Por Julien Kjelso: La izquierda diario
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Al describir los contornos y las raíces sociales del overshoot, o ideología del sobreconsumo climático, Malm y Carton ofrecen una contribución esencial que arroja luz sobre el actual período de crisis y radicalización del capitalismo, desmontando de paso las ilusiones del reformismo ecológico.
En Overshoot: Resistir a la ideología del desborde [1], Andreas Malm y Wim Carton analizan cómo, en los años posteriores a la firma del Acuerdo de París, la gobernanza climática ha entrado en una nueva era. La patronal y los gobiernos ya no pretenden limitar el calentamiento global, sino que organizan conscientemente cómo sobrepasar los umbrales planetarios. Al describir los contornos y las raíces sociales de esta ideología del desborde, Malm y Carton ofrecen una contribución esencial que ilumina el período de crisis y radicalización del capitalismo en curso, desmontando de paso las ilusiones del reformismo ecológico.
La coyuntura del desborde
“Debemos preparar a nuestro país para un aumento de las temperaturas de +4 grados”. Así lo anunciaba el ministro de Transición Ecológica, Christophe Béchu, en 2023. Un año crucial, que cristaliza lo que los dos investigadores de la Universidad de Lund denominan la “coyuntura del desborde [overshoot]”. La década de 2020 confirma “ese período en el que los objetivos de limitación del calentamiento global fijados oficialmente han sido sobrepasados –o están a punto de serlo– y en el que las clases dominantes responsables de este sobrepaso levantan los brazos al cielo, resignadas, y aceptan la llegada de un calor intolerable”. Esta idea viene acompañada, de hecho, de la promesa de una acción retroactiva sobre el clima: se superarían temporalmente los umbrales planetarios antes de volver a situarse por debajo de ellos gracias a nuevos procesos técnicos.
Esta es la trayectoria: la de un misil con ojiva de precisión, que primero fallaría su objetivo, antes de dar media vuelta para alcanzarlo de nuevo. Esto sería posible mediante el uso masivo de la geoingeniería o de las tecnologías de captura y almacenamiento de carbono (CAC), con el fin de reducir la concentración de gases de efecto invernadero en la atmósfera y sus efectos sobre el clima. Sin embargo, estas tecnologías están lejos de ser viables. Se trata, por tanto, de esperar que el capitalismo las desarrolle lo suficiente a lo largo de este siglo, asumiendo el agravamiento de la crisis ecológica mientras tanto. Es esta promesa de un desarrollo futuro la que legitima el statu quo.
Como explica el historiador de la tecnología Jean-Baptiste Fressoz, fue precisamente sobre estas falsas promesas tecnológicas que se firmó el Acuerdo de París en 2015 [2]. Lógicamente, por lo tanto, no se preveía ningún límite máximo para las emisiones y ni siquiera se mencionaba el término… “fósil”. Lo que quedó fue un “vale todo”, en forma de una “irresponsabilidad compartida” (Malm y Carton, op. cit. p.54.). Este es el resultado programático de la COP21: no hay necesidad de hacer sufrir a las industrias del petróleo y el gas, ya que las emisiones serán “anuladas” en el futuro gracias a las innovaciones tecnológicas. La paradoja es que fue precisamente en el momento en que la clase dominante anunciaba haber salvado a la humanidad cuando el “desborde programado” (Ibíd., p.9.) se volvió hegemónico. “Gracias a estos malabares, se podía a la vez incumplir y alcanzar cualquier objetivo, y el hecho de incumplirlo podía racionalizarse como parte del camino para alcanzarlo, como el gato de Schrödinger que está al mismo tiempo vivo y muerto” (Ibíd., p.98.).
