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China: iniciativas para la paz y el desarrollo

Do Rebelión, 28 de janeiro 2026
Por Higinio Polo 

Aunque las certezas de la hegemonía estadounidense empiezan a quebrarse, la soberbia sigue reinando en el Washington de Trump, convertido hoy en una maquinaria de agresión que desprecia, con frialdad militar, la arquitectura jurídica que el mundo se dio tras el espanto de 1945. Para la Casa Blanca, el derecho internacional ha dejado de ser una obligación y se ha convertido en un estorbo: Washington ignora leyes y obligaciones cuando los recursos de otras naciones escapan a su inventario colonial.

El asedio a Venezuela no es una disputa por la democracia, esa palabra que Estados Unidos vacía de contenido cada vez que impulsa un golpe de Estado o aplica sanciones ilegales en un ejercicio de gangsterismo político. Al imponer medidas coercitivas unilaterales, verdaderos actos de guerra económica, Estados Unidos pisotea la Carta de las Naciones Unidas, porque no hay legalidad alguna en el bloqueo de activos, en el secuestro de barcos, en el intento de quebrar la voluntad de un pueblo mediante el hambre o en el apoyo al genocidio en Gaza. Es el desprecio absoluto por la soberanía de los Estados, la sustitución de la diplomacia por la extorsión. Un ejemplo bastará para ilustrar ese proceder: desde 1980, Estados Unidos ha bombardeado o ha invadido quince países (Irán, Líbano, Granada, Yugoslavia, Libia, Panamá, Iraq, Somalia, Sudán, Afganistán, Yemen, Siria, Níger, Nigeria y Venezuela), y tras el criminal bombardeo en Venezuela y el secuestro del presidente Maduro y de Cilia Flores, Trump ha declarado que está dispuesto a intensificar la guerra híbrida contra Cuba, que sufre desde hace décadas un bloqueo ilegal, y a bombardear de nuevo a Irán.

En ese mismo periodo, China no ha recurrido nunca a la fuerza, porque frente a ese escenario de escombros y amenazas plantea una lógica distinta, propone sensatas iniciativas que desquician a los estrategas del Pentágono. La gravísima agresión estadounidense a Venezuela ha revelado una vez más el desprecio estadounidense al derecho internacional, el contraste entre un ocaso violento y el amanecer de un nuevo equilibrio en el mundo. Mientras Washington insiste en la fuerza militar, la propuesta de paz de China se asienta en la búsqueda de un mundo regido por la igualdad y el respeto en las relaciones internacionales, pero Estados Unidos opta por la ruptura de los tratados y el acoso a otros países, recordando a todos que todavía puede destruir: la voladura de los tratados de desarme nuclear que ha protagonizado Washington en los últimos años (del ABM al INF) es una grave amenaza para el mundo. China, por el contrario, cree que el siglo XXI no puede admitir más imposiciones ni hegemonías violentas. Y en esa grieta entre el desprecio al derecho de unos y la voluntad de cooperación de otros, se arriesga no solo el destino de Venezuela y de América Latina, sino la posibilidad de un mundo donde la fuerza no sea la razón de un Estado que quiere imponer su hegemonía. Mientras Washington envía portaaviones y marines por el mundo, Pekín propone la Franja y la Ruta, levanta infraestructuras y formula una seguridad global basada en la paz: para ello, China ha propuesto la Iniciativa de Desarrollo Global, la Iniciativa de Seguridad Global y la Iniciativa de Gobernanza Global, siempre ofreciendo la cooperación en beneficio mutuo.

