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[Imagen: Escena de la obra. Créditos: João Tuna] |
Do Rebelión, 25 de abril 2026
Por Iago Fernández Pérez
En este artículo el autor reflexiona sobre la obra «Un museo vivo de memorias pequeñas y olvidadas», una pieza sobre la memoria de la dictadura portuguesa (1926-1974) y la Revolución (1974-75).
El pasado 26 de abril [de 2025], justo después del 51 aniversario de la Revolución de los Claveles, viajé con mi compañera a Viana do Castelo para asistir a la representación de una obra difícilmente repetible: Un museo vivo de memorias pequeñas y olvidadas, a veces titulada con algún añadido aclaratorio. Sabíamos que se trataba de una pieza de teatro-documento (basada en la dramatización de material de archivo) y que repasaba la historia de Portugal desde la irrupción del salazarismo hasta la instauración del actual régimen democrático. También sabíamos que era inusualmente larga, pero no imaginábamos que la totalidad del espectáculo pudiera sobrepasar las seis horas y media ni que fuéramos a permanecer la mayor parte de ese tiempo atendiendo a la voz y a los gestos de una única persona: Joana Craveiro, responsable tanto de la interpretación como de la escritura y la dirección de la obra.
La función comenzó con media hora de retraso y un preludio monologado en la entrada del pequeño Teatro Municipal Sá de Miranda; después entramos en la sala y nos sentamos donde buenamente pudimos, ya que las localidades de los tickets, según nos informó una trabajadora, acababan de perder validez. Craveiro subió a un escenario sombrío, decorado con un montón de elementos de época y algunos objetos necesarios para el desarrollo de la obra, y se sentó a los pies de una mesa.
Pasó las cuatro horas siguientes comentando los documentos, esquemas y notas que iba situando bajo la lente de una cámara conectada a la pantalla de un proyector. Cada cierto tiempo, daba una vuelta por el escenario o activaba un viejo tocadiscos, pero, por lo general, Un museo vivo de memorias pequeñas y olvidadas consiste en una demorada exposición de materiales biográficos, historicos y académicos que iluminan distintos ángulos de la intrahistoria de la dictadura y la revolución portuguesas. Con todo, a pesar de la economía de medios y el formato de defensa de tesis, contiene numerosos momentos de gran intensidad dramática; principalmente, cuando Craveiro revela el contenido de una maleta, reparte libros confiscados por la PIDE o recrea los interrogatorios que sufrían los presos en la Cadena del Aljube.
En un momento dado, Craveiro abandona el escenario y pasa a ocupar un palco previamente decorado como una estación de radio. Desde allí, manipulando una mesa de mezclas, narra los entresijos del 25 de abril y reproduce las músicas que durante ese día se emitieron desde Radio Renascença para pautar las fases del golpe revolucionario. A partir de entonces, la obra varía según la función y las disponibilidades del propio teatro. Esa noche, después de reproducir “Grãndola Vila Morena”, Craveiro encendió las luces de la sala, se colocó en mitad del palco y comenzó a agitar un cartel con una flecha roja y a gritar que éramos libros de ir a comer. Mi compañera y yo, un tanto extrañados, pensamos que habría un catering para conmemorar el 25 de abril; salimos por una puerta lateral y seguimos al resto del público hasta una sala de conferencias llena de mesas. Comimos arroz, habas, bacalao, cremas y manzanas, aunque el buffet también incluía carne, verdura, pan, café y algunos alimentos cuyo nombre desconozco. El detalle de producción más conmovedor fue que, en la entrada y los extremos de la sala, había viejos televisores de caja reproduciendo los noticiarios que dieron cuenta del golpe revolucionario, invitándonos a compartir mesa con la ciudadanía implicada en los memorables hechos del 74.
Cuarenta y cinco minutos más tarde, volvimos a la sala y Craveiro retomó la obra donde la había dejado. Esta parte, de unas dos horas, se centró en las conquistas y en el posterior desfallecimiento de la revolución, en las familias retornadas de África y en los procesos de recuperación de la memoria histórica. Mi compañera y yo nos marchamos alrededor de la una de la mañana, cuando a Craveiro aún le quedaban fuerzas para un debate a micro abierto.
De vidas anónimas
Dejando de lado su trascendencia espectacular, Un museo vivo de memorias pequeñas y olvidadas consigue algo más proprio del género novelístico que del teatro convencional: reflejar el desarrollo de un proceso histórico recurriendo, fundamentalmente, a un tapiz de vidas anónimas, sobre todo las de los padres de la autora, ex-militantes de una célula maoísta. Lo más destacado es que Craveiro presenta estas historias de vida como puntos de vista desde los cuales interrogar las circunstancias históricas colectivas. Así por ejemplo, las vivencias de un librero que facilita la circulación de literatura censurada o de un reportero irlandés conmocionado por los avances revolucionarios, le permiten ahondar en las estratagemas represivas de la PIDE y en las iniciativas de autogestión ciudadana posteriores al triunfo de los claveles. Para Craveiro, las vidas anónimas no son simples testimonios que validan o invalidan un posicionamiento ideológico, sino la clave de bóveda de una posible reestructuración de la memoria histórica portuguesa. Y en ese sentido, la duración de Un museo vivo de memorias pequeñas y olvidadas se ajusta a sus logros. Aunque mi compañera y yo cayéramos durante el inesperado debate final, todos los apartados de la obra fueron especialmente relevantes en términos históricos, estéticos y dramáticos.
