Por Juan F. Samaniego: Climática
Más de 60 años después de la obra con mayor impacto de Rachel Carson, muchas de sus advertencias y de sus pronósticos siguen de actualidad.
La serie de Black Mirror lleva desde 2011 mostrándonos futuros (algunos más creíbles que otros) donde la tecnología lleva al límite a las sociedades humanas. Al principio del primer episodio de su última temporada, estrenada el año pasado, se nos presenta a la protagonista: una maestra de escuela. Todo parece reconocible en la escena, salvo por que la profesora está explicando a su alumnado cómo funcionan las abejas mecánicas, una solución necesaria para polinizar cultivos en un mundo en el que los insectos son escasos.
El capítulo no va de eso, simplemente da por hecho que ese puede ser un escenario habitual en un futuro cercano. Y puede que no vaya desencaminado. Pero este artículo tampoco va de Black Mirror ni de futuros distópicos, sino de predicciones pasadas y de una realidad cada vez más presente.
La serie de Black Mirror lleva desde 2011 mostrándonos futuros (algunos más creíbles que otros) donde la tecnología lleva al límite a las sociedades humanas. Al principio del primer episodio de su última temporada, estrenada el año pasado, se nos presenta a la protagonista: una maestra de escuela. Todo parece reconocible en la escena, salvo por que la profesora está explicando a su alumnado cómo funcionan las abejas mecánicas, una solución necesaria para polinizar cultivos en un mundo en el que los insectos son escasos.
El capítulo no va de eso, simplemente da por hecho que ese puede ser un escenario habitual en un futuro cercano. Y puede que no vaya desencaminado. Pero este artículo tampoco va de Black Mirror ni de futuros distópicos, sino de predicciones pasadas y de una realidad cada vez más presente.
La primavera es silenciosa
Rachel Louise Carson escribió, sobre todo, acerca del mar. Su trilogía sobre la vida en los océanos fue un superventas en los años 50 del siglo pasado en Estados Unidos. Sin embargo, el libro con más impacto que llegó a escribir esta bióloga marina fue sobre el canto de los pájaros. En 1962, tras cinco años de investigaciones, publicó Primavera silenciosa, un ensayo en el que documentó cómo el uso masivo de pesticidas como el DDT envenenaba a los insectos y ascendía por la cadena trófica hasta aves y mamíferos. Su metáfora central (una primavera sin el canto de los pájaros) era más que una licencia poética, era una advertencia.
El impacto del libro fue inmediato. Carson tuvo que lidiar con los ataques de la industria química, pero la ciencia que recogía Primavera silenciosa se abrió paso hasta el Congreso de los Estados Unidos y contribuyó a un cambio de paradigma en la regulación ambiental. En 1970 se creó la Agencia de Protección Medioambiental de Estados Unidos (EPA, por sus siglas en inglés), que en 1972 prohibió el DDT, hasta entonces uno de los insecticidas más utilizados. Hoy, su uso está vetado o muy restringido en la mayor parte del planeta.
Sin embargo, seis décadas más tarde, muchas de las tesis de Carson siguen presentes. Aunque algunos pesticidas concretos fueron limitados, su uso sigue siendo generalizado en la agricultura o en la lucha contra enfermedades transmitidas por moscas y mosquitos. Y muchas investigaciones han ido detallando las otras amenazas a las que se enfrentan los insectos, como la intensificación agrícola, la pérdida de hábitats o el cambio climático. El declive de los insectos no es ni una metáfora ni una advertencia desde el pasado, es una realidad presente.
«La evidencia más sólida procede de series temporales largas y de revisiones globales. En ecosistemas casi intactos, estudios a largo plazo han mostrado descensos muy fuertes, como la pérdida del 72,4% de insectos voladores en un prado subalpino de Colorado entre 2004 y 2024 asociada al aumento de las temperaturas», explica Anna Traveset, ecóloga del IMEDEA-CSIC y experta reconocida en todo el mundo por su trabajo sobre las interacciones ecológicas entre plantas y animales.
