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Un nuevo capitalismo, inmerso en guerras

La Gran Distopía


Do Rebelión, 26 de março 2026
Por Carles Manera: Economistas frente a la crisis



Viviendo “distópicamente” en el neocapitalismo

Las grandes crisis económicas de perfil sistémico suelen tener en la guerra, la bolsa y las finanzas una espoleta principal, si bien sus causas estructurales son más profundas. La excepción es la crisis de la pandemia en 2020, generada por la irrupción de un virus. En los últimos cien años, no habíamos visto una recesión económica que se hubiera iniciado y desarrollado a raíz de una causa biológica. Ahora bien, tampoco habíamos conocido crisis auspiciadas por un gobernante, Donald Trump, en un escenario macroeconómico relativamente positivo, en 2025-2026, tal y como han declarado, con criterio y datos, eminentes economistas norteamericanos (Paul Krugman, Janet Yellen, Larry Summers, Daron Acemoglu, Simon Johnson, entre otros). Cabe recordar que desde 2016, en estos últimos diez años, hemos vivido impactos económicos de primera magnitud: la COVID en 2020, la guerra de Ucrania desde 2022, el genocidio en Gaza desde 2024 y la guerra en Irán en 2026. Cuatro grandes conflictos, con decisiva incidencia en las economías más avanzadas, en apenas una década, sin contar otros focos de tensión geopolítica en el Sur global y la enorme devastación que suponen para sus países. A todo ello, sumemos otro factor distorsionador: los aranceles de la Administración Trump desde 2025. En conjunto, un cúmulo de escenarios distópicos que han abocado al mundo hacia un contexto de enorme incertidumbre, con guerras como gran telón de fondo. Esta etapa del capitalismo –un sistema que muta como un ente biológico: no está en crisis terminal como, por ejemplo, argumentan Immanuel Wallerstein y Robert Kurz (Wallerstein, 1983; Kurz, 2021)– cuenta con unas características centrales –que se pueden desagregar en otras más específicas, de manera granular–, bajo la égida de la industria 4.0 o Cuarta Revolución Industrial:

– Inversiones en nuevas tecnologías: inteligencia artificial, robótica, procesos avanzados de automatización, nanotecnología, biotecnología, economía de datos.

– Canalización hacia sectores determinados: telecomunicaciones, informática avanzada tanto en hardware como en software, energías renovables, transportes privados y de masas con procesos híbridos, industria militar.

– Diferencia importante entre los beneficios empresariales en los sectores productivos convencionales y los obtenidos en los procesos de financiarización, a favor de estos segundos.

– Avance de la homoploutia según el concepto de Branko Milanovic (Milanovic, 2020): nuevas élites que concentran altos ingresos laborales y de capital; se trataría, en las franjas más poderosas, de magnates tecnofeudales, en expresión de Yanis Varoufakis (Varoufakis, 2024).

– División geopolítica, con la creación de espacios definidos por nuevas potencias. Acentuación de la división del trabajo en esos espacios: unos piensan, diseñan, generan conocimiento; otros producen físicamente. La lógica centro-periferia no se pierde, aunque se sofistica.

– Aumento de las tensiones político-económicas: las bases energéticas y minerales como elementos de codicia y depredación. La conformación de un neo-imperialismo con la irrupción de China y Rusia como agentes efectivos, junto a las viejas metrópolis históricas, que tiene en el Sur global un campo esencial de actuación con la captura de minerales, tierras raras y componentes energéticos.

– Estados Unidos pierde fuerza, que va ganando de forma solvente China. El gigante asiático entra en aquella lógica centro-periferia, pero ha cambiado notablemente su orientación: avances notorios en sectores clave como la industria naval, robótica, energías renovables, producción de maquinaria de todo tipo, industria ferroviaria, producción sanitaria, industria aeroespacial, componentes informáticos e inteligencia artificial.

– Mayor segmentación de la clase trabajadora y de la clase media, con recuperación de postulados neofascistas/populistas, que anidan en partes significativas de esos grupos sociales: xenofobia, racismo, ultra-proteccionismo económico.

– Desafíos esenciales, con asunciones desiguales entre los diferentes espacios geopolíticos: el cambio climático, las desigualdades socio-económicas, el desarrollo demográfico, la preservación del capital natural, las escaseces energéticas e hídricas, la redistribución de la renta y la adopción de herramientas tributarias nuevas.

