Por Jorge Majfud
Hace 2573 años, Creso, el rico y poderoso rey de Lidia, consultó al oráculo de Delfos sobre si debía invadir Persia, y la pitonisa le respondió: “Si cruzas el río Halis, destruirás un gran imperio”. Creso cruzó el Halis, atacó la Persia de Ciro y destruyó su propio imperio.
Según reconoció el mismo Trump, fue Netanyahu quien lo convenció para atacar Irán. Pero la pitonisa no conoce de paz. Como reconoció el New York Times al día siguiente del fiasco de una nueva marcha atrás, Trump hizo oídos sordos a los expertos y, una vez más, confió en su instinto―es decir, en el susurro de Netanyahu.
Aunque el acuerdo entre Washington y Teherán incluía un cese de las hostilidades en el Líbano y la región, Netanyahu respondió unas horas después con la mayor lluvia de bombas, destrucción y muerte vista hasta entonces sobre la capital del Líbano.
La estrategia del instinto y la imprevisibilidad, propia del hombre de negocios con mucho dinero y con pocas ideas, pudo servirle en algún momento, pero un día tenía que encontrarse con sus molinos de viento.
De la misma forma que los últimos gobiernos de Estados Unidos han acelerado la devaluación del dólar a fuerza de orgías de emisión, Trump está devaluando todos los capitales del imperio, desde el material hasta el simbólico. Como un adicto necesita una dosis cada vez mayor de droga para lograr el mismo efecto, Trump necesita un creciente nivel de megalomanía, como su anuncio de que antes de esa noche del 7 de abril, “toda una civilización” iba a ser destruida. La hipérbole no podía ser tomada en serio. El payaso ya no divierte ni a los dueños del circo.
El poder que gobierna Washington, como en cualquier democracia liberal, siempre se aprovechó de la alternancia de presidentes. Todos le sirvieron. El acuerdo que firmaba un presiente con la mano lo borraba el siguiente con el codo. Así fue desde los tiempos del despojo de las naciones nativas a manos de los fanáticos genocidas, los dueños del cañón. Todos firmaron falsos “acuerdos de paz” para ganar tiempo. Lo mismo ocurrió en 2015, cuando Obama firmó un acuerdo de armas atómicas, en el cual Irán aceptaba limitar su programa nuclear y permitir inspecciones internacionales a cambio del levantamiento de las sanciones económicas. Tres años después, Trump lo declaró nulo.
El problema ahora es que a Trump se le siguen cayendo los filtros y comete el error que los manuales de la CIA prohibían: conceder verdades sobre conspiraciones propias. Trump se ha vuelto una máquina de “confesión de parte”. No sólo ha confesado que su objetivo en Venezuela e Irán era y es el petróleo (para “hacerse rico”), sino también que fue Washington el que armó a las protestas antigubernamentales en Irán, a fines del año pasado. Algo que es un viejo mudos operandi, desde la creación de Panamá en 1903, el golpe de Irán en 1953 (contra otra democracia y para apropiarse del petróleo) y un largo etcétera. Todos los gobiernos desobedientes fueron demonizados como “regímenes” antes de un golpe (como el de Nicaragua, en 1909), mientras que los terroristas desestabilizadores, como los Contras, 70 años después, fueron financiados y sacralizados como “freedom fighters”.
Ahora, el capital (material y simbólico) dilapidado no se recuperará nunca. Según Gallup, entre 2001 y 2025, los israelíes mantuvieron sistemáticamente una ventaja de dos dígitos en las simpatías de los estadounidenses respecto a Oriente Medio; la brecha promedió los 43 puntos entre 2001 y 2018. La diferencia comenzó a reducirse cuatro años antes del ataque de Hamás del 7 de octubre de 2023 y, aún más, con las protestas estudiantiles contra el genocidio en Gaza. Este proceso se profundizó luego con la abierta censura e intimidación contra los críticos al genocidio que ni los dueños sionistas de las redes sociales pudieron contener.
Octubre 7 no revirtió la tendencia, sino que la supuesta reacción la aceleró de forma significativa. Hoy, el 41 por ciento de los estadounidenses apoya la causa palestina, mientras que solo el 36 por ciento simpatiza con Israel. Si consideramos solo los jóvenes, esa diferencia es abrumadora, lo cual indica que estamos ante un terremoto que no podrá ser cambiado por las tradicionales toneladas de dinero en propaganda―menos, cuando la maquina de imprimir comienza a oxidarse.
Si consideramos que Israel sin Washington y sin Bruselas nunca será el Israel que todavía decide quién vive y quién muere, ningún cálculo razonable puede pintarle un futuro promisorio. Los historiadores marcarán esta década como El Gran Quiebre, más allá de las guerras que Washington-Tel Aviv todavía pueda ganar y de los miles de muertos que todavía pueda enterrar debajo de los escombros.
El imperio americano, en una decadencia acelerada por elección propia, arrastrado por el agujero negro de Medio Oriente, insiste en suicidarse antes de enfrentar a su objetivo principal: China. Mientras, China sabe muy bien que no debe interrumpir al adversario cuando está cometiendo un error. Menos cuando invierte tanto en cometerlos.
Como un Superman adicto a la criptonita, Trump ha dilapidado todos los recursos del imperio: el arsenal del Pentágono, las arcas del Tesoro y, lo más importante, el valor de la amenaza y del miedo a sus superpoderes.
Creo que sería un milagro que Trump terminase su mandato. Sufrirá una dura derrota en las elecciones legislativas de noviembre, un impeachment (juicio político para destituirlo) en 2027, un “problema de salud” o alguna nueva falsa bandera que esta vez no lo llevará a la Casa Blanca de nuevo, sino a su palacio de Florida donde lo espera el eterno fantasma de su amigo Epstein.
