Por Juan Montaño Escobar
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Imagen: "Warrior", El Anatsui (Ghana). Esta obra es un tejido metálico realizado con aluminio (tapas de botella) y alambre de cobre. |
En su edición del 31 de octubre de 1913, al hacer referencia a una de las derrotas que venían sufriendo las fuerza del gobierno el periódico El Comercio dice que el comandante Olarte, quien estaba a cargo de la operación, recogió a uno de los oficiales y a sus soldados, ya “que corrían peligro de ser comidos por los negros hambrientos y sedientos de don Carlos[1].
– ¿Racismo? Ya déjense de esas cosas. Eso del racismo es para gente acomplejada –dedo índice al interlocutor, es decir, a este jazzman– ¿No me diga que usted es acomplejado?
La conversación languideció y nunca más recuperó calor con los argumentos. En estas situaciones de desacuerdos, en las formas irremediables, el silencio es la mejor expresión de inconformidad. El fastidio es justificable, porque hay denuncias en redes sociales o las agresiones fraseológicas de uso habitual e inconsciente. Hay incomodidad, porque la réplica del silencio es admitir la acusación. Pero son esos momentos en que se prefiere los sonidos del silencio. Y aquel fue uno de aquellos en el cual se sintió en la intimidad el triunfo la desvalorización de la humanidad propia. Volví a entender la ecuación perversa del racismo: funciona para el que se sobrestima pero mediante la subestimación admitida y evidenciada de la persona racializada. Aunque no siempre es ineludible valorar la taxonomía negro o negra como rehumanización del concepto aun así es muy importante, porque descompuso las teorizaciones racistas clasificatorias. A partir de ahí se intelectualizaron ideas filosófico-culturales en pueblos, comunidades y hasta individualidades para derrotar el estricto y estrecho significado del calificativo primario con esta palabra derivada y motivadora: negritud. Del limitado y limitante significado de la bioquímica del menosprecio (melanología fóbica) a la universalidad filosófica, cultural y política de cientos de millones de personas.
El Maulana[2] Ndabezitha Karenga definió negritud como color, conciencia y cultura. Tres palabras resumen la largura estética, filosófica y política que, especulando por dentro del concepto de Historia, serían las intenciones humanísticas de Aimé Cesairé, Leon G. Damas, Leopold Sedar Senghor y los demás. Y de quienes se unirían después. Aún es la respuesta antirracista más precisa de cuantas haya por ahí. Ese trinomio es perfecto, no tanto por las matemáticas reinvidicatorias como por la potente inversión y armonización de los referentes hasta entonces de racialización despreciativa. Humanismo estético y ético en el mismo instante del pretendido descrédito social de las personas observadas, atendidas, valoradas y aceptadas en diferentes grados emocionales por la diversidad étnico-social. O sea Color, sin artículos gramaticales. A toda ciencia de explicación conforme acude la ética de la estética. Las palabras cargan el mensaje del respeto y sostienen querencias constantes de las vidas. Sin faltar ninguna, todas las vidas, porque cualquiera de ellas nos hace falta[3]. O como lo explica Timothy Morton: “Parte de lo que hago es explicar que ser ecologista implica desmantelar el racismo, la misoginia, la homofobia, la transfobia”[4]. Es decir, conciencia. Cada ser animado o inanimado es el último producto, transitorio sin dudas, de las Historias. El núcleo concentrador y gestor de cambios y recambios es la conciencia. Los grupos y las clases sociales racistas americanas por el color agreden a la conciencia. El racismo es una elaboración más fina que el insulto o cualquier acto discriminatorio, esa es la pedrada física, pero hay también el bálsamo corrosivo destinado al ánima distraída o vigilante del ser. Y queda el monomio de la cultura. Ahí se procrea la estética de la ética. La danza mínima o la complejidad literaria, las ciencias desdeñadas por las academias y los sagrados procesos espirituales, las memorias colectivas e históricas y las narrativas de las historias sin la bendición del documento infame o liberador, todo aquello solo tiene dos vías: emancipación o colonización. Racismo o antirrascismo, no hay cobardías intelectualizadas. Las creaciones culturales de nuestras comunidades quedan atrapadas en valoraciones metafísicas de las clases y grupos sociales opresores, como componentes educativos son estudiados por niñez y juventud ecuatorianas. Y americanas. Entonces, negritud no es destino son vías para andar los días, todos los días, y si faltan se toman prestadas las semanas, vuelvo a parafrasear al Poeta Antonio Preciado.
El racismo, embutido de creencias dependientes de una historicidad aplicada y la diversidad de la geografía social, se activa constantemente en la cotidianidad relacional de las personas (comunidades y barriadas), en la gestión pública diferenciada, en los sistemas educativos y académicos todavía colonizados y el favorecimiento institucional para la agredir al sentido común. Funciona aún como atenuante falsario de la lucha de clases, por el performance social y político, es decir, los cambiantes escenarios político-ideológicos para prolongar la inmensa acumulación económica en los grupos oligárquicos. Mediante teorías racistas se distribuye el dinero público, las inversiones urbanas y rurales de los gobiernos y, al menos en las Américas, no hay políticas públicas para la gente racializada sino pretendidos hechos misericordiosos. Entiéndase por fin, el racismo no es solo alguna eventualidad discriminatoria a personas negras o indígenas, para nada, está en la subjetividad activa de grupos y clases sociales. Todavía se viaja a observar folklore negro o indígena o se invita a artistas de esos pueblos y nacionalidades a mostrarse en sus catedrales culturales para curiosidad disimulada con cierto paternalismo atroz. O a sus fastidiadas maneras realizan viajes a determinado corazón de las tinieblas[5]. “Estaba pensando en épocas remotas, cuando llegaron por primera vez los romanos a estos lugares, hace diecinueve siglos… el otro día… La luz iluminó este río a partir de entonces”[6]. Estas líneas ocurren, durante la navegación por el río Congo, pero sirven para nuestras geografías americanas. A la militancia antirracista de esquina y calle hay que unir la continuidad de nuestros procesos históricos comunitarios y organizativos, porque no por mucho leer te alcanzan tus lecturas. La memoria colectiva y la memoria histórica aún tienen sus narrativas y sus imágenes-narradoras. Es el ininterrumpido volver a ser.