La guerra comercial (2025-2026) y la guerra energética (2026): recesiones autoinducidas

En ese contexto general, se auto-inducen distorsiones económicas, que están derivando en crisis de mayor calado, por parte de la Administración de Estados Unidos, bajo el mandato de Donald Trump. La estación de salida es abril de 2025: la promulgación de aranceles a todo el mundo, la expulsión de fuerza de trabajo inmigrante y la bajada de impuestos a la franja más rica de la población. Dos son los objetivos perseguidos: reindustrializar Estados Unidos, y reducir los déficits comerciales. Apuntemos unas consideraciones entorno a ambas cuestiones.

1. Reindustrializar un país no se puede ajustar, tan solo, a una política comercial de “arruinar al vecino”, impulsando una estrategia que la teoría económica ha definido como “sustitución de importaciones” (Prebish, 1981). En efecto, esta fue una línea de actuación de muchos países en otras coyunturas muy especiales, con graves crisis desencadenadas o en contextos bélicos: recordemos, por ejemplo, casos de economías latinoamericanas entre los años 1930 y 1980. Sustituir importaciones implica varios componentes, desde altos aranceles hasta subsidios a empresas nacionales, fuerte inversión estatal en sectores estratégicos, controles en los precios, tipos de cambio preferenciales y la formación de empresas estatales si las inversiones privadas eran más limitadas. En Estados Unidos, muchas industrias clave se han des-localizado tanto en México como en países asiáticos, en sectores como el automovilístico y el tecnológico. La búsqueda de costes laborales unitarios más bajos fue el acicate para los empresarios que estimularon tal planteamiento.

2. Las acciones de la Administración Trump no van en la línea de dotar a la economía pública de la fortaleza necesaria cuando se busca sustituir importaciones por producción nacional. Al contrario: el desmantelamiento de organismos públicos y la retracción de la inversión federal constituyen el frontispicio que abre una política económica e industrial interior que no conduce a la reindustrialización. Los aranceles no son, en absoluto, la palanca reindustrializadora que Trump dice, y su conformación obedece más a objetivos que se relacionan directamente con presiones predatorias hacia todo el mundo, incluyendo países que eran considerados como aliados.

Por otra parte, las empresas estadounidenses que operan en el exterior es poco probable que accedan a cambiar esos costes laborales unitarios bajos que ahora tienen, con los aranceles que se van a desarrollar. El coste-beneficio va a imponer, presumiblemente, seguir fabricando donde están. Esta desindustrialización de la economía de Estados Unidos no es responsabilidad de los déficits comerciales del país; éstos han facilitado, no debe olvidarse, fuertes entradas de capital y la posibilidad de consolidar la fortaleza económica norteamericana, gracias a la importancia del dólar como moneda refugio (Eichengreen, 2011). Estados Unidos, además, cuenta con saldos positivos en su balanza de exportaciones de servicios tecnológicos y digitales hacia, por ejemplo, la Unión Europea (un superávit de 109 mil millones de euros para Estados Unidos en estos renglones).

3. La financiarización de la economía explica muchos de los problemas de la economía productiva que tiene Estados Unidos: la tasa de beneficios en empresas industriales es más baja que en empresas financieras y especulativas desde, sobre todo, los años 1980 tras los procesos letales de des-regulación del sistema financiero y la derogación de la ley Glass-Stegall, una normativa decretada por Franklin Delano Roosevelt para paliar las consecuencias de la Gran Depresión (Lapavitsas, 2008). Es aquí donde cabe observar con mayor rigor el proceso gradual de desindustrialización: mayores rentabilidades en las finanzas en Wall Street que en apuntalar positivamente la economía industrial del país.

Una ecuación más realista se puede delinear. Los aranceles van a encarecer las importaciones en Estados Unidos –a parte de lesionar las economías de otros continentes–, lo que va a suponer inflación y tensiones en la política monetaria, elevación de los costes del nivel de vida, incertidumbres empresariales, incrementos en la tasa de desempleo y una caída relevante de la demanda agregada por varios motivos centrales: el retroceso de la inversión pública, el despido de decenas de miles de trabajadores públicos, el desmantelamiento de oficinas y organismos importantes, relacionados con el mundo sanitario y con el educativo, junto al temor de la población inmigrante y su previsible retracción de consumo ante la inseguridad.