Esas iniciativas chinas surgen en un momento histórico en que la crisis económica agobia a las sociedades occidentales con unas previsiones que apenas auguran un crecimiento del 2 % para 2026, mientras la economía china sigue progresando y está impulsando un desarrollo de alta calidad. En este contexto, China tiene dos ventajas estructurales: encabeza los nuevos recursos productivos de calidad, y se ha convertido en el principal impulsor de la transición energética mundial hacia un nuevo modelo respetuoso con la Tierra. Superando un modelo basado en mano de obra intensiva, China impulsa ahora la autonomía tecnológica y la innovación: la inteligencia artificial generativa, semiconductores de producción propia y computación cuántica han llegado a la industrialización masiva, blindando su cadena de suministro frente a sanciones y bloqueos externos. Además, China hace frente al cambio climático impulsando la cadena de valor de energías limpias, especialmente con vehículos eléctricos e hidrógeno verde, algo que impulsa su economía y la hace indispensable para la descarbonización mundial. El XV Plan Quinquenal 2026-2030 quiere impulsar la investigación, reducir dependencias del exterior y consolidar a China como una gran potencia científica.

La modernización y el desarrollo científico chino también contribuyen a la estabilidad internacional y son un motor de innovación para las cadenas de suministro globales gracias a la reducción de costes de transformación con la robótica y el 5G industrial, tanto para China como para el resto del mundo, integrando la innovación para grandes aplicaciones industriales. El impulso chino en la fabricación de componentes vitales como baterías de litio, paneles solares y tierras raras impulsa la transición energética global, y ayuda a los países en desarrollo que obtienen infraestructuras digitales y energías limpias gracias a iniciativas como la ruta de la seda digital,ademásde transferencia de conocimientos y colaboración: China ha intensificado la cooperación en Inteligencia Artificial y ciencia en entornos como el BRICS+, ofreciendo pautas de desarrollo basadas en la soberanía tecnológica, frente al viejo modelo occidental basado en la subordinación de los países de la «periferia» a los centros del capitalismo mundial.

En un mundo fracturado y ansioso, cuando países como Estados Unidos levantan muros e impulsan un proteccionismo estéril que no resuelve ninguno de los problemas de la humanidad, Pekín opta por la apertura, articulando una respuesta estratégica con la construcción conjunta de la Franja y la Ruta, una iniciativa que ha evolucionado hacia una fase de «alta calidad», donde la infraestructura ya no solo une puertos y aeropuertos, sino que pretende articular una red mundial de progreso y soberanía, de control sobre la tecnología y de desarrollo económico respetuoso con el medio ambiente. En 2025, esa iniciativa agrupaba a más de 150 países, con inversiones que superan el billón de euros, consolidando vínculos económicos que desafían los codiciosos bloqueos externos de potencias como Estados Unidos.

China ha respondido a los riesgos de estancamiento global con la exención de visados para los ciudadanos de más de cuarenta países (entre ellos, Estados europeos como España, Francia y Alemania) por periodos de hasta 30 días, y con el impulso a un comercio más fluido: medidas como la digitalización de las entradas y la apertura de sectores económicos buscan que el mercado chino actúe como impulsor para la anémica economía mundial. Estas prácticas no son asuntos menores, porque son vías para una economía global más abierta: el acceso libre permite que productos de naciones en desarrollo accedan al mercado de consumo más grande del mundo, y a transferencias tecnológicas y a la ruta de la seda digital. Junto a ello, la cooperación en Inteligencia Artificial y nuevas energías ofrece a los países en desarrollo, que ven a China como un aliado para la reforma de la gobernaza global, la posibilidad de modernizarse sin soportar las hipotecas políticas tradicionales que impone el capitalismo occidental. En definitiva, China se erige como la fuerza clave que impide que el comercio mundial se fragmente en espacios estancos, ofreciendo un modelo de modernización que prescinde de la extorsión y las imposiciones, y promueve la participación colectiva para el beneficio mutuo.