Aun si surgieran tecnologías hipotéticas, el rebasamiento de los umbrales climáticos provocará catástrofes en cadena, a veces a escalas cataclísmicas. Destrucción de los ecosistemas marinos por la acidificación de los océanos, aumento del nivel del mar, salinización de las tierras agrícolas, aumento de los riesgos de inundaciones, sequías y olas de calor: partes enteras del planeta podrían volverse inhabitables. Este calentamiento alcanzaría los famosos “puntos de inflexión” del sistema climático, provocando efectos de retroalimentación positiva que lo acelerarán cada vez más. La perturbación de la corriente del Golfo, el derretimiento del permafrost y del casquete glaciar de Groenlandia, o la alteración del monzón indio son ejemplos de las amenazas existenciales que pesan sobre la humanidad.
En 2022, The Economist, la revista de la patronal británica, asumió este riesgo con fría lucidez: abandonar de la noche a la mañana la idea de prescindir de las energías fósiles, “equivale, para quienes se preocupan por ello, a abandonar a los más pobres, que sufrirán más que nadie una vez cruzado el umbral crítico. Pero hay que afrontar la verdad y explorar sus consecuencias”. Para Malm y Carton, como veremos más adelante, el overshoot constituye, por lo tanto, un verdadero “paupericido”.
En Overshoot: Resistir a la ideología del desborde [1], Andreas Malm y Wim Carton analizan cómo, en los años posteriores a la firma del Acuerdo de París, la gobernanza climática ha entrado en una nueva era. La patronal y los gobiernos ya no pretenden limitar el calentamiento global, sino que organizan conscientemente cómo sobrepasar los umbrales planetarios. Al describir los contornos y las raíces sociales de esta ideología del desborde, Malm y Carton ofrecen una contribución esencial que ilumina el período de crisis y radicalización del capitalismo en curso, desmontando de paso las ilusiones del reformismo ecológico.
La coyuntura del desborde
“Debemos preparar a nuestro país para un aumento de las temperaturas de +4 grados”. Así lo anunciaba el ministro de Transición Ecológica, Christophe Béchu, en 2023. Un año crucial, que cristaliza lo que los dos investigadores de la Universidad de Lund denominan la “coyuntura del desborde [overshoot]”. La década de 2020 confirma “ese período en el que los objetivos de limitación del calentamiento global fijados oficialmente han sido sobrepasados –o están a punto de serlo– y en el que las clases dominantes responsables de este sobrepaso levantan los brazos al cielo, resignadas, y aceptan la llegada de un calor intolerable”. Esta idea viene acompañada, de hecho, de la promesa de una acción retroactiva sobre el clima: se superarían temporalmente los umbrales planetarios antes de volver a situarse por debajo de ellos gracias a nuevos procesos técnicos.
Esta es la trayectoria: la de un misil con ojiva de precisión, que primero fallaría su objetivo, antes de dar media vuelta para alcanzarlo de nuevo. Esto sería posible mediante el uso masivo de la geoingeniería o de las tecnologías de captura y almacenamiento de carbono (CAC), con el fin de reducir la concentración de gases de efecto invernadero en la atmósfera y sus efectos sobre el clima. Sin embargo, estas tecnologías están lejos de ser viables. Se trata, por tanto, de esperar que el capitalismo las desarrolle lo suficiente a lo largo de este siglo, asumiendo el agravamiento de la crisis ecológica mientras tanto. Es esta promesa de un desarrollo futuro la que legitima el statu quo.
Como explica el historiador de la tecnología Jean-Baptiste Fressoz, fue precisamente sobre estas falsas promesas tecnológicas que se firmó el Acuerdo de París en 2015 [2]. Lógicamente, por lo tanto, no se preveía ningún límite máximo para las emisiones y ni siquiera se mencionaba el término… “fósil”. Lo que quedó fue un “vale todo”, en forma de una “irresponsabilidad compartida” (Malm y Carton, op. cit. p.54.). Este es el resultado programático de la COP21: no hay necesidad de hacer sufrir a las industrias del petróleo y el gas, ya que las emisiones serán “anuladas” en el futuro gracias a las innovaciones tecnológicas. La paradoja es que fue precisamente en el momento en que la clase dominante anunciaba haber salvado a la humanidad cuando el “desborde programado” (Ibíd., p.9.) se volvió hegemónico. “Gracias a estos malabares, se podía a la vez incumplir y alcanzar cualquier objetivo, y el hecho de incumplirlo podía racionalizarse como parte del camino para alcanzarlo, como el gato de Schrödinger que está al mismo tiempo vivo y muerto” (Ibíd., p.98.).
