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Irán, un modelo que interpela

Do Rebelión, 4 de março 2026
Por Ángel Horacio Molina 


La reciente escalada militar lanzada contra la República Islámica de Irán constituye una nueva agresión que, impunemente anunciada, ha intentado ser legitimada por los medios de comunicación masivos, una parte importante de la producción académica y no pocos referentes de sectores de “izquierda».

La justificación ha sido en algunos casos explícita, proveniente de sectores afines al discurso norteamericano-israelí, y en otros mucho más sutil, manifestando incluso su oposición a una acción militar contra Irán, pero insistiendo de inmediato en la naturaleza “opresiva”, “medieval” y “teocrática” de la República Islámica. Se insinúa sin demasiada elegancia lo conveniente que resultaría la caída del gobierno iraní y del sistema político surgido de la revolución popular de 1979.

En las líneas que siguen procuraremos desarticular los discursos que, explícita o implícitamente, convergen en su animadversión hacia la República Islámica más allá de las coordenadas ideológicas desde las que alegan posicionarse.

Convergencia terminológica

Uno de los recursos más ampliamente usado contra la República Islámica, presente tanto en las declaraciones políticas como en los medios de comunicación y en la producción académica, es el uso de un arsenal conceptual y terminológico que, lejos de permitirnos comprender procesos históricos complejos, los entenebrecen con su carga eurocéntrica, orientalista e islamófoba.

Irán como “régimen”.

Si bien el concepto en sí mismo no tiene una connotación negativa (entendido como el conjunto de instituciones y leyes que permiten la organización del Estado y el ejercicio del poder), su uso se reserva, especialmente en el discurso mediático, para aquellos gobiernos que son identificados como enemigos por Estados Unidos, Europa Occidental y sus aliados. La distinción entre “régimen” y “gobierno” se emplea para cargar al primero de elementos que no pertenecen a su definición, como el autoritarismo, la ausencia de libertades democráticas, la violencia y un cierto grado de “irracionalidad” que se le atribuye a los espacios culturales y políticos no occidentales. Mediante esta caracterización se ignora deliberadamente los mecanismos democráticos presentes en el sistema político iraní, no sólo con respecto al presidente y los diputados (elección directa) sino también del Wali ul Faqih o Jurisconsulto Gobernante (elección indirecta). Irán es como se define, una República Islámica, con elementos propios de un sistema republicano (herederos del movimiento constitucionalista de principios del siglo XX y su derrotero posterior) y de las reflexiones de la Filosofía Política shi’i con respecto a la autoridad política.

Irán como “teocracia”.

Posiblemente este sea el concepto más empleado para denostar a la República Islámica. En primer lugar, el uso del mismo apunta, fundamentalmente en esta parte del mundo, a generar un rechazo emocional en quien escucha o lee esta caracterización, apelando a la experiencia histórica puramente occidental con respecto a formas monárquicas y despóticas de gobierno que se remitieron a una supuesta designación divina para legitimar sus reinados a costa del sufrimiento de los pueblos bajo su dominio. No hace falta más que revisar las definiciones de “teocracia” ofrecidas por los mejores diccionarios de Ciencia Política para encontrar que tanto el concepto como los ejemplos brindados surgen de la experiencia histórica occidental, evidenciando los alcances del orientalismo presente en buena parte de las herramientas analíticas de nuestras Ciencias Sociales. Pero el uso de la noción de “teocracia” expresa, en segundo lugar, el enorme desconocimiento con respecto a uno de los elementos centrales y característicos de la República Islámica: el Wali ul- Faqih (o Jurisconsulto Gobernante). Esta figura no se legitima en una supuesta designación divina, sino que surge de una larga y rica discusión dentro de la Filosofía Política shi’í con respecto a dónde reside la autoridad en ausencia del Imam de la Época (el Imam Mahdi). Para los shi’ias duodecimanos el verdadero depositario de la autoridad temporal y espiritual designado por Dios, se encuentra oculto a los sentidos físicos desde el siglo X, todo gobierno fuera del suyo es, esencialmente, imperfecto. La figura del Wali ul-Faqih es el resultado de la necesidad de organizar a la comunidad mientras se espera el regreso del verdadero depositario de toda autoridad. Es decir, no es una persona designada por Dios quien encabeza la República Islámica, sino una figura que la propia comunidad shi’i designa temporalmente para dirigirla en ausencia del Imam. No se podría comprender, de otra manera, el carácter electivo del Wali ul-Faqih establecido por la propia constitución iran

El sistema político iraní no apela a una legitimación divina sino a la decisión soberana del pueblo que democráticamente, a través de dos referéndums realizados en 1979, eligió como sistema a la República Islámica primero y, posteriormente, dio su apoyo a la Constitución respectiva. Podríamos preguntarnos cuántos gobiernos o sistemas políticos en el mundo se han visto legitimados por el pueblo en dos instancias democráticas de estas magnitudes.

