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El HPLC

Tecnologías ocultas (II)


Do Rebelión, 20 de abril 2026



Cualquiera de nosotros, cada día, come, bebe y respira con la tranquilidad no-consciente de que no nos intoxicaremos. Confiamos tanto en el sistema que ni pensamos que al abrir una botella, en su contenido pueda haber sustancias peligrosas para nuestra salud. Las personas más conscientes sabemos que frutas y verduras tienen pesticidas perjudiciales, pero confiamos en que por lo menos no estén prohibidos o no superen los niveles permitidos. Sabemos que hay mercurio en el pescado grande, microplásticos en todos. PFAS (sustancias químicas persistentes utilizadas en tejidos, envases, utensilios antiadherentes), contaminantes industriales, restos de metales pesados, impurezas en medicamentos, radón radioactivo en nuestros sótanos, lindano en solares y huertos urbanos, etc.

Y ¿cómo se consigue esta (aún así muy discutible) seguridad alimentaria? ¿Cómo se sabe si un agua tiene niveles de nitratos por encima de lo permitido como acaba de hacer Greenpeace?

Porque existe una tecnología tan necesaria como desconocida: El HPLC (High performance liquid chromatography o Cromatografía líquida de alto rendimiento). No es el único tipo de cromatografía, también la hay de gases, pero nos vale como ejemplo. ¿Qué hace un HPLC? Simplificando, se toma una muestra (por ejemplo, una naranja), se disuelve, se inyecta en un sistema de columnas que separa cada compuesto y un detector extremadamente sensible identifica y cuantifica cada sustancia. De esta manera se puede saber tanto qué hay como cuánto (si se sabe lo que se busca). Una sociedad sin HPLC no puede garantizar la seguridad de su agua, aire, comida o medicamentos.

Pero tampoco la concentración efectiva de un medicamento, o de proteína en un concentrado proteico para deportistas. Las pruebas antidoping, las proporciones de hidrocarburos en una gasolina, los niveles de gases en el aire cerca de una escuela, en una autopsia si la persona había sido envenenada, o si un conductor en un accidente había tomado drogas. Analíticas de sangre para talasemias o niveles de vitamina D en sangre.

La población sabe que puede beber agua del grifo sin intoxicarse, o tomar un fármaco sin envenenarse, porque confía, porque la tecnología se ha invisibilizado. Y además, casi nadie es consciente de que esa seguridad depende de unas pocas empresas globales que fabrican los equipos necesarios.



Las empresas que fabrican HPLC y sus componentes no son europeas. De las 6 más importantes, 5 tienen la matriz en Estados Unidos y una es japonesa. Además, su producción depende de cadenas globales complejas: minerales, diseño, patentes, etc. Si estas empresas dejaran de producir, quebraran o decidieran limitar la venta a ciertos países no podríamos analizar pesticidas, no podríamos garantizar la pureza y calidad de medicamentos o alimentos, o evaluar el agua potable y el aire que respiramos. Pero no solo, imagina cualquier objeto del que se necesite analizar su composición, pureza o concentraciones de compuestos. Es decir, la mal llamada «civilización» moderna depende del HPLC.

Por ejemplo, muchos tipos de cromatógrafos usan helio, cuyo suministro está muy afectado por la agresión ilegal a Irán, igual que pasó con la invasión de Rusia a Ucrania, y las grandes empresas están intentando cambiar a marchas forzadas estas dependencias.

También afectaría a la ciencia básica de los contaminantes legales como los disruptores endocrinos, componentes de los plásticos, PFAS, y todo tipo de químicos de síntesis que se sabe o sospecha que son cancerígenos, alteran nuestros procesos hormonales, provocan alzheimer, y en general empeoran nuestra salud y calidad de vida. Si sabemos que los menores españoles orinan decenas de pesticidas, algunos prohibidos, es gracias al HPLC. Recomiendo en particular el trabajo de Nicolás Olea y su labor de divulgación.

A diferencia de los robots o la inteligencia artificial, esta tecnología es invisible para el público pero es más esencial. La mayoría de personas no sabe que su seguridad depende de un puñado de máquinas complejas, fabricadas por empresas privadas guiadas por intereses comerciales. Y esto último es importante, porque obviamente estas multinacionales se rigen por dos normas: márgenes de beneficio y crecimiento. O sea, en cada periodo hay que ganar más que en el anterior, aumentando las ventas y/o disminuyendo los gastos. Si no, los accionistas venderán y harán caer el valor de las acciones y por tanto de la compañía. Así que cuando no se dé ese crecimiento, las empresas lo primero que recortan es en personal y normalmente empiezan por la innovación, porque son cortoplacistas.

Y hay innovaciones que son pura fachada, marketing, pero hay otras que son fundamentales para mejorar las prestaciones existentes por ejemplo para adaptarlas a contaminantes emergentes. Si se rompen las cadenas de suministro dejan de fabricar (ya pasó con algunos componentes durante la crisis de los plásticos de la COVID) tanto equipamiento como fungible y los equipos se podrán usar menos.

También merece la pena mencionar a otro elemento frágil de la cadena, las ingenieras, que mantienen y reparan instrumentos muy delicados y sensibles, así como a las que forman al personal técnico que los opera. Cuando este eslabón se resiente, lo hace la capacidad del sistema para cuidarnos.

Existen decenas de miles compuestos de síntesis cuya actividad biológica se desconoce. Es fundamental para la seguridad actual, pero especialmente para la de la generación que ahora está creciendo, que las tecnologías que nos permiten monitorizar la presencia de esos compuestos, sean resilientes. Es imprescindible que los gobiernos tomen conciencia de que nuestra dependencia tecnológica no es solo que no tengamos una IA propia o que seamos menos competitivos, sino que nos va la salud y la vida en ello.

Hemos puesto este ejemplo por ser central, pero la práctica totalidad de las tecnologías médicas (tanto instrumentales como farmacéuticas) dependen de un puñado de multinacionales, la lógica sería la misma. Por ejemplo, las resonancias magnéticas necesitan de Helio (un producto del gas natural). Entre EEUU y Qatar se produce el 75% del mundo. La guerra en Irán ha llevado a una reducción del helio. Por ahora no hay desabastecimiento. Pero la fragilidad es obvia.

Cuando a las instituciones o los partidos políticos de todos los colores se les llena la boca con sectores estratégicos, soberanía y «lo público» olvidan que fertilizantes (de los que hablamos en el artículo anterior), o la salubridad, son frágiles y totalmente dependiente de los poderes financieros.

Se dice que la juventud hoy no sabe de dónde viene la leche que hay en un tetrabrick, pero las personas «adultas» no tienen ni idea de cómo se garantiza su salubridad.

En el próximo artículo hablaremos de los costes ocultos de las tecnologías.

Fuente original: https://cienciamundana.wordpress.com/2026/04/19/tecnologias-ocultas-ii-hplc/

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