Aun si surgieran tecnologías hipotéticas, el rebasamiento de los umbrales climáticos provocará catástrofes en cadena, a veces a escalas cataclísmicas. Destrucción de los ecosistemas marinos por la acidificación de los océanos, aumento del nivel del mar, salinización de las tierras agrícolas, aumento de los riesgos de inundaciones, sequías y olas de calor: partes enteras del planeta podrían volverse inhabitables. Este calentamiento alcanzaría los famosos “puntos de inflexión” del sistema climático, provocando efectos de retroalimentación positiva que lo acelerarán cada vez más. La perturbación de la corriente del Golfo, el derretimiento del permafrost y del casquete glaciar de Groenlandia, o la alteración del monzón indio son ejemplos de las amenazas existenciales que pesan sobre la humanidad.
En 2022, The Economist, la revista de la patronal británica, asumió este riesgo con fría lucidez: abandonar de la noche a la mañana la idea de prescindir de las energías fósiles, “equivale, para quienes se preocupan por ello, a abandonar a los más pobres, que sufrirán más que nadie una vez cruzado el umbral crítico. Pero hay que afrontar la verdad y explorar sus consecuencias”. Para Malm y Carton, como veremos más adelante, el overshoot constituye, por lo tanto, un verdadero “paupericido”.
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En esta meticulosa investigación, Malm y Carton llevan a cabo un examen minucioso de la prensa patronal, de los planes de crecimiento de las empresas petroleras o incluso de las teorías de los economistas que justifican la inacción climática. Los ponen en perspectiva con un amplio abanico de estudios sobre la viabilidad técnica de la transición, o incluso sobre la historia y el funcionamiento de las instituciones de gobernanza climática. El entrecruzamiento de estos datos, interpretados a través de un marco marxista, traza un diagnóstico impactante del mundo presente y futuro. El rebasamiento de los límites climáticos no es en absoluto un “desvío” ni un fracaso diplomático. Es un proyecto político. El de una clase contra otra. Una que desea seguir beneficiándose del business as usual, la otra que sufre de lleno las perturbaciones del sistema-Tierra.
En una coyuntura histórica única en su género, la supervivencia de la humanidad se jugará sobre la tumba de su clase dominante. Por si fuera necesario demostrarlo, la nueva era de la gobernanza climática entierra definitivamente el idealismo militante de una parte de la ecología política. Ya no se trata de generar una “toma de conciencia” dentro de las instituciones políticas y económicas, ni de “ejercer presión” sobre el Estado. Las clases dominantes asumen desde ahora su plan de batalla.
La inercia de las relaciones sociales capitalistas
Para explicar el surgimiento de esta coyuntura de desborde, Malm y Carton se sumergen en la infraestructura fósil del capitalismo. Si hay una palabra que aterroriza a todo capitalista, es esta: los “activos varados” (stranded assets). Son inversiones que los capitalistas no logran amortizar, ya que los activos en cuestión deben ser abandonados antes de haber podido transmitir a las mercancías la totalidad de su valor en el ciclo de producción. Esto es lo que puede ocurrir, por ejemplo, cuando las máquinas se vuelven obsoletas desde el punto de vista de la competencia.
Pero los activos varados también pueden ser el resultado de regulaciones externas, de prohibiciones puras y simples. Esto es lo que sucedería en el caso de una “transición energética” digna de ese nombre: las infraestructuras de combustibles fósiles tendrían que ser desmanteladas antes de haber podido liberar todo su potencial productivo. Una pérdida neta para los capitalistas.
