Por Luis González Reyes: Climática
«Ya hay muchas prácticas compartidas y sinergias en marcha entre el decrecimiento, la redistribución y la economía solidaria, pero es necesario repensar y profundizar esas alianzas. En la crisis gigantesca y multifacética actual, las sociedades están corriendo en tres direcciones distintas», señala el autor.
El ataque de Estados Unidos e Israel sobre Irán y el posterior bloqueo iraní del estrecho de Ormuz ha puesto sobre la mesa una cuenta atrás angustiante en la que vamos elucubrando día tras día cuánto nos faltará para notar en nuestras vidas la escasez de petróleo, gas natural, fertilizantes, azufre, helio o aluminio, todas ellas mercancías que salen del Golfo Pérsico a través de esa ruta y que son claves en la economía global. Vivimos con la sensación, muy real, de que tenemos muy poco tiempo para parar este sinsentido.
Pero en realidad lo más urgente en el suroeste asiático no es frenar las afecciones sobre nuestras vidas de la guerra, sino sobre las suyas: detener el genocidio palestino, la conquista del Líbano por Israel, la destrucción de Irán… Cada día que no lo conseguimos mueren decenas de personas.
Aunque, si nos ponemos a enumerar efectos en los que estamos, en el mejor de los casos en tiempo de descuento, nos salen otros de todavía mayor calado para las vidas humanas actuales y por venir, y las del resto de seres vivos: el caos climático se nos está a punto de ir de las manos y lo mismo pasa con la disrupción ecosistémica, cuya mayor expresión es la pérdida de biodiversidad masiva. Es urgente también abandonar los combustibles fósiles antes de que ellos nos abandonen fruto de su agotamiento (además de por sus afecciones ambientales, claro) y lo mismo pasa con una economía adicta a la minería de elementos cada vez más escasos.
Vivimos un momento histórico caracterizado no solo por la prisa con la que vivimos, sino especialmente por la ausencia de tiempo para realizar de manera pausada los cambios imprescindibles con los que encarar tanta crisis.
Cuando ya no hay margen, parece de perogrullo plantear que hay que correr todo lo que se pueda, pero en realidad mucho más importante que correr con celeridad es saber hacia dónde hacerlo, porque una mala elección puede ser fatal. En la crisis gigantesca y multifacética actual, las sociedades están corriendo en tres direcciones distintas.
La primera es hacia acaparar los crecientemente escasos recursos minerales y, sobre todo, fósiles. Es la descarada apuesta de EE. UU. y sus aliados. Es la opción a la que intentan obligarnos las extremas derechas (y las no tan extremas). Es una carrera por sostener los privilegios de un puñado pequeño de la población global a costa de millones de vidas cobradas en guerras, impactos del cambio climático y la pérdida de biodiversidad, o el racismo institucional. Una carrera que nos lleva colectivamente –también a quienes la promueven– con mucha velocidad al desastre más absoluto.
La segunda dirección es la del desarrollo irrestricto y acelerado de energías renovables de alta tecnología, coches eléctricos, reindustrialización verde, aviones movidos por agrocarburantes, ciudades inteligentes… Esta carrera está llena de incertidumbres: ¿habrá minerales para tanto molino y placa?, ¿alcanzarán para abastecer de energía a todas las personas o solo a unas pocas privilegiadas?, ¿no aumentarán las emisiones al menos a corto plazo (no olvidemos que no tenemos tiempo) con tanta nueva actividad industrial?, ¿apostar por transiciones dependientes de grandes empresas, no reproducirá las mismas injusticias?, ¿pasaremos de tener guerras por el petróleo a guerras por los metales estratégicos para las energías renovables?, ¿tanta necesidad de nuevos minerales no expoleará la pérdida de biodiversidad, el trabajo infantil, las guerras civiles en el Sur global o incluso el consumo de combustibles fósiles para mover las máquinas que escavan, transportan, refinan, centrifugan, muelen…?, ¿fiarlo todo al desarrollo de tecnologías que todavía no existen, como buenas baterías, no será demasiado arriesgado cuando no hay tiempo?, ¿será posible alcanzar una economía realmente circular cuando el grado de circularidad actual es del 9% y las tasas de reciclaje de la mayoría de los minerales están estancadas desde hace lustros? Tal vez son demasiadas dudas para que sea la dirección hacia la que correr más conveniente.
