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La nueva era multipolar del siglo XXI y el desafío de desarrollar el latinoamericanismo

El final del "corto siglo XX"


Do Rebelión, 8 de abril 2026
Por Juan J. Paz-y-Miño Cepeda



El historiador marxista británico Eric Hobsbawm (1917-2012) en su Historia del Siglo XX (1994) distinguió un “largo siglo XIX” y un “corto siglo XX”. El primero, que comenzó con la Revolución Francesa de 1789 y la Revolución Industrial en Inglaterra, se prolongó hasta el inicio de la Primera Guerra Mundial en 1914. Consolidó la era de la burguesía por el desarrollo del capitalismo y de las potencias colonialistas europeas. El segundo, se extendió entre 1914 y la desintegración de la Unión Soviética (URSS) en 1991/1992. Esta era de los extremos caracterizó la confrontación entre capitalismo y socialismo, bajo el ascenso de los Estados Unidos como la gran potencia que desplazó a Europa y que, luego del derrumbe del socialismo soviético, consolidó su hegemonía unipolar en el mundo.

A diferencia de Francis Fukuyama que proclamó el “fin de la historia” alcanzado con la globalización de la economía de mercado libre y la democracia de tipo occidental (ideas que luego abandonaría ante las nuevas realidades que adquirió el mundo), el historiador Hobsbawm, aunque no alcanzó a escribir otro libro sobre el tema, en conferencias, artículos y entrevistas intuyó el fin de la era del “corto siglo XX” por el declive de la hegemonía estadounidense y de la influencia de Occidente, debido al inicio de un nuevo mundo dominado por Asia, en medio de un “desorden mundial” que implicaba el colapso del “orden” creado después de la Segunda Guerra Mundial. Advirtió (y, en cierto modo, predijo) el ascenso de China que recuperaba su posición histórica como civilización mundial, bajo un modelo propio de construcción económica y social. También observó el resurgimiento de Rusia en la era post-soviética. Pero no alcanzó a visualizar el desarrollo de los BRICS y el peso que adquiriría el “Tercer Mundo”.

En efecto, en forma paralela, a partir de las reformas introducidas por el gobierno de Deng Xiaoping en 1978, en las décadas finales del siglo XX se levantó el poderío de China que, con el avance del siglo XXI desafió la hegemonía unipolar de los EE.UU. Y, además, a pesar del derrumbe del socialismo, Rusia también logró despegar su economía y nuevamente pasó a disputar las relaciones económicas internacionales. A estos cambios indetenibles se sumó la constitución de los BRIC, en 2009 con Brasil, Rusia, India y China, grupo al que se sumó Sudáfrica al año siguiente, pasando a denominarse BRICS.

En pleno desarrollo de ese mundo multipolar, también se produjo el complejo y contradictorio ascenso de los países del Sur Global en Asia, África y América Latina, postergados en su desarrollo económico, social y político independiente. Estas regiones, con largas historias de intervencionismo e injerencia extranjera, son las que promovieron las tesis sobre soberanía nacional, anticolonialismo, antimperialismo, paz, solución pacífica de las controversias internacionales y libertad para construir sus propios caminos de modernización, sin sujetarse a los “modelos” que han impuesto las grandes potencias de Occidente y, sobre todo, los EE.UU. Su convergencia más remota se halla en la Conferencia de Bandung de 1955, de la cual nació el “Tercer Mundo”.

Ante este conjunto de procesos que han alcanzado dimensiones históricas inesperadas, las radicales posturas adoptadas por los EE.UU. bajo el segundo gobierno de Donald Trump (desde enero 2025) han alterado las relaciones internacionales. Su gobierno ha dejado en claro que la seguridad nacional del país, sus intereses económicos, su modelo de democracia y su influencia mundial no pueden disminuir (https://t.ly/QNMF9 ; https://t.ly/-Hqw_). No interesan más las normas e instituciones mundiales creadas en la postguerra si la seguridad de EE.UU. se ve amenazada (https://t.ly/egE8w). Se ha dejado en claro que China es un adversario al que hay que detener, Rusia el segundo oponente y los BRICS el siguiente. La Europa de la OTAN creada en 1949 pasó de ser un continente aliado (a la época contra la URSS) a otro fuera del concepto de “Hemisferio Occidental” (Groenlandia y toda América) y compuesto por un conjunto de países que igualmente tienen que defender los intereses estadounidenses. Trump ha reaccionado contra los gobiernos de Francia, Alemania, Italia e incluso la Gran Bretaña, que se negaron a que las bases militares establecidas en sus territorios sirvan para la guerra contra Irán. Los ha encarado previendo su salida de la OTAN y desafiando a los europeos a abastecerse con el petróleo norteamericano o ir a tomarlo, por sí mismos, en el Medio Oriente, abriendo la circulación por el estrecho de Ormuz: “Get Your Own Oil” (https://t.ly/rGg9w ; https://t.ly/QZRgH).

Al mismo tiempo, América Latina ha pasado a ser el único refugio “natural” de la hegemonía en declive de los EE.UU., con la amenaza del nuevo monroísmo del siglo XXI, cuyo “Corolario Trump” exige la alineación incondicional de todos los países y gobiernos de la región a los intereses de EE.UU. De manera directa y especial tienen que hacerlo aquellos países “en este gran vecindario” que forman parte, desde ahora, de la sui géneris órbita geoestratégica del Greater North America (“Gran América del Norte”), que se extiende desde Groenlandia hasta Ecuador y desde Alaska hasta Guyana, que no pertenece más al Sur Global y que, de acuerdo con el Secretario de Defensa, Pete Hegseth, quien presentó el mapa oficial, constituye una parte integral de la estructura defensiva inmediata bajo el estricto control militar y político estadounidense (https://t.ly/VpOVF ; https://t.ly/rv4_3 ).

A pesar de las amenazas, Trump no ha podido acabar con la herencia de las décadas pasadas: China mantiene amplias relaciones económicas con América Latina y en varios países es el primer “socio comercial”. Con Rusia sucedió algo parecido, aunque no con la dimensión que adquirió China. Los BRICS ofrecen un futuro por construir. Son realidades que involucran no solo a gobiernos sino a empresarios de la región. De modo que en ese marco de conformación del mundo multipolar adquiere particular importancia el reciente, aunque poco publicitado, Primer Foro de Alto Nivel realizado en Bogotá, Colombia, el 21 de marzo (2026), entre la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC) y los países de África (https://t.ly/LdK9E). Allí se acordó el fomento de las relaciones económicas y culturales, además de compartir plenamente los principios de soberanía, independencia y deuda histórica por la esclavitud transatlántica que durante cuatro siglos del pasado engrandeció a los imperios europeos. Fue la base para que la ONU aprobara (25/03/2026) una resolución que condena la esclavitud como “el crimen de lesa humanidad más grave”, aunque con el voto en contra de las antiguas potencias coloniales europeas y, además, de Argentina, mientras Ecuador permaneció ausente en la votación (https://t.ly/OqV85).

A pesar de los obstáculos, para América Latina la nueva era multipolar del siglo XXI ofrece el desafío de edificar el latinoamericanismo como geopolítica propia y determinante para las relaciones internacionales. La cooperación con África y Asia puede ser provechosa. Pero, ante todo, la región requerirá de la ampliación de gobiernos progresistas, porque han demostrado ser los únicos capaces de asumir posiciones soberanas y de encaminar a cada país en la senda de un progreso que logre el bienestar colectivo.

Blog del autor: Historia y Presente
www.historiaypresente.com

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