Este artículo se publicó originalmente en gallego en el Faro de Vigo el 26 de junio de 2025. La traducción es del autor.
El pasado 26 de abril [de 2025], justo después del 51 aniversario de la Revolución de los Claveles, viajé con mi compañera a Viana do Castelo para asistir a la representación de una obra difícilmente repetible: Un museo vivo de memorias pequeñas y olvidadas, a veces titulada con algún añadido aclaratorio. Sabíamos que se trataba de una pieza de teatro-documento (basada en la dramatización de material de archivo) y que repasaba la historia de Portugal desde la irrupción del salazarismo hasta la instauración del actual régimen democrático. También sabíamos que era inusualmente larga, pero no imaginábamos que la totalidad del espectáculo pudiera sobrepasar las seis horas y media ni que fuéramos a permanecer la mayor parte de ese tiempo atendiendo a la voz y a los gestos de una única persona: Joana Craveiro, responsable tanto de la interpretación como de la escritura y la dirección de la obra.
La función comenzó con media hora de retraso y un preludio monologado en la entrada del pequeño Teatro Municipal Sá de Miranda; después entramos en la sala y nos sentamos donde buenamente pudimos, ya que las localidades de los tickets, según nos informó una trabajadora, acababan de perder validez. Craveiro subió a un escenario sombrío, decorado con un montón de elementos de época y algunos objetos necesarios para el desarrollo de la obra, y se sentó a los pies de una mesa.
Pasó las cuatro horas siguientes comentando los documentos, esquemas y notas que iba situando bajo la lente de una cámara conectada a la pantalla de un proyector. Cada cierto tiempo, daba una vuelta por el escenario o activaba un viejo tocadiscos, pero, por lo general, Un museo vivo de memorias pequeñas y olvidadas consiste en una demorada exposición de materiales biográficos, historicos y académicos que iluminan distintos ángulos de la intrahistoria de la dictadura y la revolución portuguesas. Con todo, a pesar de la economía de medios y el formato de defensa de tesis, contiene numerosos momentos de gran intensidad dramática; principalmente, cuando Craveiro revela el contenido de una maleta, reparte libros confiscados por la PIDE o recrea los interrogatorios que sufrían los presos en la Cadena del Aljube.
En un momento dado, Craveiro abandona el escenario y pasa a ocupar un palco previamente decorado como una estación de radio. Desde allí, manipulando una mesa de mezclas, narra los entresijos del 25 de abril y reproduce las músicas que durante ese día se emitieron desde Radio Renascença para pautar las fases del golpe revolucionario. A partir de entonces, la obra varía según la función y las disponibilidades del propio teatro. Esa noche, después de reproducir “Grãndola Vila Morena”, Craveiro encendió las luces de la sala, se colocó en mitad del palco y comenzó a agitar un cartel con una flecha roja y a gritar que éramos libros de ir a comer. Mi compañera y yo, un tanto extrañados, pensamos que habría un catering para conmemorar el 25 de abril; salimos por una puerta lateral y seguimos al resto del público hasta una sala de conferencias llena de mesas. Comimos arroz, habas, bacalao, cremas y manzanas, aunque el buffet también incluía carne, verdura, pan, café y algunos alimentos cuyo nombre desconozco. El detalle de producción más conmovedor fue que, en la entrada y los extremos de la sala, había viejos televisores de caja reproduciendo los noticiarios que dieron cuenta del golpe revolucionario, invitándonos a compartir mesa con la ciudadanía implicada en los memorables hechos del 74.
Cuarenta y cinco minutos más tarde, volvimos a la sala y Craveiro retomó la obra donde la había dejado. Esta parte, de unas dos horas, se centró en las conquistas y en el posterior desfallecimiento de la revolución, en las familias retornadas de África y en los procesos de recuperación de la memoria histórica. Mi compañera y yo nos marchamos alrededor de la una de la mañana, cuando a Craveiro aún le quedaban fuerzas para un debate a micro abierto.
De vidas anónimas
Dejando de lado su trascendencia espectacular, Un museo vivo de memorias pequeñas y olvidadas consigue algo más proprio del género novelístico que del teatro convencional: reflejar el desarrollo de un proceso histórico recurriendo, fundamentalmente, a un tapiz de vidas anónimas, sobre todo las de los padres de la autora, ex-militantes de una célula maoísta. Lo más destacado es que Craveiro presenta estas historias de vida como puntos de vista desde los cuales interrogar las circunstancias históricas colectivas. Así por ejemplo, las vivencias de un librero que facilita la circulación de literatura censurada o de un reportero irlandés conmocionado por los avances revolucionarios, le permiten ahondar en las estratagemas represivas de la PIDE y en las iniciativas de autogestión ciudadana posteriores al triunfo de los claveles. Para Craveiro, las vidas anónimas no son simples testimonios que validan o invalidan un posicionamiento ideológico, sino la clave de bóveda de una posible reestructuración de la memoria histórica portuguesa. Y en ese sentido, la duración de Un museo vivo de memorias pequeñas y olvidadas se ajusta a sus logros. Aunque mi compañera y yo cayéramos durante el inesperado debate final, todos los apartados de la obra fueron especialmente relevantes en términos históricos, estéticos y dramáticos.
Este artículo se publicó originalmente en gallego en el Faro de Vigo el 26 de junio de 2025. La traducción es del autor.

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