El XV Plan Quinquenal no es solo un plan económico y administrativo para China, sino también una propuesta frente a un orden occidental en crisis que ve acentuarse las carencias del capitalismo financiero contemporáneo. Las urgencias del mundo son muchas, desde el hambre y el subdesarrollo pasando por una pobreza que convive con gigantescos gastos militares (Trump ha anunciado su deseo de ampliar el presupuesto militar estadounidense, que para 2026 es de 900.000 millones de dólares, hasta 1,5 billones de dólares en 2027), y hay que hacerles frente con la transición ecológica y la innovación productiva orientadas a la satisfacción de las necesidades de los seres humanos y no de las grandes corporaciones capitalistas. Mientras Estados Unidos renuncia a combatir el cambio climático y la Unión Europea duda y suspende programas ecológicos, China refuerza sus proyectos para la descarbonización coordinada con el crecimiento económico. El planteamiento chino de trabajar con decisión en ecosistemas sanos y en una transición verde se revela fundamental para mantener en 1’5 º centígrados el calentamiento global y para que el Acuerdo de París no pase a la historia como una oportunidad perdida. De esa forma, la cooperación internacional está cambiando hacia una ruta de la seda digital y verde, aunque debe hacer frente al sabotaje y a las exigencias que Estados Unidos impone a muchos países. Pero no hay duda de que los proyectos conjuntos, la logística avanzada, los programas de investigación concertados, deben ser la nueva pauta para la economía mundial. A largo plazo, el plan chino ofrece un horizonte político previsible, donde las «nuevas fuerzas productivas» impulsen un desarrollo más justo y democrático que alcance a todos los continentes de la tierra y enfrente la lógica de bloques militares y económicos enfrentados.

Las cuatro iniciativas de Pekín —Desarrollo (IDG), Seguridad (ISG), Civilización (ICG) y Gobernanza (IGG)— no son meros enunciados diplomáticos: constituyen la arquitectura de una nueva razón mundial que desafía el agotado dogma del unilateralismo atlantista, con unos Estados Unidos y una OTAN anclados en el pasado y prisioneros de una lógica guerrera. China propone una alternativa frente al caos planificado de las potencias en declive: un marco conceptual integral. Estas iniciativas forman una totalidad, un conjunto pensado para capturar el futuro, para encauzar la energía humana en un horizonte que escape de los fantasmas del pasado. Así, la Iniciativa para el Desarrollo Global fija la base material indispensable; la de Seguridad Global quiere garantizar un escenario de paz para todo el planeta, necesario para el progreso; la de Civilización Global defiende el derecho de cada pueblo a su propia historia y cultura; y la Iniciativa de Gobernanza Global quiere articular las normas universales para que los países en desarrollo tengan, por fin, presencia efectiva en los organismos internacionales y capacidad de decisión.

Su relación interna es la de una totalidad orgánica: desarrollo es seguridad, porque sin progreso material, la paz es frágil, y la seguridad es condición imprescindible, porque sin un marco de respeto a la soberanía de todos los países, el desarrollo es vulnerable frente a la rapiña externa. La civilización es también diversidad: frente al pensamiento único, la razón que debe regir el siglo XXI reside en reconocer que la modernidad no tiene un solo rostro. Subsanando las carencias globales, esas ideas son el antídoto contra los venenos del siglo, y la falta de desarrollo en muchos continentes se combate dando prioridad a los Objetivos de Desarrollo Sostenible, ODS, aprobados por la ONU, y a la inversión en infraestructuras reales, no en la acumulación de deuda y en transacciones financieras especulativas. La falta de seguridad se aborda mediante el diálogo y la mediación, rechazando la expansión de bloques militares, como ha hecho la OTAN en Europa oriental, mientras que la falta de confianza se resuelve con el impulso al multilateralismo y el respeto a la soberanía, situando a la ONU en el centro de las decisiones políticas y devolviendo la dignidad a las naciones hipotecadas por el capitalismo global. En el escenario de una geopolítica fracturada por el atavismo de Washington y la parálisis de una Europa que ha renunciado a su autonomía, las iniciativas de Pekín —la Seguridad Global (ISG) y el Desarrollo Global (IDG)— no son simples ejercicios de retórica, sino herramientas de una diplomacia distinta que hace frente al estruendo, a los abusos y cargas que Estados Unidos y sus aliados quieren imponer. Una conclusión se impone: el mundo asiste al final paulatino de la impunidad y de la hegemonía de Washington, y esas propuestas chinas actúan como el ancla de un multilateralismo que no es solo una opción, sino una necesidad para la supervivencia.