“Para cualquier yacimiento de petróleo o gas, para cualquier mina de carbón de cierta importancia, se necesitan unos diez años para alcanzar el ‘umbral de rentabilidad’, el momento en que se recupera la inversión inicial. En el caso de un yacimiento en aguas profundas, puede llevar de 12 a 20 años” (op. cit., pp.109-10.). A partir de ese punto, ese “umbral de rentabilidad”, el objetivo de los propietarios es saborear las ganancias durante el mayor tiempo posible. ¿Qué interés hay en esperar diez años a que una instalación sea rentable si no es para seguir ordeñando la vaca lechera otros diez, veinte o cincuenta años? Un capitalista está “apegado a la longevidad de la instalación como un santo a la de su templo” (ibíd.). En el modo de producción capitalista, es, por lo tanto, el pasado –las inversiones privadas ya realizadas– lo que determina las orientaciones económicas futuras: es imposible abandonar activos antes de que hayan alcanzado su pleno potencial. En el caso de que una tecnología concreta quede obsoleta, la presión competitiva obliga a los capitalistas a deshacerse de sus activos. Pero en el caso de la explotación de las energías fósiles, este tipo de presiones existe en mucha menor medida y la magnitud de los activos que se volverían entonces irrecuperables es inconmensurable.
Si bien el análisis de Malm y Carton sobre el problema de los activos varados permite esclarecer la radicalización de la patronal y los gobiernos ante la crisis ecológica, descuida en gran medida el lugar que ocupa la explotación de la fuerza de trabajo en los procesos de prospección, extracción y transformación de las energías fósiles y, a la inversa, el importante papel de estas energías en el mantenimiento y la intensificación de la explotación a nivel mundial. El análisis del surgimiento del capitalismo fósil como herramienta para controlar e intensificar la explotación, desarrollado por Malm en Fossil Capital: The Rise of Steam Power and the Roots of Global Warming, merecería ser actualizado en el contexto del desborde.
La ecoansiedad de los capitalistas fósiles
Para iniciar la comercialización de hidrocarburos, el primer paso es… encontrarlos. Los capitalistas deben invertir primero en la exploración y la puesta en condiciones de explotación de los yacimientos. Por lo tanto, este costo inicial no puede satisfacerse dejando sin utilizar las reservas descubiertas, ya que es su explotación la que permitirá recuperar estas inversiones iniciales. Sin embargo, como observaba el Financial Times en 2020, para cumplir con el objetivo de 1,5 °C, habría que sacrificar el 84 % de las reservas, y el 59 % para el de 2 °C. Desde la primera etapa de un negocio en el sector de los combustibles fósiles, los intereses capitalistas entran, por lo tanto, en contradicción con la lucha contra el calentamiento global.
Estas inversiones necesarias para la exploración no son más que la última muñeca de una matrioshka de activos que hay que volver rentables. En el ecosistema de los combustibles fósiles también se incluyen las instalaciones extractivas, las refinerías, las infraestructuras de transporte (oleoductos, buques cisterna, instalaciones portuarias, etc.) o incluso las centrales en las que se consumen los hidrocarburos. “Así, esta superposición de capas sobre los yacimientos y los campos constituye ‘la mayor red de infraestructura jamás construida, reflejo de decenas de billones de dólares en activos y de dos siglos de evolución tecnológica’, que está a merced de la política climática –no de una política que hoy exista realmente, desde ya, sino de la posibilidad de tal política” (Ibíd., p.132.). El más mínimo atisbo de una política climática ambiciosa podría hacer que se desplomara el valor bursátil de estas empresas. El impacto en este circuito primario del capital fósil repercutiría luego en el circuito secundario, es decir, en todo el capital que no puede funcionar sin el aporte directo de los hidrocarburos.
