Pages

La arrogancia del imperio: cuando el «nuevo mundo» se viste de persa

Do Rebelión, 9 de fevereiro 2026
Por Alejandro Marcó del Pont; El tábano economista 


[Imagen: Puerta de las naciones de Persépolis,
la capital del Imperio Persa durante la época aqueménida (512 a.C. – 331 a.C.)]

La guerra es el padre de todo y el rey de todo; hace a unos dioses y a otros hombres; hace a unos esclavos y a otros libres. (Heráclito)

Imaginemos el escenario. Es el verano de 2026. Donald Trump, reelegido en noviembre de 2024 con la promesa de «Hacer América grande otra vez», ha vuelto al Despacho Oval. Benjamin Netanyahu, aferrado al poder gracias a una coalición de extrema derecha, ordena el bombardeo preventivo masivo contra las instalaciones nucleares iraníes en Natanz, Fordow y Parchin. «Es ahora o nunca», declara el primer ministro israelí ante el Congreso de los Estados Unidos, mientras los aplausos de los legisladores retumban en la Cámara. La «victoria rápida» se anuncia como un hecho consumado en Fox News y en todos los think tanks de Washington. Los estrategas hablan de semanas, quizás días. El mundo observa, entre temeroso y fascinado.

Cuatro semanas después, el portaaviones USS Gerald R. Ford arde en el Golfo Pérsico tras una saturación de misiles hipersónicos iraníes Fattah-2 y drones Shahed mejorados. Las llamas devoran la cubierta de vuelo mientras los marinos luchan por controlar un incendio que parece alimentarse del orgullo herido de la armada más poderosa del planeta. Las bases estadounidenses en Al-Udeid (Qatar), Al-Dhafra (Emiratos) y Ali Al Salem (Kuwait) sufren ataques precisos con misiles de crucero de largo alcance que habían penetrado las defensas.

Tel Aviv queda a oscuras durante setenta y dos horas, sus ciudadanos se apiñan en refugios mientras las sirenas no cesan. El «Eje de la Resistencia» —Hezbolá, los hutíes, las milicias iraquíes— coordina una respuesta que desborda las defensas israelíes con una sincronización perfecta, como si hubieran ensayado este momento durante décadas. Netanyahu huye a un búnker en el Neguev, rodeado de asesores. Trump, desde la Casa Blanca, ordena el uso de bombas bunker buster (rompe búnkeres) y amenaza con la «opción nuclear táctica» en una rueda de prensa donde su gesto desencajado delata lo que sus palabras pretenden ocultar, el desconcierto. El mundo contiene la respiración. Las bolsas se desploman. El petróleo se dispara. Y en Teherán, las calles permanecen en calma, como si esperaran algo que solo ellos conocen.

Este no es un guion de Hollywood. No es una serie de streaming ni una novela. Es la proyección lógica, casi inevitable, que surge de leer La guerra final de Estados Unidos, de Andrei Martyanov, un libro publicado en inglés en 2024 y recientemente traducido al español que está causando alteraciones en los círculos estratégicos de Washington. Martyanov, un ex oficial de la Armada soviética emigrado a Estados Unidos, disecciona con precisión de cirujano el colapso militar, industrial y cognitivo de la hiperpotencia a través del caso ucraniano. Pero su obra, aunque centrada en la operación militar especial rusa en Ucrania, se convierte en manual de cabecera para entender por qué una guerra contra Irán terminaría exactamente así: con la humillación definitiva, aunque quizás encubierta, de la hegemonía occidental.

Martyanov no menciona explícitamente a Irán en su obra principal, pero cada página, cada dato, cada análisis, apunta en la misma dirección incómoda: Estados Unidos y su aliado israelí ya no pueden ganar una guerra real contra un adversario que posee industria, tecnología hipersónica, profundidad estratégica y, sobre todo, la voluntad de luchar hasta el final. No es una opinión. Es una constatación matemática.

El «nuevo mundo» del que habla Martyanov no está naciendo solo en las estepas ucranianas, como algunos creyeron, ni en los astilleros chinos, como otros temieron. Está emergiendo, con una ferocidad que los estrategas del Pentágono se negaron a ver, de los túneles excavados en las montañas de Irán, de los silos de misiles camuflados en el desierto, de la mente de una civilización que lleva siglos resistiendo invasiones. Bienvenidos al escenario que ningún halcón de Washington quiso contemplar siquiera como hipótesis de trabajo: la posibilidad real, tangible, de un triunfo estratégico iraní sobre la coalición liderada por Estados Unidos e Israel.

No hablamos de una rendición formal en una cubierta de acorazado, como la que vio el USS Missouri en 1945. La victoria, en la era de la guerra asimétrica y el agotamiento imperial, tiene un sabor muy distinto. Cuando el polvo comience a asentarse sobre los escombros de esta «Operación Furia Épica» —nombre grandilocuente para una empresa que prometía eliminar la amenaza iraní para siempre, lograr su capitulación y forzar un cambio de régimen en cuestión de semanas—, ninguna de esas promesas se habrá cumplido. La imagen que quedará grabada no será la de un desfile triunfal en Teherán, con sus alfombras persas y sus guardias revolucionarios desfilando ante multitudes eufóricas. Será la de un Leviatán estadounidense herido de muerte, desangrándose lentamente en la arena de Oriente Medio mientras sus líderes, Donald Trump y Benjamin Netanyahu, miran incrédulos cómo su apuesta por la fuerza bruta se convierte en su epitafio político. Será la imagen de un imperio que creyó que podía doblegar la historia con bombas inteligentes y se encontró con que la historia, tozuda, le devolvía el golpe.