Así que queda una tercera opción. Es mucho menos espectacular. Tiene no pocos obstáculos que salvar en forma de imaginarios colectivos, intereses económicos e inercias sociales. Pero tiene una ventaja irresistible: es una dirección segura.
En lugar de la opción suicida de la primera dirección y la, cuanto menos, incierta de la segunda, reducir de forma drástica el consumo energético y material hasta los márgenes asumibles por los ecosistemas sabemos con total seguridad que tiene efectos sanadores ante las crisis ambientales que nos atenazan. Es más, existe una sólida evidencia científica de que es una media ineludible. También está sobradamente documentado que la satisfacción de las necesidades humanas requiere de menos, de mucho menos, consumo material y energético. El consumo suntuario actual no tiene nada que ver con nuestro bienestar, sino con el mantenimiento de una economía que tiene que crecer sin parar para no entrar en crisis. Así pues, corramos hacia el decrecimiento en el consumo material y energético con todas nuestras fuerzas.
Pero corramos sumando al decrecimiento más factores, pues sabemos que vivimos en sociedades muy desiguales. Desde luego, no todo el mundo debe reducir su consumo material y energético en la misma medida. De hecho, hay quien no puede porque vive en condiciones de miseria. De este modo, requerimos de un decrecimiento diferencial: mayor, mucho mayor, para quienes más tienen. Esto tiene varios nombres. Uno es redistribución de la riqueza.
Pero hay otro tipo de imposibilidad al que se enfrenta la población de cara a poner en marcha políticas decrecentistas: como consecuencia de los entornos sociales hay consumos que nos son muy difíciles de reducir. Por ejemplo, hay personas que necesitan (de verdad, no como excusa) el coche para ir a su puesto de trabajo y no puede renunciar a ese insostenible consumo energético.
De este modo, además de decrecer y redistribuir, es necesario cambiar nuestro sistema económico. Satisfacer nuestras necesidades no a costa de otras personas o del medio ambiente, algo que hacemos a diario incluso aunque no lo queramos al transportarnos a largas distancias, ingerir comida industrial o comprar una camiseta. Cambiarlo para poner como objetivo de la economía nuestro bienestar y el del resto de personas. Esto ya está inventado y en marcha. Existen una miríada de prácticas reales englobadas al rededor de la economía solidaria que muestran como otra economía es viable en vivienda, educación, alimentación, movilidad, obtención de energía, fabricación de bienes, salud, cuidado de personas dependientes, financiación, comunicación… Si no las conoces, búscalas y llama a su puerta.
Ya hay muchas prácticas compartidas y sinergias en marcha entre el decrecimiento, la redistribución y la economía solidaria, pero es necesario repensar y profundizar esas alianzas. Por ejemplo, la Red de Economía Alternativa y Solidaria (REAS) está dándole vueltas a cómo entrelazar estas miradas. Será uno de sus ejes de reflexión en su próximo encuentro de Idearia, que tendrá lugar en Pamplona/Iruña en mayo.
En conclusión, porque no tenemos tiempo, el decrecimiento, la redistribución y la economía solidaria son la dirección más segura hacia la que correr. Trabajemos para no tropezar en el camino y acelerar nuestra marcha.
Luis González Reyes es doctor en Ciencias Químicas y miembro de Ecologistas en Acción, Garúa, Fuhem y Entrepatios, entre otras.
Fuente: https://climatica.coop/opinion-hacia-donde-correr-cuando-no-tenemos-tiempo/

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