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El potencial de los comunales

Do Rebelión, 24 de abril 2026
Por Gabriela Vázquez: 15-15-15 

[Imagen: Sofía Blasco Huidobro]

Cuando empecé a agobiarme con todo el tema del colapso (gracias al blog de The Oil Crash de Antonio Turiel y al Crash Course de Chris Martenson, que casi hace que me dé un parraque) no tenía ni idea de lo que eran los comunales. Había aprendido en el colegio lo que eran los comuneros, y las desamortizaciones y demás, pero jamás como algo que pudiera tener relación con mi vida o con el momento presente.

Visto en retrospectiva, creo que no hay nada que me hayan explicado tantas veces sin haber llegado en realidad a entenderlo. Sospecho que no es casual.

De todas formas, yo parecía estar empeñada en no ver las conexiones. El tema tuvo un boom cuando se hizo conocido Calibán y la bruja, de Silvia Federici, que hace un seguimiento de cómo la privatización de los comunales durante el proceso de acumulación del capitalismo tiene relación con la represión de las mujeres (no solo) a través de la caza de brujas. En ese momento yo vivía en Madrid y estaba en fase de enamoramiento con los comunes urbanos por la primera Ingobernable, un CSOA de lujo en pleno Paseo del Prado (así cualquiera se enamora, claro). Pero creía —como una cree siempre a los veintitantos— que lo que estábamos haciendo allí era inventar algo, y no redescubrirlo.

En esos primeros años de búsqueda de alternativas a lo que me parecía un camino directo al hoyo, si alguien me hubiera dicho que ya existían estructuras descentralizadas, basadas en los recursos propios de cada territorio y en la democracia directa, me habría parecido demasiado bonito para ser verdad. Y sin embargo, existen.

No es casualidad que no los encontrara, como decía: por una parte, han sido esquilmados y reducidos a una cuasimínima expresión en buena parte de la Península Ibérica (con excepciones como Galicia, donde son una potencia económica respaldada por comunidades fuertes y articuladas); por otra, un martillo solo ve clavos, y mi mente criada en el puro neoliberalismo no era capaz de ver tras las distintas capas en las que se envuelven los comunales de hoy en día y apreciar lo que hay debajo.

Los comunales son recursos —tierra, agua, bosques, pesquerías, edificios…— que no son gobernados por un ente privado ni por una institución pública, sino por la comunidad a la que afectan. Es decir, si un pueblo está al lado de un bosque, la gente de ese pueblo se pone de acuerdo para decidir cómo administrar los bienes que se obtienen de ese bosque.

(Aquí ya hay otro escollo de la mentalidad neoliberal, porque en otro mundo podría decirse que un bosque no es un recurso a nuestra disposición, y que, en realidad, el bosque se pertenece a sí mismo, pero vamos por partes).

A muchos de los que leéis ya os sonará esto, porque al fin y al cabo Elinor Östrom ganó ya hace unos añitos el llamado Premio Nobel de Economía por describirlo. Pero este texto va para gente como yo, que pueda insistir en no hacer la conexión entre unas cosas y otras.

Si seguimos con el ejemplo del bosque, como decía, sería la gente del pueblo quien (en asambleas o concejos, o generalmente a través de juntas vecinales) decide de manera horizontal qué hacer con ese bosque. La pertenencia a esta asamblea viene dada por habitar ese pueblo, generalmente con indicadores como tener una casa de cuya chimenea salga humo en invierno, lo cual desacopla la mera propiedad de la verdadera pertenencia a la comunidad.

Esta es una cláusula que va a la línea de flotación del capitalismo: nadie puede habitar dos lugares a la vez. El ligar la toma de decisiones a la presencia en el territorio limita la acumulación. Este límite blindado por la ley, en combinación con la democracia directa, es lo que hace que los comunales sean una herramienta única.

Supongo que si Elon Musk o la junta de accionistas de Syngenta quisieran podrían hacer humo en casas en las que no hay nadie, o contratar a gente para que viviera en el pueblo en cuerpo, pero no en alma, votando lo que ellos quisieran (así es el trabajo asalariado). Hasta la fecha, nunca ha habido tanto en juego como para que se dieran estos escenarios distópicos, y si se dieran entiendo que el concejo podría poner medidas.