Irán como expresión “medieval”.

Esta caracterización suele acompañar a la previamente analizada y se utiliza con la clara intención de situar a la experiencia iraní en una temporalidad “ya superada” que para occidente posee connotaciones oscurantistas y retrógradas. Al calificar al sistema político iraní como “medieval” se intenta diluir una originalidad que interpela las formas de gobierno instauradas por el poder colonial en toda la región de Asia Central, Occidental y el Norte de África. Con esta lógica, no se puede dialogar o aprender nada de la experiencia revolucionaria iraní y de su sistema político porque se haya “fuera de nuestro tiempo”, en una etapa que ha quedado atrás desde la perspectiva de la modernidad occidental y de su idea de progreso.

Irán como “gobierno del clero”.

Surgido para hacer referencia al cuerpo de sacerdotes en el cristianismo, el concepto de clero es absolutamente inadecuado para referirse a las autoridades religiosas jurisprudenciales en el seno del Islam. Nunca se insistirá lo suficiente sobre el hecho de que no hay sacerdotes en el Islam, no existen intermediarios que operen como vínculos imprescindibles entre Dios y los hombre. Estamos frente a conjunto de personas que deciden dedicarse al estudio de la jurisprudencia islámica para guiar a la comunidad en aspectos relacionados tanto con la practica ritual como con los vinculados a la vida social de los musulmanes. Eso no los convierte en místicos, santos o sujetos dotados de una espiritualidad superior, simplemente conocen sobre un aspecto particular de las ciencias islámicas; de ahí las palabras de Jomeini señalando a los estudiantes de las leyes islámicas la importancia del ‘irfan (purificación espiritual). También en este caso el uso de esta caracterización apunta a fortalecer el imaginario de un gobierno dirigido por “religiosos” y por lo tanto marcado por un alto grado de irracionalidad y fanatismo (aspectos sólo reservados para el Islam pero rara vez empleados para hacer referencia a otras expresiones religiosas asiáticas como el Budismo o el Hinduismo).

Convergencia en torno a la excepcionalidad shi’í

Algunos sectores nacionalistas iraníes (de izquierda y derecha) afirman que el Islam shi’í es el resultado de la influencia persa y de su refinamiento espiritual sobre el Islam «original». Es decir, frente a un Islam árabe, tosco y carente de sutilezas espirituales, que se habría desplegado tempranamente sobre territorio persa, el pueblo iraní realizó una especie de trasvasamiento de las figuras arquetípicas y de la cosmovisión mazdea hacia formas “islámicas” que le permitieran conservar, bajo los nuevos gobernantes, un espíritu propiamente persa. No es diferente, en el fondo, el planteo wahhabi sobre el Islam shi’í, que lo define como una corrupción persa (una desviación) con respecto al Islam «original». Difieren en la ponderación, pero coinciden en ubicarlo por fuera del Islam lo que da cuenta, en ambos casos, de un profundo desconocimiento del Islam shi’í y su historia. El territorio del actual Irán fue mayoritariamente sunní por lo menos hasta el siglo XVI, las figuras más importantes del shiísmo son árabes, casi todos los santuarios shi’as más importantes se encuentran dentro de mundo árabe y las figuras centrales que los shi’as recuerdan, lloran y celebran son de origen árabe. Las dos lecturas señaladas sobre el shiísmo contribuyen a fortalecer el discurso que alimenta a un proyecto político que es claro: encapsular al Islam shi’í en el espacio persa, proyecto explícito de las monarquías árabes desde 1979. Esto le permitió a las monarquías árabes y a la dictadura de Saddam Hussein, calificar a las comunidades shi’as en estos países como potencialmente peligrosas al encontrarse supuestamente al servicio de intereses foráneos y justificar así matanzas y persecuciones desatadas contra sus connacionales (con el visto bueno de las potencias occidentales).

