor del capital: “Por un lado despierta a la vida todos los poderes de la ciencia y de la naturaleza, así como de la cooperación y del intercambio sociales, para hacer que la creación de la riqueza sea (relativamente) independiente del tiempo de trabajo empleado en ella. Por el otro lado se propone medir con el tiempo de trabajo esas gigantescas fuerzas sociales creadas de esta suerte y reducirlas a los límites requeridos para que el valor ya creado se conserve como valor. Las fuerzas productivas y las relaciones sociales -unas y otras aspectos diversos del desarrollo del individuo social- se le aparecen al capital únicamente como medios, y no son para él más que medios para producir fundándose en su mezquina base. In fact, empero, constituyen las condiciones materiales para hacer saltar a esa base por los aires”.
Porque olvida estas contradicciones entre nuevas tecnologías y ley del valor, la teoría del capitalismo cognitivo se basa, por lo tanto, en un contrasentido fundamental. Examina una nueva fase del capitalismo dotada de una lógica específica y de nuevas leyes en la determinación del valor. Fascinada por su objeto, la escuela cognitiva presta así al capitalismo contemporáneo una coherencia de la que está lejos de disponer, y se sitúa a su manera en una cierta lógica regulacionista que postula una infinita capacidad del capitalismo para renovarse. En su último libro, André Gorz [6], tiene una fórmula que resume de maravilla la incoherencia de estas teorías: “el capitalismo cognitivo, es la contradicción del capitalismo”. Las mutaciones tecnológicas muestran que este modo de producción, como lo consideraba Marx, “ha alcanzado en su desarrollo de las fuerzas productivas una frontera, pasada la cual no puede sacar plenamente partido de sus potencialidades más que superándose hacia otra economía”.
Es, por tanto, el capitalismo -y no sus análisis marxistas- el que confina la economía a la esfera del valor de cambio, donde el valor-riqueza no es más que un medio. Y precisamente su mayor debilidad radica en que cada vez le cuesta más dar una forma mercantil a valores de uso nuevos, inmateriales y potencialmente gratuitos.
Es sobre la base de un contrasentido que los teóricos del capitalismo cognitivo se reclamen de Marx, y particularmente, de las páginas de los Grundrisse, en donde aborda estas cuestiones y que acabamos de comentar. En efecto, la conclusión de Marx es que para salir de esta contradicción, “es necesario que sea la propia masa obrera la que se apropie de su plustrabajo”. Y es únicamente “cuando ella ha hecho esto” (dicho de otro modo, la revolución social) que se llega al punto en que “no es en ningún modo el tiempo de trabajo, sino el tiempo disponible lo que es la medida de la riqueza “.
La mercancía contra las necesidades
El capitalismo de hoy se distingue por un proyecto sistemático, incluso dogmático, de transformar en mercancía lo que no lo es o lo que no debería serlo. Semejante proyecto es doblemente reaccionario: afirma a la vez la voluntad del capitalismo de regresar a su estado natural, borrando todo lo que había podido civilizarlo; revela su incapacidad profunda para hacerse cargo de los nuevos problemas que se plantean a la humanidad.
El capitalismo quiere responder bien a necesidades racionales y a aspiraciones legítimas, como cuidar a los enfermos del SIDA o limitar las emisiones de gas con efecto invernadero; pero con la condición de que esto pase por las horcas caudinas de la mercancía y de la ganancia. En el caso del SIDA, el principio intangible es vender los medicamentos a precios que rentabilicen su capital, y peor para la gente si este precio no es abordable más que para una minoría de personas implicadas. Es la ley del valor la que se aplica aquí, con su eficacia propia, que no es sanar al mayor número de enfermos sino rentabilizar el capital invertido. Las luchas que apuntan, no sin éxito, a contrariar este principio de eficacia tienen un contenido anticapitalista inmediato, ya que la alternativa es financiar la investigación con fondos públicos y, después, distribuir los medicamentos en función del poder adquisitivo de las y los pacientes, incluso gratuitamente. Cuando los grandes grupos farmacéuticos se oponen encarnizadamente a la producción y difusión de genéricos, es el estatus de mercancías y es el estatus de capital de sus inversiones los que los defienden, con gran lucidez.