Las inversiones en una red de infraestructura de tal envergadura también solo han sido posibles gracias a los créditos bancarios. “De ello se desprende que una formación de capital fijo acrecentado requiere una mayor integración en el mercado de acciones, pero también en el mercado de crédito –o, por retomar una fórmula marxista consagrada, en ‘el capital común de la clase’“. Por eso, “si estas centrales se cerraran prematuramente, es muy posible que los bancos nunca recuperen los préstamos” y sus propios números queden en rojo.
Una prueba de resistencia del sistema financiero europeo realizada en 2017 reveló que los cincuenta bancos más grandes tenían alrededor de una décima parte de su cartera total en acciones del sector de las energías fósiles, pero que esta cifra alcanzaba cuatro décimas si se incluían todos los sectores afectados por la política climática (Ibíd., p.144.). Según las estimaciones más altas, la reducción del PBI mundial en caso de que estalle la “burbuja del carbono” para limitar el calentamiento a 2 °C podría ser 60 veces mayor que la registrada en 2009.
Estas coordenadas matemáticas, una verdadera pesadilla para las finanzas internacionales, solo pueden conducir a un único resultado: el del desborde u overshoot. En la burguesía acababa de surgir una nueva forma de ecoansiedad. No se trata de la angustia por la catástrofe ecológica, sino la de la catástrofe económica que significaría abandonar los combustibles fósiles.
Los fanáticos de los combustibles fósiles
Como quedará claro, la forma-capital de los medios de producción obstaculiza las capacidades de transformación del aparato productivo. Sin embargo, después de todo, los capitalistas podrían decidir dejar que las infraestructuras existentes sigan funcionando hasta el final de su vida útil mientras que, desde hoy, solo se dediquen a desarrollar energías bajas en emisión de carbono.
Esta posibilidad está muy lejos de lo que se observa en las nuevas inversiones en el sector energético. Mientras todo apuntaba a la urgencia de acabar lo antes posible con los hidrocarburos, fue la salida de los confinamientos de la pandemia y luego la invasión de Ucrania por parte de Rusia las que desencadenaron un crecimiento fulgurante de su producción. En 2022, en todo el mundo, había 119 oleoductos en construcción, con una longitud total de unos 350.000 km, y 477 gasoductos en obra, lo que representaba una longitud acumulada equivalente a veinticuatro vueltas al mundo (Ibíd., p.27.). Como señalan Malm y Carton, fue la empresa francesa Total la que inició, ese año, la trayectoria de crecimiento más agresiva, con la puesta en marcha de su proyecto EACOP, el oleoducto de crudo calentado más largo del mundo. En febrero de 2022, Noruega otorgó tantas licencias de exploración (700) como durante el medio siglo anterior. Ese mismo año, en Estados Unidos, la administración Biden concedió 307 permisos de exploración de petróleo y gas en el Golfo de México. Como guinda del pastel, la empresa de análisis energético Rystad Energy llegó incluso a anunciar –con referencias bíblicas de respaldo [3]– que, tras siete años de ganancias mediocres, el año 2022 marcaba el inicio de un “superciclo” de ganancias para el sector energético. Ese año, al igual que los siguientes, en contra de toda forma de racionalidad de la transición, la burguesía no dejaba de empantanarse en las energías fósiles.
Si bien la energía fotovoltaica es, por ejemplo, la fuente de energía “que ha experimentado la caída de precios más espectacular jamás registrada” (Ibíd., p.187.), esto no se tradujo en absoluto en una reorientación de las inversiones hacia las energías renovables, debido a las posibilidades de control, almacenamiento y oportunidades de ganancias que garantizan las energías fósiles. Además, a diferencia de las energías renovables, la explotación del petróleo y el gas ofrece la posibilidad de generar “superganancias”. Por ejemplo, las perturbaciones recurrentes en el transporte de las reservas de energías fósiles permiten a las empresas competidoras subir sus precios, o incluso conquistar nuevos mercados. En el mercado del petróleo, los precios fluctúan de manera cíclica y ofrecen la posibilidad de obtener márgenes importantes [4].