Convergencia anti- popular

El ataque a la República Islámica se sostiene, tanto desde la derecha como desde buena parte de la izquierda de estos lares, desconociendo como «pueblo» a aquellos iraníes que defienden al orden político surgido tras la revolución de 1979. Esta invisibilización es preocupante porque, para legitimar sus discursos en nombre de un «pueblo» ficcional, estos analistas prefieren mutilar a la sociedad iraní, desapareciendo en sus abordajes a un sector importante de la población. Hay en el fondo una forma de islamofobia donde ronda la idea de que cualquier sujeto que defienda un proyecto político en clave religiosa es, al fin y al cabo, un sujeto alienado. Por eso, en sus análisis, no califican como «pueblo» los estudiantes, obreros, académicos, etc. que, religiosos o no, sostienen la República islámica. En estos discursos podrán ser «masa», «fanáticos», «radicales» o «muchedumbre”, pero nunca pueblo. Por eso hay un silencio abrumador cuando esta parte del pueblo se manifiesta masivamente en las calles defendiendo a la República Islámica.

Convergencia en torno a la causa palestina

Para atacar a Irán, ciertos sectores de izquierda, en coincidencia con las monarquías árabes, tratan de desacreditar el apoyo de la República islámica a la causa palestina. Sostienen que se trata de un elemento discursivo que usa Irán para legitimarse y aumentar su proyección en el mundo árabe. Lo cierto es que Irán, desde 1979 manifestó públicamente su apoyo incondicional a la causa palestina, señalando a sus máximos enemigos con claridad, Estados Unidos e Israel, y asumiendo (con sanciones, guerras impuestas, asesinatos y proyectos de desestabilización) las consecuencias de este posicionamiento. La primera medida referida a la política internacional instrumentada por Jomeini fue la instauración del Día de Al Quds, para recodar el último viernes del mes de Ramadán, la importancia de la lucha por la liberación de Palestina. Podría, perfectamente, como lo ha hecho la casi totalidad de los países árabes, expresar una solidaridad apenas discursiva con respecto a Palestina o, incluso, no haberse manifestado en absoluto con el argumento de que es un asunto de los árabes en general y de los palestinos en particular. Si Irán sólo velara por sus propios intereses habría actuado de esa manera. Hoy no tendría sanciones criminales, ni estaría siendo objeto de una amenaza bélica permanente. Como lo han demostrado todos los estados árabes que han «blanqueado» sus relaciones con Israel (o se encaminan a hacerlo) no hay un costo político para tamaña traición a la causa palestina. Si los pueblos árabes no se levantaron en masa contra sus gobiernos frente a estas «normalizaciones», ¿quién puede imaginar que Irán necesita a la causa palestina para legitimarse cuando ni los gobiernos árabes recurren a ella? La defección árabe con respecto a la causa palestina se pone en evidencia con la firmeza de Irán en su defensa; el discurso de un panarabismo, que terminó de naufragar en la inacción árabe frente al genocidio en Gaza, muestra su inoperancia mientras los movimientos, también árabes, que se referencian en la experiencia revolucionaria iraní (como Hezbollah o Ansarullah) encabezan, aun a costa de su propia subsistencia, la lucha real contra la ocupación sionista. Mientras los líderes árabes que colmaban sus discursos con referencias a la lucha palestina terminaron escondidos en un pozo (después de servir durante ocho años a los proyectos norteamericanos contra Irán), o buscando refugio para él y su familia en alguna potencia cuando el país caía en manos de un salafismo salvaje, o negociando, uno tras otro, la “normalización” de relaciones con el Israel; los líderes del eje de la resistencia encontraron la muerte encabezando operaciones militares contra el ocupante. “Nuestra sangre no vale más que la de un niño gazatí” repetía uno de los líderes de Hezbollah antes de ser asesinado.

A 47 años de la revolución de 1979, Irán se encuentra, una vez más, enfrentando a la maquinaria militar y propagandista de los genocidas, mientras la mayor parte del mundo se somete voluntariamente al hegemón de turno o, en el mejor de los casos, se espanta en una mueca intrascendente y estéril.

Ángel Horacio Molina Centro de Estudios Islámicos Árabes y Persas “Dr. Osvaldo A. Machado Mouret”

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