Por Abraham Verduga : Radio Pichincha -
Ecuador es la nación más peligrosa de América Latina y alberga algunas de las ciudades más inseguras del mundo. El dato es brutal, pero no alcanza para explicar lo que ocurre.
En 1971, en un sótano de la Universidad de Stanford, un grupo de estudiantes aceptó participar en un experimento psicológico. Jugarían a ser guardianes y prisioneros durante dos semanas.
No eran criminales ni fanáticos. Eran jóvenes comunes, con biografías anodinas y expectativas normales. Bastaron apenas unos días para que el poder se convirtiera en humillación y la obediencia en miedo.
El experimento, dirigido por Philip Zimbardo, tuvo que ser suspendido porque la violencia había dejado de ser un juego. Se había vuelto rutina.
Cincuenta años después, Ecuador parece haberse deslizado, sin avisos ni consentimiento, hacia su propia versión de aquel ensayo. No hay celdas ni cámaras, pero sí un país entero funcionando como escenario. Los roles están repartidos con precisión inquietante. Algunos mandan. Muchos obedecen. Otros simplemente intentan sobrevivir.
Hoy nuestro país es la nación más peligrosa de América Latina y alberga algunas de las ciudades más inseguras del mundo. El dato es brutal, pero no alcanza para explicar lo que ocurre.
Lo verdaderamente alarmante es otra cosa: la violencia ya no escandaliza. Se volvió paisaje. Se conversa sobre muertos como antes se hablaba del clima. Se baja la voz, se mira al suelo y se sigue caminando.
Como en el experimento de Stanford, la violencia no irrumpe de golpe. Se instala. Primero como excepción, luego como norma. Primero como noticia, después como costumbre.
En ese proceso, la cultura del narco opera como un uniforme invisible. No es solo una economía criminal. Es una forma de entender el mundo. Enseña que el respeto se impone, que el éxito consiste en subir sin mirar a quién se pisa y que el otro no es un semejante, sino un obstáculo. Esa lógica no se queda en los márgenes. Circula por barrios empobrecidos, pero también por urbanizaciones cerradas, empresas, redes sociales y discursos aspiracionales. Cambia el sentido del deseo. Ser temido empieza a valer más que ser justo. Ganar importa más que convivir.
En Stanford, los prisioneros terminaron interiorizando su rol hasta el colapso. En Ecuador, amplios sectores han aprendido otra lección, igual de devastadora. El Estado no cuida. La ley no protege. Cada quien debe arreglárselas como pueda. La ley del más fuerte deja de ser una aberración y pasa a ser sentido común. Cuando eso ocurre, la violencia deja de ser un hecho y se convierte en idioma.
En este contexto emerge la figura del presidente Daniel Noboa, un niño rico que gobierna como si la política fuera una mezcla de marketing, castigo y exhibición de fuerza. No propone un horizonte ético. Presume de dureza. Confunde autoridad con crueldad, liderazgo con humillación, orden con miedo. En el experimento de Stanford, Zimbardo cometió un error decisivo. Dejó de observar y empezó a mandar. Se identificó con el rol. Algo parecido sucede cuando el poder se ejerce sin valores. La crueldad deja de ser un recurso y se vuelve identidad.
El problema no es solo quién gobierna, sino qué tipo de conducta se legitima desde arriba. Cuando la violencia se presenta como eficacia, cuando el castigo se vende como solución, cuando la falta de empatía se celebra como carácter, el experimento avanza. Algunos se sienten autorizados. Otros se resignan. Y la mayoría corre el riesgo más peligroso de todos, el de acostumbrarse.
Zimbardo sostuvo que no hacen falta monstruos para producir barbarie. Basta un sistema que premie el abuso y castigue la compasión. Ecuador no está condenado por su gente, sino por las reglas no escritas que hoy organizan la vida pública. Sálvese quien pueda. Gane quien pueda. Mande quien pueda. Esa lógica, repetida hasta el cansancio, es el verdadero narcótico.
La pregunta urgente no es solo cómo reducir homicidios o reforzar cárceles. La pregunta es cómo detener el experimento. Cómo recuperar la idea de que el poder debe cuidarse de sí mismo. Cómo volver a pensar el éxito sin convertirlo en una carrera de aplastamientos. Cómo mirar al otro sin asumir que es un enemigo en potencia.
Todo experimento puede interrumpirse. Pero no basta con cifras ni con mano dura. Hace falta una conciencia moral que vuelva a decir, con claridad, que esto no está bien. En Stanford, bastó una voz externa para frenar la deriva. En Ecuador, esa voz aún busca espacio. Ojalá lo encuentre antes de que la violencia termine de convencernos de que siempre fue así.
Fuente: https://www.radiopichincha.com/ecuador-pedagogia-de-la-crueldad/

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