Los modelos de adaptación climática al servicio del capital
Para la clase capitalista, el calentamiento global no es más que el costo de la “modernidad fósil”. Una consecuencia necesaria del desarrollo natural de la historia humana. La burguesía no puede admitir la existencia de una crisis que solo podría resolverse con su propia desaparición. La de una clase que determina la producción únicamente en función de las ganancias que puede obtener de ella. Los efectos históricamente específicos del “modo” de producción aparecen, por lo tanto, como factores intangibles de la producción social.
Malm y Carton muestran cómo este punto de vista también impregna los escenarios de adaptación desarrollados por las instituciones de gobernanza climática, que la consideran ante todo desde la perspectiva de los costos. En su sexto informe de evaluación del año 2022, el GIEC (Grupo intergubernamental de expertos sobre el cambio climático) señalaba que si había comenzado a considerar el desborde del umbral climático, era simplemente porque sus “modelos no podían encontrar otras soluciones” (Malm y Carton, op. cit., p.87.). Estos modelos a los que se hace referencia provienen de la “modelización de evaluación integrada” (MEI). Su objetivo es modelar numéricamente el impacto de la política climática en otros ámbitos sociales, como la economía. Se trata, por tanto, de “integrar” la ecología en el marco existente, el de la economía capitalista. Estos modelos integran, por tanto, la problemática de los activos varados y las “leyes” de la producción capitalista, que determinan entonces el campo de posibilidades de la política climática. Como un caballo de Troya en pleno corazón de los escenarios del GIEC, los cimientos de la sociedad burguesa estructuran lógicamente las respuestas proporcionadas por la gobernanza climática. Al igual que en Sans transition de Jean Baptiste Fressoz, la crítica no está dirigida, por supuesto, al consenso científico establecido por los grupos I y II del GIEC sobre el cambio climático y sus diversos impactos, sino a la naturalización del capitalismo en las “soluciones” que elabora el grupo III.
En este sentido, Malm y Carton destacan el papel “antirrevolucionario” de los escenarios de adaptación, en la medida en que cierran las puertas a horizontes alternativos. La antirrevolución debe entenderse aquí como el hecho de prevenir un imaginario revolucionario.
En palabras de Mark Fisher, dado que el “realismo capitalista” se ha instituido en la política climática, esta ya no podía ser más que “políticamente claustrofóbica” [5], confinada en el exiguo universo del capital.
Irónicamente, al no señalar ningún otro camino que el del rebasamiento, los MEI demuestran la incapacidad estructural del capitalismo para responder a la crisis climática. Puestas insidiosamente al servicio de las industrias de combustibles fósiles, las instituciones de la ciencia climática actúan desde entonces como sus auxiliares. Al naturalizar la trayectoria del overshoot, preparan el terreno para que sus consecuencias sean tratadas como fatalidades históricas.
El ecocidio es un “paupericidio”
Como ya escribió Malm en Por Palestina y por la Tierra: “Cuando la atmósfera ya está saturada de CO2, la letalidad de cualquier cantidad adicional de CO2 emitida es elevada y sigue aumentando. Las pérdidas humanas masivas son, por lo tanto, el resultado ideológica y mentalmente integrado, y de hecho aceptado, de la acumulación de capital” [6]. Cada tonelada de CO₂ emitida a la atmósfera condena ahora a una parte de la población mundial. En contraposición a una ecología burguesa que anestesia la cuestión de la responsabilidad al diluirla abstractamente en la “sociedad de consumo”, Malm y Carton sostienen así que es precisamente la clase que dirige la producción la responsable de la crisis ecológica. Esto es tanto más cierto cuanto que, entre 1990 y 2019, las emisiones per cápita de la mitad más pobre de la población europea y estadounidense se redujeron en casi un tercio, debido a la contracción de los salarios y del consumo (Malm y Carton, op. cit., p. 217.). Sin embargo, en el mismo período, las emisiones no han dejado de crecer. Por lo tanto, se desarrolla cada vez más una identidad inmediata entre la producción, consumo y emisión de carbono: esta producción es decidida y consumida por las mismas personas. “Las bombas de carbono eran detonadas y utilizadas por el mismo cuerpo de oficiales, y no por una infantería plebeya”.