Para el verdadero poder, será una forma de calmar, por algún tiempo, a una población crecientemente consciente de su realidad.
Según reconoció el mismo Trump, fue Netanyahu quien lo convenció para atacar Irán. Pero la pitonisa no conoce de paz. Como reconoció el New York Times al día siguiente del fiasco de una nueva marcha atrás, Trump hizo oídos sordos a los expertos y, una vez más, confió en su instinto―es decir, en el susurro de Netanyahu.
Aunque el acuerdo entre Washington y Teherán incluía un cese de las hostilidades en el Líbano y la región, Netanyahu respondió unas horas después con la mayor lluvia de bombas, destrucción y muerte vista hasta entonces sobre la capital del Líbano.
La estrategia del instinto y la imprevisibilidad, propia del hombre de negocios con mucho dinero y con pocas ideas, pudo servirle en algún momento, pero un día tenía que encontrarse con sus molinos de viento.
De la misma forma que los últimos gobiernos de Estados Unidos han acelerado la devaluación del dólar a fuerza de orgías de emisión, Trump está devaluando todos los capitales del imperio, desde el material hasta el simbólico. Como un adicto necesita una dosis cada vez mayor de droga para lograr el mismo efecto, Trump necesita un creciente nivel de megalomanía, como su anuncio de que antes de esa noche del 7 de abril, “toda una civilización” iba a ser destruida. La hipérbole no podía ser tomada en serio. El payaso ya no divierte ni a los dueños del circo.
El poder que gobierna Washington, como en cualquier democracia liberal, siempre se aprovechó de la alternancia de presidentes. Todos le sirvieron. El acuerdo que firmaba un presiente con la mano lo borraba el siguiente con el codo. Así fue desde los tiempos del despojo de las naciones nativas a manos de los fanáticos genocidas, los dueños del cañón. Todos firmaron falsos “acuerdos de paz” para ganar tiempo. Lo mismo ocurrió en 2015, cuando Obama firmó un acuerdo de armas atómicas, en el cual Irán aceptaba limitar su programa nuclear y permitir inspecciones internacionales a cambio del levantamiento de las sanciones económicas. Tres años después, Trump lo declaró nulo.
El problema ahora es que a Trump se le siguen cayendo los filtros y comete el error que los manuales de la CIA prohibían: conceder verdades sobre conspiraciones propias. Trump se ha vuelto una máquina de “confesión de parte”. No sólo ha confesado que su objetivo en Venezuela e Irán era y es el petróleo (para “hacerse rico”), sino también que fue Washington el que armó a las protestas antigubernamentales en Irán, a fines del año pasado. Algo que es un viejo mudos operandi, desde la creación de Panamá en 1903, el golpe de Irán en 1953 (contra otra democracia y para apropiarse del petróleo) y un largo etcétera. Todos los gobiernos desobedientes fueron demonizados como “regímenes” antes de un golpe (como el de Nicaragua, en 1909), mientras que los terroristas desestabilizadores, como los Contras, 70 años después, fueron financiados y sacralizados como “freedom fighters”.
Ahora, el capital (material y simbólico) dilapidado no se recuperará nunca. Según Gallup, entre 2001 y 2025, los israelíes mantuvieron sistemáticamente una ventaja de dos dígitos en las simpatías de los estadounidenses respecto a Oriente Medio; la brecha promedió los 43 puntos entre 2001 y 2018. La diferencia comenzó a reducirse cuatro años antes del ataque de Hamás del 7 de octubre de 2023 y, aún más, con las protestas estudiantiles contra el genocidio en Gaza. Este proceso se profundizó luego con la abierta censura e intimidación contra los críticos al genocidio que ni los dueños sionistas de las redes sociales pudieron contener.
Octubre 7 no revirtió la tendencia, sino que la supuesta reacción la aceleró de forma significativa. Hoy, el 41 por ciento de los estadounidenses apoya la causa palestina, mientras que solo el 36 por ciento simpatiza con Israel. Si consideramos solo los jóvenes, esa diferencia es abrumadora, lo cual indica que estamos ante un terremoto que no podrá ser cambiado por las tradicionales toneladas de dinero en propaganda―menos, cuando la maquina de imprimir comienza a oxidarse.
Si consideramos que Israel sin Washington y sin Bruselas nunca será el Israel que todavía decide quién vive y quién muere, ningún cálculo razonable puede pintarle un futuro promisorio. Los historiadores marcarán esta década como El Gran Quiebre, más allá de las guerras que Washington-Tel Aviv todavía pueda ganar y de los miles de muertos que todavía pueda enterrar debajo de los escombros.
El imperio americano, en una decadencia acelerada por elección propia, arrastrado por el agujero negro de Medio Oriente, insiste en suicidarse antes de enfrentar a su objetivo principal: China. Mientras, China sabe muy bien que no debe interrumpir al adversario cuando está cometiendo un error. Menos cuando invierte tanto en cometerlos.
Como un Superman adicto a la criptonita, Trump ha dilapidado todos los recursos del imperio: el arsenal del Pentágono, las arcas del Tesoro y, lo más importante, el valor de la amenaza y del miedo a sus superpoderes.
Creo que sería un milagro que Trump terminase su mandato. Sufrirá una dura derrota en las elecciones legislativas de noviembre, un impeachment (juicio político para destituirlo) en 2027, un “problema de salud” o alguna nueva falsa bandera que esta vez no lo llevará a la Casa Blanca de nuevo, sino a su palacio de Florida donde lo espera el eterno fantasma de su amigo Epstein.
Para el verdadero poder, será una forma de calmar, por algún tiempo, a una población crecientemente consciente de su realidad.

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