Por Alex Anfruns
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La insistencia sobre la relación entre la desestabilización del Sahel y el aumento de la migración africana hacia Europa revela una falsa preocupación que sirve como propaganda de guerra para justificar posibles intervenciones de la OTAN. Efectivamente ese discurso no explica cuáles son las causas del auge de los atentados ni saca el menor balance de más de una década de estrecha cooperación en materia de defensa y seguridad entre los países europeos y los gobiernos de la región.
Sobre todo, ese relato oculta la ruptura y consecuencias que la llegada de gobiernos nacionalistas está significando para el Sahel y los países de África del Oeste. En realidad se trata de una lectura ideológica con importantes ángulos muertos que impide comprender la cronología reciente de los hechos.
¿Juntas militares o gobiernos nacionalistas-populares?
Pero desmontar la patraña del discurso que relaciona inseguridad, terrorismo e inmigración no es suficiente. ¿Qué hay detrás del tópico sobre un continente donde los golpes de estado y los gobiernos militares se han vuelto una costumbre? Por su juventud “las democracias africanas son frágiles”. Basta con repetir esa idea para que las buenas conciencias se tranquilicen y sigan viendo la realidad africana como un universo alejado del orden, del respeto a las leyes e instituciones y de nuestra “democracia occidental”. Esa idea de sentido común lleva a la lógica siguiente: un mundo dividido entre democracias viejas y democracias jóvenes. Así que los países con mayor “tradición democrática” deberían acompañar a países con instituciones democráticas menos robustas. ¿De verdad? Eso plantea ni más ni menos que la justificación de un imposible retorno al “orden colonial”.
Que el terrorismo amenaza la estabilidad de los gobiernos es un hecho. Pero hay que averiguar si se le combate como se pretendía y qué alternativas hay. Quienes defienden la necesidad de la cooperación militar con Occidente explican que combatir el terrorismo con golpes de estado militares no parece la mejor solución…Eso supone olvidar que ese fenómeno complejo surgió en las “democracias” anteriores. Sería necesario analizar cómo surgió la corrupción de las elites y en qué medida la lucha contra la corrupción tiene mucho que ver con la defensa de la soberanía nacional y popular. Para las poblaciones del Sahel la prioridad es la defensa de esa soberanía.
Hace falta superar esa reacción automática de rechazo hacia la intervención del ejército en la vida política de los países del Sur. Y no caer en el error de infantilizar ni ridiculizar el discurso de los gobiernos y pueblos africanos, cuando denuncian los efectos del neocolonialismo, relacionando el auge del terrorismo con la intervención extranjera.
¿Cómo explicar el apoyo popular a los gobiernos militares de Goita, Traoré y Tiani en Malí, Burkina Faso y Níger? Una posible respuesta es que el contenido democrático no se percibe igual en sociedades muy diferentes a la europea, en las que la falta de acceso a la electricidad o el predominio de la agricultura tradicional coexiste con un modelo económico basado en la exportación de materias primas, que por un lado fue consecuencia de la imposición de “acuerdos” entre la antigua potencia colonial y dirigentes “amigos de Occidente”; por otro lado de la interrupción de procesos de diversificación e industrialización de la economía; y por último de una “ayuda económica” otorgada por parte del FMI y el Banco Mundial bajo la condición de privatizar sectores públicos.
Recordatorio de los golpes militares en la década de las independencias
El estudio de la realidad en los países africanos no puede tomar como punto de partida argumentos desconectados de los acontecimientos que han determinado la historia africana desde la década de las Independencias en los años 1960. Recordemos que las características, los contextos y los actores de los golpes de estado que se produjeron en la primera década de las Independencias africanas son muy diferentes a los actuales.
En Níger el primer golpe de estado consolidó el poder en manos de un amigo de la antigua potencia colonial, Hamani Diori, poniendo de lado a otra fuerza política y a un liderazgo, el de Djibo Bakary, cercano al de Sékou Touré en Guinea. Para impedir que Níger siguiera el mal ejemplo de Touré en el referéndum de 1958, que preconizaba una verdadera Independencia sin sometimiento económico, Francia envió a mercenarios que masacraron a la población. Entonces comenzó una persecución política contra el movimiento SAWABA, cuyos militantes debieron refugiarse en paises vecinos con gobiernos panafricanos y revolucionarios (Kwame Nkrumah en Ghana, Sékou Touré en Guinea o Modibo Keita en Malí).
Otros golpes de estado en aquella década fueron promovidos por Francia, Bélgica, Portugal o Estados Unidos, como los que asesinaron a Patricio Lumumba en Congo (enero de 1961) a Sylvanus Olympio en Togo (enero de 1963), o los que derrocaron a Nkrumah en Ghana (febrero de 1966) y a Keita en Malí (noviembre de 1968). Al inicio, entre los golpistas hubo veteranos africanos movilizados en las guerras coloniales de Indochina o Argelia, pero la brutalidad de las intervenciones y la evidencia de que estaban al servicio de intereses extranjeros hizo que las modalidades de golpes de estado posteriores se perfeccionasen. Estos podían llevarse a cabo como consecuencia de una variedad de técnicas de desestabilización: entre ellas había el uso de la propaganda de guerra, el sabotaje y la guerra económica. A pesar de varias tentativas de golpe, el gobierno de Sékou Touré en Guinea fue uno de los pocos que sobrevivió de aquel primer periodo.
El panafricanismo revolucionario de una parte de los dirigentes de las Independencias, considerados como “padres fundadores”, molestaba a las potencias occidentales, ya que habían determinado que la Independencia de sus países no era completa sin la liberación de sus hermanos. Su objetivo era apoyar no solo en palabras sino también de forma concreta el proceso de liberación nacional en Argelia —nación sometida aún al colonialismo francés. Además, se debían realizar esfuerzos conjuntos hasta la eliminación del colonialismo portugués en el continente africano, así como del régimen de apartheid colonial en Sudáfrica, e incluso se decidió luchar contra la influencia del sionismo en África.
La agenda actual de la Confederación de Estados del Sahel
En otros artículos he analizado la evolución de los recientes golpes de estado militares en Malí, Burkina Faso y Níger, presentándola como la vanguardia de la revolución panafricana. En mi libro Níger ¿Otro golpe de estado o la revolución africana? abordo en detalle algunas de las cuestiones que por falta de espacio aquí solo pueden ser expuestas de forma muy resumida. En especial, analizo las verdaderas causas del fenómeno del terrorismo en el Sahel tras la guerra de Libia y qué proyectos estratégicos se plantean llevar a cabo países cuyo liderazgo en el Sur global está dando mucho que hablar.
La Confederación de Estados del Sahel se ha dado como objetivo completar lo que fue interrumpido en la década de las Independencias. En esos tres países hay procesos originales que deben distinguirse de otros golpes de estado militares que se están produciendo sin que eso parezca preocupar demasiado a las potencias occidentales (Gabón, Guinea, Guinea Bissau…). También deben situarse en el contexto regional con democracias africanas reanimadas artificialmente, o vaciadas de contenido por completo (Chad, Benín, Togo o Camerún).
Podemos preguntarnos ¿por qué los grandes medios solo ven lo negativo en África, relacionando a esos pueblos con el miedo a la inseguridad, mientras callan medidas sociales y cambios estratégicos en el marco de un desafío común? Hoy, en la refundación nacional de los países del Sahel, lo que está en juego es la emancipación de los pueblos africanos.
Fuente: Mundo Obrero, enero de 2026

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