La historia de esta guerra, cuyo saldo es ya devastador para las pretensiones occidentales, es la historia de un error de cálculo monumental. La Administración Trump, en su regreso a la Casa Blanca, y el gobierno de Netanyahu, el más derechista en la historia de Israel, creyeron que la fórmula era simple: una campaña de bombardeos intensivos, la eliminación física del liderazgo enemigo —el ayatolá Jamenei fue uno de los primeros objetivos declarados, y su muerte se anunció con bombos y platillos en los medios occidentales— y, finalmente, un levantamiento popular que barrería con la República Islámica como si se tratara de un castillo de naipes.

Por si alguien no lo ha notado, la narrativa es exactamente la misma que la del intento de revolución de colores que sacudió Irán a principios de 2026. En aquel entonces, Irán enfrentó intensas protestas masivas y una dura represión, caracterizadas por consignas antigubernamentales y la aparente unión de diversos sectores sociales que buscaban el fin de la República Islámica. La teoría occidental era sencilla: si las sanciones no funcionaban, si la presión económica no doblegaba al régimen, entonces una intervención externa, un bombardeo quirúrgico, podría terminar con las «matanzas» y restituir la democracia.

Pero eso no sucedió entonces porque las manifestaciones, como ha quedado demostrado en informes de inteligencia filtrados, eran inducidas en gran medida por infiltrados de potencias extranjeras —el Mossad israelí, la CIA estadounidense— para instigar disturbios. Cuando los infiltrados se retiraron o fueron neutralizados, las manifestaciones simplemente se desvanecieron. La sociedad iraní, con todas sus contradicciones y su descontento legítimo hacia ciertos aspectos del régimen, no estaba dispuesta a convertirse en la quinta columna de una invasión extranjera.

La lógica ahora es inversa, pero igual de ingenua. Primero se bombardea, se decapita a la cúpula malvada y tirana de la República Islámica, y con posterioridad, se supone, la descontenta sociedad civil saldrá a las calles para terminar el trabajo. Es una fantasía que revela una falla de inteligencia colosal, un malentendido profundo sobre la naturaleza del poder y la resistencia. Quizás los estrategas de Washington y Tel Aviv pensaron que las sanciones a Rusia desbaratarían el gobierno de Putin —otro error de cálculo— y aplicaron la misma lógica a Irán. Quizás simplemente creyeron en su propia propaganda sobre la supremacía de la fuerza. O, quizás, como sugiere Martyanov, se trata de la arrogancia del Estado profundo, atrapado en su propia cámara de eco, incapaz de ver el mundo como realmente es.

Esta arrogancia, diseccionada con precisión por Martyanov en su obra, es el síntoma más claro de lo que él denomina la «miopía de la planificación estratégica estadounidense«. Se asumió que Irán sería otro Irak, otro Afganistán: un país subdesarrollado, dividido, que se desmoronaría ante el poderío tecnológico occidental como un castillo de naipes. Se olvidaron, o eligieron ignorar deliberadamente, las lecciones más elementales sobre geografía y voluntad nacional. Ignoraron que Irán no es una tribu desorganizada, sino una civilización con miles de años de profundidad estratégica, una población que, pese a las divisiones internas legítimas y el descontento hacia ciertas políticas del régimen, tiende a cohesionarse en torno a sus instituciones cuando se enfrenta a una agresión externa. Las manifestaciones progubernamentales que han surgido en Teherán y otras ciudades tras los bombardeos, junto a los cánticos de la diáspora celebrando la muerte de Jamenei, demuestran esa dualidad compleja que los estrategas occidentales son incapaces de comprender.

Y hay algo más, algo que los informes del Pentágono rara vez mencionan porque no cabe en sus gráficos de poderío militar. Max Weber, el gran sociólogo alemán, planteaba la idea del “líder carismático” al que si se lo acompaña de religión se potencia enormemente. Weber utilizó a Jesucristo como el ejemplo arquetípico de esta autoridad basada en la «gracia» y lo sobrenatural. En Irán, más que depender de una sola persona viva, el carisma emana de la narrativa religiosa del chiismo, una estructura mental que vuelve a la población extremadamente resistente ante una invasión. ¿Por qué? Porque la derrota militar no se percibe como un fracaso, sino como una forma de martirio espiritual. En este contexto, se genera una tolerancia al sacrificio que las sociedades seculares apenas pueden comprender. La población puede soportar privaciones económicas y bajas militares que, en cualquier país occidental, provocarían un colapso inmediato del apoyo al gobierno. No tener esto en cuenta no es solo un error estratégico. Es suicida, grosero e inculto.