Las consecuencias de los tres puntos anteriores son:

a/ La ralentización comercial con Europa. Las exportaciones europeas a Estados Unidos significan el 20% del total; entorno al 5% del PIB europeo. La industria química, de equipamientos, automovilística y maquinaria son los sectores más afectados por la política arancelaria de Trump. Igualmente, productos agroalimentarios como el aceite de oliva o los quesos reciben el impacto negativo correspondiente.

b/ Un redireccionamiento del comercio de China. En 2015, un 66% de las exportaciones de China se desarrollaban en países avanzados; el dato se ha contraído hasta el 56% en 2023, mientras se ha incrementado en las naciones emergentes, entorno al 44% (CaixaBank Research, IM12, diciembre de 2024). Los flujos comerciales entre China y la Unión Europea se han estabilizado, mientras se han reducido hacia Estados Unidos y Japón. Además, países como México, Vietnam y otros emergentes ofrecen ya mercados alternativos a los productos y servicios chinos. Otro factor es remarcable: imponer un arancel draconiano a las importaciones chinas –una acción que piensa constantemente Trump– puede derivar a una depreciación del yuan; esto quizás represente una mejora en la competitividad de sus productos.

c/ Trump ha prometido una importante rebaja de impuestos. Esto representará mayores beneficios empresariales; y, al mismo tiempo, una reducción de ingresos fiscales cuya traslación al gasto público va a ser meridiana: recortes en servicios esenciales. Esa bajada de tributación tiene efectos-llamada a la inversión exterior. Pero, a su vez, fortalecerá al dólar. A ello debe añadirse la otra medida de Trump, la expulsión de fuerza de trabajo inmigrante, de manera que en conjunto esto reduce la oferta laboral; tal situación va a afectar al crecimiento económico por esa contracción de trabajadores (que se ubican en una gran mayoría en trabajos de servicios, de construcción y agrarios).

d/ Tensiones inflacionistas y en el mercado de trabajo, fruto del despropósito desencadenado por un presidente obsesionado con aplicar aranceles y devolver una supuesta grandeza a un país que se ha beneficiado mucho de la globalización. Tratar de reindustrializar Estados Unidos, al tiempo que se pretende finiquitar el déficit comercial y perseverar a la vez que el dólar sea una moneda capital en el mundo económico, rebajar los impuestos sobre todo a los más ricos –incrementando en el plazo inmediato el déficit público a más del 7% y, a su vez, la deuda a más del 125%, todo sobre PIB– constituye un cóctel de difícil, por no decir imposible, consecución. Es decir, el dólar y los bonos estadounidenses son dos caras de una misma moneda, y se empiezan a cuestionar como verdaderos valores refugio.

e/ La exploración para fomentar mercados con los que ya se opera, como los asiáticos, con China en posición preeminente. Para los damnificados con los aranceles de Trump, las posibilidades en este espacio son importantes, tanto para canalizar inversiones hacia el coloso asiático, como para recibirlas en aspectos como la microelectrónica, las energías renovables –China está avanzando a grandes pasos en este campo– o las conexiones incluso de carácter académico y formativo. Los augurios inversores en Vietnam pueden materializarse, igualmente, en el campo ferroviario. Son sendos ejemplos y no únicos: Corea del Sur y Japón forman parte de este bloque; también la apertura hacia los otros BRICS, gigantes económicos que facilitan anudar relaciones económicas prácticamente en todos los continentes, con accesos a energía, minerales y tierras raras, entre otros productos.

f/ La concreción de pactos multilaterales entre los principales bloques geopolíticos del mundo en esta fase de la globalización, con una incógnita grande puesta sobre Rusia mientras su estrategia bélica siga vigente. Y ello sin perder de vista los problemas estratégicos a los que se enfrenta el planeta, en todas sus áreas geográficas: la emergencia climática, la lucha contra la desigualdad, la preservación de un orden internacional y comercial regulado por instituciones aceptadas y respetadas, la investigación tecnológica con aplicaciones pacíficas y civiles. Es decir, áreas de inversión que justifican colaboraciones intensas entre el sector público y el privado.

Hacia la decadencia de Estados Unidos

Un tema recorre lo expuesto: la decadencia de Estados Unidos como única potencia mundial. Esto es cada vez más evidente, sin menoscabo que Estados Unidos es el país todavía con mayor capacidad militar y de innovación. Pero ese declive no proviene de lo que está acaeciendo con las medidas de Trump; sus orígenes arrancan antes. Y podríamos fijar una posible coyuntura en su génesis: el abandono de la convertibilidad dólar-oro a comienzos de 1970, por el presidente Nixon. Esto propició un proceso continuo de financiarización de la economía estadounidense, instigado por la des-regulación de la Administración Reagan y la apertura de la era neoliberal. Desde esa década, se ha acelerado la desindustrialización de Estados Unidos, que ha podido inundar los mercados de dólares y adquirido con ellos las mercancías que los americanos dejaban de producir; o des-localizar industrias en países con mayores laxitudes laborales y con salarios más bajos. He ahí el déficit comercial, paralelo a una entrada masiva de capitales, tal y como ya hemos indicado.