Hay equivocaciones del activismo antirracista al pretender otorgar validez a ciertas burlas discriminatorias a determinadas creaciones literarias, musicales, dancísticas y pictóricas. También sectores académicos muestran su desagrado si se otorga valor científico a la producción agrícola, a la efectividad de las medicinas aplicadas en las comunidades negras e inclusive en barriadas urbanas, en la construcción de viviendas y de instrumentos musicales y en la educación de niñez y juventud. El tabaco del psicoanálisis, la cinta y los rezos para devolver el cuerpo a su cenit habitual, la ginecología de las parteras o la aplicación efectiva, en ciertos cultivos, de la exacta variación climática. El racismo, lo hemos visto, no es más que un elemento de un conjunto más vasto: el de la opresión sistematizada de un pueblo. […] Asistimos a la destrucción de los valores culturales, de las modalidades de existencia. La lengua, el vestido, las técnicas son desvalorizadas. ¿Cómo llevan cuenta de esta constante? Los psicólogos que tienen tendencia a explicarlo todo por movimientos del alma, pretenden encontrar este comportamiento al nivel de los contactos entre particulares: crítica de un sombrero original, de una manera de hablar, de caminar… […] El panorama cultural es desgajado, los valores burlados, borrados, vaciados”[7]. Setenta años después, los argumentos de Frantz Fanon son válidos para nuestra realidad americana. Y ecuatoriana. Este jazzman por eso no habla de neo racismo, porque la fermentación ideológica se mantiene con las mismas perversiones teóricas de antes. El racismo no es ningún daño espiritual, como por ahí se predica, de ninguna manera, es opresión política con resultados muy favorables a la acumulación capitalista.

Y llegamos a Esmeraldas, Ecuador. “No somos solo fútbol y marimba…”, es una frase de caché de algunas personalidades esmeraldeñas. Y coloniales a la misma vez. No sé de dónde sacaron esa justificación perruna, vergonzante, mendicante o como canta Silvio Rodríguez, “para eternizar dioses del ocaso”. Traducido a esta circunstancia: perpetuar la colonialidad del saber. No creen en las comunidades afroecuatorianas, porque su fe se ahoga en el légamo inconsciente del racismo. Muy metido en su subjetividad, pero negado labios para fuera. Es cobardía perogrullesca ir por ahí negando aquello que somos y tenemos. Nuestro propio ser y la verosímil capacidad de poder. ¿Por qué ocultar los resultados de las acciones de resistencia cultural y epistémica de ancestras y ancestros? ¿Por qué auto subestimarse? Asumir supuestas culpas costumbristas no favorece la valoración perceptiva y receptiva de los procesos culturales afropacíficos colombo-ecuatorianos. Es aceptar, desde esta admisión vergonzante, la folklorización absoluta de nuestra variedad de creaciones artísticas. Este jazzman hace la del cimarrón cuando escucha esos despectivos halagos costumbristas. Ngũgĩ Wa Thiong’O, escritor keniata, propone en Descolonizar la mente[8]: “El control político y económico no puede ser total ni efectivo sin el dominio de las mentes. Controlar la cultura de un pueblo es dominar sus herramientas de autodefinición en relación con otros”. Y nos devolvemos a aquella abreviatura antirracista: color, conciencia y cultura. La deformación colonialista genera falsa formación e información distorsionada para sustraernos de las vías hacia la riqueza material y espiritual de nuestras comunidades negras, urbanas y rurales.
El título de este artículo proviene del libro del escritor keniata Ngũgĩ Wa Thiong’O (1938-2025).
Notas:
[1] Republicanos negros, José Antonio Figueroa, Bogotá, Editorial Planeta Colombiana S. A., 2022, p. 266.
[2] Maulana (del árabe مولانا , mawlānā ) es un título que podría traducirse como nuestro Maestro. Su nombre inicial fue Ronald McKinley Everett, nació el 14 de julio de 1941.Es activista social afroestadounidense, autor y profesor de estudios africanos y afroamericanos.
[3] Parafraseando al Poeta Antonio Preciado Bedoya, de su poema Matábara del hombre bueno: Un hueso de cada muerto/ el largo de tu pisada/ y aquí yo te resucito/ las vidas que te hacen falta.
[4] Entrevista a Timothy Morton, en El País, de España, por Carmen Pérez-Lanzac, publicada el 25 DIC 2025 – 23:30 ECT. Formato digital.
[5] Es una referencia literaria a la novela de Joseph Conrad (1857-1924), escritor inglés.
[6] El corazón de las tinieblas, Joseph Conrad. https://bibliotecadigital.ilce.edu.mx/Colecciones/ObrasClasicas/_docs/CorazonTinieblas_Conrad.pdf
[7]Texto de la intervención de Frantz Fanon en el Primer Congreso de Escritores y Artistas Negros, desarrollado en París en septiembre de 1956. Inicialmente fue publicada en un número especial de la revista Presence Africaine, (junio-noviembre de 1956).
[8] Ngũgĩ Wa Thiong’O, autor del libro, Descolonizar la mente, Editorial DEBOLSILLO, 2015. p. 49.

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