La gestión comunal, se viene viendo en las últimas décadas, tiene un gran potencial para la conservación de los recursos naturales (ya vuelvo otra vez con los recursos); esto se basa en algo que no siempre se da, y que personalmente es un dogma de fe: que cuando la gente tiene espacios en los que escucharse verdaderamente, toman decisiones que benefician al conjunto y al largo plazo (en vez de decisiones individualistas y cortoplacistas). En un contexto en el que el mensaje contrario es la voz dominante, esto es cada vez más una lucha en sí misma. Creo que esto es lo que hace que el concepto de común apele tanto a gente que vive lejos de cualquier bosque. Todos lo hemos visto ocurrir.

La existencia de los comunales calma la voz que se resiste al mensaje dominante, gritando “Yo no soy la rata codiciosa que decís que soy” y diciendo que a la patraña de la mano invisible le hace falta remangarse y ponerse a dialogar de una vez con las otras manos.

Lamentablemente, los comunales vienen sufriendo desde hace siglos un proceso de desmantelamiento y privatización que los mete en un círculo vicioso: su gestión y propiedad se ha ido introduciendo en sucesivos juegos de trileros en los que acababa siendo parte de los ayuntamientos y administraciones públicas (con represión violenta incluida cuando los vecinos se rebelaban); como el Ayuntamiento responde a autoridades de partido que están en otro lugar, la relación con el territorio se va haciendo más débil y la democracia cada vez más indirecta. Esto hace que las personas vayan teniendo menos incentivos para participar en la toma de decisiones y, al abandonarse los espacios de gobernanza que quedan, la administración o los agentes privados no tienen más remedio que entrar a hacerse cargo.

Decía antes que Elon Musk no puede vivir en dos casas a la vez. Lo que sí se puede, y está pasando, es pagar lo suficiente para que las comunidades voten en contra de sus propios intereses a largo plazo, y eso es un tema importante que debería abordarse de forma separada. Mi postura es que esto no ocurriría en comunidades lo suficientemente fuertes, como se está viendo en importantes protestas actuales contra los macroproyectos.

A día de hoy, en la mayoría de lugares de la Península Ibérica, el comunal se mezcla con el Ayuntamiento (aunque en muchos sitios se sigue llamando lo del pueblo) y el concejo se ha quedado reducido a votar a representantes cada ciertos años, en estructuras que pueden replicar las mismas condiciones de cutrerío que vemos en cualquier otro sitio donde nos juntemos seres humanos más de diez minutos. En la mayoría de casos, se trata de gente que hace lo que puede con lo que tiene.

Y lo que tiene, en mi opinión, no es suficiente para aprovechar el potencial tan grande de la estructura en la que se están moviendo. En pueblos con más gente, y con gente articulada entre sí y conectada con su territorio, existirían las bases para que estas personas pudieran estar liderando una verdadera transformación ecosocial, amparada por una ley de siglos. En la práctica están votando, en tiempos robados a otras cosas, a qué empresa adjudican las cortas en los próximos años.

Esto cambia sustancialmente de unas regiones a otras, y de unos tipos de comunal a otros (y depende de a qué llamemos comunal): en Galicia, los montes vecinales en mano común son una potencia maderera, relativamente articulada y con un poder importante; en muchos pueblos de Castilla, el comunal es un lote de tierras que se adjudica para cultivar igual que si fuera del Ayuntamiento; en mi pueblo, lo que era la dehesa comunal es ahora terreno hormigonado donde se han construido las VPO.

No quisiera yo que esto fuera un llamado a que los urbanitas nos fuésemos a otra ronda de decirle a la gente del medio rural lo que tiene que hacer y a qué velocidades. La mentalidad urbana, pintada de verde agroeco, también puede ser una forma de colonización. Pero creo —y las leyes de la termodinámica me amparan— que hace falta una redistribución de población, y creo que existe la posibilidad material (que no el equilibrio de fuerzas) para hacerlo de una forma horizontal, descentralizada y sostenible.

Frente a una política de polarización y trincheras, y una acción climática basada en concebir el mundo a través de Google Maps, tenemos estructuras que nos permitirían una política deliberativa, con una propiedad distribuida y anclada a los recursos reales, al presupuesto real del territorio.

El primer paso, que a mí me ha llevado tanto tiempo, es, supongo, hacer las conexiones.

Gabriela Vázquez trabaja potenciando procesos participativos para la transición ecosocial en la Fundación Entretantos, y es miembro de Ecologistas en Acción.

Fuente: https://www.15-15-15.org/webzine/2026/04/23/el-potencial-de-los-comunales/

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