Veamos unos datos: según se recoge en el Financial Times, desde 1990 Estados Unidos ha perdido más de cinco millones de empleos en el sector industrial; y ha ganado casi doce millones de puestos de trabajo en servicios empresariales y profesionales, y 3,3 millones en actividades de transporte y logística. Esto señala un mayor reclamo a las importaciones de todo aquello que, de forma voluntaria, se ha dejado de producir. A partir de la década de 1990, China y otras naciones del espacio asiático inician procesos galopantes de industrialización –con resultados desiguales y con crisis particulares– con la fabricación de mercancías utilizando en unos primeros estadios la tecnología occidental, pero también de forma acelerada activando aprendizajes en diferentes campos industriales y del conocimiento, con la ralentización de la dependencia hacia naciones avanzadas; recordemos: aeronáutica, industria naval, microelectrónica, industria sanitaria, maquinaria diversa, investigación y desarrollo, telecomunicaciones, etc., son esferas en las que el dominio chino es cada vez más patente. La clave final: la expansión enorme de las exportaciones. Asia vuelve a una escena económica como protagonista central, como era en el siglo XVIII.

Huir de la Administración Trump, el principal agente distópico

Estos factores descritos, con Trump y su Administración como impulsores, inquietan a las economías del mundo, que han pasado de una etapa de estupefacción inicial a otra en la que tratan de reubicarse, ante la volatilidad e improvisación en las decisiones de la Casa Blanca. Los economistas con visiones críticas y rigurosas tratan de entender el proceso y encauzar decisiones.

Paul De Grauwe, eminente profesor de la London School of Economics, ha indicado que el principal problema para Europa es Estados Unidos. Lo señala un experto de perfil liberal, un autor de prestigio por sus contribuciones en el campo de la economía internacional. Y remata: la Unión Europea debería aislar a Estados Unidos, en el sentido de optar por otras opciones asociativas, al tiempo de seguir avanzando en la estrategia inversora de la transición energética. La posición de De Grauwe subraya un claro europeísmo, que se sintetiza en reforzar los lazos intra-europeos y tener claro que cualquier otra opción –como la salida de la Unión, el mal ejemplo británico– es mucho más inquietante que permanecer en un grupo heterogéneo, pero con nexos comunes.

Branko Milanovic, otro investigador de interés por sus estudios sobre la desigualdad, acaba de publicar un libro (Milanovic, 2025) en el que defiende una tesis: lo que conocemos como liberalismo económico ostentaba dos facetas, reconocibles: por un lado, la adopción de bajos impuestos, privatizaciones de servicios públicos y todo un mosaico de desregulaciones; por otro, el empuje del libre comercio y de movimiento de capitales, con aranceles reducidos. Pero ahora, con Trump en el poder, este segundo factor está cambiando: proteccionismo económico –subida de aranceles–, chantajes políticos y financieros, menos globalización. Pero, sostiene Milanovic, el mantenimiento de lo apuntado en el primer factor, es decir: bajos impuestos, mayores desregulaciones y la apuesta por la liberalización total de los mercados. La des-globalización.

Dani Rodrik, en su más reciente trabajo (Rodrik, 2025), parte de una idea central: el modelo de globalización de las últimas décadas está en crisis. De hecho, la integración económica extrema ha supuesto un incremento de la desigualdad, de las tensiones políticas y la pérdida de cohesión social. Estaríamos, para Rodrik, ante el ocaso de la globalización como la teníamos entendida: la hiper-conexión mundial. Avanza Rodrik que urge recuperar a la clase media como fundamento de la democracia y reducir la desigualdad interna en cada país. Aquí se impone –subraya el autor– que los gobiernos asuman el liderazgo del desarrollo de las economías, junto a la creación de empleos de calidad relacionados, de manera preferente, con el sector servicios. En tal sentido, luchar contra el cambio climático, reducir los índices de pobreza y el refuerzo, como se decía, de la clase media, vertebran un “nuevo trilema” que, en este caso, no obliga a escoger necesariamente entre dos opciones de las tres propuestas, como exponía Rodrik en su primer trilema.