Frente a la falta de confianza debe levantarse la arquitectura de la distensión, y para ello China propone la mediación sin injerencia. Su función es desarmar la lógica de bloques que hoy asfixia a la comunidad internacional. Mientras la OTAN se expande como un incendio, la Iniciativa para la Seguridad Global promueve una seguridad indivisible: la noción de que nadie puede estar seguro a costa de la inseguridad del vecino. Es una apuesta por el diálogo de civilizaciones frente al choque que vaticinaba el imperialismo. El papel de China en el acercamiento entre Irán y Arabia es el ejemplo más nítido de gestión de diferencias: frente al envío de portaaviones, China ofrece mesas de negociación, sustituyendo la «pax americana» (basada en la ocupación, las sanciones económicas, la agresión y la guerra) por una paz basada en el interés mutuo y el desarrollo compartido. En el polvorín europeo, deben atenderse las causas históricas del conflicto ucraniano, ligado a la expansión de la OTAN, porque la paz no se construye con sanciones unilaterales que castigan a los pueblos, sino con una arquitectura de seguridad que no ignore las preocupaciones de ninguna de las partes: la seguridad es siempre indivisible, y una potencia no puede aumentar la suya en detrimento de otros países.

Sin embargo, la agresión a Venezuela y el secuestro del presidente Maduro cambian muchas cosas: Estados Unidos ha declarado propiedad suya a todo el continente americano, anuncia que Cuba, Colombia, México, Groenlandia serán sus próximas víctimas; amenaza con volver a bombardear Irán, desarrolla planes de acoso en el Mar de China meridional, prepara nuevos ataques en Nigeria, e impone un rearme a sus aliados que anuncia nuevos y graves problemas. Estados Unidos no solo vulnera el derecho internacional: está destruyendo todo el sistema de relaciones internacionales y los acuerdos de desarme, confiando en el poder de su fuerza, imponiendo un nuevo imperialismo que se desprende de todo disimulo.

Los retos mundiales son muchos: poner fin de la pobreza, erradicar el hambre, asegurar la salud y el bienestar, conseguir una educación de calidad para todos, terminar con la desigualdad que oprime a las mujeres, asegurar agua limpia y saneamiento para toda la población del planeta, junto al acceso a una energía asequible que no contamine, y asegurar trabajos decentes para los trabajadores y campesinos del mundo, son objetivos mínimos aunque también ambiciosos en este momento de la historia. En definitiva, esas iniciativas chinas funcionan como un laboratorio de coexistencia, en un mundo que se enfrenta al abismo nuclear. La racionalidad de la planificación china, su modelo de socialismo, y su apuesta por los países en desarrollo que componen la mayor parte de la humanidad son hoy la única alternativa frente a la barbarie de una hegemonía que, en su caída, pretende arrastrarnos a todos. Si hoy asistimos al genocidio contra la población palestina, al horror de las guerras en Sudán y la República Democrática del Congo, al drama de los refugiados rohinyás, al sufrimiento de la población siria, libanesa, afgana o iraquí, a la guerra de Ucrania, a la agresión estadounidense contra Venezuela y a las amenazas contra Cuba, Irán e incluso Groenlandia, el mundo debe ponerles fin, insistir en la imprescindible función de la ONU, asegurar el respeto al derecho internacional, a los derechos humanos, y rechazar las groseras injerencias políticas, la extorsión y la rapiña. Como el navegante del poema de Li Bai, el dragón rojo chino ha emprendido un largo viaje, y sus propuestas no exigen sumisión ni servidumbres políticas: proponen colaboración y beneficio mutuo, porque a diferencia de las recetas codiciosas del Fondo Monetario Internacional o de Estados Unidos, China reconoce la diversidad del mundo.

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