Lo mismo ocurre con el agua que ha suscitado numerosas luchas a través del mundo, y se encuentra la misma oposición con respecto a esta cuestión ecológica fundamental, que es la lucha contra el efecto invernadero. Aquí también, las potencias imperialistas (grupos industriales y gobiernos) se niegan a dar el más mínimo paso hacia una solución racional que sería la planificación energética a escala planetaria. Buscan sucedáneos que tienen como nombre ecotasa o derechos de contaminar. Para ellos se trata de hacer entrar nuevamente la gestión de este problema en el espacio de las herramientas mercantiles en donde, para ir rápido, se juega con los costos y los precios, en lugar de jugar con las cantidades. Se trata de crear pseudomercancías y pseudomercados, cuyo ejemplo más caricaturesco es el proyecto de mercado de derechos a contaminar. Es un absurdo que no resiste ni siquiera a las contradicciones interimperialistas, como lo ha mostrado la denuncia unilateral por los Estados Unidos a los acuerdos de Kioto, aunque bien tímida.
Al mismo tiempo, el capitalismo contemporáneo apunta a organizar la economía mundial y el conjunto de las sociedades según sus propias modalidades, que dan la espalda a los objetivos de bienestar. A nivel mundial, el proceso de constitución de un mercado mundial se lleva adelante sistemáticamente, y apunta en el fondo al establecimiento de una ley del valor internacional. Pero este proyecto choca con profundas contradicciones, porque se basa en la negación de diferencias de productividad que obstaculizan la formación de un espacio de valorización homogéneo. Este olvido conduce a efectos de despojo perversos que implican la eliminación potencial de todo trabajo que no se erija de entrada con las normas de rentabilidad más elevadas, las que el mercado mundial tiende a universalizar. Los países están, entonces, fraccionados entre dos grandes sectores, el que se integra al mercado mundial y el que debe ser separado de él. Se trata entonces de un anti modelo de desarrollo, y este proceso de dualización de los países del sur es estrictamente idéntico a lo que se llama exclusión en los países del norte.
Finalmente es la fuerza de trabajo la que la patronal quisiera llevar a un estatus de pura mercancía. La refundación social del MEDEF [Movimiento de Empresas de Francia, es una organización patronal, ndt] expresa bien esta ambición de no tener que pagar a los y las asalariadas más que cuando trabajan para el patrón, lo que significa reducir al mínimo y trasladar a las finanzas públicas los elementos de salario socializado, remercantilizar las jubilaciones, y hacer desaparecer la propia noción de duración legal del tiempo de trabajo. Este proyecto le da la espalda al progreso social que pasa, por el contrario, por la desmercantilización del tiempo libre. Aquí no hay que contar con las innovaciones de la técnica para alcanzar este objetivo sino con un proyecto radical de transformación social que es el único medio de enviar a la vieja ley del valor al cofre de las antigüedades. La lucha por el tiempo libre como medio privilegiado de redistribuir las ganancias de productividad es la vía real para hacer que el trabajo ya no sea una mercancía y que la aritmética de las necesidades sociales se sustituya a la de la ganancia: “Con ello se desploma la producción fundada en el valor de cambio, y al proceso de producción material inmediato se le quita la forma de la necesidad apremiante y el antagonismo. Desarrollo libre de las individualidades, y por ende no reducción del tiempo de trabajo necesario con miras a poner plustrabajo, sino en general reducción del trabajo necesario de la sociedad a un mínimo, al cual corresponde entonces la formación artística, científica, etc., de los individuos gracias al tiempo que se ha vuelto libre y a los medios creados para todos[7].
[1] Para una exposición sintética, se puede recurrir al capítulo 1 del folleto Elementos deanálisis económico marxista
[2] Anwar Shaikh, «The Stock Market and the Corporate Sector : A Profit – Based Approach», Working Paper Nº 146, The Jerome Levy Economics Institute.
[3] Ver Enzo Rullani, «Le capitalisme cognitif : du déjà vu? Multitudes nº 2, 2000, en donde figura también una entrevista con Rullani.
[4] Antonio Negri, «Exil», Editions Mille et une nuits, 1998, p. 19.
[5] Todas las citas de Marx provienen de los Fundamentos de la crítica de la economía política, (Grundrisse), Siglo XXI, tomo II, 2007, pp 220, 228 y 229.
[6] André Gorz, L´immateriel,Galilée, 2003.
[7] Grundrisse, t. 2, p. 222.
Texto original: https://www.contretemps.eu/theorie-valeur-husson/
Traducción Viento sur
Fuente: https://vientosur.info/108273-2/

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