Dado que el derrocamiento del sistema capitalista es impensable para una clase que saca provecho de su posición dominante, habrá que erradicar poblaciones enteras. Mientras Trump hace cada vez más transparente el dominio burgués –por ejemplo, al incorporar a su administración a capitalistas industriales de primer orden, como Elon Musk–, la inacción climática también se ha vuelto evidente con la presidencia de las COP por parte de directores ejecutivos de empresas petroleras.
Durante la COP 28, en 2023, fue así el sultán Al Jaber quien estuvo al mando. Director general de ADNOC, la principal empresa petrolera de Emiratos Árabes Unidos, insistió en que el problema no eran las energías fósiles… ¡sino las emisiones! Una vez más, la solución sería únicamente de carácter técnico. Bastaría con esperar, un poco más, al desarrollo de las tecnologías de captura de carbono. “En 2023, la protección activa del capital se había infiltrado hasta en la cúspide de la gobernanza climática, el giro de lo irreal cerrándose sobre sí mismo, la obra convertida en una tragedia y una farsa a la vez, con la ideología del desborde del umbral climático como decorado oficial” (Ibíd., p. 245).
La “política climática tardía”
Ante la superación y su gestión capitalista, las fuerzas sociales y ecologistas parecen empantanadas en la ambigüedad estratégica. Esto es lo que constatan acertadamente los dos autores: “ni el Green New Deal, ni el decrecimiento, ni ninguno de los otros programas que circulan actualmente tienen un plan para descartar los activos que deben descartarse. Son tan ricos en propuestas para desarrollar las energías renovables y reducir la producción como pobres en ideas sobre la dimensión ineludiblemente destructiva de la transición, sobre la demolición de templos venerables [las infraestructuras de las energías fósiles], contra la voluntad de sus guardianes y sus santos: pero ahí está, desde nuestro punto de vista, el meollo del problema” (ibíd., p. 237). Ante la debilidad de las perspectivas actuales, la urgencia de la situación lleva a algunos a proponer alianzas con sectores de la burguesía. Malm y Carton debaten así con Thomas Meaney, un defensor del Green New Deal que propone la constitución de “frentes populares” para librar la batalla junto al capitalismo verde, la fracción “iluminada” de la burguesía, contra el capitalismo fósil. En el plano geopolítico, se trataría de construir una alianza entre los imperialismos verdes en ciernes, que serían China y la Unión Europea, contra los imperialistas pardos, Estados Unidos y Rusia. Según él, el resto del mundo se encontraría así como un “revolucionario indio” de los años ‘40, atrapado en una tenaza entre “el Imperio británico y el fascismo japonés”. Se trataría entonces de elegir su imperialismo, y aunque esta alianza se hiciera a regañadientes, seguiría siendo la única oportunidad de supervivencia de la humanidad. “La mera supervivencia no es una victoria, pero la primera es sin duda la condición de la segunda”, concluye.
Para ambos autores, esta estrategia representa un callejón sin salida peligroso. Incluso subrayan que la existencia de un “capital verde” independiente dista mucho de ser evidente, dada la debilidad de las empresas del sector. Estas, por cierto, no tienen ninguna dificultad en tener como clientes a las empresas petroleras y de gas. No existe ningún frente de batalla que ponga en lados distintos de las trincheras ambos tipos de empresas. Si bien los capitalistas del sector de la descarbonización tienen interés en desplegar sus capacidades de producción, esto no se traduce necesariamente en una transición efectiva. De hecho, esto es lo que se observa desde hace años: el desarrollo de las energías bajas en carbono se acelera, sin llegar a sustituir a las energías fósiles [7]. Dado que las instalaciones de explotación de hidrocarburos se integran cada vez más en el “capital común de la clase”, a través de los bancos, los gestores de activos, las bolsas, etc., la clase capitalista tenderá más bien a obstinarse de manera unitaria en la preservación de las energías fósiles.