Es en este punto de inflexión donde el libro de Andrei Martyanov deja de ser un ejercicio teórico para convertirse en una crónica profética. Publicado originalmente en inglés en 2024, el autor plantea una tesis incómoda pero cada vez más verificable: el poder militar estadounidense, basado en la supremacía tecnológica y un presupuesto descomunal que supera el billón de dólares anuales, es estructuralmente incapaz de adaptarse a la realidad de la guerra moderna. No es una cuestión de valentía de los soldados ni de calidad de los equipos. Es una cuestión de doctrina, de concepción estratégica, de la incapacidad de entender que el adversario también aprende, también innova, también se adapta.

Martyanov argumenta que Occidente, atrapado en su propia cámara de eco mediática y estratégica, ha perdido la capacidad de entender al adversario. Se obsesiona con la tecnología como un fetiche, creyendo que misiles más caros y sigilosos pueden resolver problemas políticos complejos. Mientras tanto, potencias como Rusia, China y ahora Irán han desarrollado capacidades asimétricas, guerra electrónica y una integración de sistemas de armas de diferente escala que neutralizan la ventaja tecnológica occidental. No se trata de igualar a Estados Unidos en portaaviones o aviones de quinta generación. Se trata de encontrar sus puntos débiles y explotarlos sin piedad.

En el escenario iraní, esto se ha manifestado de forma brutal. Mientras Irán utiliza drones de bajo costo para causar daños multimillonarios y paralizar infraestructuras críticas, Estados Unidos gasta fortunas por cada proyectil interceptado, por cada misil lanzado, por cada hora de vuelo de sus aviones más avanzados. La paradoja es que, aunque los militares estadounidenses afirman haber destruido el cuartel general de la Guardia Revolucionaria y cientos de objetivos, la capacidad de Irán para contraatacar y sembrar el caos regional permanece intacta. Es como golpear una masa de agua: el puño se hunde, pero un instante después el agua vuelve a su lugar.

Cuando las bombas dejen de caer —y lo harán, no por una victoria decisiva de ningún bando, sino por el agotamiento político y económico de los atacantes—, ¿qué quedará? Ciertamente no la «era de paz» imaginada por Netanyahu ni la «seguridad a largo plazo» prometida por Trump. Será un Irán políticamente fortalecido a nivel interno, con su estatura regional incrementada y, lo más importante, con una lección grabada a fuego en la mente de sus líderes: la disuasión nuclear, paradójicamente, se convertirá en una opción más atractiva que nunca. Si el ataque se justificó por el miedo a una bomba iraní, la lección aprendida en Teherán será que solo una bomba puede garantizar que no se repita. Como advirtió el ministro ruso Sergey Lavrov en los primeros días del conflicto, el ataque a Irán podría empujar no solo a Teherán sino a sus vecinos a buscar adquirir armas nucleares. La proliferación, ese fantasma que Occidente creía haber conjurado, podría convertirse en la consecuencia más duradera de esta guerra.

Irán no ha ganado la guerra en el sentido clásico del término. No hay tropas persas desfilando por Jerusalén ni la bandera iraní ondeando sobre la Casa Blanca. Pero eso ya no importa. En la guerra moderna, a veces, la victoria consiste simplemente en sobrevivir para ver cómo tu enemigo se desangra lentamente en la arena que creía poseer. Consiste en resistir el primer golpe, y el segundo, y el tercero, y demostrar que no hay golpe capaz de doblegarte. Consiste en entender, como escribió Heráclito veinticinco siglos atrás, que la guerra hace a unos dioses y a otros hombres, a unos esclavos y a otros libres.

Y desde las colinas de Teherán, mientras las explosiones retumban a lo lejos y los aviones no tripulados surcan el cielo nocturno como aves de presa mecánicas, las vistas del imperio herido deben ser, cuanto menos, interesantes. Porque lo que se contempla desde allí no es solo el espectáculo de un poderío militar en apuros, sino el lento, inexorable ocaso de una forma de entender el mundo que creyó que la fuerza bruta podía sustituir a la comprensión, que las bombas podían resolver lo que la diplomacia no alcanzaba, que la historia, en definitiva, se doblegaba ante el poderío tecnológico.

El nuevo mundo del que habla Martyanov ha llegado. No con el estruendo de un cataclismo nuclear, sino con el silbido persistente de los drones sobre el Golfo Pérsico, con el resplandor de los incendios en las refinerías, con el silencio tenso de las bolsas de valores mientras los inversores intentan calcular lo incalculable. Y en ese nuevo mundo, la arrogancia del imperio tiene un precio que ni Trump ni Netanyahu ni sus sucesores podrán pagar. La historia, tozuda, implacable, sigue su curso. Y a veces, solo a veces, se viste de persa para recordarnos que ninguna civilización es eterna, que ningún poder es invencible, que la guerra, como el padre de todo, reparte sus dones con una justicia poética que los estrategas olvidan a su propio riesgo.

Fuente: https://eltabanoeconomista.wordpress.com/2026/03/08/la-arrogancia-del-imperio-cuando-el-nuevo-mundo-se-viste-de-persa/

Nenhum comentário:

Postar um comentário