El historiador económico Carlos Marichal expone, en su último libro (Marichal, 2025), que nos encontramos en una fase definida sobre todo por el aumento de las desigualdades entre países, y porque las economías son más vulnerables a crisis globales. Marichal ahonda en los procesos de financiarización y las mayores inter-conexiones entre diferentes sectores productivos, con el dominio de las nuevas tecnologías.

Debe recordarse que, desde hace ya décadas y con las perspectivas más defensoras y acríticas del capitalismo –con Friedrich Hayek como máximo hacedor de doctrina– y de la enorme influencia de la Escuela de Chicago –con Milton Friedman al frente–, se está remachando una idea del capitalismo que descansa sobre un trípode: el beneficio, el derecho de propiedad y la libertad –sin que se llegue a definir qué se entiende por esto–. Se elude la defensa de la democracia representativa y las libertades civiles. Estas ideas de un acendrado neoliberalismo se desgranan y se desmontan, con una enorme fuerza intelectual, en las más de setecientas páginas –es decir, un trabajo muy documentado– del reciente libro de los historiadores de la ciencia Naomi Oreskes y Erik Conway (Oreskes-Conway, 2024). Los autores demuestran, con una apabullante profusión de datos, cómo las empresas han enseñado a aborrecer a los gobiernos y defender, sobre todo, el libre mercado, aunque ello suponga distorsionar los mecanismos intrínsecos al mismo (como, por ejemplo, la libre competencia: un axioma que ya proviene de La riqueza de las naciones de Adam Smith).

Frente a esas ideas de la bondad del capitalismo en su desarrollo de unos mercados en los que no debe existir ninguna regulación, y en donde el beneficio es el gran indicador totémico por encima de cualquier externalidad, los economistas “críticos” mencionados –De Grauwe, Milanovic, Rodrik, Marichal, Oreskes, Conway–, en sus sólidos trabajos de investigación, corroboran unos elementos relevantes:

– La importancia de las instituciones, que deben respetarse y hacerse más inclusivas;

– El protagonismo decisivo de los gobiernos en las grandes decisiones económicas;

– La desmitificación de la existencia de un mercado como institución cuasi perfecta que debe funcionar sin intromisión alguna;

– La necesidad de preservar de manera escrupulosa las normas internas y externas para la buena consecución de las economías.

Los cuatro elementos apuntados han saltado por los aires con la guerra de Irán –y antes con la de Ucrania y en el genocidio en Gaza–. Este es el nuevo rostro del capitalismo: una vuelta, sin titubear, al siglo XIX. Huir de esa dura realidad, que se ha sublimado desde 2025 en el segundo mandato de Trump y sus derivadas ideológicas por todo el mundo, se debe formular con el reforzamiento de la Unión Europea, en sus vertientes energética, económica, financiera y en el sector exterior. En la construcción, en definitiva, de nuevos espacios colaborativos entre naciones, al margen de unos Estados Unidos si persisten en su deriva autocrática. Sería el fin de esta Gran Distopía.

Referencias:

Eichengreen, Barry (2011): Exorbitant Privilege. The Rise and Fall of the Dollar and the Future of the International Monetary System, Oxford University Press.

Oreskes, Naomi-Conway, Erik (2024): El gran mito, Capitán Swing.

Kurz, Robert (2021): La sustancia del capital, Enclave de Libros.

Lapavitsas, Costas (2008): El capitalismo financiarizado, Maia Ediciones.

Marichal, Carlos (2025): Historia mínima de la globalización moderna y contemporánea, Colegio de México.

Milanovic, Branko (2020): Capitalismo, nada más. El futuro del sistema que domina el mundo, Taurus.

Milanovic, Branko (2025): The Great Global Transformation-National Market Liberalism Multipolar World, Penguin.

Prebish, Raul (1981): Capitalismo periférico: crisis y transformación, CEPAL.

Rodrik, Dani (2025): The New Global Economic Order, firmado junto a Lili Yan Ing como coeditora, Routledge.

Varoufakis, Yanis (2024): Tecnofeudalismo. El sigiloso sucesor del capitalismo, Deusto.

Wallerstein, Immanuel (1983): El capitalismo histórico, Siglo XXI.

Carles Manera. Catedrático de Historia e Instituciones Económicas, en el departamento de Economía Aplicada de la Universitat de les Illes Balears. Doctor en Historia por la Universitat de les Illes Balears y doctor en Ciencias Económicas por la Universitat de Barcelona. Blog: http://carlesmanera.com

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