Ante el abandono asumido del objetivo de contener el aumento de las temperaturas en 1,5 o 2 °C, ¿los activistas ecologistas deben abandonar también esta reivindicación en aras del “realismo” y limitarse a “adaptarse” a los desastres venideros, o por el contrario seguir defendiéndola a riesgo de desfasarse de la realidad biofísica producida por el capitalismo? Malm y Carton defienden la candente actualidad y la importancia vital de la lucha por contener el calentamiento en 1,5 °C. En el contexto del desborde del umbral climático, esta medida adquiere un carácter aparentemente contradictorio. Es al mismo tiempo ultramínima, en el sentido de que consiste únicamente en limitar la degradación de las condiciones biofísicas que permitían la vida humana en la Tierra, hasta ahora consideradas como un hecho. Pero es al mismo tiempo máxima, en el sentido de que esta preservación implicaría hoy acabar con el capitalismo. Para superar esta aparente contradicción, Malm y Carton proponen entender la defensa de la limitación del calentamiento global como una medida transitoria, inspirándose en el Programa de Transición desarrollado por el revolucionario ruso León Trotsky. La idea es que este tipo de medidas transitorias actúen como un puente en la conciencia colectiva entre las necesidades concretas (preservar las condiciones de la vida humana en el planeta) y la revolución.
Habiéndose vuelto ya un clásico del pensamiento eco-marxista, Overshoot aporta una clarificación saludable de los mecanismos de defensa del capitalismo frente a la crisis que él mismo ha producido, y de la coyuntura de superación que se abre. El preludio de esta coyuntura, en un clima más general de militarización y tensiones interimperialistas, implica repensar en profundidad las estrategias que han prevalecido hasta ahora en el movimiento ecologista. Malm y Carton demuestran acertadamente el callejón sin salida que suponen las alianzas con una parte de la burguesía, que no tiene ningún interés en el derrocamiento de su modelo. Ante este callejón sin salida y la coyuntura de superación, solo un proyecto político de independencia de clase, basado en la fuerza social de los trabajadores y en su capacidad para bloquear y transformar la producción, podrá constituir una respuesta a la altura.
Notas:
[1] Andreas Malm y Wim Carton, Overshoot: Résister à l’idéologie du dépassement, París, La Fabrique, 2026, traducción francesa de Overshoot: How the World Surrendered to Climate Breakdown, Londres, Verso, 2024.
[2] Jean-Baptiste Fressoz, “In tech we trust: A history of technophilia in the Intergovernmental Panel on Climate Change’s (IPCC) climate mitigation expertise”, Energy Research & Social Science, vol. 127, 2025.
[3] Según Audun Martinsen, jefe del departamento de investigación energética de Rystad Energy: “Parece que los proveedores mundiales de petróleo y gas van a revivir la historia bíblica del sueño del faraón egipcio sobre siete años de abundancia y siete años de hambruna, solo que en orden inverso. Todo apunta a que 2022 marcará el inicio de otro superciclo para el sector de los servicios energéticos”.
[4] Andreas Malm, Fossil Capital: The Rise of Steam Power and the Roots of Global Warming, Verso, 2016, p.370.
[5] Mark Fisher, Désirs postcapitalistes, Audimat éditions, 2022, p.12.
[6] Andreas Malm, Pour la Palestine comme pour la Terre: Les ravages de l’impérialisme fossile, París, La fabrique, 2025, p. 28.
[7] Jean-Baptiste Fressoz, Sans transition, París, Seuil, 2024.
Este artículo fue publicado originalmente en francés en Armes de la Critique, parte de la red internacional La Izquierda Diario en Francia.
Traducción: Guillermo Iturbide.
Fuente: https://www.izquierdadiario.es/Como-la-burguesia-organiza-el-caos-climatico


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