Otro estudio muy relevante, publicado a finales de 2017, analizó 27 años de datos recopilados en 63 reservas naturales de Alemania y concluyó que existía un descenso del 76% en la biomasa de insectos voladores. Y un meta-análisis (un estudio de estudios) publicado en 2023 con datos de 923 localizaciones de todo el mundo señaló que el declive en las poblaciones de insectos es generalizado, y muy marcado en las especies más comunes. Las presiones recurrentes son la agricultura intensiva, la pérdida de hábitat, el uso masivo de pesticidas, la contaminación, las especies invasoras y los fenómenos climáticos extremos.
«Cuando desaparecen los insectos, las plantas dependientes de los polinizadores producen menos semillas y frutos, por lo que se reducen las poblaciones de plantas silvestres y se altera la estructura del ecosistema vegetal», señala Traveset. «Esto provoca una reducción significativa en el alimento para animales herbívoros y frugívoros y aumenta el riesgo de colapso de comunidades enteras, ya que las plantas polinizadas funcionan como nodos esenciales dentro de las redes tróficas. Estos efectos en cascada disminuyen la resiliencia del ecosistema y lo hacen mucho más vulnerable frente a perturbaciones».
La crisis de los polinizadores
La mayoría de artículos científicos señalan que el declive de los insectos se explica por una combinación de factores que actúan de forma simultánea y sinérgica: el cambio climático, las prácticas agrícolas intensivas, la pérdida de hábitat, los pesticidas, la contaminación y las especies invasoras. «Al interactuar de forma sinérgica, dichos factores amplifican sus efectos y dificultan la recuperación de las poblaciones», subraya Traveset.
Esta crisis de polinizadores tiene muchas consecuencias ecológicas que van más allá de las primaveras silenciosas, pero también tiene consecuencias económicas y sociales para el ser humano. Los insectos, aunque sean mucho menos visibles que otras clases de animales, sostienen funciones esenciales que no pueden ser reemplazadas por otros organismos. «Sin la polinización se romperían las cadenas alimentarias, se degradarían los suelos y se perdería la estabilidad ecológica. Y con el colapso ecológico, llegaría también una crisis alimentaria, económica y social sin precedentes para la humanidad», añade la ecóloga.
La buena noticia es que las causas están identificadas (algunas llevan claras más de 60 años). Reducir los factores que más afectan a los insectos y reforzar la resiliencia de los ecosistemas, con la recuperación de bosques, praderas y humedales y la creación de corredores ecológicos en territorios más humanizados, es clave. «Además, reducir y sustituir los insecticidas sistémicos y otros plaguicidas por un manejo integrado de plagas y promover la agricultura ecológica son líneas de acción directas para revertir la pérdida de polinizadores», explica Traveset.
«Podemos afirmar que gran parte de las advertencias de Rachel Carson se han cumplido y en algunos casos incluso se han quedado cortas», concluye la ecóloga. «Advirtió que los pesticidas persistirían en el ambiente, contaminarían suelos, aguas y organismos, y dañarían gravemente a la fauna, y hoy sabemos que el DDT continúa detectándose en personas y fauna más de medio siglo después de su prohibición. Aunque su obra impulsó regulaciones importantes, miles de pesticidas siguen evaluándose de forma insuficiente, lo que evidencia que sus advertencias no solo fueron acertadas, sino que siguen plenamente vigentes».
Mientras tanto, hay quien lleva tiempo preparándose para un mundo sin insectos. Y no hace falta irse a un futuro distópico de serie de televisión. Los RoboBees del Instituto Wyss de la Universidad de Harvard, drones diminutos inspirados en la biología de una abeja, o los geles y pelos artificiales desarrollados por el Instituto Avanzado de Ciencia y Tecnología de Japón son algunos ejemplos de posibles soluciones tecnológicas. El problema es que, aunque suenen bien, son mucho más caras y mucho menos eficientes que los insectos.
Fuente: https://climatica.coop/primavera-ya-silenciosa-culpables-claros/

Nenhum comentário:
Postar um comentário